A 35 años de la muerte de Don Jorge Cafrune (+ Videos)

La “historia oficial” dice que el folklorista murió en 1978 en un accidente de ruta. Su hija, Yamila Cafrune, abogada y cantante, cuenta que la familia siempre sospechó que fue un asesinato político.

Yamila cuenta que a la familia le pareció extraño el accidente. Para López Rega, Cafrune era más peligroso que un ejército.

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Jorge Antonio Cafrune

Jorge Antonio Cafrune, nació en el Sunchal, Perico del Carmen (provincia de Jujuy) – Argentina), en la finca de sus padres, llamada “La Matilde”, un 8 de agosto de 1937.

Sus padres, don José Jorge Cafrune y doña Matilde Argentina Herrera, eran ambos jujeños. Descendientes de familias árabes (hijos de sirios y de libaneses).

Vivió casi toda su infancia en la finca con sus padres, y recién se trasladó a la ciudad capital, San Salvador de Jujuy, cuando tuvo que hacer sus estudios secundarios (los cuales realizó en el colegio del Salvador).

Finalizados los mismos, se trasladó con toda su familia (sus padres y hermano, José Demetrio) a la ciudad de Salta.

Allí trabajó en el bar Madrid, de su tío Ramsy Cafrune, hermano de su padre. Primero tras del mostrador, y luego como mozo.

Esto ocurrió hasta la fiesta de cumpleaños de un amigo, en donde comenzó a cantar y se encontró con un par de muchachos más, con quienes decidieron formar un conjunto. Fue así que en el mismo bar, cuatro changuitos jujeños (Luis Alberto Valdéz, Tomás Alberto Campos, Gilberto Vaca y Jorge Cafrune), formaban el grupo folclórico “Las Voces de Huayra”. Este nombre se lo puso la tía de Jorge Cafrune, doña Amelia Murillo, esposa de Ramsy. Así fue como grabaron un primer acetato con una cía. discográfica de Salta: “H. y R.”.

Allí también los convoca Ariel Ramírez, esta convocatoria los llevó, junto a la cía. de este compositor, a actuar en Mar del Plata.

De allí vuelven a Salta, ya que el Papi tenía que realizar el servicio militar. Le toca en la ciudad de Salta, pero pide traslado a la ciudad de Jujuy. Sin haber culminado este ciclo, vuelve con su grupo para grabar en la Capital Federal, un nuevo disco, también con el sello Columbia.

Algunas diferencias entre los integrantes, hace que su regreso de Buenos Aires sea anticipado.

Vuelve a ser convocado por Ariel Ramírez, pero como ya no tenía el mismo grupo, conforma otro: Los Cantores del Alba (Tomás Campos, Gilberto Vaca, Javier Pantaleón y Jorge Cafrune). Con esta formación actuarían nuevamente con Ariel Ramírez y su cía.

Su carácter hace que se separe del grupo, sin dejar de ser amigo de los integrantes… Pero cediéndoles el espacio que él no podía compartir.

En el año 1960, debuta como solista en el “Centro Argentino” de la ciudad de Salta.

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Jorge Antonio Cafrune

Desde allí, su primera gira por las pcias. del Chaco, Corrientes y Entre Ríos… Para pasar a Buenos Aires, donde no obtiene ninguna chance, ni en la televisión ni en los medios radiales.

Sigue entonces su camino por el Uruguay… Debutando en el Canal 4 de ese país (era su primera presentación en televisión). Gracias al éxito obtenido, sigue unos meses más por esos pagos y pasa al Brasil.

Por la barba que usaba, tuvo algunas dificultades en la frontera, así que realizó toda una gira fronteriza uruguayo-brasileña: actuó en Río Grande do Soul, Pelotas, Santa Catalina, Brasilia, etc.

Llevado un año de ausencia de su país, regresa a Salta para pasar las fiestas con su familia.

De allí, nuevamente a Buenos Aires, para actuar en un programa de televisión que por aquel entonces tenía don Jaime Dávalos (gran poeta y escritor argentino, salteño él). Éste lo invita para ir al Segundo Festival de Cosquín (Pcia. de Córdoba), diciéndole que allí podría presentarle a gente de la Comisión.

Cuando el papi llega, va a parar a la confitería “Europea”, de la flía. Castro, donde se realizaban las mejores guitarreadas de todo Cosquín.

Se pone a cantar, y lo escucha el Dr. Wisner (presidente de la Comisión) y dos señoritas muy gentiles que son sus verdaderas madrinas y lo apoyan y deciden que esté en el festival.

Desde ese momento, se prepara para la gran noche (eligió la canción “El silbidito” para su actuación.), de la cual saldría primera revelación de Cosquín, consagrado únicamente por el aplauso del público. (año 1962).

