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Gregorio, el experto en dolor; Doctor de la Iglesia Católica

Gregorio «el Narek»

Todos los pueblos de la tierra han padecido a lo largo de su historia etapas de indecible sufrimiento. Pero algunos han capitalizado el dolor de un modo especialmente agudo. Es el caso de Armenia, desde su primer bautismo –bautismo de sangre-, en torno al año 300, pasando por las sucesivas invasiones selyúcidas y mongoles, hasta el trágico genocidio de 1915 en que fueron exterminados un millón y medio de cristianos (Declaración común de Juan Pablo II y Karekin II, 27 de septiembre de 2001). Y para las sucesivas generaciones armenias que han arrostrado con increíble valentía el inmenso dolor soportado durante los últimos mil años, dos libros han sido los únicos instrumentos de consuelo y esperanza: la Biblia, y el Libro de las Lamentaciones de Gregorio de Narek.

Gregorio nació hacia 950 en Antsévatsik, actualmente en territorio turco. Huérfano de madre desde muy niño, fue confiado por su padre al superior del monasterio de Narek. Allí recibió una completísima formación que abarcaba todas las ramas de la cultura de la época; desde la literatura hasta la matemática, desde la teología hasta la astronomía. Dentro de su saber enciclopédico, no desconocía desde luego la doctrina de los Padres (Basilio, Gregorio de Nisa, Cirilo, Efrén…), y muy pronto comenzó él mismo a escribir diversas obras: poesía religiosa (Himnos y Odas), panegíricos (sobre la Cruz, sobre la Virgen y sobre los apóstoles), las oraciones conocidas como “el tesoro” (sobre el Espíritu Santo, la Iglesia y la Cruz)… y, muy especialmente, el Libro de las Lamentaciones.

Este Libro, escrito hacia 1002, poco antes de su fallecimiento, “da voz al grito, que se convierte en oración de una humanidad que sufre y es pecadora, oprimida por la angustia de la propia impotencia pero iluminada por el esplendor del amor de Dios y abierta a la esperanza de su intervención salvífica, capaz de transformar todo” (Mensaje del Santo Padre Francisco a los Armenios, 12 de abril de 2015).

Conocido también como “el Narek”, habitualmente es situado en la cabecera de la cama de los enfermos y moribundos, y en general constituye el consuelo de todos aquellos armenios a quienes asola el dolor físico o espiritual. Consta de 95 oraciones, escritas como un coloquio con Dios, en las que se muestra Su misericordia como refugio y remedio para todo pesar.

Realmente este libro ha supuesto un extraordinario bálsamo para un pueblo tan atormentado como el armenio, cuya espiritualidad “está impregnada de un sano orgullo por el signo supremo del don de la vida en el martirio” (Carta Apostólica del Santo Padre Juan Pablo II en el XVII Centenario del Bautismo del Pueblo Armenio, 2 de febrero de 2001, n. 4). Este “sano orgullo” se puso ya de manifiesto en la batalla de Avarayr (451) contra el rey sasánida Yazdegerd (que significa “hecho por Dios”) II, el cual intentó imponer a sangre y fuego la religión mazdeísta a los cristianos armenios. Éstos resistieron heroicamente la opresión porque “quienes creían que el cristianismo era para nosotros como un vestido, ahora sabrán que no podrán arrebatárnoslo, como no nos pueden quitar el color de la piel” (Eliseo, Historia de la guerra de Vartán y de los armenios).

