Guernica en Gaza – Por Vittorio Arrigoni

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27 de diciembre de 2008

Mi piso en Gaza da al mar. Tiene unas vistas panorámicas que siempre me han reconfortado, incluso encontrándome abatido por la miseria a la que se ve sometida una vida bajo asedio. Hasta esta mañana. Cuando el infierno se ha asomado a mi ventana.

Hoy en Gaza nos hemos despertado bajo las bombas, y muchas han caído a escasos centenares de metros de mi casa. Y muchos de mis amigos se han quedado debajo.Hablamos por ahora de 210 muertos confirmados, pero el balance está destinado a crecer. Una tragedia sin precedentes. Han arrasado el puerto y asolado los puestos de policía.

Me informan de que los medios occidentales han asumido y repiten de memoria los comunicados difundidos por los militares israelíes, según los cuales los ataques tan sólo habrían golpeado, quirúrgicamente, las bases terroristas de Hamas.

Realmente, al visitar el hospital Al Shifa, el principal de Ciudad de Gaza, hemos visto en el patio cuerpos tendidos en el suelo, algunos esperando ayuda, la mayoría esperando sepultura, decenas de ellos civiles.

¿Tenéis presente cómo es Gaza? Cada casa se levanta encima de otra, cada edificio está apoyado sobre otro. Gaza es el lugar con mayor densidad habitacional del mundo, por lo que si la bombardeas desde diez mil metros de altitud es inevitable que provoques una masacre de civiles. Eres consciente y culpable, no se trata de errores, de daños colaterales. Así, en el bombardeo del cuartel de policía de Al Abbas, en pleno centro, ha resultado afectada por las explosiones también la escuela primaria de al lado. Las clases acababan de terminar y los niños estaban ya en la calle, decenas de batitas azules al viento se mancharon de sangre.

Durante el ataque a la escuela de policía Dair Al Balah, se han registrado muertos y heridos en el suq cercano, el mercado central de Gaza. Hemos visto cuerpos de animales y humanos mezclar su sangre en riachuelos que fluían por el asfalto. Un Guernica salido del lienzo para convertirse en realidad.

He visto muchos cadáveres de uniforme en los diversos hospitales que he visitado. A muchos de esos chicos los conocía. Los saludaba todos los días en la calle del puerto, o por la noche, mientras caminaba hacia los cafés del centro. A varios los conocía por su nombre. Un nombre, una historia, una familia mutilada.

La mayoría eran jóvenes, entre dieciocho y veinte años, ni mucho menos reclutados por Fatah ni por Hamas: simplemente se habían alistado en la policía al acabar la universidad, buscando un puesto de trabajo seguro en una Gaza que, bajo el criminal asedio israelí, está viendo a más del 60% de su población desempleada. Me despreocupo de la propaganda, dejo hablar a mis ojos, a mis oídos nerviosos por el chillido de las sirenas y el estruendo del TNT.

No he visto terroristas entre las víctimas, sólo civiles y policías. Justamente el día anterior les tomaba el pelo por cómo se habían abrigado para protegerse del frío.

Desearía que por lo menos la verdad hiciera justicia a estas muertes.

Nunca dispararon un tiro contra Israel, y nunca lo habrían hecho, porque no era ese su cometido. Se ocupaban de dirigir el tráfico y de la seguridad interior, especialmente en el puerto, donde estamos muy lejos de las fronteras israelíes.

Tengo una videocámara conmigo, pero hoy he descubierto que soy un pésimo cámara, no consigo grabar los cuerpos machacados ni los rostros llorosos. No soy capaz. No puedo porque yo también lloro. Fui a donar sangre al hospital Al Shifa, junto con los otros miembros del International Solidarity Movement (ISM). Y allí hemos recibido la llamada: Sara, nuestra querida amiga, ha muerto por un fragmento de explosivo cerca de su casa en el campo de refugiados de Jabalia. Una persona dulce, un alma luminosa, había salido a comprar el pan para su familia. Deja 13 hijos.

Hace poco me ha llamado Tofiq desde Chipre. Tofiq es uno de los afortunados estudiantes palestinos que gracias a nuestros barcos del Free Gaza Movement ha conseguido dejar la inmensa prisión a cielo abierto de la Franja y rehacer su vida en otro lugar. Me ha preguntado si había ido a ver a su tío y si lo había saludado de su parte, como le había prometido. Titubeante me he disculpado porque todavía no había encontrado el momento.

Demasiado tarde, ha quedado bajo los escombros del puerto junto a muchos otros.

Desde Israel llega una amenaza terrible: esto es sólo el primer día de una campaña de bombardeos que podría prolongarse durante dos semanas. Construirán un desierto y lo llamarán paz. El silencio del «mundo civil» es mucho más ensordecedor que las explosiones que cubren la ciudad como un sudario de terror y muerte.

Seguimos siendo humanos.


Por Vittorio Arrigoni

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