De allí pasó a realizar giras artísticas por todo el país, integrando, entre ellas, nuevamente el elenco determinado por Ariel Ramírez.

Pero la más importante fue la que realizó por su cuenta y costo: “De a caballo por mi Patria”, gira en la cual viajó con camiones (de agua, para los caballos), con una vaca lechera (para alimentar a su gente, y con la leche de la misma, mi mamá hacía yogur para cuando no había qué comer), con el tanque con agua… Y todo un elenco de artistas y no tan artistas, que además de proyectarlos sobre el escenario, algunos de ellos hacían a veces de representantes (se le adelantaban y lo vendían en los lugares a los cuales él después iba a llegar).

Sufrieron varias penurias económicas debido a que no siempre los lugares podían pagarles un cachet fijo o estable. Por lo tanto, muchas veces tenían que salir a cazar para poder comer…

Con el tiempo y con la fama que poco a poco iba alcanzando con su gente, deja la gira (con la cual recorrió casi todo el país). Instalado ya desde hacía algunos años en la Pcia. de Buenos Aires (Los Cardales), lo llaman para integrar una comitiva Argentina que iría a los Estados Unidos de Norteamérica.

Fue, junto a Hugo del Carril (gran cantante de tango, ya desaparecido) el más aplaudido y esto fue sorpresivo para la propia comitiva.

De allí, pasa a España, formando también una comitiva de artistas (cantores y bailarines).

La Madre Patria aceptó a éste hijo de Argentina con los brazos abiertos y las palmas preparadas para el aplauso permanente.

Gracias al éxito que obtuvo allí esa vez, lo volvieron a contratar… Y así llegó a ser Madrid su segunda casa. Desde esa ciudad, a la que tomó como referencia, se dirigía a toda Europa, a la que fue ganando de a poco…

Debido a la fuerza y a las ideas mencionadas en su repertorio, era considerado un verdadero representante del pueblo (de todos los pueblos oprimidos por la economía y la sociedad consumista). Es por ello, que si bien era masiva y popular su fama que ya era muchísima, había personas a las que le molestaba su canto y su forma de decir las cosas.

A pesar de la realidad política que vivía la Argentina, y habiendo varios artistas similares a él a los que los “habían hecho ir” de su país, él volvió a su lugar de origen para cantar lo que todos esperaban escuchar de él

Fue así que durante la época de la dictadura, y durante la presidencia del Gral. Jorge R. Videla decide hacerle un homenaje al Gral. San Martín (libertador de América).

Su homenaje consistía en recorrer a caballo la ruta que unía la Capital Federal hasta Yapeyú (Pcia. de Corrientes – donde había nacido el Gral. San Martín).

Durante su travesía, a primeras horas de la noche del 31 de enero de 1978 y yendo acompañado de otro jinete, es atropellado en la ruta vieja de la ciudad de Benavídez (Pcia. de Buenos Aires) por una camioneta manejada por un menor, que venía tomado y sin luces.

No muere en forma inmediata, sino que es atendido con primeros auxilios y no en forma especializada, ya que no se contaban con los medios para ello.

Fallece durante la primera hora del día 01 de febrero de 1978, en la Pcia. de Buenos Aires, luego de algún pobre intento por salvar su vida (cosa que ya no estaba en manos humanas de lograr).

Atrás quedaba su familia: su esposa Marcelina A. Gallardo y las cuatro hijas que tuvo con ella (Yamila, Victoria, Zorayda Delfina y Eva Encarnación) y la compañera de los últimos años (Lourdes López Garzón – española) y sus hijos (Juan Facundo y Macarena ).

Dejó un sin fin e inimaginable numero de gente que lo admiraba y lo amaba… Y que aún hoy, después de 23 años de faltar su presencia física, lo siguen recordando a través de su canto, su idea y sus palabras.

Gracias por hacer que, a través de estos nuevos medios de información, su memoria siga presente entre nosotros. (*)

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Desde Palestina, con mirada y corazón latinoamericano – Por María Landi

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Habitante de campo de refugiados de Aida, uno de los tres que hay en Belén, la autora, observadora y activista de derechos humanos, desmenuza para Desinformémonos el drama del pueblo palestino.

Campo de refugiados de Aida. Belén, Cisjordania ocupada.

Soy una activista de derechos humanos. He trabajado en este campo desde la dictadura de mi país, Uruguay, hasta Chiapas después del alzamiento zapatista. Desde hace dos años estoy dedicada a la causa palestina, haciendo observación y acompañamiento internacional durante algunos períodos al año. He vivido en la aldea más pequeña del norte de Cisjordania (Yanun, cerca de Nablus), en la Ciudad Vieja de Hebrón (la ciudad cisjordana más grande, en el Sur), y ahora estoy en el pueblo de Belén (a 10 kilómetros de Jerusalén, pero totalmente desconectado de ella por el Muro de apartheid).

