La alegoría del triunfo del Espanto

Vecellio di Gregorio Tiziano
Vecellio di Gregorio Tiziano

Jamás se vio batalla tan confusa: trabadas las galeras una por una y dos y tres contra otra, como les tocaba suerte, aferradas por las proas, costados, popas, proa con popa, gobernando el caso. El aspecto era terrible por los gritos de los turcos, por los tiros, fuego, humo, por los lamentos de los que morían. El mar, vuelto en sangre, sepulcro de muchísimos cuerpos que movían las ondas alteradas y espumantes de los encuentros de las galeras, y horribles golpes de la Artillería (…) Espantosa era la confusión, el temor, la esperanza, el furor, la porfía, tesón, coraje, rabia, furia; el lastimoso morir de los amigos, animar, herir, matar, prender, quemar, echar al agua cabezas, piernas, brazos, cuerpos; hombres miserables, partes sin ánima (…) (Bauer, p. X).

Felipe II, después de la Victoria de Lepanto, ofrece al Cielo al príncipe don Fernando . Felipe II (1556-1598) levanta a su hijo Fernando (1571-1578) hacia un ángel que porta una palma con el letrero «Maiora Tibi» (Mayores triunfos te esperan). A sus pies aparece un turco vencido y encadenado, en actitud humillada, despojado de sus armas y atuendo guerrero y desposeído de su turbante, que yace caído en el suelo.

Esta obra fue encargada al pintor por la corte española y para su realización se envió un modelo de Sánchez Coello o se dieron instrucciones muy precisas, pues debía ser un ex-voto en el que Felipe II daba las gracias por los favores recibidos. Tiziano, que no debió sentirse cómodo con el encargo, delegó parcialmente en sus colaboradores la realización de la pintura.

La composición conmemora dos eventos importantísimos para el Rey que sucedieron casi al mismo tiempo: la victoria contra el Imperio Otomano en la Batalla de Lepanto el 7 de octubre de 1571 y el nacimiento del que hubiera sido el sucesor de la Corona, el infante don Fernando, el 5 de diciembre del mismo año, aunque el niño moriría siete años más tarde.

El cuadro no deja de ser extraño, al recurrir Tiziano a conceptos del Quattrocento como el suelo con baldosas de colores y la columnata de la derecha para dar sensación de perspectiva, así como la escena del fondo que parece un telón de teatro; quizá fuera por las exigencias del monarca español. Un retazo excelente de la obra es el turco derrotado, perfecto por sus detalles que tan bien aprendió de Giovanni Bellini.

El lienzo de Tiziano hay que situarlo dentro de esta estrategia propagandística que pretendía mostrar una vez más a Felipe II como defensor de la fe católica. Como hemos mencionado es a la vez un cuadro conmemorativo ya que celebra el nacimiento del Príncipe Don Fernando y alegórico, puesto que resalta la gloria de la dinastía austriaca por el triunfo en esta batalla naval. De igual forma refuerza la idea de la continuidad en la labor dinástica de la defensa del catolicismo en la figura del joven príncipe.

Preso en la grande victoria
donde a Lepanto el mar baña
tropheo del de Austria y gloria
soy en los fines de España,
Y aunque es terrible la pena
deste mi grave dolor
en más áspera cadena
me tiene preso el amor

«La más solemne y notable batalla qual nunca jamás se ha oydo ni visto en guerra naval hasta agora», como expresa un libro de memorias del monasterio del Escorial, nació al pairo de los primeros avisos que llegaban de Roma y otras partes del Mediterráneo. Su transmisión histórica está, desde su origen, mediatizada por la difusión escrita que dejó de ella una imagen prístina y heroica, con diferentes acentos protagonistas, según partiera la iniciativa de la impresión de las prensas españolas, romanas o venecianas .

Uno de los turcos más temidos de la época de Cervantes (quien combatía a bordo de la galera Marquesa y tenía entonces veinticuatro años y continuó combatiendo después de ser herido en el pecho y en el brazo izquierdo, que le quedaría inútil), era Alí Pasha,  comandante en jefe de la flota otomana en la batalla de Lepanto el 7 de octubre de 1571. Ali Pasha llevaba en aquella batalla un gigantesco estandarte verde que le había entregado el sultán Selim y al que se llamaba «Bandera de los Califas». Llevaba bordados en oro versículos del Corán y el nombre de Dios repetido veintiocho mil veces. Su galera, Sultana, combatió con La Real que mandaba Juan de Austria. A bordo de su nave, Ali Pasha recibió un disparo de mosquete en la cabeza, y a continuación fue decapitado por un soldado español y su cabeza puesta en una pica, hecho que, unido al de la derrota, minó la moral de los otomanos.

Durante dos horas se peleó con ardor por ambas partes, y por dos veces fueron rechazados los españoles del puente de la galera real turca; pero en un tercera embestida aniquilaron a los jenízaros que la defendían y, herido el almirante de un arcabuzazo, un remero cristiano le cortó la cabeza. Al izarse un pabellón cristiano en la galera turca arreciaron el ataque las naves cristianas contra las capitanas turcas que no se rendían; pero al fin la flota central turca fue aniquilada. (Marqués de Lozoya)

Oviedo describe con morosidad un simulacro que representaba al general de la armada turca que había sido rey de Argel: vestido de seda con marlota turquesa y verde, el turbante con la media luna y la cimitarra en la mano diestra. La caracterización del rostro sugería fiereza y denuedo grande, y la seguridad de la mano izquierda, confianza en la victoria.

Pocas veces, si alguna, en la historia de los tiempos modernos, los frutos de una bella victoria han sido más vergonzosamente desperdiciados. (Merriman)

Guerra del fin del mundo, disputada en el ápice del poder de Felipe II, cuyos despojos fueron custodiados por el propio monarca en la Armería Real que mandó construir frente al Alcázar a donde pasaron a la muerte de don Juan de Austria , para terminar repartidos entre las colecciones del Real Monasterio del Escorial, el Museo Naval de Madrid, y algunos gabinetes privados …

Grande llanto se hazía/ los gritos que dan los turcos/ y las mozas que allí avía/ retumban por los collados/ que grande espanto ponía/ los turcos visten morado/ las moras sin alegría/ se ponen tocas leonadas que de luto les servía/ unas dizen ay marido/ otras que bien se entendía/ dizen, hijos de mi alma/ que jamás nos vería/ otros dizen, ay hermano/ o primo el que lo tenía (…) y el Turco dize llorando/ de suerte que se entendía/ ya es perdida la esperanza/ que de Muhammad tenía (…)

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