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Los jardines colgantes de Babilonia – Maravilla del mundo antiguo

Se encontraban en el actual Irak, los jardines colgantes de Babilonia han sido debidamente acreditados por los historiadores griegos tales como Estrabón y Diodoro Cículo. Hay poca seguridad de su existencia, a no ser la evidencia circunstancial encontrada en el palacio de Babilonia en una excavación.

Las Siete Maravillas del Mundo Antiguo provienen de una selección que fue realizada por cronistas de la Antigua Grecia, en tiempos de Alejandro Magno. Una de estas construcciones, algunas de las cuales se cree que ni siquiera fueron reales, son los Jardines Colgantes de Babilonia. Hay quienes incluso dudan de su existencia real. Mito o historia es una obra de arquitectura verdaderamente fascinante.

El origen de la duda sobre la veracidad de los Jardines Colgantes de Babilonia surge de que al momento de confeccionarse el listado de las Siete Maravillas del Mundo, durante el siglo IV a.C, Babilonia ya se encontraba en ruinas. De ahí que los historiadores y arqueólogos manejen dos posibles hipótesis o teorías sobre su construcción.

Una de las teorías, la más difundida ,es que los Jardines Colgantes de Babilonia fueron construidos por Nabucodonosor II, (rey durante el Imperio Neo-babilónico), como obsequio para su esposa en el siglo VI a.C. La segunda hipótesis –basada en una leyenda- adjudica la obra de esta maravilla a la reina asiria Semíramis o Shammuramat, durante el siglo IX a.C.


Según las crónicas que han trascendido, los Jardines Colgantes de Babilonia habrían consistido en una edificación compuesta de terrazas escalonadas, construidas con grandes piedras. Las piedras eran la estructura en la que se colocaba la tierra y allí se habrían plantado árboles, flores y arbustos.

Se estima que para el riego de los jardines utilizaron una máquina similar a una noria hidráulica que permitía la elevación del agua. Los arqueólogos han encontrado en las ruinas del Palacio del sur, un pozo que estiman por sus características podría ser asociado al riego de los jardines.

El ingeniero Filón de Bizancio (280-220 a.C.), discípulo de Ctesibio de Alejandría ,narra cómo eran a sus ojos los Jardines colgantes de Babilonia en su obra ‘Siete Maravillas de la Antigüedad’:

Crecen allí los árboles de hoja ancha y palmeras, flores de toda clase y colores, y, en una palabra, todo lo que es más placentero a la vista y más grato a gozar. Se labra el lugar como se hace en las tierras de labor y los cuidados de los renuevos se realizan más o menos como en tierra firme, pero lo arable está por encima de las cabezas de los que andan por las columnas de abajo.

Las conducciones de agua, al venir de las fuentes que están a lo alto, a la derecha, unas corren rectas y en pendientes, otras son impulsadas hacia arriba en caracol, obligadas a subir en espiral por medio de ingeniosas máquinas. Recogidas arriba en sólidos y dilatados estanques, riegan todo el jardín, impregnan hasta lo hondo las raíces de las plantas y conservan húmeda la tierra, por lo que, naturalmente, el césped está siempre verde y las hojas de los árboles que brotan de tiernas ramas se cubren de rocío y se mueven al viento. La raíz, nunca sedienta, absorbe el amor de las aguas que corren por doquier y, vagando bajo tierra en hilos que se entrelazan inextricablemente, asegura un crecimiento constante de los árboles. Es un capricho de arte, lujoso y regio y casi del todo forzado por el trabajo de cultivar plantas suspendidas sobre las cabezas de los espectadores-.

No obstante, debido a la falta de pruebas, testimonios más concluyentes y herencias arqueológicas; muchos han sugerido que los Jardines Colgantes de Babilonia no son más que leyendas. Sólo sabemos de sus verdes extensiones por las descripciones que se encuentran en los antiguos escritores griegos y romanos, como por ejemplo; Estrabón, Diodoro de Sicilia y Quinto Curcio Rufo. Así todo, se limitan a representar un ideal romántico de un jardín oriental, y no unos jardines colgantes dignos de ser maravillas universales. Sólo las excavaciones del alemán Robert Koldewey en una de las zonas de la fortaleza sur de Babilonia, revelaron unas bóvedas con un profundo pozo que podrían ser los las “raíces” de los jardines colgantes.

La desaparición de los jardines colgantes de Babilonia

Aunque sus conquistas han pisado y avasallado todos los reinos vecinos, el dominio y la luz que destellaba del Imperio Babilónico no llegó muy lejos. El reino infranqueable y omnipotente de Nabucodonosor y su padre, (tomado tras una rebelión contra los asirios), tenía los días contados. No habían pasado 25 años desde el fallecimiento del Rey Nabucodonosor y de la caída de Jerusalén en el año 562 a.C., y el gran imperio ya se estaba desmoronando.

La fragmentación del imperio se iba haciendo cada vez más patente, y las ciudades del sur, (la antigua Sumeria), caían como fichas de dominó. Los culpables; los persas. Los persas avanzaban como una apisonadora conquistando todo aquello que veían en el horizonte. Eso, unido a la desesperación de los babilonios y la incapacidad del rey Nabónido, hizo que la conquista de la ciudad fuese una de las más sencillas de la historia.

Ciro II El Grande oyó que Babilonia estaba sumergida en una crisis que removía los cimientos de una más que posible guerra civil, por lo que no dudó en aprovechar el momento. Cuando llegó a Babilonia, Ciro prometió respetar la ciudad, a sus gentes y sus riquezas; garantizaba la seguridad y orden del pueblo, si el Rey acedía a entregar su trono al pueblo persa. Los nobles y sacerdotes no dudaban la aceptación, pues Nabónido era un usurpador y un blasfemo.

En octubre de 539 a.C., un gigantesco ejército se presentó en las puertas de Babilonia para ver cómo el pueblo traicionaba a Abondo y limpiaba el trono para Ciro. Todo se llevó a cabo sin oposición ni resistencia, por lo que fue un mero tránsito sin guerras ni pérdidas de ningún tipo.

La desaparición de los Jardines fue por el paso del tiempo y un enemigo imparable: el incendio provocado por Evemero al conquistar Babilonia en el 125 a.C. Eso redujo la histórica ciudad a simples ruinas y cenizas antes de la llegada de Alejandro Magno.


¿Existieron realmente los jardines colgantes de Babilonia?

Nada nos queda acerca de su construcción, ni un solo manuscrito, plano o mapa que llegasen a detallar nada. La escasez de fuentes babilónicas contemporáneas hacen que las controversias salpiquen incluso a la esposa Amyitis de Nabucodonosor.

Herodoto, (geógrafo e historiador griego más cercano al tiempo de Nabucodonosor II), no menciona nunca los jardines colgantes al escribir sobre Babilonia. Es posible que existan pruebas bajo el Éufrates, río más grande del Asia Occidental junto al Tigris, aunque no puede ser excavado de manera segura en la actualidad. Una teoría diferente también apunta a que los Jardines Colgantes de Babilonia fueron realmente construidos por el rey asirio Senaquerib (704-681 a.C.), en su palacio de Nínive.

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La Historia de Mushkil Gusha – Orígenes de una larga tradición Persa

La historia de Mushkil Gusha  pertenece a la tradición Sufí. Tiene una asociación particular con Bahâ ad-dîn Naqshband (1318-1389), quien dio su nombre a la Orden Sufí Naqshbandi.

Es una historia Persa muy antigua que ha pasado a través de generaciones con el fin de hacer conocer al «Disipador de las Dificultades». Tradicionalmente se cuenta esta historia todos los jueves por la noche, en familia o entre amigos y se comen unos dátiles o se hace un regalo en su nombre a alguien que ayude a los necesitados.


El rey Artabán

Este cuento transcurre en Babilonia, en Caldea, en Jerusalén, parte en Belén, y parte en las montañas de Persia.

Hubo una vez un rey de Babilonia, en las montañas de Persia. Se llamaba Artabán, y estaba educado con gran esmero como todos los hijos del palacio, debido a que sería rey. Vivía rodeado de riquezas y grandezas, eran su más valioso patrimonio una gran herencia, una alta estirpe, y pertenecer a una dinastía próspera.

El palacio donde habían nacido y se había criado Artabán estaba cerca de las ruinas del Palacio de las Siete Esferas. Había sido un palacio construido por una estirpe de magos ya desaparecida de la faz de la tierra.

Cuando Artabán asume el reino de Babilonia, en realidad la hasta entonces próspera dinastía estaba entrando en decadencia.