Algunas personas me han preguntado por qué a estas alturas de mi vida he decidido volcarme totalmente a la causa palestina. Si yo hiciera la pregunta, la formularía al revés: ¿por qué tan tarde? Pero ya que Desinformémonos me ha invitado a colaborar regularmente con la revista, puede ser una buena oportunidad para intentar responder la pregunta, a modo de introducción a esta colaboración.

El drama del pueblo palestino (un pueblo indígena, originario o nativo de esta tierra) despojado de su territorio y sus derechos elementales por el proyecto sionista de colonización y limpieza étnica sintetiza, para mí, las luchas a las que dediqué mi vida durante 30 años: la libertad de los presos políticos y el fin de la impunidad de las violaciones a los derechos humanos; la resistencia a la militarización y el imperialismo; el apoyo a los pueblos indígenas o campesinos en su defensa de la tierra, el territorio, el agua y los bienes naturales contra el modelo depredador capitalista y neocolonialista; las mujeres como cuidadoras de la vida contra todas las formas de violencia patriarcal, económica y militar.

En estos dos años he intentado –a través de mi blog, artículos, entrevistas radiales e infinidad de charlas y presentaciones públicas- dar a conocer y sobre todo hacer entender la realidad palestina en mi continente, América Latina; donde –estoy convencida- todavía no se la entiende.

La teoría de los dos demonios en Medio Oriente

Como latinoamericana del Cono Sur, encuentro otra similitud entre la tragedia palestina y lo que vivimos en nuestra región. Durante más de 30 años lxs defensorxs de Derechos Humanos nos pasamos refutando la teoría de “los dos demonios”, e intentando explicarle al mundo y a nuestra propia sociedad que los crímenes masivos cometidos por los militares no eran producto de una guerra donde se habían enfrentado dos bandos armados, sino de un sistema de aniquilación de la sociedad civil, planeado y ejecutado desde la institucionalidad del aparato estatal, al que llamamos “terrorismo de Estado”.

La analogía no podría ser más adecuada para explicar la verdadera naturaleza del “conflicto” palestino-israelí. Los medios de comunicación occidentales lo han presentado siempre como una guerra entre dos bandos igualmente responsables por la violencia y la incapacidad de alcanzar una solución negociada (y eso en el mejor de los casos, cuando no se carga todo el peso sobre la “intransigencia” de los palestinos). Esta falsa simetría suele ir reforzada por la imagen estereotipada de los palestinos como terroristas con la cara cubierta y el torso envuelto en explosivos, o con un arma automática en la mano. No pocos intentan incluso presentarlo como un conflicto civilizatorio entre Oriente y Occidente, o hasta religioso entre Islam y el mundo Judeo-cristiano.[1]

Sin embargo, no hay nada más asimétrico que las dos partes enfrentadas en este largo conflicto, ya que nunca se puede equiparar al oprimido con el opresor (al ocupado con el ocupante, en este caso), ni atribuirles la misma responsabilidad. De un lado tenemos a un país del Primer Mundo, con todos los recursos bélicos imaginables, y del otro a un pueblo en su inmensa mayoría desarmado, perseguido y acorralado, que se aferra con uñas y dientes a la tierra de la cual quieren expulsarlo, y la defiende lanzando piedras a los tanques. No en vano las víctimas palestinas son cuatro veces más que las israelíes.

Mientras Israel tiene como aliado incondicional a la potencia más poderosa del mundo (de la cual recibe anualmente dos mil millones de dólares en ayuda militar) y es él mismo la cuarta potencia nuclear del mundo, tiene un sitio en la ONU y una economía que es tres veces la de todos los países vecinos juntos (incluido Egipto), y domina la narrativa en la opinión pública mundial presentándose como la víctima, los palestinos no tienen un sitio pleno en la ONU, no tuvieron nunca un ejército (ni mucho menos armas sofisticadas), tienen una economía totalmente subordinada y 50 veces inferior a la de Israel, y hoy disponen de apenas un 12 por ciento de lo que era su territorio original, la Palestina histórica (mientras Israel mantiene el control absoluto sobre sus fronteras terrestres, su espacio aéreo y marítimo y sus ondas de telecomunicaciones).[2]

Pero por encima de toda la información y los análisis que he intentado elaborar, traducir y compartir, desde que pisé esta “Tierra Santa” (una expresión convencional que me gusta usar en el mismo sentido que los tsotsiles de Acteal hablan de “tierra sagrada de los mártires”) mi principal obsesión ha sido romper los estereotipos fabricados por la maquinaria de propaganda mentirosa israelí (hasbara) y sus cómplices occidentales, y dar a conocer a un pueblo profundamente cálido, comunicativo, amigable, increíblemente paciente y pacífico. Tanto, que al ser testigo directo del infierno en que Israel ha convertido su vida cotidiana hasta en los más mínimos detalles, una no termina de asombrarse que en más de seis décadas haya habido tan pocos atentados suicidas, que la resistencia armada sea tan minoritaria (hoy en día, reducida exclusivamente a Gaza), y que la inmensa mayoría de los palestinos jamás haya usado un arma.

