Las benéficas cualidades del vino

.

El consumo, cotidiano y moderado, de vino, especialmente tinto, es provechoso para la salud

Desde hace por lo menos treinta y cinco siglos que los hombres se han servido del vino para mitigar algunas enfermedades. De aquellos lejanos días es la antigüedad del Papiro de Ebers, donde aparecen recetas en las cuales interviene el vino. Ya en épocas más recientes las investigaciones clínicas ponen de manifiesto las propiedades del vino tinto en el organismo humano.

Es la penicilina la que cura a los hombres,

pero es el vino el que los hace felices

Si la penicilina puede curar a los enfermos,

el jerez español puede resucitar a los muertos.

Alexander Fleming (1881-1955)

El efecto salutífero del vino

Comenzaré por mencionar que la palabra salutífero proviene del latín salutifer, que significa “lo que sirve para conservar o preservar la salud corporal”, en tanto que el vocablo salud, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, hace referencia a “la condición de todo ser vivo que goza de absoluto bienestar tanto a nivel físico como mental y social”.

Uno de los tratados médicos más antiguos que se conocen es el llamado Papiro de Ebers, redactado en Egipto aproximadamente mil quinientos años antes de nuestra era. En esos días reinaba el Faraón Amenofis I o bien su hijo Tutmosis I, ambos de la Dinastía XVIII. Tiene, por lo tanto, tres mil quinientos años. Allí aparecen 825 prescripciones medicinales en las cuales el vino figura como sustancia principal.

.

Hipócrates, quien vivió en Grecia entre los siglos quinto y cuarto antes de Cristo (460-379) es considerado el “Padre de la Medicina”, y a él se atribuye la autoría de la obra Tratados Hipocráticos (Corpum Hipocraticum), donde quedan recogidas 381 menciones al vino como componente de diversas preparaciones medicamentosas. La frase “El vino es cosa maravillosamente apropiada al hombre si, en salud como en enfermedad, se le administra con tino y medida”, resume el juicio que ese médico tenía de las propiedades del vino.

Algún tiempo más tarde, en el siglo primero de nuestra era, se instalaron en Roma los médicos griegos que hicieron suyo el método terapéutico de servirse del vino como atinada medicina para diversas enfermedades. Fueron conocidos como phisikos oinodotes, y consideraban a Asclepiades (Esculapio), el dios de la medicina, como su guía y mentor.

En las Sagradas Escrituras se hace mención en 242 ocasiones al vino, encomiando, en las más de las ocasiones, sus benéficas cualidades. En el Antiguo Testamento hay doscientas dos referencias, en tanto que en el Nuevo Testamento aparecen cuarenta. En el libro llamado “Eclesiástico”, se lee que “el vino fortalece si es bebido con moderación”. En dicha obra de la Biblia se consigna, igualmente, la frase siguiente: “Alegría del corazón y bienestar del alma es el vino bebido a tiempo y con sobriedad”. Y en el Talmud (una compilación de diversos escritos –la piedra fundamental para los judíos ortodoxos— que se remonta al siglo III después de Cristo) se asienta que “el vino nutre, refresca el alma. Donde falta el vino se hacen necesarias las medicinas”.

Siglos después, durante la era bizantina ––entre las centurias IV y VII de nuestra era—, la escuela médica de Galeno preconizaba las virtudes salutíferas del vino en diversas enfermedades. La medicina árabe, con Rhazes (Mahamed-Abu-Bekr-Ibn-Zacarías, 865-925), Abulcasis (Abu al Qasim, ca. 936-1013), y Avicena (Abu Ali al-Husayn ibn Sina (980-1037), como luminosos faros humanísticos que hicieron de la ciudad de Córdoba, en España, el centro del saber en Occidente, reiteró las enseñanzas de Hipócrates y de Maimónides, entre varios otros, exaltando las propiedades medicinales del vino. Avicena, una de las más brillantes figuras de la medicina árabe, aconsejaba “beber vino bueno y de buen color”, dentro de lo que él denominó “Método para la conservación de la salud”.

.