Empero Artabán no lo padecía, gracias a su educación espléndida, su ser había desarrollado virtudes muy especiales y una gran sensibilidad para observar lo que acontecía a su alrededor.

Un día despertó comprendiendo un sentimiento extraño que lo aquejaba desde hacía mucho, pudo ver claramente que la verdad era que sentía verdadero tedio por la vida monótona del palacio. Pasó largas noches de insomnio tratando de hallar una solución a su problema, hasta que un día decide visitar su reino, pero no de la forma acostumbrada para un rey, lo cual implicaba toda una movilización de guardias, cortejos, pregoneros, fiestas y demás.  No deseaba realizar una visita asediado por los gritos de la gente que vitoreaba “¡Viva el Rey!”… y cosas por el estilo. Su necesidad esencial era otra.

Artabán no sabía nada de la pobreza y la miseria que sufría el pueblo. En sus visitas oficiales por la cuidad, el veía que todos lo aplaudían, se mostraban eufóricos y hacían fiestas. Sólo veía alegría por donde lo llevaban.

Sintió que esta vez debía ir sin previo aviso. No le avisaría a nadie e iría completamente solo. Se escapa entonces disfrazado de mendigo… aunque inquieto por la aventura en la que estaba embarcado, su corazón por primera vez en mucho tiempo se había aquietado y una dulce paz lo invadía porque en el fondo su sentimiento era como el de un pobre pajarillo encerrado en una bella y cómoda jaula de oro, mimado y atendido, pero privado de la libertad de ver más allá de sus lujosos barrotes.

Artabán se escapó de su palacio ese jueves por la noche  través de algunos pasadizos que casi nadie conocía y una oscura callejuela se lo devoró en pocos segundos.

El horror llegó a su corazón cuando vio un pueblo con hambre, víctima de pestes y enfermedades, tanta gente pobre…Y él disfrazado de mendigo sentía desgarrársele el corazón de angustia al tomar conciencia de los hechos. En su mente elucubraba planes para deshacerse cuanto antes de sus ministros, a los que ahora veía como verdaderos rufianes que vivían a costa de sus riquezas y de la miseria del pueblo.

Decide volver al palacio cuando ve por una ventana, en una casa, que estaban preparando e típico arroz persa. A pesar de lo pobres que eran lo dividían en pequeñas porciones para que alcanzara para todos y también se repartían unos pocos dátiles. Llega hasta él el olorcito del arroz persa y siente hambre, recordando que hacía muchas horas ya que vagaba por la ciudad. Finalmente se anima a entrar, Irrumpe en la casa y dice:

¡Yo soy el Disipador de todas las dificultades!


La gente de la casa lo miraban sorprendidos, lo veían sucio, vestido pobremente…Y para más, gracias a sus grandes habilidades histriónicas hasta se había ennegrecido los dientes, se había ensuciado las uñas… pero con unos ungüentos que olían bastante mal lo que completaban en él la imagen completa de la miseria, y no era un personaje nada grato.

Y esa, era una casa de pobres, cada uno con su miseria propia, pero igualmente, por hospitalidad lo dejan entrar y comparten con él su escasa comida.

Él, agradeciendo, miró a uno por uno y dijo:

“¡Pidan lo que quieran porque yo soy el Disipador de todas las Dificultades!”.

Y los pobres, entre risas y bromas, empezaron a pedir cosas. Cuando alguien hacía un pedido todos le deseaban que se le cumpliera. Unos pedían riquezas mundanas, otros justo pedían lo que les estaba faltando, pero todos pedían algo que tenía que ver con el mundo. Imposible describir la sorpresa de esta gente cuando Artabán les propuso brindar con vino color rubí… Brindaron con un vino muy malo, el único que tenían, pero para Artabán tenía un sabor muy especial y disfrutaba enormemente. Todos brindaron por el Disipador de las Dificultades, y él concluyó feliz su extraña visita nocturna.

Vuelto al palacio comenzó a deshacerse paulatinamente de sus ministros. Sin olvidarse de ordenar que se cumplieran los deseos de esa gente; una bolsita de oro para el que había pedido oro, unos pocos dátiles para el que había pedido dátiles y así cada uno recibió la justa medida de lo que había deseado.

A partir de esa noche, todos los jueves comenzó a hacer lo mismo. Mientras tanto continuaba remplazando a sus visires, y modificando todo lo que podía el sistema de gobierno en beneficio del pueblo. Y así el reino iba cambiando, lentamente, porque todos saben que ningún cambio grande y verdadero se logra de un día para otro, ninguna inercia arraigada durante años y años se interrumpe instantáneamente y sin esfuerzos perseverantes.

Por supuesto, y como siempre sucede no tardaron en aparecer los falsos profetas; mendigos que entraban en las casas y decían “Soy el Disipador de las Dificultades” y comían hasta hartarse pero nunca entregaban nada de lo que  prometían.

Y gracias a la bondad de su corazón y de sus hechos la mente de Artabán se abrió a las grandes ideas. Llevaba años realizando ésta tarea. El pueblo ni siquiera agradecía a Artabán; todos decían que el reino había empezado a prosperar a partir que el Disipador de las Dificultades había aparecido.

Todo había cambiado, y el pueblo prosperaba felizmente, cuando un anciano visita a Artabán. Tenía un ropaje suntuoso, decía ser descendiente del Mago Daniel, perteneciente a la secta de Zoroastro, mostraba dignidad y nobleza en sus maneras. Artabán se estremeció cuando el mago le dijo que sabía que Artabán era el Disipador de las dificultades. ¡Un secreto que ni siquiera sabían sus allegados!  Entonces no pudo más que creer en el Mago.

Éste lo llevó al Palacio de las Siete Esferas, que estaba casi en ruinas, y allí enteró al Rey de la existencia de la cofradía de los Adoradores del fuego. Un medallón de oro colgaba a la altura del plexo solar del Mago.

Educado por él, Artabán se transforma también en un mago. Tenía otros compañeros de aprendizaje, sus mejores amigos eran Melchor, Gaspar y Baltasar, todos educados por el mismo mago, seguidores de Zoroastro, descendiente de Daniel.

Todos ellos habían comprendido la Alta Ciencia, se dedicaban a la medicina y estudiaban las estrellas, y siempre continuaron curando y sirviendo a los necesitados, hasta que un día llegaron a la conclusión de que llegaría un Mesías, el nuevo rey de la humanidad. Todas las profecías eran enigmáticas, podían decir que faltaban siete semanas o siete días… ¡Quién podía estar seguro de comprenderlas correctamente! Pero ellos tenían la certeza de que es año ocurriría algo grandioso.

Para ese entonces eran un grupo de verdaderos sabios que habiendo reconocido su total ignorancia perseguían  incansables una esperanza. Se reunieron con otros altos magos, y luego de realizar muchos cálculos concluyeron que el tiempo señalado por la profecía ya estaba llegando. Sin embargo no todos creyeron en dichas conclusiones, la mayoría , es decir casi todos, menos Melchor, Gaspar, Baltasar, Artabán y otro sabio muy Anciano, prefirieron seguir con sus estudios particulares antes que embarcarse en la aventura de creer, de tener fe en una poco probable profecía, por más maravillosa que esta pudiera parecer.

El anciano que sí había creído, también llevaba un talismán dorado sobre su pecho. Había pasado toda su vida en busca de la Alta Ciencia, del Verdadero Conocimiento, y ahora en el fondo de su alma sentía la certeza de haber finalmente encontrado lo que buscaba. Esa noche, reunido con Artabán y sus tres amigos les habló sabiamente y con infinito amor diciéndoles:

“Muchísimos años han pasado desde que me iniciara en los Misterios de las estrellas, los números, la medicina del cuerpo y alma, y aunque aún mi corazón es fuerte y mi mente clara, mi cuerpo obedece a las férreas leyes del tiempo, por eso, aunque me es imposible acompañarlos con mi cuerpo físico en esta divina aventura,  mi boca les habla palabras de mi corazón. Sed osados, es preferible morir persiguiendo la sombra de una esperanza antes que vivir sin haber conocido el intento de la fe. Vuestros corazones son nobles, vuestros cuerpos jóvenes, experimentad lo que para mi espíritu ciertamente ya ES.”

Artabán partió y se fue a estudiar los cielos a una ciudad vecina mientras que sus amigos quedaron en Babilonia habiendo de antemano acordado que cuando Saturno y Júpiter se hubieran aproximado lo suficiente, se encontrarían nuevamente.


