El largo vuelo de un Shaheen

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Cuenta una historia que, en cierta ocasión, a un poderoso jeque en el Medio Oriente lo despertaron con la trágica noticia de que su halcón más preciado y mimado había desaparecido. Alado Dorado, como lo había llamado cariñosamente el gran jeque, hacía parte de la más fina estirpe de su especie y su valor comercial era incalculable.

A decir verdad, esta distinguida ave no tenía una estimación en dinero, más sí un altísimo valor sentimental para el jeque y su extenso clan familiar.

Al día siguiente de la sentida pérdida, el pueblo fue despertado por un escueto comunicado de la Familia Real, en donde se ofrecía una jugosísima recompensa por quien encontrara y devolviera a Alado Dorado, el gran halcón del jeque perteneciente a la más exclusiva alcurnia falcónida: la Shaheen.

Nuevos aires 

En un azaroso vuelo, Alado Dorado había ido a parar en la ventana del baño de Francesca Toccaccio, una menuda dama Ítalo-argentina, recién llegada al Medio Oriente, para quien, la llegada del bello pajarraco – como inicialmente lo llamó- fue un signo de buena suerte y bienvenida. Alado Dorado experimentaba ahora nuevos aires, en  un hogar que lo acogería y cuidaría.

La diminuta figura de Francesca Toccaccio contrastaba enormemente con las inmensas e interminables comilonas que organizaba en su casa y por las cuales ya comenzaba a  adquirir una muy bien merecida fama en esta parte del Medio Oriente.

Es importante agregar en este punto, que los opíparos encuentros gastronómicos, no hacían mella en la fina figura de la siempre jovial bonaerense.

Celebración por lo alto

La llegada de Totti, como finalmente terminó llamando Francesca a Alado Dorado, era motivo más que suficiente para organizar una fiesta con el acostumbrado derroche de la variada comida italiana, que tanto le encantaba preparar a la signora Francesca.

Hoy era entonces el gran debut en sociedad de Alado Dorado ante la bulliciosa y voraz colonia italiana en este rincón del Medio Oriente.

“ -Quiero ahora -inició Francesca su introducción con un tono de emoción-, presentarles el motivo de nuestra celebración”. Rauda, entró al baño y luego salió sosteniendo a Alado Dorado sobre un viejo bate de cricket, que sus antiguos vecinos paquistaníes habían dejado y que ella improvisaba hoy a manera de estaca.

“-Les presento a Totti, mi bello  pájaro y nuevo  miembro de la familia”.

Sonoras exclamaciones de admiración retumbaron en el gran recinto, alabando la belleza y esplendor del gran halcón. El potente aura de su grandeza y majestuosidad envolvió de inmediato a los animados contertulios, hasta el punto de dejarlos mudos por unos buenos segundos, toda una proeza, considerando la incansable naturaleza comunicativa de los convidados.

“ -Me llegó literalmente como caído del cielo -continuaba Francesca-, y es por eso que veo a Totti  como una señal de buena suerte y prosperidad; de hecho, desde su llegada, mis cosas marchan mejor y mejoran”.

Con todo dispuesto sobre una inmensa y bellamente decorada mesa, en un ensordecedor bullicio, Totti fue colocado en el centro- en todo el frente a Francesca- donde todos los comensales se desvivían por darle a probar al “bello pájaro”, toda la gama de la abundante comida italiana dispuesta especialmente para él.

Los generosos ofrecimientos que el pico de Totti nunca despreciaba, incluían, entre otros, Vongole Oreganata, Fettuccine, Spaghetti Bolognese y Scampi Alla Mosconi.

Ocasionalmente, los niños de los convidados le ofrecían al homenajeado snacks que sacaban de ruidosas bolsitas y más de una vez se vio en el pico del alado, uno que otro trozo de chitos fosforescentes, los cuales devoraba a placer.

Este era, entonces, el nuevo y plebeyo mundo donde el gran halcón dorado ahora residía y donde parecía acomodarse del todo bien.

De un palacio real lleno de protocolo y solemnidad, pasaba a uno gastronómico lleno de carbohidratos y de una vibrante y desabrochada atmósfera, activada vivazmente por su nueva familia italiana, en algún lugar del inmenso Medio Oriente.

Para un gran Shaheen, este había sido un largo vuelo.
Alguien toca la puerta

Ali Mustafá Sidky era un cazafortunas, para quien, el rumor representaba el principal insumo de sus turbias actividades. A la fama de los fastuosos banquetes de Francesca Toccaccio, se le unía ahora la popularidad de tener siempre como invitado especial, a una majestuosa ave que la acompañaba junto al resto de  sus joviales invitados, en sus interminable encuentros gastronómicos. De esta segunda fama, el embaucador Ali Mustafá ya estaba bien al tanto y dispuesto a capitalizarla, para obtener la gran recompensa que el gran jeque ofrecía por su caro Alado Dorado.

Semanas después de la fiesta en honor a Totti, en una fresca mañana de noviembre, era Ali Mustafá Sidky quien tocaba la puerta de Francesca Toccaccio.

Después de los acostumbrados preámbulos sociales de presentación y del crucial momento de ver a la gran ave, Ali  Mustafá rompió en inconsolable llanto:

“–Mi amado hijo Samir –inició Ali su triste historia con el correspondiente drama y con sus manos cubriendo su rostro –, llora desconsolado la pérdida de su halcón que lo acompañaba desde la cuna. Nacieron prácticamente juntos y haría usted señora Frandisca –¡Francesca! le corrigió de inmediato la dueña de casa– perdón, señora Francesca – continuó el afligido–  haría usted hoy a un niño feliz, y de paso una inmensa obra de caridad por toda una familia, al devolverme esta amada mascota, sin la cual no podemos vivir. “

“–Me conmueve su historia señor Ali – le respondió Francesca en un tono compasivo–más cuando se trata de un niño. Lo siento. Siempre pensé que esta ave era una especie silvestre y la tomé como un regalo que me daba el desierto. Debo decir que me había encariñado mucho con Totti , así decidí yo llamarlo, pero ahora veo que esta bella ave tiene que volver a su verdadero hogar. Soy una mujer de ley y orden y por lo tanto, para entregarle el halcón, sólo pido que se cumplan dos condiciones: que la entrega se haga ante una autoridad veterinaria y un policía.”

“– Mi querida señora, las autoridades en el Medio Oriente hacen engorroso este tipo de procedimiento – acotó el acongojado Ali–, por que no más bien…– Ya le dije señor Ali– le interrumpió Francesca–, requiero de un policía y un veterinario, y entre más pronto mejor; usted trae el veterinario y yo traigo el policía.“

Después de esta visita, Francesca no volvió a saber más de Ali Mustafá Sidky, ni de sus pretensiones por Alado Dorado, por la urticaria que al timador le causaba todo lo que supiera y oliera a autoridad.

Cuenta la leyenda que, ante el fracaso de su artimaña para hacerse a Alado Dorado,Ali Mustafá Sidky decidió reportar la localización del ave a la guardia real del gran jeque, buscando con esto, que, por lo menos, se le reconociera algún porcentaje, así fuese mínimo, de la jugosísima recompensa.

“– Toda la recompensa se le entregará sólo a la persona que tenga al halcón–“ fue la tajante respuesta que obtuvo nuestro oportunista de marras, de quienes manejaban los asuntos del gran jeque.

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Visita real

Esta vez, quien llamaba a la puerta de Francesca Toccaccio era el gran jeque en persona, acompañado de su numeroso séquito. Muy al tanto de la exigencia de la señora Francesca y a pesar  de lo innecesario de la misma (un jeque no tiene necesidad de certificar nada), parte de la comitiva la conformaban cinco veterinarios, un piquete de policías dirigidos por un comandante, además de un antiguo baúl donde reposaban todos los títulos nobiliarios de la larga vida falcónida de Alado Dorado, acompañados de un elaborado titulo de propiedad, que señalaba al gran jeque como único dueño de la nobilísima  ave.

“– Su presencia honra mi modesta casa, su alteza – inicio Francesca unas cortas palabras  de bienvenida–, y a esta sí le puedo llamar una visita real. Bienvenido.”

Además del baúl nobiliario, y al chasquido de los dedos del gran jeque, tres corpulentos hombres introdujeron en el gran salón de banquetes, otro aún más grande y pesado. El inmenso baúl contenía la jugosísima recompensa. Al abrirlo, de lo rebosada que estaba la impresionante arca, gruesos fajos de billete comenzaron a caer sobre el suelo.

“– Hago acreedora  de la establecida recompensa, a la señora Francesca Toccaccio hoy 20 de noviembre – anunció solemnemente el gran jeque–, y le expreso a la señora Toccaccio, en nombre mío y de todo mi pueblo, un enorme agradecimiento por cuidar de nuestro más preciado y amado halcón todo este tiempo. Decreto que además de esta recompensa, se le otorgue a la señora Toccaccio, como bonificación, una tercera parte de la misma por preservar un halcón, para nosotros, un símbolo significativo de nuestro patrimonio cultural.”

“– Agradezco su alteza – inició Francesca su intervención, con su voz a punto de quebrarse–,  su inmensa generosidad, pero no voy a aceptar su desprendido gesto, y perdone mi franqueza.”

“–Su bello y preciado halcón –  prosiguió–, se convirtió para mí y mis allegados en un entrañable amigo que alegró nuestras vidas y corazones. Al aceptar su recompensa, su alteza, siento que estoy vendiendo a mi mejor amigo y las recompensas se hicieron para que  uno sea feliz, y no miserable.“

Sólo hubo silencio al final de la tajante intervención de una conmovida Francesca, haciendo que el gran jeque asintiera con su cabeza, más de una vez, en señal de entendimiento y comprensión.

Al viejo bate de cricket donde Totti se mantenía, lo reemplazó una estaca dorada sobre la cual se le vio salir de la casa de Francesca Toccaccio, con una capucha tapando sus ojos. Al no poder Francesca  dar una última mirada a los ojos de su alado amigo, no supo con certeza si se había ido de su casa triste o contento.

“– A Totti lo único que le faltaba era decir las cosas– solía comentar la gran anfitriona –, y tenía esta ave la particularidad de mirarlo a uno a los ojos cuando le hablábamos y sabía uno si estaba triste o alegre.”

Después de  la partida de  Totti, se  dice que Francesca Toccaccio cayó en un estado depresivo  rompiendo en un río de lagrimas que, a este punto del relato, aún no deja  de correr.

A un mundo real

Alado Dorado regresaba, entonces, a su mundo de gran atleta de los cielos y vedette de las pasarelas de belleza en el mundo árabe: era su mundo real de jeques, príncipes y princesas. Sin embargo, ya no sería el mismo al desarrollar la capacidad de mantener un largo y expresivo contacto visual con el sinnúmero de admiradores que tenía , lo cual incomodaba a muchos.

“– Su  mirada hacia   la gente es triste, melancólica y distante– comentó su cuidador de cabecera–, y su velocidad y desempeño han disminuido. Algo pasa en él. Nos está enviando un mensaje.”

El mensaje sí lo tenía claro el gran jeque, inclusive desde el mismo día en que fue a buscar a Alado Dorado a la casa de Francesca, cuando, antes de él mismo colocarle la capucha sobre sus ojos, recibió de su más preciado halcón, la mirada más triste que un ser humano haya podido experimentar. Esperanzado, el jeque pensó, en ese momento, que el regreso a casa desterraría la pesada melancolía que los ojos de su amado halcón cargaba. No resultó así.

“– Debo decir – sentenció el gran jeque–, con muchos sentimientos encontrados, que Alado Dorado ya no nos pertenece y de mantenerlo en nuestro palacio por más tiempo, se nos morirá de física melancolía.”

ERA PALABRA DE JEQUE
Día de libertad

Alado Dorado fue llevado a lo alto de una montaña y dejado en libertad una fría  mañana de un 29 de diciembre a eso de las 8 am, según cuenta esta historia. Su vuelo era relajado y elegante en dirección hacia el norte y se mantuvo así  por un buen tiempo sin titubear un segundo; parecía tener claro la ruta a su destino.

Benvenuto

En una mañana de enero, el inesperado ruido de un incesante aleteo, disparó aFrancesca Toccaccio de su cama para llevarla rauda al baño auxiliar donde sus ojos no podían creer lo que veían :

“– ¡ Totti , Totti, …. il mio bellissimo uccello, benvenuto, benvenuto! –” exclamó la emocionada Francesca en un incontrolable y desbordante regocijo que levantó a todo el vecindario.

Esta vez, el aterrizaje de Totti sobre la ventana, había sido perfecto.

Con el retorno de Totti volvió el festejo y la alegría a toda la bulliciosa cofradía italiana que tanto había extrañado a esta majestuosa ave, que parecía más un ser humano que volaba sobre los ojos y las alas de un halcón, creencia esta que tomaba forma perfecta en el gran Shaheen de nuestro relato. Totti era un halcón de noble plumaje, cuya vida en un suntuoso palacio, en el fondo, no era real.

Beduinos y lugareños dicen, que los últimos días del año en las zonas cercanas a la leyenda, cuando hay luna llena, se puede ver a una bella y majestuosa ave surcar un estrellado cielo llevando sobre sus alas el halo de una diminuta figura.

Afirman que es una escena, que llena de placidez y sosiego a aquellos que han tenido la fortuna de contemplarla. Un ser humano y un ave crearon un vínculo y un vuelo que se extendió hasta los confines de la inmortalidad.

Esta  historia sucedió en los años sesenta, en el Medio Oriente, y de ella puede dar fe el gran jeque, protagonista de excepción, quien nos la contó, hace ya algún tiempo, en una noche de shisha *  y cítaras, en algún lugar del inmenso desierto emiratí.

*Shisha: pipa árabe

Por Marcelino Torrecilla N  (Abu Dhabi septiembre de 2014)
Con información de El Tiempo

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Hernando el nazareno

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Hernando el nazareno

Juviles era el lugar principal de una taa compuesta por una veintena de aldeas repartidas por las escabrosas estribaciones de Sierra Nevada. De todas sus tierras, un cuarto de los marjales* era de regadío y el resto de secano. Se cultivaba trigo y cebada; contaba con más de cuatro mil marjales de viña, olivos, higueras, castaños y nogales, pero sobre todo morales, el alimento de los gusanos de seda, la mayor fuente de riqueza de la zona, aunque la de Juviles tampoco alcanzara el prestigio del que gozaban las sedas de otras taas de las Alpujarras.

En aquellas cumbres, a más de mil varas sobre el nivel del mar, los moriscos, sufridos y laboriosos, cultivaban hasta el pedazo de tierra más abrupto que pudiera proporcionar algo de mies. Las laderas de la montaña, allí donde no asomaba la roca, se veían escalonadas a través de pequeños bancales enclavados en los lugares más recónditos.

Aquel día, con el sol ya en lo más alto, volvía a Juviles procedente de uno de aquellos bancales, el joven Hernando Ruiz, un muchacho de catorce años de edad, de cabello castaño oscuro aunque de piel bastante más clara que la morena verdinegra de sus congéneres. Sus facciones, con todo, eran similares a las de los demás moriscos de pobladas cejas, a pesar de que en ellas destacaban unos grandes ojos azules. Era de mediana estatura, delgado, ágil y fibroso.

Acababa de recoger las últimas aceitunas de un viejo olivo que resistía el frío de la sierra, resguardado y retorcido justo al lado del bancal en el que crecería el trigo. Lo había hecho a mano. Había reptado por el árbol, sin varearlo, y recolectado incluso las olivas que todavía presentaban una tonalidad morada. El sol templaba el aire frío que venía de Sierra Nevada. Le hubiera gustado quedarse allí a desbrozar las malas hierbas, para luego ir hacia otro bancal, donde suponía que el humilde Hamid estaría trabajando las escasas tierras que poseía. En los bancales, cuando estaban los dos a solas, trabajando o recorriendo las sierras en busca de las preciadas hierbas con las que el hombre preparaba sus remedios, él le llamaba Hamid en lugar de Francisco, el nombre cristiano con el que había sido bautizado. La mayoría de los moriscos usaba dos nombres: el cristiano, y el musulmán para dentro de su comunidad. Hernando, sin embargo, era simplemente Hernando, aunque en el pueblo a menudo se mofaban de él o le insultaban llamándole el «nazareno».

Instintivamente, el muchacho aminoró la marcha al recordar su mote. ¡Él no era ningún nazareno! Pateó una piedra imaginaria y prosiguió hacia su casa, situada a las afueras del pueblo, en un lugar donde hallaron espacio suficiente para construir un cobertizo en el que estabular a las seis mulas con las que su padrastro trajinaba por los caminos de las Alpujarras, más una séptima: la Vieja, su preferida.

Haría cerca de un año que su madre se vio obligada a explicarle la razón de tal mote. Una mañana, al amanecer, él había ayudado a su padrastro, Brahim —José para los cristianos— a aparejar las mulas. Cumplido su trabajo, se despedía de la Vieja con una cariñosa palmada en el cuello cuando una fuerte bofetada en la oreja derecha le lanzó al suelo, unos pasos más allá.

—¡Perro nazareno! —gritó Brahim, en pie, iracundo. El muchacho sacudió la cabeza para despejarse y se llevó la mano a la oreja. Por detrás de su padrastro, le pareció ver cómo su madre desaparecía cabizbaja y se introducía en la casa—. ¡Le has puesto mal la cincha a aquel animal! — bramó el hombre al tiempo que señalaba hacia una de las mulas—. ¿Pretendes que se roce a lo largo del camino y no pueda trabajar? No eres más que un inútil nazareno —escupió sobre él—, un bastardo cristiano.

Hernando había escapado a gatas de los pies de su padrastro y se había escondido en un rincón del cobertizo, entre la paja, con la cabeza entre las rodillas. Tan pronto como el repiqueteo de los cascos de la recua anunció la partida de Brahim, Aisha, su madre, reapareció en el cobertizo y se dirigió hacia él con una limonada en la mano.

—¿Te duele? —le preguntó, agachándose y acariciándole el cabello.,—¿Por qué todos me llaman nazareno, madre? —sollozó alzando la cabeza de entre sus rodillas. Aisha cerró los ojos ante el rostro anegado en lágrimas de su hijo. Intentó secarlas con una caricia, pero Hernando volvió la cabeza—. ¿Por qué? — insistió.

Aisha suspiró profundamente; luego asintió y se sentó sobre sus talones, en la paja.
—De acuerdo, ya tienes edad suficiente —cedió con tristeza, como si lo que iba a hacer le costase un gran esfuerzo—. Debes saber que hará catorce años, uno más de los que tienes ahora, el cura del pueblo en el que vivía de niña, en la ajerquía almeriense, me forzó. —Hernando dio un respingo y acalló sus sollozos—. Sí, hijo. Yo grité y me opuse, como exige nuestra ley, pero poco pude hacer entonces frente a la fuerza de aquel depravado. Me abordó lejos del pueblo, en unos campos, a media mañana. Era un día soleado —recordó con tristeza—. ¡Sólo era una niña! — gritó de repente—. Me arrancó la camisa de un solo tirón. Me tumbó y…

Antes de continuar, la mujer volvió a la realidad y se enfrentó a los ojos de su hijo, inmensamente abiertos y clavados en ella: — Tú eres el fruto de ese ultraje —musitó—. Por eso., por eso te llaman nazareno. Porque tu padre era un cura cristiano. Es culpa mía.

Madre e hijo se miraron durante unos largos instantes. Las lágrimas volvieron a correr por el rostro del muchacho, pero esta vez a causa de un dolor diferente; Aisha luchó contra su propio llanto hasta que comprendió que le sería imposible contenerlo. Entonces dejó caer el vaso de limonada y extendió los brazos hacia su hijo, que se refugió entre ellos.

Aunque la joven Aisha hubiera salvado el honor con sus gritos, tan pronto como el embarazo fue notorio, su padre, un humilde arriero morisco, consciente de que no podía evitar la vergüenza, sí buscó al menos la manera de dejar de presenciarla. Encontró la solución en Brahim, un joven y apuesto arriero de Juviles con el que a menudo se encontraba en el camino y a quien propuso el matrimonio con su hija a cambio de dos mulas como dote: una por la muchacha y otra por el ser que portaba en sus entrañas. Brahim dudó, pero era joven, pobre y necesitaba animales. Además, ¿quién sabía siquiera si aquella criatura llegaría a nacer? Tal vez no superara los primeros meses de vida. En aquellas inhóspitas tierras eran muchos los niños que morían en su más tierna infancia.

A pesar de que la idea de que la muchacha hubiera sido forzada por un sacerdote cristiano le repugnaba, Brahim aceptó el trato y se la llevó con él a Juviles.

Pero, contra los deseos de Brahim, Hernando nació fuerte y con los ojos azules del cura que había violado a su madre. También sobrevivió a la infancia. Las circunstancias de sus orígenes corrieron de boca en boca, y si bien el pueblo se apiadó de la muchacha violada, no sucedió lo mismo con el fruto ilegítimo del estupro; aquel desprecio fue en aumento al ver las atenciones que dedicaban al chico don Martín y Andrés, mayores incluso que las que concedían a los niños cristianos, como si quisieran salvar de las influencias de los seguidores de Muhammad (BPD)  al bastardo de un sacerdote.

* Medida equivalente a 441,75 m2.

Referencia :
La Mano de Fátima , de Ildefonso Falcones

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