Posteriormente llegarían las crueles invasiones mongoles, y la dominación otomana. Durante ésta, los cristianos armenios fueron siempre ciudadanos de segunda. Se distinguió entre los Turcos y los “Raya” (literalmente, ganado). Y además del “conjunto de incapacidades legales que les denegaban protección y reparación institucionales en el caso de ser víctimas de una agresión, también estaban sometidos a imposiciones arbitrarias, de las que la peor era el tributo de los niños (Devshirme). Los temidos jenízaros (soldados de élite) se llevaban a los niños cristianos, arrancándolos de sus padres. Una de las penosas tareas de los obispos armenios era la de reunir o seleccionar este tributo humano en el seno de los hogares armenios. Un caso bien conocido es cuando, en el siglo XVIII, se ordenó al obispo armenio de Sivas que enviara 5.000 niños armenios al Sultán. Berberian, el cronista armenio contemporáneo, describe gráficamente cómo, conducidos a pie, en pleno invierno, la mitad de los pequeños jamás llegó a su destino.” (George Hintlian, El Genocidio armenio, en: Historia y Política: ideas, procesos y movimientos sociales, nº 10, 2003, pp. 66-67).

Durante estos siglos de oscura opresión, “los cristianos armenios, guiados por la certeza de la ayuda divina, supieron repetir constantemente la oración de san Gregorio de Narek: “Si mis ojos contemplan el espectáculo del doble riesgo en el día de la miseria, ¡que vea tu salvación, oh próvida Esperanza! Si dirijo mi mirada a las alturas, hacia el sendero terrible que lo abarca todo, ¡que me salga al encuentro con dulzura tu ángel de paz!” (Carta apostólica… n. 4)

Pero indudablemente el momento más crítico de la historia de Armenia, donde estuvo amenazada su propia supervivencia como pueblo, fue el “Gran Crimen” (Medz Yeghern), calificado como genocidio por la sistemática brutalidad con la que un número indeterminado de civiles, no inferior al millón y medio de personas, fue exterminado en los albores del siglo XX. Esta masacre, que se había anticipado con episodios de violencia extrema ya desde finales del siglo XIX, tuvo su culmen con la llegada al poder de los Jóvenes Turcos y la aprobación en 1915 de la Ley de Deportación Temporal. “La población armenia formada por mujeres, niños y ancianos, recibió la orden de trasladarse hacia destinos no especificados y con un escaso margen de tiempo. Entre abril y septiembre, en un tiempo relativamente corto, un millón de armenios fue sistemáticamente asesinado en esas marchas de la muerte. Parece que el último destino era el desierto sirio, específicamente Alepo. Cuando las autoridades turcas vieron que quedaban cerca de medio millón de supervivientes los reenviaron hacia el desierto. Allí, bandas de delincuentes, preparadas por las autoridades otomanas y formadas en su mayor parte por chechenos y circasianos, asesinaron a cerca de 300.000 armenios. Los desiertos de Deir el Zor se convirtieron en los mayores cementerios de los deportados armenios.” (George Hintlian, pp. 81-82).

En aquel desierto, Eitan Belkind, un soldado judío del ejército otomano vio cómo “un soldado circasiano ordenó a los armenios que juntaran cardos y espinos y que los apilaran en una gran pirámide. Después ataron por las manos a todos los armenios que estaban allí, casi 5000 almas, cercándolos como un anillo en torno a la pila de cardos y espinos y prendiéndoles fuego en una llamarada que subió hasta los cielos junto con los gritos de los desdichados que fueron quemados hasta la muerte. Huí del lugar porque no podía soportar semejante visión. Azoté al caballo para que galopara con todas sus fuerzas y después de una loca carrera de dos horas todavía podía seguir escuchando sus lastimosos gritos, hasta que volví al lugar y vi los cuerpos abrasados de miles de seres humanos» (Yair Auron, The Banality of lndifference, 2000, p. 183).

“Un millón y medio de seres humanos asesinados: caravanas interminables de personas hambrientas, sedientas y en harapos, madres ultrajadas que, a su vez, presenciaban cómo violaban, robaban o vendían a sus hijos e hijas, personas mutiladas, torturadas o asesinadas delante de sus familiares, gendarmes que arrojaban los bebés al cielo y los esperaban con sus bayonetas caladas, vejámenes de todo tipo a mujeres embarazadas… El horror se podría resumir sencillamente: “Uno de los trofeos más preciados que podía tener un turco era un collar hecho con pezones de mujeres armenias” (Andrés Vartabedian, Centenario del Genocidio Armenio 1915 – 2015)

Han pasado ya más de 100 años desde aquellos horribles sucesos. Pero como dice el papa Francisco, recordar lo sucedido es un deber no sólo para el pueblo armenio y para la Iglesia universal, sino para toda la familia humana, para que el llamamiento que surge de esa tragedia nos libre de volver a caer en semejantes horrores, que ofenden a Dios y la dignidad humana.