Una noche Artabán se había quedado hasta muy entrada la noche estudiando el cielo desde la terraza. Por un instante contempló la maravilla del manto de estrellas que envolvía sus ojos de emoción. Su corazón latió fuertemente, agitado por las inquietas olas de un inmenso amor… Artabán, extasiado, fija su atención en la conjunción de Saturno y Júpiter y comprueba que estaba en el punto justo que habían previsto para la partida, ahora sólo espera alguna señal secreta como la confirmación de que es el momento. Arrullado por la inmensidad descansa apacible bajo el Cielo de los Sabios, cuando una ligera inquietud le hace abrir los ojos, y…

¡Allí está! ¡La señal esperada! Una nueva estrella estrena su brillo, y realiza como un movimiento espiralado  que surca el cielo y luego se aleja señalando la dirección en la que debían partir.

Artabán preparó prontamente sus cosas. Compró un rubí, un zafiro y una perla, dejó el reino en manos de otro y partió . Él estaba en Persia y sus amigos en Babilonia, quince días de caballo a través del desierto lo separaban de sus otros amigos. Ensilla su caballo, habían quedado en encontrarse en el Palacio de las Siete Esferas, y cabalga por terrenos inhóspitos a través del desierto.

Lo que le sucedió durante la travesía es materia para  muchos cuentos que están aún en el Vestíbulo del Ensueño.

El día quinceno, tras haber dormido bajo las estrellas, con su caballo fiel y aventurero como él, faltando tres horas para llegar, cerca de un bosque de palmeras datileras ve una sombra. Se acerca concierto temor. El frío de la muerte recorre su columna: era un moribundo. Enciende un fuego, y ve en su piel que amarillea y sus manos huesudas y frías, la caricia de la muerte. Le quedaba muy poco tiempo de vida. La muerte típica en el desierto era dejar que los buitres hicieran lo suyo, era el entierro más legítimo. Pero cuando está a punto de partir la mano del moribundo se extiende, le toma de las ropas y le pide auxilio. Al Rey se le estremece el corazón, sabe que tiene tres horas para llegar al encuentro estipulado, ya que sino sus amigos partirían sin él. Por un momento se pregunta si debía acaso dejar de lado su fe para darle agua a un moribundo. Pero sin pensarlo demasiado, lo acomoda bajo una palmera, busca agua para hacerle beber unas hierbas medicinales y se dedica a cuidarlo durante horas y horas, hasta que el moribundo empieza a recobrar su ánimo. Ante la pregunta del desconocido le cuenta:

Yo soy Artabán, voy en busca del Rey. Estoy retrasado, y seguramente mis compañeros ya van camino a Jerusalén”.

El moribundo era un hebreo teólogo y cabalista, y notablemente agitado le cuenta que había pasado muchos años de su vida en soledad estudiando la profecía de la cual el mago le estaba hablando. Entonces le cuenta que por medio de sus estudios, supo que el Mesías no nacería en Jerusalén sino en un pequeñísimo pueblo de Judea llamado Belén.

Artában se había retrasado mucho, así que se despiden rápidamente deseándose las bendiciones de Dios uno al otro. Y el Rey parte íntimamente agradecido a Dios por las noticias que le hiciera llegar por medio del moribundo. Luego de tres horas de cabalgata llega a las ruinas, cerca de la madrugada, pero solo encuentra un trozo de pergamino en el que sus amigos le decían que no podían esperar más que los siguiera.

Artában sabía que ningún hombre podía aventurarse solo en el desierto, sus tres amigos iban en una caravana de la que él no lograría encontrar ni una sola huella luego de tres horas.

Finalmente decide regresar a Babilonia y cambiar el zafiro por víveres y caballo. En su mente se agolpan las dudas. Se decía a sí mismo:

 –“Sólo el Dios de la Verdad dirá si seré recompensado por mi acto de servicio o ésta fue una tentación y no veré al Rey”.

Así parte hacia Belén. El viaje era terrible y Artabán ya no era tan joven, tenía cuarenta años. Era una mezcla de ensoñador y guerrero. Poseía ojos estudiosos y perseguía una historia que no sabía si era cierta. Sus anchos hombros le conferían un aspecto imponente, pero la ternura que emanaba de su ser era más avasallante todavía. Llevaba en sí el sello de haber vivido toda una vida de soñador.

Durante bastante tiempo peregrinó por el desierto, sabía que pronto sucedería el gran acontecimiento, pero llevaba días de retraso.

La travesía se transformó en una senda de dolor. Finalmente logra atravesar el desierto y llega a las proximidades del mar de Galilea. Se encamina directamente hacía Belén, tal como le había indicado el cabalista. Y encuentra una choza con una luz en su interior. Desmonta, su fiel caballo estaba tan cansado y agotado como él mismo, pero aun así no flaqueaba. Mira en el interior de la choza y ve a una joven madre amamantando a un niño. Entra silenciosamente pero la mujer se sobresalta ante su presencia imponente y siente temor, entonces él le dice que no tenga miedo que es el mago Artabán y que va en busca del Rey. Le pide información y la mujer recuerda que a donde había nacido Jesús habían llegado unos extraños, que le habían ofrecido oro, incienso y mirra. Artabán inmediatamente se da cuenta de que se refiere a sus compañeros. En ese momento el niño que tenía la mujer le tiende los bracitos y le sonríe, el Rey, sorprendido, por un instante piensa que tal vez ese niño hubiera nacido allí y fuera el Mesías, pero el Dios de la verdad había reservado para él otro destino.

La mujer le cuenta que se comentaba que José, María y Jesús habían partido probablemente a Egipto. La ciudad de Belén estaba casi abandonada, no había hombres. Artabán pregunta el motivo y ella le contesta que estaban todos temerosos porque Herodes cobraría un nuevo tributo.


En ese mismo momento irrumpen trompetas que anunciaban a los soldados de Herodes. Se escuchan gritos y lamentos por todos lados… ¡Matan a nuestros niños! ¡Matan a nuestros niños! Sólo había mujeres en las casas. Los hombres se habían ocultado en las montañas con los niños, ya que el tributo era la vida de sus propios hijos. El corazón de Artabán se estremece de sufrimiento. Ante su vista tiene una mujer indefensa y aterrorizada que cubre con sus cabellos al bebé que amamanta, mientra llora y suplica sin cesar. En tanto el ruido de los cascos de los caballos se escucha cada vez más fuerte.

Artabán ya ha tomado su decisión. Sale de la choza, los soldados se detienen ante semejante estampa de guerrero. Su ropaje suntuoso impresiona. El capitán desciende del caballo y despectivamente lo llama intruso. Artabán, cubría la entrada de la choza, mirando hacia la nada, con sus ojos hacia lo Alto, muestra una lágrima de sangre en su mano: es el rubí y como contemplando las estrellas dice:

“No hay nadie en ésta choza, pero ofrecería esto al capitán si me dejase en paz, puesto que tengo mucho que hacer”.

El capitán sucumbe a su codicia y abandona el lugar apretando entre sus manos la valiosa joya.

Artabán, inmóvil en el mismo lugar, alzando los ojos al cielo pide disculpas al Dios de la verdad por haber mentido para salvar a esa mujer y a su criatura. Ésta agradecida promete rezar a Dios para que ilumine la senda del bondadoso mago.

Artabán estaba preocupado, ya había usado dos de las ofrendas que tenía destinadas al Rey. El no sabía si todos esto sucesos eran tentaciones para desviarlo de su camino o si finalmente lo conducirían hasta el Rey. Su gran corazón llevaba las riendas de sus decisiones y sólo el tiempo daría las respuestas que ansiaba.

Tres días hacía que habían partido los tres magos, José María y Jesús a Egipto. También él parte hacia allá. Durante la marcha pregunta a todos si saben algo del Mesías y de sus padres, pero en esas tierras ya nadie conocía a Jesús, ni a María ,ni a José. Los busca durante mucho tiempo. Cada tanto encuentra algún religioso que puede darle indicios. Él visita hasta los lugares de mayor pobreza, pero nadie sabía nada de sus compañeros, ni del niño ni sus padres.

Sus recorridas siempre estaban marcadas por cientos de actos de servicio. Siempre haciendo el Bien, siempre curando, siempre aliviando los dolores ajenos…

Pasó años en parajes desconocidos y se fue haciendo viejo. Desde los cuarenta años se volvió anciano en la senda del alivio de las dificultades ajenas, pero siempre buscando resolver el enigma que los dioses le habían regalado…Su cabello y sus barbas eran ya completamente blancas. Su columna perdía firmeza con el correr de los años, pero jamás perdía la esperanza de encontrar al Rey.

Uno de los religiosos al que había consultado en Egipto le dice que Jesús había vuelto a Jerusalén.  El mago ya tenía setenta y tres años. Habían pasado treinta y tres años desde el nacimiento del rey, treinta y tres años de búsqueda y permanente servicio.

A pesar de su edad, Artabán viaja hasta Jerusalén, transita las calles, y siente todavía vibrar en su interior esa pequeña y vieja esperanza. Conservaba aún la perla, el último de sus tributos al rey. Llegado a Jerusalén, siente un tumulto, y ve gente que corre apresuradamente, entonces pregunta:

_“¿Qué sucede?”

“_ ¡En el Gólgota, en el Gólgota, está crucificando a dos ladrones y al supuesto Rey de los judíos que hizo prodigios y ahora parece que blasfemo por decir que él era Hijo de Dios!”

En Artabán resurge la esperanza de encontrar al rey, empieza a erguirse se toca el pecho y tiene la perla, cada vez más resplandeciente por su servicio. Se dice

_“Ahora sí voy a ver al Rey “.

De pronto cerca de él siente gritos y ve a unos soldados que arrastraban de los cabellos a una mujer. Ella logra soltarse y se dirige hacia Artabán. Lo toma de las ropas y le  pide su favor, explicándole que ella era hija de un mercader al que habían asesinado y ahora ella sería vendida como esclava para pagar las deudas.

Artabán aún tenía una mano sobre su pecho, compadecido por la tristeza de la muchacha extiende su mano y al abrirla brilla tibiamente en su palma su último tributo al rey, alcanzándole la perla, con voz tierna le dice:

_“Toma compra tu libertad “.

Él no sabía si ésta era su última tentación. Recuerda toda la gente a la que había ayudado durante tanto tiempo. ¿Cómo estar seguro de que no eran pruebas puestas a su fe?…Aún así el impulso de su amor fue mayor.

En ese momento, todo en Jerusalén se volvió oscuro. Los soldados huyeron, tembló la tierra. Una laja se desprendió de una casa y golpeó la cabeza del anciano y por la herida manaba abundante sangre y en ella sentía irse rápidamente la vida. La mujer rescatada permanece todavía a su lado, y teme que el anciano muera desangrado.

En medio de la oscuridad, Artabán siente una voz, como si saliera del mundo. La mujer también la oye. El anciano balbucea palabras entrecortadas.

_“¿Cuándo estuviste enfermo y yo te visité”?

_«¿Cuándo tuviste hambre y este siervo te dio de comer?”

Un resplandor dorado se presenta ante el anciano y ambos escuchan claramente la dulcísima Voz del Rey que le dice:

“Mientras se lo hayas hecho a uno de tus hermanos más pequeños, a mí me lo hiciste”.

Entonces Artabán comprendió el por qué toda una vida de servicio. Ese había sido el destino, regalo de los dioses a quien había preferido vivir tras la sombra de una esperanza que transitar una vida inútil y estéril. Tal había sido el camino de retorno elegido por su noble corazón. Y habiendo ido siempre en pos de lo Alto, ahora veía al Rey.

Jesús había estado durante todos sus treinta y tres años vida consciente de la búsqueda de Artabán, había visto todos sus actos, había registrado cada uno de sus servicios.

Y sucedía al fin el esperado reencuentro.


Ahora, en el momento de su crucifixión, el Rey y el Mago funden sus corazones en un divino abrazo.

Entretanto la joven salvada, sintiéndose participe de un milagro, y llena de adoración y amor por el ser dorado, cuida de las heridas del anciano profundamente agradecida. Luego él poco a poco se reestablece. Una sonrisa permanente se había dibujado en el rostro del mago y rejuvenecía día a día, ya no parecía un anciano.

Un jueves por la noche, apunto de despedirse de la bondadosa mujer, siente otra vez la voz, que le dice:

_“Mi amigo eres, también amigo de todos los hombres, por quienes tuve la dicha de dar la vida, y como tal conozco que eres el disipador de todas las dificultades. A partir de hoy, y como regalo mío, te llamarás Mushkil Gushá y serás Inmortal”.

Y a partir de esa noche Mushkil Gushá estuvo en los brindis de todos los que lo recordaban y en la de todos los que supieron de su historia, y su bondad danzó en cada copa de color rubí que se alzó en cada jueves de la vida de la Tierra.

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Orígenes de la medicina y la farmacopea

Escritura cuneiforme en arcilla, con recetas médicas de físicos de Nippur, Mesopotamia.

No es difícil pensar que aquellos hombres que guerrearon con caníbales y depredadores animales, recibieron heridas, comieron venenos y sufrieron enfermedades favorecidas por los intensos cambios de temperatura. Alguna forma de sanación debieron emplear, lógicamente asociada a creencias mágicas, religiosas y a fetiches, pero también al uso de algunos elementos encontrados en el planeta azul.

Los espíritus malignos eran inducidos a abandonar el cuerpo por medio de conjuros, por masajes, por trepanaciones, (práctica quirúrgica extraordinariamente antigua), y además por prescripciones de naturaleza repugnante y sabor desagradable, características que hasta no hace muchos años eran muy peculiares de los remedios, pero que en aquellas épocas tan antiguas tenían por objeto erradicar a los demonios.


Además del concepto de seres sobrehumanos, dioses que tenían poder sobre las enfermedades y las fuerzas de la naturaleza, surgieron supersticiones y brevajes, a los que se les asignaba un eventual poder curativo. Por instinto, y observando además a bestias, aves y animales domésticos, descubrieron que estos se trataban sus propias dolencias al comer tal o cuál hierba; ellos siguieron su ejemplo, y por medio de un lento y doloroso proceso de ensayo y error, aprendieron a distinguir los venenos de los alimentos y de las plantas con poder curativo.

Quizás aquellos primeros remedios incluían algunos órganos de animales y también ciertos elementos minerales. Las primeras aplicaciones externas para aliviar el dolor, las heridas, los golpes y fracturas, pudieron haber sido el agua fría, una hoja, la mugre o el lodo. Se lo aplicaron primero para aliviarse a sí mismos y luego para aliviar a otros.

Vale la pena anotar que el color rojo guarda importancia en las primeras medicinas, (en parte por ser el color de la sangre), también se usaba en embalsamamiento de las momias, (y aún todavía), pues da aspecto de vida, colgaduras rojas anti-viruela en los cuartos de los enfermos, franela roja contra la ronquera, hilo rojo en el cuello contra el sangrado nasal, o píldoras rojas en la antigua China.

De la prehistoria, pasando por las edades de bronce y hierro, llegamos a las primeras civilizaciones. Probablemente en tiempos similares, (unos 3.000 años A.C.), aparecen los pueblos de la Mesopotamia: sumerios y acadios, pero particularmente los babilonios; y adicionalmente los egipcios, en el Norte de África, los chinos y los indios, todos con su cultura tribal, algo agrícola y un poco más sedentaria, y también con sus pócimas, hierbas y rudimentarios procesos de farmacia.

Y todos acudieron a los dioses, para que tuviesen compasión, por lo que aquellos sanadores babilonios, (2.600 años A.C.), eran a la par sacerdotes, médicos y farmaceutas, pues según las tablillas cuneiformes de arcilla que se han descubierto, fueron los primeros boticarios. Empleaban la adivinación para descubrir el pecado cometido por el enfermo y como método común tenían el examen detallado del hígado de animales sacrificados, conocido como “hepatoscopia”.

Anotaban los síntomas de la enfermedad, procediendo luego con las recetas y las instrucciones para preparar los compuestos; aunque la farmacopea era en gran medida vegetal, ciertos preparados han sido difíciles de identificar, pues les asignaban nombres curiosos como “grasa de león o “aliento de bebé”. De las medicaciones que han sido identificadas, hay extractos de plantas, resinas y condimentos; algunos de estos preparados tenían propiedades antibióticas o antisépticas, y enmascaraban el mal olor de las heridas.


El aceite era el principal bálsamo para las heridas abiertas, lo que prevenía la adherencia del vendaje. Sin embargo no hay que olvidar el importante efecto placebo que tenían muchos de estos menjunjes pues los pacientes consideraban que los médicos podrían curarlos o aliviarlos con sus compuestos.

En la lengua sumeria por ejemplo, la misma palabra significa “medicina” y “vegetal”. De los babilonios nos queda el famoso código del rey Hammurabì que en su parte de medicina es la primera reglamentación ética y legal donde se castiga la mala práctica de los médicos.

Por A. Jácome Roca

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Interpretación de los sueños de vuelo en Babilonia

Marduk, dios de la antigua Babilonia

Si un hombre, (en sueños), tiene alas y vuela de un lado a otro, y al descender no es capaz de remontarse, no tendrá un fundamento estable.

Si un hombre se lanza y vuela: para una persona importante, suerte. Para un siervo, final de sus desgracias. Si está en la cárcel, será puesto en libertad. Si está enfermo, se curará.

Si un hombre vuela varias veces seguidas, perderá cuanto posee. Si un hombre se lanza y vuela: Para el siervo, pérdida de sus bienes; para un pobre, terminación de su pobreza. Este hombre verá realizarse sus deseos.


Si un hombre vuela de un lado a otro, desaparece, pero aparece de nuevo: aflicción.

Si un hombre vuela de un lado a otro: El rico perderá sus bienes; el pobre verá el final de sus desgracias.

Si un hombre vuela desde el lugar donde se encuentra y (sube) al cielo, este hombre encontrará lo que ha perdido.

Con información del Livre des songes assyriens, citado por Marcel Leijbovici, (ob. cit., p. 74).


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Las cinco leyes de Oro

Jenizaro y mercader – Émile Prisse d’Avennes (1851)

“En beneficio de los que están aquí sentados, voy a leer las palabras de sabiduría que mi padre hizo grabar en la tablilla de arcilla que me dio hace diez años».

I. El oro acude fácilmente, en cantidades siempre más importantes, al hombre que reserva no menos de una décima parte de sus ganancias para crear un bien en previsión de su futuro y del de su familia.

II. El oro trabaja con diligencia y de forma rentable para el poseedor sabio que le encuentra un uso provechoso, multiplicándose incluso como los rebaños en los campos.

III. El oro permanece bajo la protección del poseedor prudente que lo invierte según los consejos de hombres sabios.

IV. El oro escapa al hombre que invierte sin fin alguno en empresas que no le son familiares o que no son aprobadas por aquellos que conocen la forma de utilizar el oro.

V. El oro huye del hombre que lo fuerza en ganancias imposibles, que sigue el seductor consejo de defraudadores y estafadores o que seña de su propia inexperiencia y de sus románticas intenciones de inversión.


“Estas son las cinco leyes del oro tal como mi padre las escribió. Afirmo que son mucho más valiosas que el mismo oro, como demuestra la ría.

“Os he hablado de la enorme pobreza y de la desesperación a las que me había conducido mi inexperiencia, de nuevo miró a su padre.

“Sin embargo, no hay mal que cien años dure. El fin de mis desventuras llegó cuando encontré un empleo, el de capataz de un grupo de esclavos que trabajaban en la construcción de la nueva muralla que tenía que rodear la ciudad.

“Como conocía la primera ley del oro, pude aprovechar esta oportunidad; reservé una pieza de cobre de mis primeras ganancias, sumando otra siempre que me era posible hasta conseguir una moneda de plata. Era un proceso lento, puesto que tenía que satisfacer mis necesidades. Admito que gastaba con reparo porque estaba decidido a ganar tanto oro como me habíais dado, padre, y antes de que hubieran transcurrido los diez años.

“Un día, el jefe de los esclavos, del cual me había hecho bastante amigo, me dijo:

“Sois un joven ahorrador que no gasta a diestro y siniestro todo lo que gana. ¿Tenéis oro reservado que no produce?”

“Sí, le contesté. Mi mayor deseo consiste en acumular oro para reemplazar el que mi padre me había dado y que perdí.”

“Es una ambición muy noble, ¿y sabíais que el oro que habéis ahorrado puede trabajar por vos y haceros ganar todavía más oro?”

“¡Ay! Mi experiencia ha sido muy dura porque todo el oro de mi padre ha desaparecido y tengo miedo de que suceda lo mismo con el mío.”

“Si confiáis en mí, os daré un provechoso consejo respecto a la forma de utilizar el oro, replicó él. Dentro de un año, la muralla que rodeará la ciudad estará terminada y dispuesta a acoger las grandes puertas centrales de bronce destinadas a proteger la ciudad contra los enemigos del rey. En todo Nínive no hay el metal suficiente para fabricar estas puertas y el rey no ha pensado en conseguirlo. Este es mi plan: varios de nosotros vamos a reunir nuestro oro para enviar una caravana a las lejanas minas de cobre y de estaño para traer a Nínive el metal necesario para fabricar las puertas. Cuando el rey ordene que se hagan las puertas, nosotros seremos los únicos que podremos proporcionar el metal y nos pagará un buen precio. Si el rey no nos compra, siempre podremos revender el metal a un precio razonable.”

“En esta oferta reconocí una oportunidad y, fiel a la tercera ley, invertí mis ahorros siguiendo el consejo de hombres sabios. Tampoco sufrí decepción alguna… Nuestros fondos comunes fueron un éxito y mi cantidad de oro aumentó considerablemente gracias a esta transacción.

“Con el tiempo me aceptaron como miembro del mismo grupo de inversores para otras empresas. Aquellos hombres eran sabios a la hora de administrar provechosamente el oro. Estudiaban cuidadosamente todos los planes presentados antes de pasar a ejecutarlos. No se arriesgaban a perder su capital o a estancarlo en inversiones no rentables que no hubieran permitido recuperar el oro. Empresas insensatas como la carrera de caballos y la asociación de la que había formado parte por culpa de mi experiencia ni siquiera habrían merecido su consideración. Ellos habrían detectado los peligros de esas empresas inmediatamente. Gracias a mi asociación con aquellos hombres, aprendí a invertir mi oro con seguridad para que me produjera beneficios. Con el paso de los años, mi tesoro aumentaba cada vez más deprisa. No sólo he ganado lo que había perdido, sino que he traído mucho más.

“A lo largo de mis desgracias, mis intentos y mis éxitos, he puesto a prueba la sabiduría de las cinco leyes del oro repetidamente, padre, y éstas se han revelado justas en cada ocasión. Para aquel que no conoce las cinco leyes del oro, el oro no acude a él y se gasta rápidamente. Pero para aquel que sigue las cinco leyes, el oro acude a él y trabaja como un fiel esclavo.!

Nomasir dejó de hablar e hizo una señal a un esclavo que se encontraba al fondo de la sala. El esclavo trajo, de uno en uno, tres pesados sacos de cuero. Nomasir tomó uno de los sacos y lo colocó en el suelo frente a su padre dirigiéndose a él una vez más:

“Me habíais dado un saco de oro, de oro de Babilonia. Para reemplazarlo, os devuelvo un saco de oro de Nínive del mismo peso. Todo el mundo estará de acuerdo en que es un intercambio justo.

“Me habíais dado una tablilla de arcilla con sabiduría grabada en ella. A cambio, os doy dos sacos de oro.

Diciendo esto, tomó los otros dos sacos de manos del esclavo y, como el primero, los colocó delante de su padre.


“Esto es para demostraron, padre, que considero mucho más valiosa vuestra sabiduría que vuestro oro. Pero ¿quién puede medir en sacos de oro el valor de la sabiduría? Sin sabiduría, aquellos que poseen oro lo pierden rápidamente, pero gracias a la sabiduría, aquellos que no tienen oro pueden conseguirlo, tal como demuestran estos tres sacos.

Es una gran satisfacción para mí, padre, poder estar frente a vos y deciros que gracias a vuestra sabiduría he podido llegar a ser rico y respetado por los hombres.

El padre colocó su mano sobre la cabeza de Nomasir con gran afecto.

“Has aprendido bien la lección y, verdaderamente, soy muy afortunado de tener un hijo al que confiar mi riqueza.”

Terminado el relato, Kalabab permaneció callado, observando a sus oyentes con aire crítico.

-¿Qué pensáis de la historia de Nomasir? -continuó-. ¿Quién de entre vosotros puede acudir a su padre o a su suegro y dar cuenta de la buena administración de sus ingresos?

¿Qué pensarían esos venerables hombres si les dijerais: He viajado y aprendido mucho, he trabajado mucho y he ganado mucho pero, ¡ay!, tengo poco oro. He gastado parte de él con sabiduría, otra parte alocadamente y también he perdido otra por imprudencia?

¿Todavía creéis que la suerte es la responsable de que algunos hombres posean mucho oro y de que otros no tengan? En ese caso, os equivocáis.

Los hombres tienen mucho oro cuando conocen las Cinco leyes del oro y las respetan.

Gracias al hecho de haber aprendido las cinco leyes en mi juventud y de haberlas seguido, me he convertido en un mercader rico. No he hecho fortuna por una extraña magia.

La riqueza que se adquiere rápidamente también desaparece rápidamente.

La riqueza que permanece para proporcionar alegría y satisfacción a su poseedor aumenta de forma gradual porque es una criatura nacida del conocimiento y de la determinación.

Adquirir bienes constituye una carga sin importancia para el hombre prudente. Transportar la carga año tras año con inteligencia permite llegar al objetivo final.

A aquellos que respetan las cinco leyes del oro, se les ofrece una rica recompensa.

Cada una de las cinco leyes es rica en significado y, si no habéis comprendido su sentido durante mi relato, voy a repetíroslas ahora. Me las sé de memoria porque, siendo joven, pude constatar su valor y no me hubiera sentido satisfecho mientras no las hubiera memorizado.

La primera ley del oro

El oro acude fácilmente, en cantidades siempre más importantes, al hombre que reserva no menos de una décima parte de sus ganancias para crear un bien en previsión de su futuro y del de su familia.

El hombre que sólo reserva la décima parte de sus ganancias de forma regular y la invierte con sabiduría seguramente creará una inversión valiosa que le procurará unos ingresos para el futuro y una mayor seguridad para su familia si llegara el caso de que los dioses le volvieran a llamar hacia el mundo de la oscuridad. Esta ley dice que el oro siempre acude libremente a un hombre así. Yo puedo confirmarlo basándome en mi propia vida. Cuanto más oro acumulo, más oro acude a mí rápidamente y en cantidades crecientes. El oro que ahorro proporciona más, igual que lo hará el vuestro, y estas ganancias proporcionan otras ganancias; así funciona la primera ley.

La segunda ley del oro

El oro trabaja con diligencia y de forma rentable para el poseedor sabio que le encuentra un uso provechoso, multiplicándose incluso como los rebaños en los campos.

Verdaderamente, el oro es un trabajador voluntarioso. Siempre está impaciente por multiplicarse cuando se presenta la oportunidad. A todos los hombres que tienen un tesoro de oro reservado, se les presenta una oportunidad, permitiéndoles aprovecharla. Con los años, el oro se multiplica de manera sorprendente.

La tercera ley del oro

El oro permanece bajo la protección del poseedor prudente que lo invierte según los consejos de hombres sabios.

El oro se aferra al poseedor prudente, aunque se trate de un poseedor despreocupado. El hombre que busca la opinión de hombres sabios en la forma de negociar con oro aprende rápidamente a no arriesgar su tesoro y a preservarlo y verlo aumentar con satisfacción.

La cuarta ley del oro

El oro escapa al hombre que invierte sin fin alguno en empresas que no le son familiares o que no son aprobadas por aquellos que conocen la forma de utilizar el oro.

Para el hombre que tiene oro pero que no tiene experiencia en los negocios, muchas inversiones parecen provechosas. A menudo, estas inversiones comportan un riesgo, y los hombres sabios que las estudian demuestran rápidamente que son muy poco rentables. Así pues, el poseedor de oro inexperto que se fía de su propio juicio y que invierte en una empresa con la que no está familiarizado descubre a menudo que su juicio es incorrecto y paga su inexperiencia con parte de su tesoro. Sabio es aquel que invierte sus tesoros según los consejos de hombres expertos en el arte de administrar el oro.

La quinta ley del oro

El oro huyó del hombre que lo fuerza en ganancias imposibles, que sigue el seductor consejo de defraudadores y estafadores o que se fía de su propia inexperiencia y de sus románticas intenciones de inversión.

El nuevo poseedor de oro siempre se encontrará con proposiciones extravagantes que son tan emocionantes como la aventura. Éstas dan la impresión de proporcionar unos poderes mágicos a su tesoro que lo hacen capaz de conseguir ganancias imposibles. Pero, verdaderamente, desconfiad; los hombres sabios conocen bien las trampas que se esconden detrás de cada plan que pretende enriquecer de forma repentina.

Recordad a los hombres ricos de Nínive que no se arriesgaban a perder su capital ni a estancarlo en inversiones no rentables.


Aquí termina mi historia de las cinco leyes del oro. Al contárosla, os he revelado los secretos de mi propio éxito.

Sin embargo, no se trata de secretos, sino de grandes verdades que todos los hombres deben aprender primero y seguir después si desean escapar de la multitud que, como los perros salvajes, se preocupa todos los días por su ración de pan.

Mañana entraremos en Babilonia. ¡Observad con atención! ¡Mirad la llama eterna que arde en lo alto del Templo de Bel! Ya vemos la ciudad dorada. Mañana, cada uno de vosotros tendrá oro, el oro que tanto os habéis ganado con vuestros fieles servicios.

Dentro de diez años contando desde esta noche, ¿qué podréis decir de este oro?

Entre vosotros hay hombres que, como Nomasir, utilizarán una parte de su oro para comenzar a acumular bienes y, por consiguiente, guiados por la sabiduría de Arkad, dentro de diez años, no cabe la menor duda, serán ricos y respetados por los hombres, como el hijo de Arkad.

Nuestros actos sabios nos acompañan a lo largo de toda la vida para servirnos y ayudarnos. Del mismo modo, seguramente, nuestros actos imprudentes nos persiguen para atormentarnos. Desgraciadamente, no se pueden olvidar. Los primeros de los tormentos que nos persiguen son los recuerdos de cosas que tendríamos que haber hecho, oportunidades que se nos presentaron pero que no aprovechamos.

Los tesoros de Babilonia son tan importantes que ningún hombre es capaz de calcular su valor en piezas de oro. Todos los años adquieren mayor valor. Como los tesoros de todos los países, constituyen una recompensa, la rica recompensa que espera a los hombres resueltos, decididos a conseguir la parte que merecen.

La fuerza de vuestros propios deseos contiene un poder mágico. Guiad este poder gracias al conocimiento de las cinco leyes del oro y tendréis vuestra parte de los tesoros de Babilonia.

Por G.S. Clason

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Las cinco leyes del oro

-Si pudieras escoger entre un saco lleno de oro y una tablilla de arcilla donde estuvieran grabadas unas palabras llenas de sabiduría, ¿qué escogerías?

Al lado de las vacilantes llamas de una hoguera alimentada con arbustos del desierto, los morenos rostros de los oyentes brillaban, animados por el interés.

-El oro, el oro -respondieron a coro los veintisiete presentes. El viejo Kalabab, que había previsto esta respuesta, sonrió.

-¡Ah! -continuó, alzando la mano-. Escuchad a los perros salvajes a lo lejos, en la noche. Aúllan y gimen porque el hambre les corroe las entrañas. Pero dadles comida y observad lo que hacen. Se pelean y se pavonean. Y después siguen peleándose y pavoneándose, sin preocuparse por el mañana.

Exactamente igual que los hijos de los hombres. Dadles a escoger entre el oro y la sabiduría: ¿qué hacen? Ignoran la sabiduría y malgastan el oro. Al día siguiente, gimen porque ya no tienen oro.

El oro está reservado a aquellos que conocen sus leyes y las obedecen.

Kalabab cubrió sus delgadas piernas con la túnica blanca, pues la noche era fría y el viento soplaba con fuerza.


-Porque me habéis servido fielmente durante nuestro largo viaje, porque habéis cuidado bien de mis camellos, porque habéis trabajado duro sin quejaros a través de las arenas del desierto y porque os habéis enfrentado con valentía a los ladrones que han intentado despojarme de mis bienes, esta noche voy a contaros la historia de las cinco leyes del oro, una historia como jamás habéis escuchado antes.

¡Escuchad, escuchad! Prestad mucha atención a mis palabras para comprender su significado y tenerlas en cuenta en el futuro si deseáis poseer mucho oro.

Hizo una pausa impresionante. Las estrellas brillaban en la bóveda celeste. Detrás del grupo se distinguían las descoloridas tiendas que habían sujetado fuertemente, en previsión de posibles tormentas de arena. Al lado de las tiendas, los fardos de mercancías recubiertos de pieles estaban correctamente apilados. Cerca de allí, algunos camellos tumbados en la arena rumiaban satisfechos, mientras que otros roncaban, emitiendo un sonido ronco.

-Ya nos has contado varias historias interesantes, Kalabab -dijo en voz alta el jefe de la caravana-. En ti vemos la sabiduría que nos guiará cuando tengamos que dejar de servirte.

-Os he contado mis aventuras en tierras lejanas y extranjeras, pero esta noche voy a hablaros de la sabiduría de Arkad, el hombre sabio que es muy rico.

-Hemos oído hablar mucho de él -reconoció el jefe de la caravana-, pues era el hombre más rico que jamás haya vivido en Babilonia.

-Era el hombre más acaudalado porque usaba el oro con sabiduría, más de lo que cualquier otra persona lo hizo anteriormente. Esta noche voy a hablaros de su gran sabiduría tal como Nomasir, su hijo, me habló de ella hace muchos años en Nínive, cuando yo no era más que un joven.

Mi maestro y yo nos habíamos quedado hasta bien entrada la noche en el palacio de Nomasir. Yo había ayudado a mi maestro a llevar los grandes rollos de suntuosas alfombras que debíamos mostrar a Nomasir para que éste hiciera su elección. Finalmente, quedó muy satisfecho y nos invitó a sentarnos con él y beber un vino exótico y perfumado que recalentaba el estómago, bebida a la que yo no estaba acostumbrado.

Entonces nos contó la historia de la gran sabiduría de Arkad, su padre, la misma que voy a contaros.

Como sabéis, según la costumbre de Babilonia, los hijos de los ricos viven con sus padres a la espera de recibir su herencia. Arkad no aprobaba esta costumbre. Así pues, cuando Nomasir tuvo derecho a
su herencia, le dijo al joven:

“Hijo mío, deseo que heredes mis bienes. Sin embargo, debes demostrar que eres capaz de administrarlos con sabiduría. Por tanto, quiero que recorras el mundo y que demuestres tu capacidad de conseguir oro y de hacerte respetar por los hombres».

“Para que empieces con buen pie, te daré dos cosas que yo no tenía cuando empecé; siendo un joven pobre, a amasar mi fortuna».

“En primer lugar, te doy este saco de oro. Si lo utilizas con sabiduría, construirás las bases de tu futuro éxito».

“En segundo lugar, te doy esta tablilla de arcilla donde están grabadas las cinco leyes del oro. Sólo serás eficaz y seguro si las pones en práctica en tus propios actos».

“Dentro de diez años, volverás a casa de tu padre y darás cuenta de tus actos. Si has demostrado tu valor, entonces heredarás mis bienes. De no ser así, los daré a los sacerdotes para que recen por mi alma y pueda ganar la buena consideración de los dioses».


Así pues, Nomasir partió para vivir sus propias experiencias, llevándose consigo el saco de oro, la tablilla cuidadosamente envuelta en seda, su esclavo y caballos sobre los que montaron.

Los diez años pasaron rápidamente y Nomasir, como habían convenido, volvió a casa de su padre, que organizó un gran festín en su honor, festín al que estaban invitados varios amigos y parientes.

Terminada la cena, el padre y la madre se instalaron en sus asientos ubicados en la gran sala, semejantes a dos tronos, y Nomasir se situó frente a ellos para dar cuenta de sus actos tal como había prometido a su padre.

Era de noche. En la sala flotaba el humo de las lámparas de aceite que alumbraban débilmente la estancia. Los esclavos vestidos con chaquetones blancos y túnicas batían el húmedo aire con largas hojas de palma. Era una escena solemne. Impacientes por escucharle, la mujer de Nomasir y sus dos jóvenes hijos, amigos y otros miembros de la familia se sentaron sobre las alfombras detrás de él.

“Padre, empezó con deferencia, me inclino ante vuestra sabiduría. Hace diez años, cuando yo me encontraba en el umbral de la edad adulta, me ordenasteis que partiera y me convirtiera en hombre entre los hombres, en lugar de seguir siendo el simple candidato a vuestra fortuna».

“Me disteis mucho oro. Me disteis mucha de vuestra sabiduría. Desgraciadamente, debo admitir, muy a pesar mío, que administré muy mal el oro que me habíais confiado. Se escurrió entre mis dedos, ciertamente a causa de mi inexperiencia, como una liebre salvaje que se salva a la primera oportunidad que le ofrece el joven cazador que la ha capturado. El padre sonrió con indulgencia».

“Continúa, hijo mío, tu historia me interesa hasta el mínimo detalle”.

“Decidí ir a Nínive porque era una ciudad próspera, con la esperanza de poder encontrar buenas oportunidades allí. Me uní a una caravana e hice numerosos amigos. Dos hombres, conocidos por poseer el caballo blanco más hermoso, tan rápido como el viento, formaban parte de la caravana».

“Durante el viaje, me confiaron que en Nínive había un hombre que poseía un caballo tan rápido que jamás había sido superado en ninguna carrera. Su propietario estaba convencido de que ningún caballo en vida podía correr más deprisa. Estaba dispuesto a apostar cualquier cantidad, por muy elevada que fuera, a que su caballo podía superar a cualquier otro caballo en toda Babilonia. Comparado con su caballo, dijeron mis amigos, no era más que un pobre asno, fácil de ganar».

“Me ofrecieron, como gran favor, la oportunidad de unirme a ellos en la apuesta. Yo estaba entusiasmado por aquel proyecto tan emocionante».

“Nuestro caballo perdió y yo perdí gran parte de mi upo. El padre rió. Más tarde descubrí que era un plan fraudulento organizado por aquellos hombres, y que viajaban constantemente en caravanas en busca de nuevas víctimas. Como podéis suponer, el hombre de Nínive era su cómplice y compartía con ellos las apuestas que ganaba. Esta trampa fue mi primera lección de desconfianza».

“Pronto recibiría otra, tan amarga como la primera. En la caravana, había un joven con el cual me unía la amistad. Era hijo de padres ricos como yo y se dirigía a Nínive para conseguir una situación aceptable. Poco tiempo después de nuestra llegada, me dijo que un rico mercader había muerto y que su tienda, su valiosa mercancía y su clientela estaban a nuestro alcance por un precio muy razonable. Diciéndome que podríamos ser socios a partes iguales, pero que primero tenía que volver a Babilonia para depositar su dinero en un lugar seguro, me convenció para que comprara la mercancía con mi oro».

“Retrasó su viaje a Babilonia, y resultó ser un comprador poco prudente y malgastador. Finalmente me deshice de él, pero el negocio había empeorado hasta tal punto que ya no quedaba casi nada aparte de mercancías invendibles y yo no tenía más oro para comprar otras. Malvendí lo que quedaba a un israelita por una suma irrisoria».


“Los días que siguieron fueron amargos, padre. Busqué trabajo pero no encontré ninguno, pues no tenía un oficio ni una profesión que me hubieran permitido ganar dinero. Vendí mis caballos. Vendí a mi esclavo. Vendí mis ropas de recambio para comprar algo que llevarme a la boca y un lugar donde dormir, pero el hambre se hacía sentir cada vez más».

“Durante aquellos días de miseria, recordé vuestra confianza en mí, padre. Me habíais enviado a la aventura para que me convirtiera en un hombre, y estaba decidido a conseguirlo. La madre ocultó su rostro y lloró tiernamente».

“En aquel momento me acordé de la tablilla que me habíais dado y en la que habíais grabado las cinco leyes del oro. Entonces leí con mucha atención vuestras palabras de sabiduría y comprendí que si primero hubiera buscado la sabiduría, no hubiera perdido todo mi oro. Memoricé todas las leyes y decidí que cuando la diosa de la fortuna me volviera a sonreír, me dejaría guiar por la sabiduría de la edad y no por una juventud inexperta».

“En beneficio de los que están aquí sentados, voy a leer las palabras de sabiduría que mi padre hizo grabar en la tablilla de arcilla que me dio hace diez años…»

Por G.S. Clason

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Principios jurídicos en la antigüedad – La Justicia de Los Hombres

A través de la historia de los antiguos pueblos o civilizaciones, el Derecho ha jugado un papel fundamental para el desarrollo de los sistemas sociales y de la convivencia colectiva, instituyendo normas, regulaciones, acuerdos e instituciones que han organizado en cierta forma su desenvolvimiento.

Orígenes de los sistemas jurídicos

La justicia en la Mesopotamia Babilónica estaba compuesta por un Tribunal de Primera Instancia, donde había acusación y defensa, pruebas, testimonios y sentencia dictada por el Tribunal Civil. Había un Tribunal Superior de los “Jueces del Rey”, o sea jueces civiles, que era la segunda instancia o Tribunal de Apelación. La última instancia era el propio Rey.

En la mecánica del Proceso, cada litigante se defendía a sí mismo, ya que la profesión de abogado no existía y, por ende, no era conocida por el Estado. Fue el primer Estado en conocer el concepto de culpa, la cual era únicamente revocada cuando se demostraba que el delito se había hecho sin premeditación ni alevosía. Si por ningún medio se podía esclarecer la verdad durante el procedimiento, se recurría a las ordalías, recurso que consistía en la invocación de los dioses en los oráculos sagrados con el fin de que la verdad sea revelada.

El sistema jurídico permaneció intacto, incluso hasta después de la muerte de Hammurabi; lo que demuestra su práctica y eficaz aplicación dentro de la sociedad mesopotámica babilónica.

Las Leyes de Ur-Nammu

Las leyes más antiguas que se conocen son las de Ur‑Nammu fundador de la 3ª dinastía de Ur, (hacia el 2000 a.C.). Un siglo posterior son las de Bilalama, que tienen 60 artículos, Eshnuna y las de Lipit‑Istar, quinto rey de la dinastía de la ciudad de Isin en Mesopotamia, con 37 artículos.

El código más antiguo del mundo y se recopiló escrito en sumerio en tres tablillas de barro, acuñando unos 195 artículos, redactados con fórmulas condicionales que describen el delito y luego fijan la pena. En ellos se reflejan características únicas y de relativo avance: 1) protección a la viuda y al huérfano por parte del Estado, 2) multas por muerte o daños a terceros, 3) no existe la pena de muerte, 4) establece medidas para contrarrestar la corrupción burocrática, 5) no hay castigos corporales ni mutilaciones, sino multas, 6) no se aplica la Ley del Talión. En resumen, se podría adjudicar a éste código rasgos humanitarios en la dinámica penal, es inverso completamente al Código de Hammurabi.

El texto legal más famoso es el llamado Código de Hammurabi, aunque posterior, es una recopilación de gran parte de legislación anterior compuesta en la primera mitad del siglo XVIII a.C. en Babilonia. Por regla general, estos textos legales constan de tres partes distintas: un prólogo; una colección de leyes, que constituye la parte más amplia del documento, y un epílogo con bendiciones y maldiciones. He aquí una selección de algunos pasajes de cada una de estas partes del Código de Hammurabi:

 Prólogo

“Cuando el eminente Anu, el rey de los Anunnaku, y Enlil, el señor de los cielos y la tierra, que fija los destinos del país, concedieron a Marduk, el hijo mayor de Ea, el poder de Enlil sobre la totalidad de las gentes, lo hicieron grande entre los Igigu, le dieron a Babilonia un nombre eminente y la hicieron sin igual entre las ciudades y establecieron allí para él, (Marduk), una realeza perpetua cuyos fundamentos están tan bien enraizados como los de los cielos y los de la tierra, entonces fui yo, Hammurabi, príncipe celoso que teme a los dioses, el que para hacer aparecer la justicia en el país, para aniquilar al inicuo y al malvado, para que el fuerte no oprima al débil, para salir como Samas por encima de las cabezas negras e iluminar el país, fui llamado por mi nombre por Anu y Enlil para procurar el bienestar a las gentes”.

 Las Leyes

“Si uno acusa a otro y le imputa un asesinato, pero no lo demuestra, su acusador será entregado a la muerte”.

“Si una obligación ha forzado a alguien a vender por dinero a su esposa, a su hijo o a su hija, o a no dejar de darlos por el pago de una deuda, ellos trabajarán tres años en casa de su comprador o de su detentor; su liberación tendrá lugar al cuarto año”.

“Si uno le saca el ojo a un notable, se le sacará el ojo. Si le rompe un hueso a un notable, se le romperá un hueso. Si le saca un ojo a un hombre de pueblo o le rompe un hueso a un hombre de pueblo, pagará una mina de plata. Si le saca un ojo a un esclavo de alguien o le rompe un hueso a un esclavo de alguien, pagará la mitad de su precio de rescate”.

 Epílogo con bendiciones y maldiciones

“Éstos son los juicios de justicia que Hammurabi, rey competente, ha establecido y ha hecho adoptar en el país como camino recto y buen comportamiento (..) Si ese hombre ha estado atento a mis palabras que he escrito en mi estela y no ha descartado lo que yo he juzgado, ni ha modificado mis palabras, ni ha cambiado lo que yo he grabado, ese hombre será un rey de justicia como yo; que Samas prolongue su cetro, que apaciente a sus gentes en la justicia.  Si ese hombre no ha estado atento a mis palabras que he escrito en mi estela, ha despreciado mis maldiciones y no ha temido las maldiciones de los dioses, ha borrado lo que yo he juzgado, ha modificado mis palabras, ha cambiado lo que yo he grabado, ha borrado mi nombre escrito y ha escrito su nombre, o ha incitado a otro por causa de estas maldiciones, a ese hombre tanto si es rey, señor gobernador o un ser humano sea cual fuere su nombre: (…) ¡Que Nikarrak, la hija de Anu, que habla bien de mi en el Ekur, le haga surgir en sus miembros una grave enfermedad, un mal demonio “asakku”; una llaga dolorosa que no se cure, cuya naturaleza no encuentre el médico, que no pueda calmarse con ninguna cura y que, como la mordedura de la muerte, no pueda quitarse… Hasta que su vida se apague, que no deje de lamentarse por su virilidad! ¡Que los grandes dioses del cielo y de la tierra, los Anunnaku todos juntos, el buen Genio del Templo y el ladrillo del Ebabbar lo maldigan con una maldición maléfica a él, a su descendencia, a su país, a sus rebaños, a sus gentes y a su ejército! ¡Que Enlil, con su boca invariable lo maldiga con sus maldiciones y que éstas lo alcancen inmediatamente!”.

Código de Eshnuna

Redactado unos 300 años antes del Código de Hammurabi. De éste no hay relatos convincentes, debido a que se ha dificultado su investigación de origen, pero se sabe que es antesala a la modalidad penal que sostiene el Código de Hammurabi, ya que establece la práctica de la Ley del Talión y detalla el procedimiento de lugar para los casos penales, (robo, asesinato, violación e injurias graves). Fue encontrado en su forma prístina en dos tablillas de barro escritas en cuneiforme.

Código de Lipit-Ishtar

Fue creado por Lipit-Ishart, quinto rey de la III Dinastía de Ur; precede al Código de Hammurabi, donde se enumera casos por los cuales el imputado debe resarcir el daño al afectado con una multa. Es un código que establece, además, la modificación y estandarización de los sistemas de medida y peso; para evitar fraudes y engaños en las transacciones comerciales de granos, (cebada y trigo). Consta de una tablilla en barro con 43 artículos.

 

Código de Hammurabi

Es el código más antiguo que ha quedado intacto y completo, por lo que es el más famoso y conocido . Escrito por el sexto rey de la I Dinastía de Babilonia, Hammurabi. Está grabado sobre diorita, contiene 282 artículos concernientes a todos los aspectos de la vida humana. No es una formulación de todas las normas prevalecientes, sino una compilación de leyes necesitadas, modificadas y nuevas leyes promulgadas. En realidad, no es un auténtico código, sino un conocimiento de las antiguas leyes, (Ur-Nammu, Eshnuna y Lipit-Ishtar), y la añadidura de otras por Hammurabi.

El Código es tan importante porque unifica las leyes existentes y es impuesto sobre los pueblos sojuzgados por el Imperio. Lo que constituye la unificación jurídica de todos los estados de Hammurabi, es decir, la unificación jurídica de toda Mesopotamia por primera vez. El Código no respondía a las necesidades de los simples ciudadanos, sino a la iniciativa de los reyes.

Éste, a semejanza de los demás, no pretendió transformar el orden ni promover el desarrollo social, sino reglamentar y garantizar el cumplimiento del orden establecido. El Código revela cuál es el orden establecido, así como la estructura de la sociedad babilónica. La población estaba dividida en tres clases sociales, cada una de ellas con sus derechos y deberes: señores, pueblo y esclavos.

Los señores y el pueblo tenían sus propios derechos y deberes, mientras que los esclavos eran considerados como “cosas”. El mismo código regulaba aspectos del matrimonio, (monogámico), adopciones, sucesiones, divorcio, libertad, propiedad, (inalienable), oficios y crímenes con sus consecuentes castigos.

La Ley del Talión

Durante la existencia de la estirpe babilónica constituyó la forma más idónea para castigar a aquellos transgresores de la ley; base fundamental del Código de Hammurabi, el cual consistía en el castigo en la misma medida en la que era producido el daño, (si me partían un brazo, yo debía partirle el mismo brazo). De ahí deriva la famosa frase “ojo por ojo y diente por diente”.

El derecho un principio de autoridad

El hombre era dueño y poseedor de todo lo que ocupaba el espacio, no obstante, aparecieron otros que se disputaban el dominio universal; a raíz de esto, el sentido de la propiedad y de la pertenencia surgió. Fue entonces que el hombre sedentario primitivo formó parte de la dinámica social y se incorporó a agrupaciones en forma de tribus, clanes y hordas que se enfrentaban las unas a las otras, ejerciendo supremacía o debilidad.

Esa desigualdad contribuyó a que el Derecho sea un principio de autoridad que se imponía a los menos fuertes y aptos. Las tribus vencedoras subyugaban e implantaban sus costumbres a las hordas sometidas, originándose la Moral: sistema establecido por la fuerza; engendradora del Derecho Consuetudinario ,el más primitivo.

Con información de  La Razón

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