Quienes hemos pisado esta tierra coincidimos en afirmar sin duda alguna que el palestino es el pueblo más hospitalario y generoso del mundo. En cualquier comunidad palestina -urbana o rural, pequeña o grande- la experiencia para cualquier persona que llega del extranjero es la misma: ser bienvenida, agasajada, acogida, cuidada y protegida. Lxs mismxs activistas israelíes lo experimentan cuando vienen a acompañar las ocupaciones, manifestaciones semanales y otras actividades totalmente pacíficas, que son sistemática y violentamente reprimidas por las fuerzas de ocupación.

Vida y muerte en un campo de refugiados

Mi actual lugar de residencia es el campo de refugiados de Aida, uno de los tres que hay en Belén. Para quienes no saben, los campos de refugiados (hay muchísimos en Gaza y en Cisjordania) son asentamientos que se formaron con población expulsada de sus aldeas, pueblos y ciudades de origen cuando las fuerzas sionistas en 1948 y en 1967 realizaron campañas de limpieza étnica para apropiarse del territorio palestino y crear el Estado de Israel primero, y expandir la ocupación después (eso significa que la mayoría de sus habitantes fueron desplazados y convertidos en refugiados dos veces).

Actualmente los campos de refugiados son lo más parecido a una favela brasileña, una barriada de Caracas o un pueblo joven de Lima. Se caracterizan por la pobreza, la precariedad y sobre todo el hacinamiento: debido a la alta tasa de natalidad palestina, las familias van sumando generaciones en la misma vivienda, construyendo una planta encima de la otra o amontonándose en la misma superficie. El espacio público y el planeamiento son inexistentes, los servicios básicos son precarios, y las oportunidades de desarrollo humano mínimas. No obstante, en todos los campos existe una organización dinámica en torno a instituciones que ofrecen actividades educativas, culturales y recreativas (teatro, danza, deporte, talleres, etc.). Una de las vertientes más fuertes de trabajo es la afirmación de la identidad cultural y la memoria colectiva sobre el derecho al retorno a los lugares de donde fueron expulsados durante la Naqba[3]. Por eso las familias guardan las llaves de las casas que fueron obligadas a abandonar y las transmiten de generación en generación. Esas llaves son un componente simbólico poderoso en las artes plásticas, los murales, las danzas y los diseños textiles, y a menudo la entrada de los campos de refugiados está decorada con una enorme llave.

Los muhayyamiin (su nombre en árabe) son también los lugares más politizados y combativos, y por lo mismo, blanco favorito de las fuerzas de ocupación. La semana pasada hubo incidentes en Aida durante cuatro días seguidos. Los “incidentes” no son, como podría pensar un lector desprevenido, enfrentamientos armados entre palestinos y soldados israelíes; son incursiones de las fuerzas de ocupación para reprimir, arrestar e incluso herir o matar a los jóvenes, cuyo delito consiste exclusivamente en tirar piedras contra el Muro que rodea al campo, o –los más intrépidos- tratar de escalarlo para poner en lo alto una bandera palestina. Acciones inofensivas que no comprometen en absoluto la invulnerable seguridad israelí; quizás sí temerarias, considerando que enfrentan a un enemigo sanguinario e implacable, pero totalmente comprensibles cuando esos jóvenes están sometidos a una vida de humillación y abusos cotidianos, sin libertad, sin trabajo, sin perspectivas de futuro, sin poder aspirar a una vida mínimamente normal, y experimentando a diario cómo su dignidad masculina es negada y pisoteada. Se trata de un juego perverso, mortífero y reiterado, donde los muertos siempre los ponen los palestinos, y jamás los soldados.

Algo que diferencia radicalmente a los muhayyamiin de nuestras barriadas populares es la ausencia de delincuencia y los males asociados (drogadicción, alcoholismo, etcétera). El palestino es un pueblo profundamente religioso (musulmán en su mayoría), con una moral muy estricta, donde las actividades criminales se asocian a la colaboración con Israel y se castigan con severidad. Efectivamente, el poder ocupante está siempre intentando corromper a los jóvenes para destruir o debilitar el tejido social; y en algunos lugares concretos parece estar haciendo progresos alarmantes, como la periferia de Jerusalén (donde la policía palestina no pueden entrar, y la israelí deliberadamente la ha convertido en tierra de nadie).