“San Gregorio de Narek, formidable intérprete del espíritu humano, parece pronunciar palabras proféticas para nosotros: «Yo cargué voluntariamente todas las culpas, desde las del primer padre hasta las del último de sus descendientes, y de ello me consideré responsable» (Libro de las Lamentaciones, LXXII). Cuánto nos impacta ese sentimiento suyo de solidaridad universal. Qué pequeños nos sentimos ante la grandeza de sus invocaciones: «Acuérdate, [Señor,]… de quienes en la estirpe humana son nuestros enemigos, pero para su bien: concede a ellos perdón y misericordia (…) No extermines a quienes me muerden: ¡conviértelos! Extirpa la viciosa conducta terrena y arraiga la buena conducta en mí y en ellos» (ibid., LXXXIII)”. (Mensaje…)

El papa Francisco, tan sensible como sus predecesores a los sufrimientos del admirable pueblo armenio, declaró a Gregorio de Narek Doctor de la Iglesia el 21 de febrero de 2015.

Con información de Diario Armenia

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La multifacética cultura popular armenia

Alfabeto armenio
Alfabeto armenio

La memoria de la colectividad argentino armenia, nos recuerda los primeros pasos de las instituciones fundadoras. Antes de 1915, ya existía la colectividad. Recordemos el paso por Buenos Aires de los patriotas que ocuparon en 1896 el Banco Otomano para llamar la atención de los políticos europeos, denunciando la barbarie genocida del sultán turco Abdul Hamid. También entonces era perceptible la diferencia entre los creyentes musulmanes y los imperios que decían respetar las normas del sagrado Corán. Los diarios de la época relatan cómo ese grupo de armenios fue recibido en el puerto por integrantes de la colectividad árabe, en una época en que los residentes armenios eran menos numerosos que los dedos de la mano.

Luego de la primera ceremonia religiosa apostólica armenia, en la calle Malabia, en la residencia de la familia Abecian, ya se manifestaban organizaciones de dos partidos revolucionarios armenios: tashnagtsagán y henchakian. Se había creado la filial de UGAB, la Unión de Hadjín, los residentes de Aintab, los amantes de la Iglesia y otras organizaciones. Sus actos culturales reanimaban la voluntad de los refugiados de luchar por sus derechos humanos.

Para esa época, los residentes árabes llegados del Imperio Otomano, habían erigido frente al Correo Central, su monumento de agradecimiento a la Argentina. Los primeros actos culturales incluían expresiones musicales, declamación, siempre conectados con la Diáspora a través de los diarios que recibían, y otras iniciativas. Varios jóvenes pudieron marchar como voluntarios para defender la tierra de sus ancestros. Mencionemos al enguer Tagtachian (uno de los fundadores del Diario ARMENIA), quien agrupó a varios colaboradores que casa por casa reunían fondos para el viaje de los cien voluntarios, incluyendo una decena procedente de Montevideo. Recordemos también a Mihrán Jaiam, quien con su brevet de piloto argentino volvió a su Hadjín natal, y luego en 1919, cayó desde el aire, defendiendo la nueva Armenia, en la ciudad de Kars.

Esta heroica etapa demuestra claramente la base popular y la determinación libertaria de los refugiados. Tiempo después, algunos aliados apoyaron temporariamente este esfuerzo: recordemos al enguer Voskán Sahagian, quien partió desde EE.UU. hacia Aintab, y después de la epopeya, a la Argentina.

La solidaridad se expresa con la actividad de instituciones características: la Unión General Armenia de Beneficencia, creada en 1911, con sus ramas de Damas, juvenil, cultural y deportiva; y HOM con su Casa de Descanso y actividad filantrópica y cultural.