Ya luego vendría la Escuela Médica de Salerno, establecida en el siglo IX, y cuyo apogeo se registró entre los siglos X y XIII, la cual también enfatizaría en las cualidades altamente provechosas del vino, empleado en diferentes formas terapéuticas. En el documento llamado Regimene Sanitatis Salernitanum se menciona al vino como efectivo agente medicinal. Y en dicho Código de Salud, quedó establecido que “el vino maduro, de buena calidad, mejora la sangre de quien diariamente lo bebe”.

De la misma manera, en muchos otros libros de medicina, de los siglos subsecuentes, quedó asentado que el vino constituía un poderoso medicamento, en extremo efectivo para tratar múltiples patologías orgánicas. Entre muchísimos médicos –-una verdadera pléyade de hombres de ciencia– quiero destacar que Alexander Fleming, médico británico nacido en Escocia, quien fue el descubridor de la penicilina, señaló que “la penicilina cura a los seres humanos, pero el vino puede hacerlos felices”. En tanto que el doctor William Osler, médico canadiense, señaló que “el vino es nuestro medicamento más preciado: es la leche de la vejez”.

En nuestros días, en las dos décadas más reciente, aquellas de los años transcurridos entre 1991 y el año en curso, se han multiplicado las comunicaciones científicas en torno al efecto salutífero del vino. Carlos Delgado, autor hispano, consigna en su obra Libro del Vino que el vino contiene nada menos que 235 constituyentes, y allí recoge el comentario del Dr. Epstein, experto de la Organización Mundial de la Salud, quien demostró estadísticamente que la incidencia del infarto cardíaco, como consecuencia de la arterioesclerosis, era más baja en los países que consumían preferentemente bebidas de baja graduación alcohólica, como el vino.

En otra fuente de información leí que el vino está compuesto por un 10-15% de alcohol etílico y un 85-90% de agua, y contiene más de seiscientos componentes químicos, entre los cuales los más importantes —desde el punto de vista de su saludable efecto en el organismo humano, especialmente sobre el sistema cardiovascular— son los polifenoles, (quercetina, rutina, catequina y epicantina y el resveratrol), y los flavonoides (antocioanos).

Leer Más >>>

Saharauis – El exilio permanente

El Sahara Occidental fue conquistado primero por España y, después, por Marruecos. Estas sucesivas ocupaciones tuvieron y tienen efectos directos sobre la vida de las mujeres. Además de la pobreza y la opresión, su propia cosmovisión está amenazada: las abuelas ya no son las jefas de familia ni se protege como antes a las mujeres en caso de divorcio. Fatma El Medi Asma, líder de la resistencia de las saharaui en Argelia, visitó la Argentina y conversó con LasI12 para dar a conocer una historia con muchas más riquezas que el mito occidental de la nada en el desierto.

fatma_el_mehdi
Fatma El Mehdi Asma es la presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Saharaui. Ella tuvo que huir de Sahara Occidental, su país, cuando tenía siete años, por un camino que duró tres días y fue el más duro de sus 42 años de vida, hasta llegar a un campo de refugiados en Argelia, igual que otras 173 mil personas, principalmente, mujeres y niños/as. Habla en castellano porque España colonizó su país hasta que, sin tregua, fue invadida por Marruecos. Hoy lucha por la independencia de su territorio. Pero también por las condiciones de las mujeres que viven en Sahara, relegadas a la pobreza, a pesar de las riquezas de la región, por la falta de educación y, por lo tanto, de trabajo. No hay una sola universidad en un país que se pretende autónomo, pero Marruecos tilda de provincia.

La inequidad de la soberanía se complica con la tradición. La cultura marca que las mujeres deben quedarse a cuidar a sus padres. Y si ellas no pueden irse, ni pueden estudiar donde están, no logran capacitarse ni avanzar. Todo complota contra ellas.

Pero son otras mujeres las que luchan por su independencia y por la cosmovisión de su cultura que, lejos de los prejuicios occidentales sobre el Islam, defiende la libertad de las mujeres de casarse y divorciarse, de tener hijos con hombres distintos, les da el lugar de mayor autoridad familiar a las abuelas y protege absolutamente a las esposas (en lo social y económico) frente a un divorcio.