No obstante, aquí –como en casi toda Palestina- yo puedo caminar con total tranquilidad a cualquier hora de la noche con mi cámara y mi laptop a la vista –incluso por los rincones más oscuros- sin el menor temor a ser asaltada. Si encuentro un grupo de muchachos en una esquina, sé que no hay nada que temer, sino al contrario: son guías que me indicarán amablemente cómo llegar a un lugar si no lo encuentro, e incluso me acompañarán hasta mi destino para que no me pierda, preguntándome de dónde soy y repitiendo varias veces “Ahlan wa sahlan” (“bienvenida”).

En mis dos primeros días en Aida, además de intercambiar sonrisas, saludos y frases elementales en “arabinglish” con niñxs, jóvenes, mujeres y comerciantes, experimenté la intensidad con que aquí se pasa abruptamente de la alegría al llanto, de la vida a la muerte y viceversa. La primera noche el muhayyam era una fiesta: todo el mundo estaba en la calle para recibir a Shadi Abu Akar, liberado después de pasar diez años en las cárceles israelíes (un joven que no aparenta más de 30 años). Había banderas por todos lados, carteles y pasacalles con su rostro, guirnaldas de luces y banderitas palestinas, cantos combativos interminables, y por supuesto sillas para recibir a los invitados y ofrecerles café, refrescos, dulces y sándwiches. Aunque las mujeres se mantienen a distancia de este agasajo que suele estar reservado a los hombres, yo, que como extranjera pertenezco a un ‘tercer género’, fui bienvenida y agasajada con naturalidad. Incluso saludé dándole la mano al prisionero liberado, diciéndole que era de América Latina y que estaba feliz de participar de su bienvenida.

Pero la alegría duró poco: al día siguiente se anunció que Saleh Almerin, un adolescente de 15 años (único varón entre seis hijas) del vecino campo de refugiados de Al Azza, que había sido herido gravemente en la cabeza durante los incidentes de la semana pasada en Aida, acababa de morir. Estuve varias horas con la multitud a la entrada de Al Azza, en una noche gélida, esperando que trajeran el cuerpo de Saleh desde Jerusalén. Motazzem, otro adolescente de 17 años, amigo y vecino de Saleh, insistió en quedarse conmigo todo el tiempo, protegiéndome de los gases lacrimógenos que los soldados arrojaron a la gente cuando se concentraba para recibir al difunto (porque Israel no respeta ni a los muertos palestinos ni a sus deudos). “Es que en el fondo nos tienen miedo”- me dijo Mota-; “es la única forma que tienen de defenderse y de controlarnos”.

Desde un balcón de Al Azza asistí en vivo a una escena que tantas veces hemos visto por televisión: el cadáver del niño envuelto en la bandera palestina fue transportado por una multitud de hombres jóvenes en medio de gritos, cánticos y consignas. Las mujeres ululaban y lloraban, y algunos jóvenes amigos de Saleh –incluido mi acompañante- también. Con asombrosa velocidad el cortejo se dirigió caminando varias cuadras hasta el cementerio de Aida, en medio de la oscuridad de la noche sólo iluminada por una luna impávida. “Allah wakbar! Allah wakbar! Allah wakbar!” era el grito más fuerte y persistente, repetido también durante el rápido entierro. La multitud de los dos campos de refugiados era un solo grito de dolor, rabia, indignación e impotencia.

Al salir, una joven de la vecina Beit Jala a la que conozco, me dijo: “Tengo tanta rabia, tanto odio, tanta frustración, que hoy sería capaz de hacer cualquier cosa”. Los muchachos parecían sentir lo mismo, pues un grupo grande se dirigió hacia una de las torres de vigilancia del Muro (donde se apostan los soldados) y empezó a arrojarle piedras de tamaño considerable. La respuesta, como siempre, fue un desborde de gases lacrimógenos, granadas de estruendo y balas de goma forradas de acero.

Pero eso no fue todo: mientras esperábamos el cuerpo de Saleh, corrió la noticia de que otra joven de Belén había sido asesinada por los soldados israelíes ese mismo día. Después supimos los detalles: Lubna Hanash (21 años), estudiante avanzada de ciencias políticas y residente en la localidad contigua de Hindasa, perdió la vida cerca del campo de refugiados de Arroub (en el camino entre Belén y Hebrón). Según testigos sobrevivientes, tres soldados israelíes bajaron de un vehículo frente al centro universitario de Arroub y, sin mediar explicación, dispararon a un grupo de jóvenes. Lubna murió y otros dos están internados en estado crítico. La versión mentirosa de los soldados, desmentida tajantemente por una sobreviviente que fue herida en una mano, fue que los jóvenes estaban provocándolos con cócteles molotov.