La cultura armenia inspiró a la armenidad en la posguerra. Se crearon las primeras iglesias y colegios en la otra margen de la avenida Rivadavia, por ej.: el Centro Colonial Armenio (Av. San Juan) (1922-1932); el colegio Arzruní de Flores (1928); la iglesia y escuela de Liniers y muchos más. Familias, alumnos y docentes, con modestia pero con creatividad, sumaron voluntades para la Causa Armenia. En Medio Oriente se crearon instituciones culturales como Hamazkaín, Tekeyan, Nor Serunt y otras, que llegaron décadas después a América del Sur (Hamazkaín Bs.As., 1979).

La década del ’30 se caracterizó por la consolidación. En 1929, el maestro Levón Vartabedian fundo el Coro Gomidás, sucedido por Makruhi Eolmesekian (llamado Spendiarian hasta el fallecimiento del Padre de la música armenia, que le dio su nombre definitivo), siempre junto a la Iglesia Apostólica Armenia. Adquirieron forma palpable los templos apostólicos (San Pablo y San Pedro, 1935; la Catedral San Gregorio el Iluminador, 1938), católico (hoy Nuestra Señora de Narek) y evangélicos (en las calles Carabobo y Avellaneda).

En 1931, comenzó a expresarse la opinión pública, con la aparición de nuestro Diario ARMENIA, que le dio un perfil gráfico-informativo a la Causa Armenia y a la documentación de la historia comunitaria. La creación de varias imprentas facilitó la edición de libros y otras publicaciones. Sharyum se editó a partir de 1937; Seván en 1960; Sardarabad en 1975, seguidos por muchos otros. Las instituciones juveniles tuvieron sus propias expresiones: Gamk, en 1949, editado por Unión Juventud Armenia, así como la Liga de Jóvenes y la JUCA tuvieron sus audiciones radiales. Estos programas aparecieron como iniciativas individuales: La Voz Armenia, La Hora Armenia, Liga de Jóvenes en el Aire, Conexión Armenia, Integración Armenia, Armenia Aquí Estoy, y muchísimas otras, incluyendo emisiones televisivas.

La cultura física se afirmó con la inauguración del campo deportivo de Homenetmén en Ramos Mejía. En 1956 comenzó sus actividades la Agrupación Scout Ararat, a la que siguieron San Vartán del Colegio Mekhitarista en 1958, y más tarde, el grupo Gral. Antranig de UGAB. El Coro Arax, fundado y dirigido por el maestro Jean Almouhian, marcó una etapa propia en la cultura musical que trascendió las fronteras. La variedad artística la otorgó el coro Mashdotz, del Padre Kuduzian; el coro Krikor Narekatzí de la Prof. Sirán Zorian; Arevakal, Alakeaz, Sharagán y Takuhí, dirigidos por Andrés Istephanian y el coro San Gregorio, dirigido por Nubar Demirdjian, de la Iglesia San Jorge, (con su campo de San Isidro), -en una imperfecta enumeración.

Desde 1960, el Conjunto Kaiané (UCA), representa el arte de la danza, seguido años después por el conjunto Nairí (HOM), Masís (Arzobispado Armenio), y Narek (Parroquia Armenia Católica), con sus eméritos directores. También comenzó el proceso de incorporación a la enseñanza oficial de los institutos San Gregorio el Iluminador, Arzruní, Bakchellian, Jrimian, Vicente López y Marie Manoogian, que integran la red escolar porteña. La actividad teatral tuvo valiosas expresiones, de notable trayectoria.

Visto en nuestro siglo XXI, la vida cultural y educativa, está acompañada por nuevas expresiones que se transforman día a día. El tema supera las posibilidades de esta nota, siendo un buen punto de partida esta somera enumeración.

Por Carlos Luis Hassassian
Con información del Diario Armenia

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La música y el genocidio del pueblo armenio

El 24 de abril, el mundo conmemoró el centenario del primer genocidio del siglo XX, el del pueblo armenio a manos del imperio Otomano.