Fatma visitó la Argentina y se reunió con organismos de derechos humanos y las Madres de Plaza de Mayo para pedir apoyo en su reclamo de soberanía. Ella contó su vida a Las/12 en una historia que empieza con una carretera de huidas y partos entre gritos y muerte. Una historia que le pesa. Pero que también ella quiere relatar para construir futuro en ese camino por el que ella quiere regresar a su país cuando sea –nuevamente– un país.

LA RESISTENCIA ESPUMANTE

Ella tiene tres hijos –y otra hija más que murió– y un marido. Estudió en Libia. Pero tuvo que volver al campamento cuando su padre murió para cuidar a sus diez hermanos. Pero no está atada a la penumbra, sino dispuesta a la liberación. De visita por Brasil y Argentina se la ve envuelta en una tela liviana, en una semana porteña de abril que sorprende por no dar lugar a la brisa del otoño, pero que a ella, viniendo del Sahara, la sorprende que se la designe como calurosa. La tela la recubre de cuerpo entero y también su cabeza. El vestido se llama melpha. No luce igual que una occidental y eso se nota, más que en el departamento en el que se aloja, cuando se sale al pasillo o a la calle y, simplemente, estar cubierta marca la diferencia.

Una pregunta clave es si la desnudez occidental nos libera o nos ata a la esclavitud del cuerpo homogénico. Pero, más allá de ese debate, su tela se diferencia de otras burkas, sotanas, polleras, pelucas o coberturas de diferentes interpretaciones de las religiones que judíos, musulmanes y católicos vuelcan como una posible opresión textil sobre sus fieles. La melpha de Fatma no sólo es liviana –como un gran pareo– sino que además sus tonos lilas le dan una vivacidad que, ni siquiera a través del prejuicio del juego de las diferencias, da lugar a verla como una mujer tapada de sí misma.

La liviandad también se acompaña por su amabilidad. Ella está descalza por rito con sus pies pintados de un color morado y apoyados sobre una alfombra. Pero no pide a sus comensales que la sigan. Parecería una decisión de respetar su camino sin exigir que todos los pies anden por su mismo recorrido. Habla un español –su tercera lengua después de árabe y hassania– tan llano que una causa que parece tan lejana como la independencia de Sahara se vuelve cercana, comprensible, tan propia aunque su continente sea Africa y sus vecinos de enfrente sean las islas Canarias.

El territorio que ella defiende y del cual proclama la bandera verde, blanca, negra y roja está conquistado por Marruecos y signado por muros que superan a los ladrillos que ya cayeron en Berlín o que todavía siguen entre Israel y Palestina. Su lugar de exilio es un campamento de refugiados en la frontera del Sahara con Argelia. Pero su raíz común es la conquista de España que terminó en 1975, pero que Marruecos invadió inmediatamente. En ese momento ella huyó a Tinduf. Ahora son 500.000. Tal vez muy pocos para hacer peso. Pero muchos para seguir con el sometimiento.

Su religión es la islámica. Ella cuenta de diferencias. Pero diferencias que tejen orgullos o distinciones. Ninguna frontera infranqueable. También cuenta de las riquezas de su país en pesca, para derribar el mito de la arena infinita, y en minería. “Nuestra riqueza fue nuestra condena a la pobreza”, sentencia Fatma y la sentencia recuerda al destierro que el escritor Eduardo Galeano relató en Las venas abiertas de América Latina, que sin duda ya irrumpió con la lógica del despojo como efecto de la posesión en Oriente y Africa, desde el valor del oro en Potosí –que convirtió a Bolivia en campo de arraso de sus riquezas y de la pobreza de sus habitantes– hasta las actuales peleas por el oro, el gas, el petróleo y el agua que atraviesan la actualidad en la visita en que Fatma visita Argentina. Tan cerca, tan lejos. Tan raro, tan igual.

Es por eso que para acercarse –o mostrar lo cerca que estamos– es que ella viajó hasta Argentina y, ya en la entrevista, las palabras tienen un ritual que las hace desear. Ella acerca a sus comensales el mayor de sus agasajos: un té saharaui: un manjar, una bienvenida, una ronda de afecto, una metáfora.

El té viene con ella. No está procesado, ni elaborado, ni molido, ni puesto en saquitos. Son hebras sin contaminantes que conservan su sabor natural. Pero, en verdad, la pureza no es su distinción. El sabor se asemeja al del té verde. Hasta ahí sus sabores de raíz oriental y nuestros sabores abiertos a volvernos sommeliers en catas podrían suprimir la sorpresa en la garganta. El secreto está en el encanto de las manos. El cobijo de las tacitas. La corriente que produce la infusión beduina en su inquietante ir y venir.

No hay palabras antes del té, ni palabras sin té. El encuentro tiene que ser regado con un sorbo cálido. Ella sirve la yerba en la tetera caliente. Sirve en tres vasos –pequeños, un convite al sorbo más que a un trago largo– y cuenta que la tetera tiene que alcanzar hasta tres reposiciones. Ella vuelca la mezcla. Pero el elixir de su propia cultura no está en lo que se vuelca, sino cómo se vuelca: una, dos, tres veces de un vaso a otro, hasta que el calor y el frío se dejan confundir y se mezclan, hasta que el líquido se mixtura de aromas y texturas y se vuelve espuma. La ceremonia crece hasta volverse suave manjar: bienvenida.

“Está muy mal visto si vas a una familia y no te ofrecen té. Sobre todo la gente beduina que suele trasladarse de un lado a otro en camello y, aunque no tengan comida (también, generalmente, carne de camello), para ellos el té es todo –relata–. Después la persona puede tomar tres vasos. El primero es ‘amargo como la vida’, el segundo ‘dulce como el amor’ y el tercero ‘suave como la muerte’. El té es una forma de mirar la vida.”

Fatma mira la vida desde un lugar que no es el suyo, desde los siete años, cuando huyó de Sahara Occidental, por la invasión de Marruecos, en 1975 y se trasladó hasta un campo de refugiados en un desierto ubicado en Argelia. Desde 1884 su tierra había sido colonia española –nos une ese antecedente histórico–, pero cuando Europa abandonó el poder Marruecos no dejo lugar para la independencia. “La invasión marroquí fue cuando España empezó a retirarse”, apunta.

¿En ningún momento fueron autónomos?

–No nos dieron un respiro. España estaba pasando el fin de la dictadura de (Francisco) Franco, en 1975 y, en ese tiempo de transición, Marruecos aprovechó por un lado y Mauritania, con quien tenemos fronteras por el Sur, por el otro, para invadirnos.

¿España colaboró?

–El 14 de noviembre de 1975 dividió el país en dos partes. La parte del Norte fue para Marruecos y la parte del Sur para Mauritania. España fue la administradora. En Marruecos mandaba el rey Hassan II, que le prometió a los pobres que iban a tener un futuro mejor en el Sahara y organizó la Marcha Verde. Ellos dicen que son una democracia, pero no lo son. Fue una invasión con más de 600 personas. A la vez, hubo una invasión militar que bombardeó el territorio. En el mismo momento entraron los mauritanos en el Sur y empezó otra guerra. El Frente Popular para la Liberación (Polisario) ya luchaba contra España. Después vino la guerra con Mauritania, que duró hasta 1978, cuando se firmó la paz. Sin embargo, la invasión de Marruecos, con la ayuda de Francia, todavía continúa.

¿Dónde vivís?

–Nosotros vivimos en campamentos del lado de Argelia, en la frontera con Sahara, en Tinduf. Argelia nos acoge, pero también tenemos las oficinas de Naciones Unidas.

¿Por qué no viven en Sahara y resisten desde adentro?

–Marruecos cuando vio que no iba a poder resistir la guerra empezó a construir muros para proteger las ciudades más importantes y no es como el muro de Palestina o de Berlín que son paredes. El muro tiene minas antipersonales que no nos permiten pasar y que les permite a ellos quedarse con la pesca porque Sahara tiene una costa de 1200 kilómetros en el Atlántico y además petróleo, uranio, mucha riqueza… por eso fue invadida.

saharauis_torturados
La costa del Sahara no tiene nada que ver con el mito del desierto…

–No, el desierto es donde vivimos ahora: en el desierto argelino. Por esa riqueza fuimos obligados a vivir en la pobreza. La riqueza es el motivo de nuestra pobreza. Por eso, nosotros no podemos vivir en nuestro país desde hace más de treinta y siete años.

¿Cuál es la población que está dentro del territorio?

–La población saharaui es el grupo que se quedó y no pudo salir hacia Argelia. Actualmente viven en las zonas ocupadas y, aun estando en su país, son los más pobres. Hay un campamento de 30 mil tiendas y 80 mil personas en la parte más pobre y desértica del territorio en la cual es más difícil de sobrevivir. No hay mucha agua ni acceso a la comida. Ni agricultura, porque es un territorio muy contaminado por las minas antipersonales. Nosotros proponemos que haya un referéndum y que se controlen las violaciones de los derechos humanos. Pero todavía no lo hemos conseguido.

¿Qué sentiste cuando eras niña y te tuviste que ir de tu país?

–Mi generación creció justo en los momentos de la revolución. El frente Polisario se creó en el ’70, cuando yo tenía dos años. Toda mi vida está muy vinculada con la lucha por la liberación. No recuerdo nada que no tenga que ver con eso. Cuando fue la huida hacia el exilio tenía siete años. En mis primeros recuerdos salen forzosamente las imágenes de ese camino porque fue muy duro. Era un viaje que tardó casi tres días y en el que estábamos casi quince personas en una camioneta y sin comida.

¿Cuál fue el sufrimiento particular de las mujeres?

–Es parte de la educación que las mujeres embarazadas no hablen de lo que les pasa. Se nota, pero no suelen hablar de su embarazo, ni de cuántos meses tienen. Tampoco se puede saber nada porque no hay para hacer ecografías. Mi prima era una chica muy tímida, y durante ese viaje estaba a punto de dar a luz. Ella estaba sufriendo. Pero no decía nada. La gente se refugiaba durante el día debajo de los árboles porque el ejército marroquí nos estaba persiguiendo. Una noche la mayoría estaba buscando leña y, de repente, se oyó un grito muy fuerte. Todo el mundo salió corriendo porque creían que el ejército nos había alcanzado. Al rato mi abuela Gabula se acordó de mi prima. Se fueron a buscarla, siguiendo su grito, sólo mujeres, porque entendieron que podía haber dado a luz. A mí no me querían dejar ir porque era niña, pero yo lloraba mucho porque siempre estaba con mi abuela. Y, como no me separaba de ella, me permitieron acompañarlas. Mi abuela me dejó ir y vi a mi prima muy pálida y sangre por todas partes y luego una niñita muy gordita pero muerta. Hicimos una cueva para enterrarla, como dice el rito musulmán, y llevamos a mi prima en una sábana que hacía de camilla.

¿Cómo es su cosmovisión sobre las mujeres?

–La cultura saharaui es muy abierta y respeta mucho a la mujer. Hay muchos refranes que demuestran que un caballero tiene que tener buen trato con las mujeres.

No es que sufren una opresión histórica por ser árabes, sino por la situación política…

–Nosotras queremos conservar los valores sociales de nuestra cultura porque, en el caso del divorcio, por ejemplo, las mujeres saharaui celebran una fiesta para demostrar que ya son libres y que pueden casarse nuevamente. No hay ningún problema en volver a casarse cuatro, cinco o seis veces. A las saharaui les gusta tener muchos hijos.

¿Son polígamos?

–Antiguamente en nuestra sociedad encontrábamos a mujeres que estaban casadas con un mismo marido y que les dejaban sus hijos a las otras, incluso había quienes no sabían quiénes eran sus madres. Algunas abuelas nos hablaron sobre eso, que era muy bonito, pero ya no existe. También nos hablaron sobre el valor de la mujer. El que tiene que pagar para los preparativos de la boda es el hombre y la que se queda con todos los bienes es la mujer. Está muy mal visto que un hombre se lleve lo mínimo cuando se separa. Ahora hay cosas que se están cambiando. Nuestras abuelas si se enfadaban con su marido no les daban la posibilidad de reflexionar. Se iban a lo de sus padres y para que vuelvan les tenían que hacer una gran fiesta que les costaban un esfuerzo enorme a los hombres. Las nuevas generaciones –que estudian en Venezuela, Cuba, Argelia o España– piensan de otra manera y son más tolerantes con los hombres. Esto no les gusta nada a nuestras abuelas. Ellas son muy exigentes. Por ejemplo, este año hemos tenido un caso que para nosotros es una amenaza: un matrimonio se separó y ella se fue con su familia, la casa se quedó vacía y, cuando él se casó de nuevo –en los campamentos de Argelia– la llevó a su nueva mujer. Tuvimos que hablar con él porque para nosotras la casa tiene que quedar para la mujer. Incluso, si ella no está viviendo ahí, pero es su propiedad. Es la cultura saharaui.

¿Qué cambió con el destierro?

–Antes de la revolución las mujeres no tenían participación política. Después se facilitó la participación por el exilio. Los hombres tenían que ir a la guerra y las mujeres debían quedarse en los campamentos y fueron ellas las que formaron los consejos y fueron gobernadoras de campamento, directoras de colegio, lo hicieron todo. Así fue hasta 1991 cuando empezó el proceso de paz. La conclusión fue que las mujeres hicieron todo pero estaban solas. ¿Y cuando los hombres volvían a los campamentos se iban a ocupar de la parte política, pero no de la doméstica? Fue muy importante la reincorporación de los hombres sin poner en riesgo el lugar de las mujeres que ahora ocupan el 34 por ciento de la representación. Lo que hicimos no es nada excepcional: las mujeres en las crisis juegan un rol muy importante. Pero cuando se termina vuelven a su rol tradicional.

¿Qué pasa con las mujeres que siguen viviendo en Sahara?

–Las mujeres son las primeras víctimas. En las zonas ocupadas son víctimas de torturas, de desaparición, de agresiones sexuales, de ser encarceladas porque son ellas las que manifiestan. Tienen sus hijos o sus maridos desaparecidos y son ellas las que levantan la voz.

Por Luciana Peker

©2012-paginasarabes® 

Licencia Creative Commons

Saharauis – El exilio permanente por Luciana Peker se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en paginasarabes.wordpress.com.

“Los tiranos árabes construyen mezquitas pero no colegios”

Una agitada semana en Praga tuvo el escritor español Juan Goytisolo, autor de ‘Señas de Identidad’ y varias veces candidato al premio Nobel de Literatura. El domingo inauguró el Festival de Escritores de Praga, en la Nueva Escena del Teatro Nacional. El lunes participó en un coloquio con hispanistas y traductores en el Instituto Cervantes de Praga. El martes dirigió una conferencia sobre el futuro del islam y el miércoles clausuró el Festival de Escritores, con una lectura de sus textos.

 

juan_goytisolo_80009

A los 81 años, Juan Goytisolo se muestra lúcido y belicoso todavía, de discurso afilado, que si no te cuidas te corta. En la capital checa se dio la maña de defender a su amigo Günter Grass, atacado por sus críticas a Israel, al dedicarle el premio Spiros Vergos a la libertad de expresión.

Hay quien le reprocha a Juan Goytisolo que abogue por la libertad de expresión y que viva radicado en un país como Marruecos, donde la libertad de expresión está limitada.

Pero Goytisolo no se corta al momento de criticar a los regímenes árabes, como demostró en un animado coloquio con hispanistas, periodistas y traductores en el Instituto Cervantes de la capital checa.

“Hay que tener en cuenta que en los países árabes el índice de lectura es bajísimo, muy bajo. No sé dónde leí, pero publiqué justo al comienzo de las revoluciones árabes un artículo en El País con una cita de Catalina la Grande: ‘Educar al pueblo jamás, porque si saben lo mismo que yo, me desobedecerán en la medida que ahora me obedecen’. Una frase maravillosa que expresa la actitud de todos los tiranos árabes de construir todas las mezquitas en todos lados pero no colegios”.

Y pone el ejemplo de Grecia, que a pesar de estar inmerso en una crisis económica, cuida mucho de la educación de sus ciudadanos.

“Se publican mayor número de libros en Grecia, en griego, que en la totalidad de los países árabes juntos. Hay que decir las cosas como son. Yo escribí sobre la regresión educativa en el mundo árabe y cómo por influencia salafista la filosofía desaparecía de los departamentos. Hay que buscar las raíces de los problemas en esto, en una voluntad deliberada de Arabia Saudí y de las monarquías del golfo de no educar al pueblo. Gastan el dinero en grandes manifestaciones, espectáculos o en comprar equipos de fútbol y no en educar a la gente para que reflexione”.

Pero no solo el mundo árabe le preocupa a Goytisolo. También es consciente de un grave problema que enfrenta todo Occidente, que explica a continuación.

“Sobre la trivialización de la cultura, es evidente. Hace pocos meses publiqué, en enero me parece, un texto de opinión que se llamaba ‘Más y más cosas pero menos importantes’, y era que, en efecto, en el mundo actual conocemos más y más cosas, pero las cosas importantes se van difuminando. Y esto es cierto, nos enteramos con apretar el botón de Internet, estamos al corriente de lo que pasa, hasta de la vida privada de la gente, esta invasión de lo público por lo privado me parece horroroso, abres cualquier televisión y un matrimonio peleándose, no tú me engañaste primero, yo no, ese tipo de cosas”.

Para ilustrar este tema, cita a un amigo filósofo francés como uno de los más lúcidos en relación a este tema.

“De todos los pensadores del siglo XX el que ha acertado más me parece que es Guy Debord, mi amigo Guy Debord con ‘La Sociedad del Espectáculo’. Él lo vio muy bien ya en los años 50, en su boletín de la Internacional Situacionista, siempre hablaba del espectáculo que estaba sustituyendo la realidad. Aquí nos enfrentamos a bastantes confusiones, se confunde la intensidad creativa con la visibilidad. Uno cuanto más visible es, cuanto más sale en la foto, más importante es. Importa poco el contenido de su obra escrita, si lo que escribe es realmente algo nuevo, algo innovador”.

Por eso no confía en las listas de best-sellers e intenta proteger a escritores que no tienen acceso a los medios de comunicación masivos.

juan_goytisolo_2356_a
“Concretamente en España hay un grupo de cuatro o cinco escritores jóvenes, para mí, alrededor de 40, 45 años, extraordinarios, que si no fuera por mí, no tendrían acceso a la prensa porque están marginados, no pertenecen a un grupo importante, no ofrecen este tipo producto hecho, preparado, que se come, se digiere y se evacua como los sandwiches en cualquiera de estas cadenas de comida rápida. Esto es lo que se vende. Es decir, una obra creativa exige un esfuerzo del autor, un esfuerzo del lector. André Gide había dicho con toda la razón que lo que se comprende en un abrir y cerrar de ojos no suele dejar huella. Tenía toda la razón del mundo”.

Juan Goytisolo aprovechó de comentar, en su encuentro con hispanistas y traductores checos, que una editorial en España está recopilando sus obras completas, o incompletas, como él las llama.

“Están editando ahora mis obras que yo llamo incompletas, porque aún estoy con ustedes, y allí al releer se me ha ocurrido poner las críticas que recibieron mis libros. Es una maravilla. La crítica sobre ‘Las Virtudes del Pájaro Solitario’ no tiene desperdicio. No hay nada, no hay estilo, no hay obra, un ataque así. Pero luego me he consolado porque he leído la correspondencia de Flaubert con George Sand. Dice por ejemplo: ‘¿Ha visto usted cómo me tratan? Cuando pienso en los elogios que reciben…’. Y da una lista de cinco o seis nombres que nadie sabe quiénes son”.

Algo similar pasó con ‘La Regenta’, de Leopoldo Alas Clarín, obra maestra de la literatura española del siglo XIX, continuó relatando.

“Ahora todo el mundo está de acuerdo en decir que ‘La Regenta’ es la mejor novela española del siglo XIX, con perdón de ‘Fortunata y Jacinta’, que también es una gran novela, pero ‘La Regenta’ es la mejor. Se me ocurrió buscar en la prensa cómo fue acogida ‘La Regenta’ en el momento de su salida. Es una maravilla. Los críticos estrella de la época, uno: ‘Lo más pesado que se ha escrito desde el comienzo de la era cristiana’. Otro: ‘¿Padece usted de insomnio? Compre la novela de don Leopoldo Alas Clarín y a partir de la tercera página le entrará un sueño invencible’. Es decir, yo nunca he hecho el menor caso porque es así y será siempre así. Toda novedad choca al que está habituado al producto habitual, al que confunde el texto literario con el producto editorial. Entonces cuando se encuentra algo que le sorprende no sabe que es una aventura, no sabe lo que es releer, no sabe lo que es la esencia de la literatura”.

Reconoce que nunca ha sido un escritor comercial, porque él no apunta a eso, al contrario.

“Toda novela es una empresa que es una aventura. Por lo menos yo, a partir de Don Julián, al empezar a escribir, no sé cuál va a ser el contenido de mi libro. Lo voy viendo poco a poco, a veces retrocediendo, cambiando el orden, a veces sabiendo de una forma programada, tal vez en mi libro más difícil lo escribí así, pero gradualmente, ‘Las Virtudes del Pájaro Solitario’, un homenaje a San Juan de la Cruz. Mientras que las novelas que se venden, si sabes el punto de partida y el punto de llegada ya de entrada, es fácil prever, es un viaje en tranvía o en autobús, no es una aventura literaria”.

Y más que lectores, lo que Juan Goytisolo busca, y no se cansó de repetirlo en Praga, es relectores de su obra.

“Las obras que me interesan son las que me obliga a releerlas. Yo recuerdo que alguien me dijo: ‘He leído ‘Las Virtudes del Pájaro Solitario’. Me gustó mucho’. Yo le dije: ‘La ha releído usted’. Se quedó muy sorprendido y dijo que no. Entonces yo dije: ‘O yo soy mal escritor o es usted mal lector’. Porque lo importante es la relectura. A medida que avanza en la edad, yo por ejemplo me dedico ahora a releer. Y lo que yo releo a mi edad no tiene que ver nada con lo que yo leía cuando tenía 30 años”.

Y se apresura a dar un ejemplo de lo anterior.

“Yendo a los clásicos españoles, leí de joven ‘Guzmán de Alfarache’, de Mateo Alemán, y no me enteré de lo que leía. Lo leí hace quince años y es una bomba lo que hay ahí. En cada frase, hay que leerlo como en Cervantes, las cosas que dice Cervantes de una forma disimulada, es impresionante, te obliga a la relectura. Después de ‘La Celestina’, de Fernando de Rojas, es un texto donde claramente la cúpula protectora de la divinidad no existe. Allí dice textualmente: ‘Cuando Júpiter creo el mundo primero creó al burro y luego creó al hombre, y el burro al contemplar lo creado lo roció con lo suyo’. Es decir, el burro se orina en la creación, vean ustedes qué visión tenía”.

Y también explicó su fascinación con don Julián, que da título a su novela ‘Reivindicación del Conde Don Julián’ (1970), que hace referencia a este ex gobernador de Ceuta que apoyó a los musulmanes en su invasión a España.

“Instalado en Tánger, contemplando la costa española me identifiqué absolutamente con la figura de don Julián. Es decir, destruir toda la tradición nacional-católica en la que se fundaban los obispos que habían bendecido la cruzada de Franco, todo lo que yo había tenido que soportar después de la guerra, la educación nacional-católica que recibí, el haber estado en un colegio de los jesuitas cantando el ‘Cara al Sol’ con el brazo en alto durante dos años, todo esto me brotó así de repente como una especie de rabia incontenible y lo escribí así. Creo que era como una especie de purificación, no sé cómo decir”.

El lema del Festival de Escritores de Praga de este año fue ‘Solo el Futuro Existe’. Pues curioso que hayan invitado a Juan Goytisolo, que siempre ha sido muy pesimista sobre la condición humana, por experiencia propia, y que no augura un futuro muy promisorio que digamos a la humanidad, como lo demuestra el propio rey de España, asesinando elefantes indefensos en África mientras su pueblo está inmerso en una crisis económica descomunal.

Por  Gonzalo Núñez

©2012-paginasarabes® 

Licencia Creative Commons

“Los tiranos árabes construyen mezquitas pero no colegios” por Gonzalo Núñez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en paginasarabes.wordpress.com.