Ramadán – Actos antes de desayunar

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Que suplique en el momento del Iftâr, con las súplicas específicas del Iftâr transmitidas, entre ellas, que diga: اَللّـهُمَّ لَكَ صُمْتُ، وَعَلى رِزْقِكَ اَفْطَرْتُ، وَعَلَيْكَ تَوَكَّلْتُ، Al·lahumma laka sumtu ua ‘ala rizqika aftartu ua ‘alaika tauakkaltu ¡Dios mío! Por Ti he ayunado, y mediante Tu sustento he desayunado, y a Ti me encomiendo. para que Al·lah le conceda la recompensa de todo aquel que haya ayunado ese día. Y que diga la súplica que fue transmitida por el Seîied y Al-Kaf’amî, en la cual hay mucha virtud, y que dice: اَللّـهُمَّ رَبَّ النّورِ الْعَظيم Al·lahumma rabban-nûr al-‘adzîm ¡Dios mío! ¡Majestuoso Señor de la Luz! Y fue narrado que cuando Amîr Al-Mu’minîn ‘Alî (P) se disponía a desayunar, decía: بِسْمِ اللهِ اَللّـهُمَّ لَكَ صُمْنا وَعَلى رِزْقِكَ اَفْطَرْنا فَتَقَبَّلْ مِنّا اِنَّكَ اَنْتَ السَّميعُ الْعَليمُ Bismil·lah Al·lahumma laka sumnâ ua ‘ala rizqika aftarna fataqabbal minna innaka anta-s samî‘-ul ‘alîm En el Nombre de Dios. ¡Dios mío! Por Ti hemos ayunado, y mediante Tu sustento hemos desayunado, así pues, acepta (ello) de nosotros.

Ciertamente que Tú eres el Oyente, el Sabio. Es preferible que en el momento de tomar el primer bocado el ayunante diga: بِسْمِ اللهِ الرَّحْمـنِ الرّحَيـمِ، يا واسِعَ الْمَغْفِرَةُ اِغْفِرْ لي، Bismil·lahi-r Rahmâni-r Rahîm. Iâ Wâsi‘âl Magfirah Igfir lî. En el Nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. ¡Oh Vasto en el Perdón! ¡Perdóname! para que Al·lah lo perdone. Y fue narrado que al final de cada día de los días del Mes de Ramadán, Dios libera a miles y miles de personas (del Fuego del Infierno). Pide pues a Dios Altísimo que te disponga entre ellos.

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Para las noches: 1. Transmitió el Seîied que: Quien diga la siguiente súplica en cada una de las noches del Mes de Ramadán, Al·lah le perdonará los pecados que hubiere cometido en cuarenta años: اَللّـهُمَّ رَبَّ شَهْرِ رَمَضانَ الَّذي اَنْزَلْتَ فيهِ الْقُرْآنَ، وَافْتَرَضْتَ على عِبادِكَ فيهِ الصِّيامَ، صَلِّ عَلى مُحَمَّد وَآلِ مُحَمَّد، وَارْزُقْني حَجَّ بَيْتِكَ الْحَرامِ في عامي هذا وَفي كُلِّ عام، وَاغْفِرْ لي تِلْكَ الذُّنُوبَ الْعِظامَ، فَاِنَّهُ لا يَغْفِرُها غَيْرُكَ يا رَحْمنُ يا عَلاّمُ . Al·lahumma rabba shahri ramadân al·ladhî anzalta fîhil Qur’ân, uaftaradta ‘ala ‘ibâdika fîhi-s siâm, sal·li ‘alâ Muhammadin ua âli Muhammad, uarzuqnî haÿÿa baitikal harâm fî ‘âmî hadha ua fî kul·li ‘âm, uagfir lî tilka-dh dhunûbal ‘idzâm, fa innahu lâ iagfiruha gairuka iâ rahmânu iâ ‘al·lâm. ¡Dios mío! Señor del Mes de Ramadán, en el que hiciste descender el Corán, y en el que preceptuaste para Tus siervos el ayuno. Bendice a Muhammad y a la familia de Muhammad, y agráciame con la Peregrinación a Tu Casa Inviolable, en este año y en cada año. Y perdóname aquellos grandes pecados, que por cierto que no los perdona nadie excepto Tú. ¡Oh Misericordioso! ¡Oh Sapientísimo!

2. Leer la siguiente súplica: اَعُوذُ بِجَلالِ وَجْهِكَ الْكَريمِ اَنْ يَنْقَضِيَ عَنّي شَهْرُ رَمَضانَ، اَوْ يَطْلُعَ الْفَجْرُ مِنْ لَيْلَتي هذِهِ، وَلَكَ قِبَلي تَبِعَةٌ اَوْ ذَنْبٌ تُعَذِّبُني عَلَيْهِ . A‘ûdhu biÿalâli uaÿhika-l-karîm an ianqadîa ‘annî shahru ramadân au iatlu‘a-l-faÿru min lailatî hâdhihi ua laka qibalî tabi‘atun au dhanbun tu‘adhdhibunî ‘alaihi Me refugio en la Majestuosidad de Tu Generosa Faz de que culmine para mí el Mes de Ramadán o que pase esta noche y amanezca, y permanezca en mí un acto censurable o un pecado por lo cual me castigues. 3. Durante las noches del mes del Ramadán es preferible realizar una oración compuesta de dos ciclos en cada uno de los cuales se lee una vez la Sûra Al-Fatihah -La Apertura (1)-, y tres veces la Sûra Al-Ijlâs -el Monoteísmo (112)-.

Al finalizar la oración leer la siguiente súplica: سُبْحانَ مَنْ هُوَ حَفيظٌ لا يَغْفُل، سُبحانَ مَنْ هُوَ رَحيمٌ لا يَعْجَلُ، سُبْحانَ مَنْ هُوَ قا ئِمٌ لا يَسْهُو، سُبْحانَ مَنْ هُوَ دائِمٌ لا يَلْهُو Subhâna man hua hâfîdzun lâ iagful subhâna man hua rahîmun lâ ia‘ÿal subhâna man hua qâ’imun lâ ias·hû subhâna man hua dâ’imun lâ ialhû ¡Glorificado sea quien constantemente protege (Su creación) sin descanso! ¡Glorificado sea Quien es Misericordioso en la medida justa! ¡Glorificado sea quien siempre está y nunca olvida (a Su creación)! ¡Glorificado sea quien es eterno y no actúa en vano!

Luego decir siete veces: سُبْحانَ اللهِ وَالْحَمْدُ للهِ وَلا اِلـهَ اِلاَّ اللهُ وَاللهُ اَكْبَرُ Subhâna-l·lâh · ua-l-hamdu lil·lâh · ua lâ ilâha il·lal·lâh · ual·lâhu akbar ¡Glorificado sea Dios! ¡Alabado sea Dios! No hay divinidad sino Dios! ¡Dios es el más Grande! Una vez: سُبْحانَكَ سُبْحانَكَ سُبْحانَكَ، يا عَظيمُ اغْفِرْ لِيَ الذَّنْبَ الْعَظيمَ Subhânaka, subhânaka, subhânaka iâ ‘adzîm igfir lî adh-dhanbal ‘adzîm ¡Glorificado seas, glorificado seas, glorificado seas! ¡Oh Majestuoso!, perdona mis grandes pecados. Al terminar, decir diez Salawât (bendiciones al profeta). Se dice que quien realice estas súplicas le serán perdonados setenta mil pecados.

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Actos preferibles del mes de Ramadán

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El ayuno del Mes de Ramadán es obligatorio para el musulmán. Tal obligación se encuentra sujeta a una serie de normas, y si bien atenerse o restringirse a la cumplimentación de dichas normas nos libra de caer en la desobediencia, el ayuno que conforma el alimento del espíritu es aquel que es aceptado por el Misericordioso, y para facilitar que se produzca esa aceptación existen numerosos actos preferibles, algunos de los cuales se mencionan a continuación:

1. Tener la intención de ayunar, tomar conciencia, adquirir conocimiento y saber el significado del Sagrado Mes del Ramadán.

2. No proferir malas palabras o insultos.

3. Al-Iftâr (es decir, desayunar), y es preferible retrasar el Iftâr hasta después de la oración del ‘ishâ’, a menos que lo haya invadido la debilidad o hubiera gente esperándolo (para comer).

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4. Romper el ayuno con algo halâl o lícito, cuya procedencia esté libre de dudas, especialmente con dátil para que incremente así la recompensa de su salât cuatrocientas veces. Y es bueno realizar también el iftâr ya sea con dátil maduro y seco (tamr), o dátiles maduros frescos (rutab), o algo dulce, y con agua caliente.

5. Dar limosna (sadaqah) en el momento del Iftâr, y que dé de desayunar a los ayunantes, aunque sea con una cantidad de dátiles o con un sorbo de agua. Y se transmitió del Profeta –las bendiciones y la paz sean con él y con su purificada familia-: “Por cierto que quien dé de desayunar a un ayunante, obtendrá la misma recompensa del ayunante, sin que (por ello) merme nada de su recompensa, y obtendrá la misma recompensa de lo que haya hecho de bien, por la fuerza de dicha comida”.

Y transmitió el Aiatul·lah Al-‘Al·lâmah Al-Hil·lî en la Risâlah As-Sa‘dîiah, que el Imam As-Sâdiq (P) dijo: “Por cierto que cada vez que un creyente dé de comer a un creyente (aunque más no sea) un bocado en el Mes de Ramadán, Al·lah escribirá para él la recompensa de quien libera a 30 esclavos creyentes y tendrá ante Al·lah Ta’âla la respuesta a una súplica”.

6. Comer a la madrugada, antes del alba, preferiblemente algo dulce y realizar las súplicas correspondientes acompañadas con la lectura del Sagrado Corán.

7. Recitar la Sûra Al-Qadr (Nº 97) en el momento del Iftâr.

8. Fue transmitido el hecho de recitar cada noche la Sura Al-Qadr mil veces.

9. Recitar la Sûra Hâ mîm Ad-Dujjân (Nº 44), cada noche cien veces si es que le resulta posible.

10. Recitar mucho el Generoso Corán y al hacerlo dedicárselo al espíritu de uno de los Catorce Infalibles, así su recompensa se duplicará.

11. Decir siempre el “Salawât” (las bendiciones al Profeta), astagfirul·lah (“Pido perdón a Dios”) y la ilaha il·la allah (“No hay divinidad más que Dios”).

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12. Recitar luego de cada oración las dos siguientes suplicas:

اَللّـهُمَّ اَدْخِلْ عَلى اَهْلِ الْقُبُورِ السُّرُورَ اَللّـهُمَّ اَغْنِ كُلَّ فَقير، اَللّـهُمَّ اَشْبِعْ كُلَّ جائِع، اَللّـهُمَّ اكْسُ كُلَّ عُرْيان، اَللّـهُمَّ اقْضِ دَيْنَ كُلِّ مَدين، اَللّـهُمَّ فَرِّجْ عَنْ كُلِّ مَكْرُوب، اَللّـهُمَّ رُدَّ كُلَّ غَريب، اَللّـهُمَّ فُكَّ كُلَّ اَسير، اَللّـهُمَّ اَصْلِحْ كُلَّ فاسِد مِنْ اُمُورِ الْمُسْلِمينَ، اَللّـهُمَّ اشْفِ كُلَّ مَريض، اللّهُمَّ سُدَّ فَقْرَنا بِغِناكَ، اَللّـهُمَّ غَيِّر سُوءَ حالِنا بِحُسْنِ حالِكَ، اَللّـهُمَّ اقْضِ عَنَّا الدَّيْنَ وَاَغْنِنا مِنَ الْفَقْرِ، اِنَّكَ عَلى كُلِّ شَيء قَديرٌ .

Al·lahumma adjil ‘ala ahlil qubûris surûr · al·lahumma agni kul·la faqîrin · al·lahumma ashbi‘ kul·la ÿâ’i‘in · al·lahumma aksu kul·la ‘uriânin · al·lahumma-qdi daina kul·li madinin · al·lahumma farriÿ ‘an kul·li makrûbin · al·lahumma rudda kul·la garîbin · al·lahumma fukka kul·la asîrin · al·lahumma aslih kul·la fâsidin min umûril muslimîn · al·lahumma-shfi kul·la marîdin · al·lahumma sudda faqranâ biginâka · al·lahumma gaiir sû’a hâlinâ bihusni hâlika · al·lahumma-qdi ‘anna-d-daina ua agnina mina-l-faqri · innaka ‘ala kul·li shai’in qadîr.

¡Oh Dios! ¡Otorga alegría a los habitantes de las tumbas! ¡Oh Dios! ¡Enriquece a todo pobre! ¡Oh Dios! ¡Sacia a todo hambriento! ¡Oh Dios! ¡Viste a todos los desnudos! ¡Oh Dios! ¡Salda la deuda de todo deudor! ¡Oh Dios! ¡Consuela a todos los entristecidos! ¡Oh Dios! ¡Retorna a todo extraviado (a su patria)! ¡Oh Dios! ¡Libera a todo prisionero! ¡Oh Dios! ¡Soluciona todos los problemas de los musulmanes! ¡Oh Dios! ¡Da curación a todos los enfermos! ¡Oh Dios! ¡Pon fin a nuestra pobreza en Tu opulencia! ¡Oh Dios! ¡Cambia nuestro mal estado en Tu buen estado! ¡Oh Dios! ¡Paga nuestras deudas y sálvanos de la pobreza! ¡Ciertamente Tú eres, sobre todas las cosas, Omnipotente!

يا عَلِيُّ يا عَظيمُ، يا غَفُورُ يا رَحيمُ، اَنْتَ الرَّبُّ الْعَظيمُ الَّذي لَيْسَ كَمِثْلِهِ شَيءٌ وَهُوَ السَّميعُ الْبَصيرُ، وَهذا شَهْرٌ عَظَّمْتَهُ وَكَرَّمْتَهْ، وَشَرَّفْتَهُ وَفَضَّلْتَهُ عَلَى الشُّهُورِ، وَهُوَ الشَّهْرُ الَّذي فَرَضْتَ صِيامَهُ عَلَيَّ، وَهُوَ شَهْرُ رَمَضانَ، الَّذي اَنْزَلْتَ فيهِ الْقُرْآنَ، هُدىً لِلنّاسِ وَبَيِّنات مِنَ الْهُدى وَالْفُرْقانَ، وَجَعَلْتَ فيهِ لَيْلَةَ الْقَدْرِ، وَجَعَلْتَها خَيْراً مِنْ اَلْفِ شَهْر، فَيا ذَا الْمَنِّ وَلا يُمَنُّ عَلَيْكَ، مُنَّ عَلَيَّ بِفَكاكِ رَقَبَتي مِنَ النّارِ فيمَنْ تَمُنُّ عَلَيْهِ، وَاَدْخِلْنِى الْجَنَّةَ بِرَحْمَتِكَ يا اَرْحَمَ الرّاحِمينَ .

Iâ ‘alîiu iâ ‘adzîm · iâ gafûru iâ rahîm · anta rabbu-l ‘adzîm · al·ladhî laisa kamizlihi shai’ · ua hua-s-samî‘ul basîr · ua hâdha shahrun ‘adzdzamtahu ua karramtahu ua sharraftahu ua faddaltahu ‘alash-shuhûr · ua huash-shahrul ladhî faradta siâmahu ‘alaii · Ua hua shahru ramadâna-l-ladhî anzalta fîhi-l-qur’ân · hudan lin-nâsi ua baiinâtin mina-l-hudâ ua-l-furqân · ua ÿa‘alta fîhi lailata-l-qadr · ua ÿa‘altahâ jairan min alfi shahr · Faiâ dhal manni ua la iumannu ‘alaika munna ‘alaiia bifakâki raqabatî mina-n-nâr · fîman tamunnu ‘alaihi ua adjilni-l-ÿannah · birahmatika iâ arhamar râhimîn.

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¡Oh Altísimo! ¡Oh Ingente! ¡Oh Perdonador! ¡Oh Misericordiosísimo! ¡Tú eres el Señor Majestuoso, el que no tiene nada semejante! ¡Él es el Oyentísimo, Videntísimo! Este es un mes que engrandeciste, honraste, ennobleciste y preferiste a otros meses. Este es un mes que me preceptuaste ayunar. Este es el mes de Ramadán en el que revelaste el Corán, como Guía para la humanidad y las evidencias de la Guía y el discernimiento. Estableciste en él la Noche del Decreto y estableciste que esa noche sea mejor que mil meses. ¡Poseedor de los Dones, al que nadie puede dotar de nada! ¡Dóname mi liberación del Fuego, entre aquellos que liberas! ¡Introdúceme en el Paraíso, por Tu Misericordia, el más Misericordioso de los Misericordiosísimos!

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Altair – Siwa,el oasis del sol – Por Jordi Esteva


Hace unos años, recorrí los oasis del desierto líbico tratando de captar un mundo que se iba. Durante meses, visité Fayum, Jarga, Dajla, Farafra y Bahariya. Aquellas islas en el desierto, que habían salvaguardado su cultura durante siglos, acababan de entrar en nuestra era. Paseamos por vergeles frondosos, me cautivaron la extrema sencillez y el valor que se daba a las cosas que en nuestra sociedad de la abundancia hemos olvidado: mojar una hogaza de pan aún caliente en el aceite de oliva recién exprimido. Preparar el té con las ramas de un arbusto. Bañarse de noche en una poza de agua cristalina sin mayor preocupación que la de contar las estrellas fugaces.

Quizá los oasis de Egipto no eran tan bellos como los del desierto argelino, o sus construcciones eran modestas comparadas con las del Atlas, los paisajes tampoco eran grandiosos como los del Tibesti o del Teneré, pero allí sentí una sensación de familiaridad, como en pocos lugares apartados había experimentado y decidí entonces dedicarles un libro. Reservé Siwa para el final. Seguramente porque era el oasis más distinto. Mientras que los otros tenían una lengua, historia y costumbres parecidas, el de Siwa pertenecía a la órbita bereber y sus habitantes seguían expresándose en una lengua tamazigh.


Un noviembre ventoso, tomé la carretera del desierto que une El Cairo con Alejandría y de allí proseguí hacia Marsa Matruh en el Mediterráneo. Entonces, la costa de arena blanca y aguas turquesas no estaba profanada, como hoy, por los chalets, hoteles y “resorts”. Las niñas beduinas con sus vestidos de colores vigilaban sus cabras entre olivares e higueras enanas, donde hoy se yerguen los apartamentos para la clase media de El Cairo. Superado Al Amein con los cementerios de la segunda guerra mundial, la carretera proseguía hasta Marsa Matruh, entonces una frontier town. Las pequeñas villas de griegos y judíos aún no habían caído fruto de la especulación y el blanqueo. En su calle principal, ni una sola boutique vendía kaftanes de fantasía o cuentas de abalorios, y los cafetines en los que los funcionarios y burgueses de El Cairo fuman hoy el narguile, estaban tomados por militares de botas desabrochadas.

Siwa es el oasis del sol, allí se encontraba el famoso oráculo de Amón que los griegos asociaron a Zeus. Herodoto relata que el rey Cambises II, tras conquistar Egipto en el año 525 antes de Cristo, se enfureció por un designio desfavorable del Oráculo, que vaticinaba el rápido fin del yugo persa, y reunió en Tebas a un ejército de más de 50.000 soldados, que debía atravesar el desierto líbico para alcanzar el templo del Oráculo insolente y no dejar piedra sobre piedra. Pero Amón, se vengó de los invasores y levantó un terrible viento que sepultó a las tropas invasoras bajo dunas inmensas. Todavía hoy se especula sobre el lugar dónde perecieron los persas y los arqueólogos continúan buscándolo. Dos siglos después, Alejandro Magno envió una delegación para consultar el famoso oráculo. Fue con motivo de la muerte de su amigo Hefaestion tras varias noches de desenfreno. El gran rey macedonio sentía gran predilección por su amante y creyó volverse loco. No comió nada durante tres días, se cortó la cabellera y ordenó ejecutar al médico que le había tratado. Destruyó las murallas de Ecbatana y el templo de Asclepius. Y como epitafio de amor mandó construir un mausoleo prodigioso en Babilonia y dos cenotafios en Alejandría. Tan grande era la pena que sentía que quiso elevarlo al rango divino para lograr su inmortalidad, pero por grande que fuera el poder del rey, debía consultar su decisión a los dioses. Amón no accedió a sus súplicas, pero consintió que recibiera el culto de héroe, siempre y cuando se realizara de acuerdo con la tradición helénica.

Un tiempo después, tras fundar la ciudad de Alejandría, el rey macedonio emprendió el camino a Siwa para consultar el Oráculo en persona. El viaje resultó difícil; se perdió en el desierto con su ejército y todo parecía indicar que iba a correr la suerte de los persas. Entonces, cuando Alejandro creía que había llegado su fin, Amón envió dos cuervos que, con sus graznidos, le guiaron hasta el oasis. Una vez en Siwa, fue recibido con todos los honores, y el sumo sacerdote se dirigió a Alejandro Magno con el título de Hijo de Amón-Zeus y Dueño de Todos los Países.


Avanzaba en el desierto y a medida que el sol ascendía, todo iba perdiendo color y relieve y las lejanas montañas reverberaban como parapetadas tras una columna de humo. Guardaba como oro en paño, la carta de presentación que mi amigo Am Anwar del oasis de Bahariya había escrito para un antiguo compañero de Siwa: “Todavía estará vivo, tenía una salud de hierro”.

Durante las épocas romana y bizantina, Siwa y los otros oasis gozaron de gran prosperidad, se construyeron pozos, acequias y molinos. Florecieron las comunidades. Con el islam, los oasis perdieron de golpe su importancia estratégica porque se convirtieron en islas en el océano musulmán, meras etapas para los mercaderes y sus caravanas. Sin embargo, a finales del siglo XV, debido a los ataques de los beduinos y de las tribus procedentes de Nubia, Chad y Sudán, los poblados se fortificaron. En el siglo XIX el místico Sayed Mohamed bin Ali el Sanusi Jatibi, aglutinó un poderoso movimiento puritano y de renovación espiritual que se propagó en todos los oasis.

La carretera comenzó a descender tras dejar atrás unos contrafuertes calcáreos y superada una pronunciada curva, el oasis se ofreció en todo su esplendor: un gran lago de sal cristalizada reflejaba el sol del mediodía y obligaba, casi, a apartar la vista. Aquí y allá se erguían majestuosas grandes formaciones rocosas de perfectas formas geométricas y sobre un mar de palmeras se elevaba un laberinto de ruinas que asemejaba un termitero gigantesco. Se trataba de la antigua ciudadela de Siwa que fue destruida por unas inesperadas lluvias que en 1926 que lamieron el adobe de alto contenido en sal como si fuera caramelo.

La casa de Ibrahim Mahmud, era grande y espaciosa, construida en adobe, tenía varios pisos. Me presentó a hijos y sirvientes pero no vi a ninguna de sus mujeres. Ordenó recalentar algo de arroz y pollo, y por la tarde le acompañé a los vergeles. Quedé asombrado de tanta belleza. Romanas me parecieron las túnicas de los campesinos, los canales de riego y las acequias, las carretas tiradas por asnos que competían a gran velocidad por los caminos del palmeral, entre olivos y árboles frutales. También romanas me parecieron las piscinas de piedra con sus escaleras de caracol adosadas en las paredes cuyos peldaños se perdían en las profundidades del manantial de aguas límpidas.

Cada día seguíamos una rutina parecida: madrugábamos para llevar el desayuno a los campesinos: hogazas de pan, aceitunas grandes, dátiles, queso fresco; les ayudaba en la recogida de la aceituna, a encaramarse en lo alto de las palmeras para polinizarlas o recogiendo frutos. De regreso nos bañábamos en pozas de aguas cristalinas como la de Cleopatra, o la de Ain el Suhna que cada año, decían, se cobraba una víctima como tributo. De noche, se contaban mil historias sobre oasis perdidos en el desierto, como el de Al Gara cuyos habitantes eran negros y su número, por algún extraño conjuro, se mantenía siempre constante. Cuando nacía un niño, moría irremisiblemente algún viejo o enfermo, por ello cada vez que una mujer iba a dar a luz, se trasladaba al más anciano del lugar a algún oasis cercano para tratar de evitar su muerte. También se hablaba de casas que se hundían desvelando pasadizos y quien sabe si monedas de oro o estatuillas faraónicas.


Mi anfitrión me habló del Manuscrito de Siwa que recogía la complicada historia del oasis con sus guerras civiles y las costumbres peculiares como el matrimonio homosexual del que nadie se atrevía a hablar. Poco a poco me fueron confirmando con silencios y alusiones veladas lo que escribieron algunos viajeros como Steindorff que presenció una boda entre hombres. Los terratenientes se esposaban con sus jornaleros, los llamados zagalah, que no recuperaban su libertad hasta los 40 años; sólo entonces se les permitía casarse con mujeres. Las dotes, mahr, que se pagaban por los chicos eran considerables, y los fastos, mayores que los de los matrimonios heterosexuales. A los zagalah no les estaba permitido dormir en la ciudad y vivían en chamizos o en cuevas. Participaban en la defensa y en las frecuentes guerras civiles. En 1928, el rey Fuad visitó el oasis y, escandalizado, prohibió terminantemente los matrimonios homosexuales, aunque se dice que continuaron celebrándose durante algunas décadas. Hoy, los siwíes, azuzados por los cheijs e imanes religiosos, parecen avergonzarse de las prácticas que durante siglos fueron la norma

Una noche, tras refrescarnos en la poza de Cleopatra, proseguimos el camino de regreso. Uno de los zagalah, se sacó una pequeña flauta de su bolsillo e improvisó un aire, otro no tardó en golpear con ritmo la carreta y pronto Ibrahim se añadió con un leve canturreo que fue ganando en intensidad. De pronto se llevó la mano a la oreja y, subiendo unas octavas, comenzó a cantar a gritos, como en trance, sin desafinar ni un ápice. Nunca había escuchado algo semejante. Era como si el espíritu del oasis se expresara a través de aquellas prodigiosas cuerdas vocales. Luego el silencio. La luna emergía sobre el palmeral y en la noche surgía espectral la silueta del templo del Oráculo. Entonces Ibrahim me habló de aquella canción:


“Hace muchos años, tantos ya como para que se haya olvidado el motivo del enfado, un “zagal” negro se refugió en un huerto huyendo de su amo que le había amenazado de muerte. De día, se escondía entre los matorrales y cuando llegaba la noche untaba su cuerpo con aceite de oliva para que resbalara como un pez si se le intentaba atrapar. Pronto corrió el rumor de que un yin, o duendecillo, negro moraba en el huerto. De noche nadie osaba aventurarse por aquel lugar, excepto una joven que de madrugada le regalaba comida y besos”.


“Un buen día, la joven más bella de todo Siwa, desapareció para siempre. Todos aseguraban que el yin negro la había devorado. Y el huerto se cubrió de maleza. Todavía hay quien afirma que las noches sin luna se escuchan los suspiros del amor y las risas de los dos enamorados que desde lo alto de una palmera se mofan del desgraciado que osa acercarse al huerto maldito”.

Jordi Esteva: escritor y fotógrafo. Es autor de Los árabes del mar (Altaïr Viajes/Península), Viaje al país de las almas (Pre-Textos), Mil y una voces (El País /Aguilar), Los oasis de Egipto (Lunwerg) y coautor de Fortalezas de barro al sur de Marruecos (Compañía Literaria).

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