Solomon Solomonian (Komitas) ©Revista Arcadia
Solomon Solomonian (Komitas) ©Revista Arcadia

Ese día, el gobierno de los llamados “jóvenes turcos” ordenó la deportación y posterior asesinato de cientos de miles de habitantes de esa minoría. La orden se cumplió a cabalidad. Se estima que un millón y medio de personas -de una población de tres millones de armenios que vivían bajo dominio otomano-, fueron masacradas o murieron de hambre o fusilamiento en atroces marchas forzadas a los desiertos de Siria y Líbano. Pocas figuras representan para el pueblo armenio la memoria del genocidio como el músico Komitas Vardapet.

Este sacerdote, cantante, etno-musicólogo y director de orquesta fue víctima de las crueldades infligidas a su pueblo. Su verdadero nombre era Solomon Solomonian. Nacido en 1869, en Kütahya, ciudad situada en la región del Egeo, al oeste de Turquía, llevaba la música en las venas. Su padre, un zapatero, era el jefe del coro de la iglesia armenia de la localidad, y su madre, compositora de canciones, además de tejedora de alfombras. Su vida estuvo marcada por la tragedia. A los once años había perdido sus dos padres. La experiencia de la orfandad imprimió un sello a su carácter y a su música. A esa edad, el pequeño Solomon ya había mostrado las luces de su enorme talento y por ello fue enviado a estudiar a Echmiadzin, la ciudad más santa de Armenia. Fue entonces que adoptó el nombre de Komitas, en honor a un renombrado poeta del siglo VII.

Durante sus años de estudiante cultivó su voz y su talento armónico. Tras ordenarse como sacerdote (Vardapet) dentro del rito ortodoxo armenio, el artista emprendió una serie de viajes dentro y fuera de su país. Pasó un año estudiando teoría musical europea en Tiflis (Georgia), antes de viajar a Berlín donde estuvo tres años estudiando piano, técnica coral, teoría y composición musical. A París viajó en dos ocasiones a dictar conferencias sobre música armenia y a interpretar su repertorio ante auditorios arrobados. Tras su regreso a Echmiadzin en 1910, Komitas inició un intenso recorrido por distintas provincias del imperio Otomano en un afán por recopilar la música tradicional de los campesinos.

Entonces sobrevino el desastre. Turquía entró a la Primera Guerra Mundial del lado de las Potencias Centrales (Alemania y el Imperio Austro-Húngaro). El Imperio Otomano se encontraba en decadencia y, en medio de una profunda crisis económica y social, la colectividad armenia, cuya presencia en suelo turco era milenaria, fue culpada de la situación. Los pogromos y episodios de violencia contra las minorías cristianas no eran nuevos en Turquía y sufrían una discriminación cotidiana. A pesar de ello lograron crear una vibrante y prospera comunidad.

La sociedad turca, salvo notables excepciones como el premio nobel de literatura Orhan Pamuk, sigue negando el genocidio y este es una espina en las relaciones entre los dos países. La frontera con Armenia sigue cerrada y las relaciones diplomáticas reducidas a su mínima expresión. Hay decenas de periodistas encarcelados en Turquía por reconocer el genocidio, tema que no se puede mencionar en las mesas de muchas familias. Es una verdad incómoda, un tabú sin discusión pública. A la fecha, sólo 20 estados han reconocido el genocidio. Colombia no está entre ellos.

El comienzo del genocidio armenio suele ser señalado el 24 de abril. Ese día, las autoridades turcas arrestaron en Constantinopla (la actual Estambul) a los 290 más importantes líderes políticos, religiosos, científicos y culturales. Komitas estaba en ese grupo. Sin líderes y con la moral destrozada, fue fácil eliminar el resto de la población.

Komitas Vardapet se había establecido en Constantinopla en 1910, donde dirigía un grupo coral, y trabajaba como arreglista y etnomusicólogo. Con el primer grupo de intelectuales deportados, Komitas marchó al interior de Anatolia observando el exterminio de la mayoría del grupo. Gracias a la mediación de Henry Morgenthau, embajador estadounidense ante el Imperio Otomano y admirador del músico, Komitas, con la muerte respirándole en el rostro, se salvó de ser asesinado. Sin embargo, las experiencias de las que fue testigo, las masacres de sus amigos más cercanos y el martirio de la nación armenia, afectaron profundamente su naturaleza sensible y nunca se recuperó emocionalmente. Primero fue hospitalizado en Constantinopla, para luego ser trasladado a un asilo en París en 1919, donde murió en la más absoluta alienación, el 22 de octubre de 1935. Un año después su cuerpo fue trasladado a Ereván y enterrado en el panteón de la nación.

Estatua de Komitas en Yerevan,Armenia ©Revista Arcadia
Estatua de Komitas en Yerevan,Armenia ©Revista Arcadia

Komitas es, por tanto, un símbolo del martirio del pueblo armenio. Para esta nación, su música es su memoria, y este religioso representa el recuerdo del pasado, su trauma y su huella. El intérprete es reconocido por su gente como el más grande representante de sus ritmos. No sólo fue un brillante compositor, el más grande de la tradición litúrgica de la iglesia armenia, sino aquel que recorrió el país en busca de su esencia musical. Antes de Komitas, en Turquía y todo el Medio Oriente, la música se consideraba un simple entretenimiento o una actividad al servicio de la religión. Komitas le dio un estatus de arte. Su actividad de recopilación de los ritmos del campesinado reavivó el interés por la música en las provincias del imperio Otomano. En esto fue un absoluto pionero.

Viajero incansable, Komitas comprendió y describió el rol de la música en la configuración de la sociedad. El compositor coleccionó, entre 1890 y 1913 cerca de 5.000 piezas del folclor armenio, turco y kurdo; canciones de amor, de cosecha, de desarraigo, de cuna y de culto, algunas de más de mil años de antigüedad. Gran parte de sus estudios desaparecieron o fueron destruidos durante el genocidio y los años posteriores.

Lo más asombroso de los resultados de las investigaciones de Komitas fue la imposibilidad de hallar la esencia de la música de su país y las múltiples interrelaciones y préstamos entre esta y la tradición musical, kurda, turca, árabe y persa. Su trabajo es un puente de reconciliación entre Turquía y Armenia. El compositor e investigador se rehusó a reconocer diferencias sustanciales entre los ritmos de los dos países. 

Komitas Vardapet cantó al alma de su nación. Recopiló sus ritmos y sentó las bases de su tradición clásica. Hizo por su país lo que Bartok por Hungría, Bach por Alemania o Dvorak  por la República Checa. Fue un músico que convirtió simples canciones rurales en complejas composiciones orquestales y operísticas.

Sus compatriotas conocen y se reconocen en su música. Hoy Armenia es un pequeño Estado cuyo territorio es menos de una sexta parte del país histórico que se extendía entre los ríos Tigris y Éufrates, a la sombra del sagrado monte Ararat. El genocidio redujo la población de armenios en Turquía a cifras insignificantes. La mayoría de ellos vive en la diáspora en países como Francia, Argentina, Canadá y los Estados Unidos. Menos de cien armenios viven en Colombia. Para la mayoría de ellos lo que queda de esa nación, además de su pequeño Estado, es su música. La música es un camino para regresar al pasado, para rememorarlo. Y cuando un armenio piensa en música, piensa en Komitas. Su trabajo es importante no sólo por su valor musical y académico, sino como medio para recordar el genocidio y la cultura de su pueblo.

Por Marco Bonilla
Con información de Revista Arcadia

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Centenario del genocidio armenio

genocidio_armenio_1915

Dedicado al guía que me enseñó Tierra Santa, en el otoño de 1995. Era nieto de uno de esos santos. Me contó detalles irreproducibles.

En 2015 que comienza se cumple el primer centenario de una masacre que acabó con la vida de 1,5 millones de cristianos armenios a manos de los turcos. Una etapa negra de la historia que Turquía se niega a reconocer y que prohíbe por ley decir lo contrario.