Al día siguiente, de nuevo una multitud se concentró frente a Al Azza para salir en marcha de camiones hacia Hindasa, donde todavía tenía lugar el funeral de Lubna. De nuevo haciendo uso del privilegio de ser parte del tercer género, fui invitada por los muchachos a ir con ellos en uno de los minibuses. Llegamos al lugar donde todo estaba dispuesto con gran organización: sillas en fila, café, un toldo grande para proteger del frío, un estrado con micrófono y amplificación para los discursos, presidido por una gigantografía que reproducía el rostro de Lubna; y un público de deudos, vecinos y dignatarios exclusivamente masculino, porque en Palestina los funerales (igual que las bodas) se hacen en espacios separados para cada sexo.

Sin necesidad de pedirlo, un muchacho me hizo señas para que lo siguiera hasta el lugar donde estaban las mujeres, en la casa de Lubna, en cuya fachada lucía una enorme bandera palestina y otra gigantografía con su rostro sonriente. El ambiente allí era más privado, más cálido: las mujeres conversaban (no había discursos ni ceremonias), tomaban café, y también lloraban. Como siempre, me hicieron sentir bienvenida y acogida, las que podían hablaron conmigo en inglés, me presentaron a las hermanas de Lubna, e insistieron en llevarme con su madre. El corazón se me partió cuando abracé a esa mujer deshecha de dolor y la besé varias veces diciéndole entre lágrimas: “Allah iarjama”. Tomé algunas fotos –con el permiso de las mujeres-, pero no quise tomársela a la madre de Lubna: aun cuando podía ser un testimonio poderoso para el mundo, sentí que debía respetar la privacidad de un dolor tan profundo e insondable.

Llorar con las mujeres me hizo sentir aún más cerca de ellas. Mientras tomaba café y conversaba, una de ellas me preguntó (mientras otra traducía): “¿En tu país la gente sabe lo que nos hace Israel? ¿Por qué el mundo no hace nada por nosotros?”. Es la pregunta que escucho siempre a lo largo y ancho de Cisjordania, desde el Valle del Jordán hasta la periferia de Jerusalén, en las aldeas y en las ciudades, y que atraviesa mi corazón como una daga.

Cuando salí de la casa descubrí que los camiones ya habían regresado a Aida, pero no tuve la menor inquietud, porque antes de pensar cómo volver, los hombres del lugar se pusieron de acuerdo y uno de ellos me indicó que subiera al auto para traerme hasta la puerta del muhayyam. Incluso me regaló un poster que traía pegado en el auto con el rostro de Lubna, que me sonríe invencible desde el paraíso de su Dios mientras escribo estas líneas desconsoladas.

Tender puentes hacia América Latina

Yo no tengo una respuesta a las dolorosas preguntas de las palestinas. Lo único que puedo hacer es estar aquí, materializando mi solidaridad, acompañando su resistencia cotidiana cuando enfrentan a los soldados; cuando esperan interminablemente en un checkpoint para ir al hospital, a estudiar, a trabajar o a rezar; cuando los colonos violentos destruyen con total impunidad sus cultivos y sus olivos, matan sus animales y les roban su tierra y su agua; o simplemente llorando con ellas, como hoy.

De hecho este artículo iba a tener como tema la coyuntura política, ya que otra de mis obsesiones es hacerles entender a lxs activistas de América Latina que el tan mentado y flamante “Estado palestino” es una ficción, y que nuestra solidaridad tiene que apuntar en otra dirección que no sea la de celebrar y apoyar algo que no existe. La realidad es que lxs palestinxs sufren a diario un régimen racista de ocupación militar pura y dura, colonización territorial y apartheid jurídico; y eso no sólo no ha cambiado después del 29 de noviembre de 2012, sino que se ha agravado.

Nuestra tarea como colectivos, movimientos y redes latinoamericanos es pues unir fuerzas para boicotear, aislar, sancionar y deslegitimar al régimen colonialista y racista de Israel, con las mismas armas que la comunidad internacional apoyó la lucha sudafricana para derrotar al régimen de apartheid de ese país.

Es lo que nos están pidiendo las y los palestinos de todos los colores desde 2005, y lo que ya están haciendo –con resultados sorprendentemente importantes- en otras regiones del mundo. Pero ese será tema de un próximo artículo.(24/1/2013)

Notas :

[1] Esto es particularmente enfatizado por las poderosas corrientes del cristianismo sionista, surgido en EEUU (donde sus recursos y su poder de incidencia política y mediática son muy similares a los AIPAC, el poderosísimo lobby sionista) pero presente en todo Occidente. No hay espacio en este artículo para profundizar en el fenómeno.

[2] Jeff Halper, Director del Comité Israelí contra las demoliciones de casas (ICAHD).

[3] Nakba significa en árabe “catástrofe” y designa el proceso de limpieza étnica por el que las fuerzas sionistas del naciente Estado de Israel destruyeron más de 500 aldeas, pueblos y ciudades, asesinaron a más de 100 mil personas y convirtieron en refugiadas a unas 800 mil personas, a las que hasta el día de hoy el estado de Israel les prohíbe regresar a su tierra.

 Fuente :  Desinformémonos

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El holocausto olvidado – Por Yetlaneci Alcaraz

Johan Rukeli Trollman Caso emblemático
Johan Rukeli Trollman Caso emblemático

En 1496: auge del pensamiento “humanista”. Los pueblos rom (gitanos) de Alemania, son declarados “traidores a los países cristianos, espías a sueldo de los turcos, portadores de la peste, brujos, bandidos y secuestradores de niños”.

Johann Rukeli Trollman nació en Hannover el 27 de diciembre de 1907 en una familia gitana. Fuerte y hábil con los puños y con un juego de pies privilegiado, en junio de 1933 el joven alemán disputó el título de peso semi-pesado de su país. Sin embargo aquellos no eran buenos tiempos. Adolfo ­Hitler acababa de llegar al poder y en el ambiente imperaba un rechazo abierto a todo lo que no fuera ario.

De piel morena, ojos y cabello oscuros, Trollman no era bien visto por los dirigentes deportivos ni por los políticos. Además de su origen sinti, su estilo de boxeo, basado en el movimiento de sus pies, iba contra la escuela alemana, que en ese momento tenía como prototipo a hombres grandes, fuertes, rígidos, que sólo golpeaban sin hacer grandes movimientos. Su estilo, decían, “no era demasiado alemán”.

En la pelea por el campeonato, ­Rukeli se enfrentó al peso pesado Adolf Witt. Con su movimiento de pies y agilidad dominó por mucho el encuentro. Sin embargo los jueces declararon un empate. La furia de la audiencia por el claro robo del campeonato obligó a los jueces a rectificar en el momento y a reconocer la victoria del joven gitano. Éste lloró al celebrar su triunfo en el ring, pero al cabo de seis días recibió una notificación de la Federación Alemana de Boxeo para informarle que se le retiraba el título por “comportamiento vergonzoso”. El llanto vertido fue el pretexto que las autoridades encontraron para despojarlo del campeonato.

Su desgracia no terminó ahí. Poco tiempo después fue obligado a pelear de nuevo. En esa ocasión la federación le advirtió que debería hacer a un lado su particular estilo y pelear “como un alemán” o de lo contrario perdería su licencia. En un claro reto a la autoridad, el día del combate Rukeli subió al ring con el cabello pintado de rubio y con el cuerpo completamente enharinado. Se plantó en el centro del cuadrilátero y permaneció inmóvil. El encuentro sólo duró cinco rounds, pues no opuso resistencia a su contrincante. Ese fue el fin de su carrera deportiva.

© RealFiction
© RealFiction

En 1938, cuando el régimen nazi comenzó la persecución racial, Trollman fue esterilizado y enlistado en el ejército para combatir en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. En 1942, cuando el gobierno nazi determinó la deportación de los gitanos, el expugilista fue enviado al campo de concentración de Neuengamme, en Hamburgo, donde murió en condiciones que aún no se determinan.

La de Trollman se suma a la lista de más de 500 mil historias –en realidad no se sabe el número exacto– de hombres, mujeres, ancianos y niños gitanos que murieron en campos de concentración y exterminio nazis.

Luego de terminada la guerra, los crímenes cometidos contra esta minoría permanecieron en el olvido durante décadas. Nadie habló de los gitanos, a pesar de que junto con los judíos fueron una de las etnias que el régimen nazi se propuso exterminar.

La tragedia de los gitanos no fue reconocida sino hasta 1982, cuando el entonces canciller alemán Helmut Schmidt pronunció por primera vez en un acto público la palabra genocidio. “La dictadura nazi –dijo en un discurso el 17 de marzo de 1982– infligió una gran injusticia contra los sinti y los roma. Fueron perseguidos por razón de raza y los crímenes en su contra constituyen un acto de genocidio”.

Los gitanos de Europa se autodenominan sinti y roma. Ambos términos provienen del romano, el lenguaje de los gitanos. La rama de esta etnia que proviene de Europa central se conoce como sinti; los roma son oriundos del sureste europeo. Hoy en día esta minoría representa, de hecho, la mayor de Europa, con más de 11 millones de individuos.

Tras largos años de lucha, que incluyó en 1980 una huelga de hambre de gitanos sobrevivientes del holocausto en el campo de concentración de Dachau, a comienzos de los noventa las comunidades sinti y roma de Alemania lograron que se les reconociera como víctimas del régimen nazi. En aquel momento el gobierno alemán aprobó la edificación de monumentos en memoria de los judíos, homosexuales y gitanos liquidados por el genocidio nazi.

Sin embargo tuvieron que pasar otros 20 años para que este reconocimiento fuera palpable. En octubre pasado la canciller alemana Angela Merkel inauguró en la capital germana el primer monumento oficial en recuerdo de los gitanos víctimas del holocausto. Se trata de un gran espejo de agua con fondo negro erigido en el punto medio entre el Reichstag (Parlamento alemán) y el monumento a los judíos asesinados en Europa, en el corazón mismo de Berlín. En el centro del estanque sobresale un triángulo negro sobre el que todos los días se coloca una flor como símbolo contra el olvido. El triángulo negro representa el que debían portar de forma visible en sus ropas todas las personas catalogadas como antisociales en la Alemania nazi. Dentro de este grupo se encontraban los gitanos.

“Campo gitano”

A partir de 1934 se registraron las primeras deportaciones de gitanos a los campos de detención acompañadas de la esterilización forzada. Con motivo de los Juegos Olímpicos, desde el verano de 1936 miles de familias gitanas que vivían en Berlín fueron trasladadas al campo de detención de Marzahn, en el suburbio berlinés.

En 1938 por órdenes del máximo jefe de las SS y de la policía alemana, Heinrich ­Himmler, se creó una oficina central dentro de la Policía Criminal del Reich, en Berlín, para dirigir y coordinar el registro y persecución de los gitanos. En diciembre de ese mismo año el jerarca nazi emitió las bases del decreto para enfrentar la cuestión gitana y dar así una solución final al tema.

Por ello a partir de 1939 hubo deportaciones masivas de miles de gitanos hacia los principales campos alemanes, como Buchenwald, Dachau, Sachsenhausen, Mauthausen y Ravensbrück.

No pasó mucho tiempo para que Himmler ordenara la deportación masiva a territorio polaco ocupado; es decir, a los campos de exterminio. No sólo se decidió el traslado de todos los gitanos que permanecían en suelo alemán, sino también el de todos aquellos que se encontraban en los territorios ocupados y anexados al Tercer Reich. La medida incluyó a los gitanos de Polonia, Austria, Rumania, Hungría, Bélgica, Holanda, Checoslovaquia y Francia.

La mayoría de los grupos sinti y roma fueron llevados al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, que este domingo 27 cumple 68 años de haber sido liberado por el Ejército Rojo.

Este fue el mayor de todos los campos de extermino ideado por los nazis. A 60 kilómetros de la ciudad polaca de Cracovia, en esta prisión fueron asesinados cientos de miles de víctimas en las cámaras de gas. Las cifras oficiales dan cuenta de millón y medio de hombres, mujeres y niños aniquilados con el desinfectante zyklon B e incinerados en los cuatro enormes crematorios instalados ­ex profeso.

Fueron los propios gitanos quienes desde finales de 1942 y hasta principios de 1943 erigieron, a base de trabajos forzados, la Sección B II E de este campo, que sería conocida como “campo gitano”.

El área destinada a esta minoría constaba de 40 barracas cercadas con alambre de púas electrificado; justo detrás de ellas se ubicaban las cámaras de gas y los crematorios.

El horror que ahí se vivió es descrito a partir de informes recabados por el Consejo Central de Sinti y Roma en Alemania. En los documentos se indica que cuando los gitanos llegaban al área destinada para ellos se les registraba, de acuerdo con su sexo, en libros denominados hauptbücher (libros principales). Su condición de seres humanos desaparecía y se convertían en un número, el cual se les tatuaba en el brazo junto con una Z de zigeuner, gitano en alemán. A los bebés les colocaban el número en el muslo.

Hubo casos en los que, sin previo registro, inmediatamente después de haber llegado al campo de exterminio los sinti y roma eran conducidos directamente a las cámaras de gas.

Aunque la mayoría de los gitanos murieron ejecutados o en las cámaras de gas, hubo quienes perecieron aniquilados por el trabajo físico al que eran sometidos, o bien debido a los experimentos médicos de que fueron objeto. Otros sucumbieron en las denominadas “marchas de la muerte”, cuando por órdenes de Himmler los campos de concentración y exterminio fueron desalojados ante la inminente llegada de las tropas aliadas.

“Las exigencias de asimilación, expulsión, o eliminación (no necesariamente en este orden) justificarían la afición de los pueblos rom por los talismanes. Los gitanos llevan tres nombres: uno para los documentos de identidad del país donde viven; otro para la comunidad, y un tercero que la madre musita durante meses al oído del recién nacido. Ese nombre, secreto, servirá como talismán para protegerlo contra todo mal” . José Steinsleger

Con información de: Proceso

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