El Cañavate – Leyenda de La Cueva de la Mora

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Cuenta una antigua y casi olvidada leyenda de El Cañavate que en una de las humildes casas situadas bajo el Calamorillo, habitaba una pacífica y honrada familia árabe, cuya hija, llamada Moraima, era más hermosa que los amaneceres de mayo, más suave y placentera que la brisa del atardecer y más esbelta y gentil que las palmeras de un oasis.

Hamed, su padre, fiel y meticuloso cumplidor de las normas del Corán, había empeñado su vida en educar a sus hijos en la religión de Muhammad (BPD) y se sentía orgulloso de oírles recitar de memoria versículos y versículos del sagrado libro.

Cuando llegó a ser mocita, siempre después de terminar las oraciones de la tarde, con su cántaro en la cadera, caminaba Moraima del Calamorillo a la Cueva de la Fuente, para traer a la casa el agua necesaria para las diarias abluciones.

Era tal su donaire y tan bellos y armoniosos sus movimientos, que las gentes del pueblo quedaban embelesadas al verla pasar. Tan exaltada por todos era su elegancia y hermosura que, hasta los oídos de la familia del Alcaide de castillo, habían llegado los comentarios.

Un atardecer, cuando Moraima caminaba hacia la Cueva de la Fuente, el apuesto hijo del Alcaide bajaba a dar de beber a su caballo y se encontró con la bella joven en la explanada del pozo. Quedóse García Rodríguez de Alcañavate – que así era su nombre- tan prendado de su donaire que, hasta le parecieron poco generosos los elogios que de ella había escuchado. Tanto es así que, a partir de entonces, todas y cada una de las tardes, a la hora en que Moraima se dirigía a la Cueva de la Fuente, procuraba encontrarse junto al pozo, saciando la sed de su corcel. Ardía en deseos de oír su voz y de contemplar su rostro y sus cabellos, que se adivinaban negros y largos bajo el velo con que se cubría, pero no hallaba el modo de satisfacer tan vehemente anhelo.

De acuerdo con uno de los pastores que cuidaban los inmensos rebaños de su padre, una de las tardes en las que Moraima hacía equilibrios bajando por la áspera senda de la Cueva de la Fuente, arreó contra ella su rebaño y la joven rodó por el suelo con su cántaro. Voló su velo el aire, quedó descubierto su rostro y manchados de tierra y lodo sus vestidos y sus negros cabellos.

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García Rodríguez de Alcañavate que atento vigilaba desde el pozo, apresuróse a socorrer a Moraima, al mismo tiempo que, con duras palabras, recriminaba tal maniobra a su cómplice el pastor. Atónito quedó ante los nostálgicos, profundos y bellos ojos de la joven y, deshaciéndose en disculpas y perdones, sacó de su bolsillo un peine de oro. Se lo ofreció a Moraima para peinar sus cabellos y, al cruzar sus miradas, quedaron tan enamorados que jamás dejaron de pensar el uno en el otro.

Dese entonces, dice la leyenda, el aire jovial que en todo momento exhalaba la bella hija de Hamed, se volvió melancólico; lánguidos sus movimientos, triste e inexpresiva su mirada y lacios sus cabellos, aunque pasaba horas y horas peinándolos. Hasta cuando repetía los salmos del Corán le fallaba la memoria.

En la humilde casa del Calamorillo ya no había alegría. Muy preocupado estaba Hamed viendo a su hija en tal estado, y se resistía a que sus pensamientos recelasen que Moraima podría estar enamorada, y menos, de ese joven cristiano que la había socorrido en aquel desgraciado accidente del rebaño.

– Mi pequeña Moraima, – decía Hamed con inmensa ternura -. Algún desconocido mal planea sobre esta humilde casa. Dime, si sabes, la causa de tu tristeza para que, ayudados por Alláh, le pongamos remedio.

Pero la única respuesta que ofrecía Moraima, eran las lágrimas de sus ojos.

Una mañana advirtió Hamed que el peine con que su hija peinaba sus cabellos, tenía un brillo muy especial y pidió que le explicara la procedencia de una cosa de tanto valor, cuando todo en su casa era viejo y pobre.

Viendo Moraima descubierto el secreto con el que estaba dispuesta a morir, le habló así a su padre:

– Bien sé cuánto me quieres, cuánto te has desvelado por mí y cuánto esmero pusiste en educarme según los mandatos del Corán. Sé también, que tu gran corazón te va a resultar pequeño para soportar los sufrimientos que a cambio de todo te voy a ocasionar, pero he de confesarte, con una mezcla de dolor y de alegría, que la tristeza que me embarga es que la mirada que crucé con el joven hijo del Alcaide, cuando fue a socorrerme en aquel accidente del rebaño, sembró en mi corazón un gran desasosiego y un incontenible amor. Perdóname si eres capaz. Nada te reprocharé si me castigas, pero jamás, jamás podré dejar de amarle.

– ¿ Tú enamorada de ese altivo y despreciable cristiano?. Sí, me ofendes a mí y traicionas tus creencias. Pero te juro por Alláh que no volverás a verlo. Aquí permanecerás encerrada hasta que logre hacerte olvidar. Cada tres días me harás saber tus pensamientos y, mientras tanto, yo rogaré a Alláh para que sea otra tu voluntad.

Durante mucho tiempo estuvo Moraima recluida en la pequeña casa del Calamorillo, rumiando la incomprensión y soportando los interrogatorios de su ofendido padre al que, consciente del dolor que le causaba, siempre respondía:

– Jamás podré dejar de amarle.

Comprendiendo Hamed que por muchos años que tuviese encerrada a su hija no lograría cambiar su voluntad, decidió recurrir a una poderosa bruja, cuya misteriosa morada estaba próxima a la conocida Cueva del Rayo para que, con sus mejunjes y sortilegios, ahuyentase del corazón de Moraima aquellos sacrílegos y deshonrosos amores.

– Mis poderes son limitados, Hamed, dijo la bruja. Grande será tu dolor sabiendo que el corazón de tu bella hija lo tiene secuestrado ese joven cristiano, pero no conozco pócima ni sortilegio que logre curar el mal de amores.

– Por Alláh y por Muhammad su profeta, te ruego, vieja bruja, que ensayes los más arcanos sortilegios y las más poderosas pócimas que conozcas, para librar mi casa y mi familia de semejante deshonra.

Y con voz temblorosa añadió:

– Prefiero perderla para siempre a verla unida a ese perro cristiano.

Tantas fueron sus súplicas y tantas las lágrimas de Hamed que la bruja, casi compasiva, se atrevió a decir:

– Atormentado Hamed, han salido palabras de tus labios que posiblemente están muy lejos de tu corazón.

– Han quemado mi lengua y mi garganta las palabras que oíste. Deshecho tengo el corazón, pero esa es la voluntad de Alláh, mi Dios.

– Si así lo deseas, espero que el arrepentimiento no te acompañe durante el resto de tus días.

Y agregó:

– Conozco un sortilegio que no ocasionará la muerte de Moraima, pero sí un encantamiento que durará siglos y siglos, y que la hará invisible a los ojos de todas las personas.

– Alláh sea bendito, dijo Hamed con la voz carcomida por un resignado dolor.

Pocos días después, un atardecer de los primeros días de febrero, con el cántaro apoyado en la cadera, acompañada por la bruja, salía Moraima de la humilde casa del Calamorillo camino de la Cueva de la Fuente.

La sombra de las torres del Castillo, se dibujaba más allá de los pardos tejados de las casas del pueblo. Nadie las vio por el camino. Sólo el pastor que cuidaba el rebaño en las laderas del cerro del castillo advirtió su presencia.

Al llegar a la cueva, el fresco rumor del agua sonaba turbio y profundo.

– Deja el cántaro a mi lado y siéntate hasta que sea hora de pasar a llenarlo de agua. Nada tienes que temer, porque no quiero hacerte daño alguno.

Como por ensalmo, de la faltriquera de la bruja iban saliendo hojas de higuera y ajos silvestres; cenizas de hueso de perro rabioso y de cuerno de macho cabrío; harina de habas negras, cáscaras de huevos hueros, alas de libélula y otras misteriosas sustancias que, en el cántaro de Moraima, fue mezclando con abundante sangre de sapo y saliva de murciélago.

Durante unos momentos, que para Moraima resultaron eternos, las manos y los músculos de la cara de la bruja se crisparon de tal manera, que adquirió una espantosa figura. Mascullaba arcanas palabras e invocaba a la madre tierra, al padre sol y a la fría y blanca luna de las noches de invierno.

Terminado el conjuro, volvió a adquirir su aspecto normal y, con amables palabras y delicados ademanes, solicitó a Moraima que pasase a la cueva a enjuagar y llenar de agua el cántaro.

Recelosa siempre, Moraima obedeció sus órdenes. Pasó a la cueva, puso el cántaro bajo el chorro y, no bien hubo caído la primera gota de agua, se produjo una luminosa explosión, se oyeron chocar los cascos del cántaro con las piedras y Moraima desapareció como si ella misma hubiese sido un relámpago.

La inquietud y el desasosiego carcomían el corazón de García Rodríguez de Alcañavate. En varias ocasiones había preguntado a la gente del pueblo y nadie, desde hacía tiempo, había visto a Moraima salir de la casa del Calamorillo. Tampoco él pudo verla a pesar de que, ni un sólo día, faltó a la cita del agua del pozo. Tan confundido y triste estaba que, una tarde, el pastor se atrevió a preguntar:

– ¿ Cómo está tan triste mi señor?

– Son muchos los días que llevo sin ver a Moraima. He preguntado por ella a todas las gentes del pueblo y nadie ha sabido contestarme.

– ¿ Mi señor sabe dónde habita la bruja más vieja del pueblo? Quizá ella pueda hablarle de Moraima. No hace muchos días, cuando yo me disponía a encerrar el ganado, ya casi anochecido, las vi en la puerta de la Cueva de la Fuente.

Corriendo bajó del castillo y corriendo subió a la cueva de la bruja que, a la luz de un candil, tejía unas gruesas medias de lana.

– Perversa y vieja bruja, dijo. Por tu bien y por el mío te ruego que me digas qué sabes de Moraima, la hija de Hamed.

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Sorprendida por ver en su cueva al hijo del Alcaide, se levantó, quitó de en medio los pucheros, hierbas y calderos y, haciendo temerosas e inseguras reverencias, balbuceó:

Señor, sólo sé que su padre la tiene encerrada y que… según sus palabras… prefiere verla muerta antes que…, renegando de su fe, se pueda casar con mi señor.

– Adivino malvada bruja que no estás diciendo la verdad. Pudiera hacerte arder en una hoguera a la vista de todas las gentes del pueblo, más es tan grande el amor que siento por esa bella muchacha que, conociendo el poder de tus conjuros, te ofrezco cuanto dinero y cuantas riquezas puedas desear, si me entregas a Moraima.

– Mi señor, sé que tanto tus amenazas como el ofrecimiento de riquezas que me haces, son producto del verdadero y gran amor que sientes por Moraima. Por ello, aunque decidas ponerme en la hoguera, te diré la verdad.

– Habla, habla bruja inmunda, dijo amenazante García Rodríguez.

– Fueron tantas las súplicas y tan grande el dolor del honrado y humilde Hamed que… sin hacerle daño a Moraima… compuse la más poderosa pócima que conozco; utilicé el mayor de los conjuros y… Moraima quedó encantada para siempre dentro de la cueva de la fuente. Castígame o quémame, pero ni yo ni bruja alguna conoce sortilegio que pueda desencantar a Moraima ¡ Quémame, castígame!.

Llorando amargamente y sin pronunciar una palabra, el desdichado joven, lentamente, empezó a alejarse de la cueva de la bruja.

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– Perdón mi señor ¡ Quémame, castígame! No puedo deshacer ese poderoso encantamiento pero… sí puedo conseguir que durante unos segundos y sin que sea posible hablar con ella, veas a Moraima peinando sus cabellos con un peine de oro, cuando los primeros rayos de sol del día de San Juan, iluminen la puerta de la Cueva de la Fuente.

Asintió con un gesto el desconsolado y abatido García Rodríguez de Alcañavate y, con vacilantes pasos reanudó su camino.

Y se dice en el pueblo que, durante unos segundos, todos los amaneceres del día de San Juan, cuando los primeros rayos de sol iluminan la puerta de la Cueva de la Mora, que así se llamó desde entonces, aparece la bella Moraima peinando sus cabellos con un peine de oro y que, desde la peana, con ojos no exentos de esperanza, un resignado joven la contempla.

Por Avelino Alfaro Olmedilla

Fuente: El Cañavate

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