Un siglo después de este conflicto olvidado el genocidio armenio sirve como reflejo de la realidad que hoy se vive no demasiado lejos de allí. Salvando las distancias, la limpieza étnica y religiosa perpetrada por el Estado Islámico en este momento y la persecución a los cristianos en el mundo islámico recuerda en cierto modo a lo que ocurrió entonces y lo que puede ocurrir si no se pone freno al mal.

Los armenios, uno de los primeros pueblos que abrazó la fe cristiana y la primera nación cristiana de la historia, se han empeñado en recordar a sus miles de mártires y contar al mundo lo que ocurrió entonces. Así lo ha hecho el patriarca armenio Karekin II a través de una carta encíclica.

En ella anuncia un hecho hasta ahora inédito e inaudito: el próximo 23 de abril serán canonizadas todas las víctimas del genocidio. Será una ceremonia en la que serán declarados santos para la iglesia armenia en torno a 1,5 millones de cristianos armenios.

En su histórica misiva, el Patriarca Karekin II anuncia que presidirá el 23 de abril la liturgia en la cual proclamará santos a todas las víctimas del genocidio, “asesinados por la fe y por la patria” mientras que el día posterior será la Jornada de la Memoria por “los santos mártires del genocidio”.

El genocidio comenzó en 1915 y duró varios años aunque ya desde antes los armenios eran un objetivo. Las matazas se dieron al final del imperio otomano con el sultán Abdul Hamid II y continuaron con los llamados “Jóvenes Turcos” y más tarde con el propio Kemal Ataturk, padre de la actual Turquía.

Los armenios fueron puestos en el punto de mira por varios motivos: eran cristianos, instruidos, tenían una gran cohesión social y además eran miembros de la clase media. En 1915 los turcos comenzaron a cerrar sus escuelas, sus iglesias y todos sus centros y organizaciones.

De ahí se pasó a la violencia física y a la humillación. Muchos fueron ya entonces asesinados. De manera masiva llegaron las deportaciones al desierto donde muchos murieron. Luego llegaron las fosas comunes. Otros cientos murieron en trenes incendiados. En total, 1,5 millones de armenios fueron aniquilados. Los hay que lograron vivir gracias a que llegaron a Líbano, Siria o la actual Armenia, que entonces ya era parte de la Unión Soviética.

Ahora el pueblo armenio está dispersado por el mundo. Existe una gran diáspora. Poco más de 3 millones viven en el actual territorio que conforma Armenia mientras que hay otros nueve millones repartidos por el mundo. En total hay en el mundo 12 millones y hace un siglo en apenas tres años mataron a más de millón y medio.

El patriarca armenio afirma en su carta que “cada día del año 2015 será un día de recuerdo y devoción para nuestro pueblo, un viaje a los memoriales de nuestros mártires en la patria y en la diáspora, delante de los cuales con humildad nos arrodillaremos en oración, ofreciendo incienso por las almas de nuestras víctimas inocentes que yacen en tumbas sin nombre pues aceptaron morir en vez de repudiar su propia fe y su nación”.

Karekin II tiene igualmente un recuerdo para todos aquellos que no han callado ante esta atrocidad. “Expresamos nuestra gratitud a las naciones, a las organizaciones y a los individuos que han tenido el coraje y la convicción de reconocer y condenar el genocidio armenio. Expresamos gratitud a los países y pueblos amables que han aceptado a los hijos de nuestra tierra como hermanos y hermanas. Estos ejemplos de justicia y humanidad son páginas luminosas en la historia de la humanidad. Ellos serán siempre recordados y apreciados por generaciones”.

Por último, el patriarca lanza una mirada al futuro: “hagamos fecundo nuestro centenario, valorizando el recorrido de nuestros pesares y el renacimiento de nuestro pueblo de modo que nuestros hijos -reconociendo la voluntad heroica de sus abuelos y padres de vivir y crear sus esfuerzos iniciados para el bien de la nación y de la patria- puedan crear un nuevo día luminoso para nuestra patria y nuestra gente dispersa por todo el mundo. Transformemos la memoria de nuestros mártires en energía y fuerza para nuestra vida espiritual y nacional y delante de Dios y de todos los hombres, iluminemos el recorrido de nuestro camino para guiar nuestro paso hacia la realización de la justicia y de nuestras sagradas aspiraciones”.

El aniversario del resto de los genocidios del siglo pasado vendrán a lo largo de los años inmediatos. Siempre habrá personas para contarlos, para recordarlos, para invitar a conocer lo que pasó y no volver a repetirlo.

Felicito al guía turístico, teológico y espiritual, que me llevó por la Tierra de Jesús, junto al sacerdote ya fallecido don Fernando Gallardo. El guía se llama Marcus Stopsis.

Deseo a todos los amigos lectores un feliz año nuevo. Que el Señor nos bendiga a raudales.

Por Tomás de la Torre Lendínez
Con información de El Olivo

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La pequeña Armenia dentro de Palermo Soho

Un recorrido por el barrio que eligió la mayoría de los refugiados tras el genocidio; sus comidas y sus costumbres prácticas son cada vez más populares entre porteños.

Un paseo por la little Armenia en el barrio de Palermo.©La Nación / Alejandro Di Ciocchis
Un paseo por la little Armenia en el barrio de Palermo.©La Nación / Alejandro Di Ciocchis

El máximo luchador de Titanes en el ring, Martín Karadagian, ayudó a despejar la confusión. Cuentan descendientes armenios en Palermo, el barrio porteño que más refugiados recibió, que durante muchos años se los llamó «turcos». No había peor ofensa para un pueblo que soportó un genocidio -estimado en un millón y medio de personas- nada menos que en manos de los turcos. Por eso el popular exponente de lucha libre se hizo llamar siempre «el armenio».

Aclarada la confusión, la comunidad se fue sintiendo cada vez más a gusto: se estima que al menos unos 5000 armenios y sus descendientes viven en lo que podría llamarse «palermian» en tributo a sus apellidos, todos terminados en «ian» (significa «hijo de»). En honor a ellos, el tramo de la calle Acevedo entre Córdoba y Santa Fe lleva el nombre de Armenia desde 1984; hace pocos días el presidente de ese país, Serzh Sargsyan, visitó por primera vez la Argentina y el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, lo declaró visitante ilustre y le entregó las llaves de la ciudad.

Lucin Katcherian tiene 104 años y es la única sobreviviente en Buenos Aires de aquel genocidio. Lucin, que en armenio significa Luna, fue anotada como Lucía; esas confusiones propias de los empleados públicos de aquellas épocas de inmigraciones. Recibe a LA NACION en el departamento de su hija Elena, en Villa Crespo. También está su hijo Eduardo Khatcherian. «Uno que pasa mal nunca lo olvida. Lo bien, sí. Lo pasamos muy mal sin madre y sin padre. El genocidio no se olvida», dice esta mujer, que se las arregló sola para aprender el idioma cuando llegó a los 15 años (en los papeles, 18 porque sus hermanos le sumaron tres para que fuera mayor de edad).


«Era muy distinto todo, casi salgo y no conozco acá. Cambió completamente Canning», dice. Se refiere a la Avenida Scalabrini Ortiz, exCanning. «Nosotros vivíamos en una casa grande de muchas piezas en Thames 916», dice Lucin. Mientras deja una bandeja con café armenio y galletas, su hija acota: «Vivían en casas tipo chorizo y se alquilaban habitaciones». El aroma a café llena un ambiente que Eduardo empieza a poblar de documentos de su madre, del primer pasaporte, de fotos de ella cuando era joven, de diarios bilingües de la época y de otros actuales.

La Argentina fue el país que más armenios recibió en América latina: se estima que viven aquí unos 100.000. En Buenos Aires la mayoría se instaló en Palermo, también en Flores y Valentín Alsina, en el conurbano. