Sionismo,esa terrible herejía!-Por Roger Garaudy

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“El sionismo quiere definir al pueblo judío como una entidad nacional… Es una herejía” Rabino Hirsh 1.

¿En qué consiste el sionismo (que no la fe judía)? A menudo se define a si mismo.

En primer lugar es una doctrina política: “Desde 1896, el término sionista se aplica al movimiento político fundado por Theodor Herzl2.

En segundo lugar es una doctrina nacionalista que no nació del judaísmo sino del nacionalismo europeo del siglo XIX. El fundador del sionismo político, Herzl, no se reclamaba de la religión: “No obedezco a un impulso religioso”3. “Soy un agnóstico”4.

Lo que le interesa no es particularmente “Tierra Santa”: acepta de buen grado para el cumplimiento de sus objetivos nacionalistas Uganda o la Tripolitania, Chipre o Argentina (y no son ejemplos al azar,Argentina fue uno de los destinos “ofrecidos” que fueron descartados en su momento por priorizar “Tierra Santa” pero que en la actualidad toma nueva fuerza la versión aggiornada de “Los Protocolos de los sabios de Sión”) , Mozambique o el Congo5. Pero ante la oposición de sus amigos de fe judía toma consciencia de la importancia de la “poderosa leyenda” (mighty legend como dice en la anotación del 9 de junio de 1895 en su diario 6) que “constituye una llamada a la unión de un irresistible poder”7.

Es un eslogan movilizador que este político eminentemente realista no pudo ignorar. Así, proclamó, convirtiendo la “poderosa leyenda” del “regreso” en realidad histórica:Palestina es nuestra inolvidable patria histórica… su simple nombre será una poderosa llamada a la unión de nuestro pueblo”8.

“La cuestión judía no es para mi una cuestión social, ni una cuestión religiosa…, es una cuestión nacional”. En tercer lugar es una doctrina colonial. A este respecto el lúcido Theodor Herzl no oculta sus objetivos; como primer paso establecer una pequeña colonia bajo protección de Inglaterra o de cualquier otra potencia, en espera de construir el “Estado judío”. Por eso se dirige hacia aquel que se ha revelado como el maestro de este tipo de operación, el traficante colonial Cecil Rhodes que, partiendo de su pequeña colonia, supo crear África del Sur, una de cuyas regiones tomó su nombre: Rodesia.

Theodor Herzl le escribe el 11 de enero de 1902: “Se lo ruego, escríbame diciendo que ha examinado mi programa y que lo aprueba. Se preguntará porque me dirijo a usted, señor Rhodes. Lo hago porque mis planes son planes coloniales”9.

Doctrina política, nacionalista y colonial, esas son las tres características que definen al sionismo político que hizo triunfar en agosto de 1897 en el congreso de Basilea Theodor Herzl, su maquiavélico fundador, que, al final de dicho congreso, pudo decir con toda razón: “He fundado el Estado judío”10.

Medio siglo después fue, en efecto, esta política la que aplicaron con gran exactitud sus discípulos creando, según sus métodos y siguiendo su línea política, el estado de Israel inmediatamente después de la Segunda guerra mundial. Pero esta empresa política, nacionalista y colonialista no tenía razón de ser desde la perspectiva de la fe y la espiritualidad judías. Al mismo tiempo que el congreso de Basilea (que no había podido tener lugar en Munich – tal y como Herzl había previsto – por la oposición de la comunidad judía alemana) se celebró en América la Conferencia de Montreal (1897) en la cual, a instancias del Rabino Isaac Meyer Wise, la personalidad judía más representativa de la América de entonces, fue votada una moción en la que se oponían radicalmente dos lecturas de la Biblia, la lectura política y tribal del sionismo y la lectura espiritual y universalista de los Profetas.

“Desaprobamos totalmente toda iniciativa dirigida a la creación de un Estado judío. Las tentativas de este género evidencian una concepción errónea de la misión de Israel… que los profetas judíos fueron los primeros en reclamar… Afirmamos que el objetivo del judaísmo no es político ni nacional, sino espiritual… Apunta a una época mesiánica en la que todos los hombres reconocerán pertenecer a una sola y enorme comunidad para el establecimiento del Reino de Dios sobre la tierra”11.

Esto resume la primera reacción de las organizaciones judías desde la “Asociación de Rabinos de Alemania” o la “Asociación Israelita universal de Francia” hasta la “Israelitischen Allianz” de Austria o las asociaciones judías de Londres. Esta oposición al sionismo político, inspirada por la fidelidad a la espiritualidad de la fe judía, no ha dejado de ser expresada, incluso cuando tras la Segunda guerra mundial, aprovechándose una vez más, en la ONU, de las rivalidades entre las naciones, y, sobre todo, del apoyo incondicional de los Estados Unidos, el sionismo israelí logró imponerse como fuerza dominante y, gracias a sus lobbies, invertir la tendencia y hacer triunfar, incluso en la opinión pública, la política de fuerza israelo-sionista contra la admirable tradición profética.

No consiguió, sin embargo, acallar la crítica de los grandes espirituales. Martin Buber, una de las mayores voces judías de este siglo, no ha dejado, durante toda su vida y hasta su muerte en Israel, de denunciar la degeneración y la inversión del sionismo religioso en sionismo político. Martin Buber declaró en Nueva York: “El sentimiento que me embargaba, hace sesenta años cuando entré en el movimiento sionista, es esencialmente el mismo que me embarga hoy… Esperaba que ese nacionalismo no siguiera el camino de otros, comenzando por una gran esperanza y degradándose en seguida hasta convertirse en un egoísmo extremo, atreviéndose incluso, como Mussolini, a proclamarse sacro egoísmo, como si el egoísmo colectivo pudiera ser más sagrado que el individual. Cuando regresamos a Palestina, la pregunta clave fue: ¿Queremos venir aquí como amigos, como hermanos, como miembros de la comunidad de pueblos de Oriente Próximo, o como los representantes del colonialismo y del imperialismo? La contradicción entre el fin y los medios para alcanzarlo dividió a los sionistas: unos querían recibir de las Grandes Potencias privilegios políticos particulares, otros, los jóvenes sobre todo, querían simplemente que se les permitiera trabajar en Palestina con sus vecinos, por Palestina y por su futuro… ‘Todo no fue siempre perfecto en nuestras relaciones con los árabes, pero había, en general, buena vecindad entre nosotros’. El estado de ánimo de los establecidos en Palestina hasta ese momento queda perfectamente reflejado en esta frase, pero esto durará hasta la Segunda Guerra Mundial.

Dirigiéndose al XII Congreso sionista de Karlsbad, el 5 de septiembre de 1921, decía:

“Hablamos del espíritu de Israel y creemos no ser equiparables a otras naciones… Pero si el espíritu de Israel no es nada más que la síntesis de nuestra identidad nacional, nada más que una hermosa justificación de nuestro egoísmo colectivo… transformado en ídolo, nosotros que renunciamos a aceptar todo principio que no fuera otro que el Señor del universo, somos como las demás naciones, y bebemos con ellas de la misma copa que las embriaga. La nación no es el valor supremo… Los judíos son más que una nación: los miembros de una comunidad de fe. “La religión judía ha sido privada de sus raíces, y esa la causa de su enfermedad cuyo síntoma fue el nacimiento del nacionalismo judío a mediados del siglo XIX. Esta nueva forma de desear la tierra es la señal que marca lo que el judaísmo nacional moderno tomó del nacionalismo moderno de Occidente… “¿Qué tiene que ver en todo esto la idea de elección de Israel? La elección no implica un sentimiento de superioridad, sino un sentido del destino. Este sentimiento no nace de una comparación con los otros, sino de una vocación y de una responsabilidad de llevar a cabo una tarea que los profetas no dejaron de recordar: si os vanagloriáis de haber sido elegidos en lugar de vivir en la obediencia a Dios, sois unos felones”. Evocando esta “crisis nacionalista” del sionismo político que es una perversión de la espiritualidad del judaísmo, concluía: “Esperábamos salvar al nacionalismo judío del error de hacer de un pueblo un ídolo. Fracasamos”12. El profesor Judas Magnes, presidente de la Universidad hebraica de Jerusalén desde 1926, consideraba que el “Programa de Biltmore” de 1942, exigiendo la creación de un Estado Judío en Palestina “conduciría a la guerra contra los árabes”13. Cuando pronunció con ocasión del inicio del curso de 1946 el discurso de apertura de esta Universidad hebraica de Jerusalén que presidía desde hacía 20 años, dijo:

“La nueva voz judía habla por medio de los fusiles. Tal es la nueva Torá de la tierra de Israel. El mundo ha sido encadenado a la locura de la fuerza física. El cielo nos guarde de encadenar ahora al judaísmo y al pueblo de Israel a esta locura. El judaísmo que ha conquistado a una gran parte de la poderosa diáspora es un judaísmo pagano. Nosotros pensábamos, en tiempos del sionismo romántico, que Sion debía ser nuestra por medio de la rectitud. Todos los judíos de América son responsables de esta falta, de esta mutación… incluso aquellos que no están de acuerdo con las actuaciones de la dirección pagana, pero que se quedan sentados, con los brazos cruzados. La anestesia del sentido de moralidad conduce a su atrofia”14. En América, en efecto, tras la Declaración de Biltmore, los dirigentes sionistas poseían el más poderoso de los protectores: los Estados Unidos. La Organización sionista mundial había barrido la oposición de los judíos fieles a las tradiciones espirituales de los profetas de Israel, y había exigido la creación no ya de un “refugio nacional judío en Palestina”, según los términos (si no el espíritu) de la Declaración de Balfour de la anterior guerra, sino la creación de un Estado judío en Palestina.

Las amonestaciones no han faltado cada vez que Israel ha violado las leyes internacionales. He aquí dos ejemplos más en los cuales fue dicho en voz alta lo que millones de judíos piensan pero no pueden decir por la inquisición intelectual de los lobbies israelosionistas:

En 1960, durante el proceso de Eichmann en Jerusalén, el “American Council for Judaism” declaraba: “El Consejo Americano por el Judaísmo dirigió ayer una carta a Christian Herter para negar al gobierno israelí el derecho de hablar en nombre de todos los judíos. El Consejo declara que el judaísmo es un asunto de religión y no de nacionalidad”15.

El 8 de junio de 1982, el Profesor Benjamin Cohen, de la Universidad de Tel Aviv, escribía a P. Vidal-Naquet cuando se producía la sangrienta invasión israelí del Líbano: “Le escribo mientras escucho la radio que acaba de anunciar que “estamos” a punto de lograr ‘nuestro objetivo’ en el Líbano: asegurar la paz a los habitantes de Galilea. Estas mentiras me vuelven loco. Esta claro que esta guerra salvaje, más bárbara que todas las precedentes, no tiene nada que ver ni con el atentado de Londres ni con la seguridad de Galilea… Judíos, hijos de Abraham… Judíos, víctimas ellos mismos de tantas crueldades… ¿Cómo pueden llegar a ser tan crueles?… El mayor éxito del sionismo no es otro que este: la “desjudaización”… de los judíos. Haced, queridos amigos, todo lo que este en vuestra mano para que los Beghin y los Sharon no alcancen su doble objetivo: la liquidación final (expresión de moda estos días por aquí) de los Palestinos en tanto que pueblo y de los Israelíes en tanto que seres humanos”16. “El profesor Leibowitz, trata a la política israelí en el Líbano de judeo-nazi”17. Estos son los términos de la lucha entre la fe profética judía y el nacionalismo sionista, fundado, como todo nacionalismo, en el rechazo del otro y la sacralización del yo.

Incluso un hombre como el profesor André Neher, en su hermoso libro sobre “La esencia del profetismo”18 tras haber evocado espléndidamente el sentido universal de la Alianza – alianza de Dios con el hombre -, llega a escribir que Israel es “el signo por excelencia de la historia divina en el mundo. Israel es el eje del mundo, es su nervio, el centro, el corazón”.

Nuestra antología del crimen sionista es la complementación de los esfuerzos de aquellos de entre los judíos que han intentado defender un judaísmo profético contra un sionismo tribal. Lo que nutre al antisemitismo no es la crítica de la política de agresión, de impostura y de sangre del sionismo israelí, es el apoyo incondicional a su política que no participa de las grandes tradiciones del judaísmo, cosa que justificaría por medio de una interpretación literal dicha política y la elevaría por encima de toda ley internacional sacralizándola por medio de los mitos de ayer y de hoy.

Por Roger Garaudy


Notas

1 Washington Post del 3 de octubre de 1978.
2 Encyclopaedia of zionism and Israël. “Herzl Press” New-York 1971, volume II, p. 1262.
3 Th. Herzl: “Diarios” (Memorias). Ed. Victor Gollancz. 1958.
4 Ibidem, p.54.
5 Ibidem, passim.
6 Ibidem I, p. 56.
7 Herzl, El Estado judío, p. 45.
8 Ibidem, p. 209.
9 Herzl, Tagebuch, III, p. 105.
10 Diarios, p. 224.
11Conferencia de Rabinos americanos, Yearbook VII, 1897, p. XII.
12Martin Buber, Israel and the world, ed. Schocken, New-York, 1948, p. 263.
13 Norman Bentwich, For Sion sake, Philadelphia, Jewish Publication society of america. 1954. p. 352.
14 Ibidem, p. 131.
15 Le Monde del 21 de junio de 1960.
16 Carta publicada en Le Monde el 19 de junio de 1982, p. 9.
17 Yediot Ahanoroth, 2 de julio de1982. p. 6.
18 Ed. Calmann-Levy, 1972, p. 311.

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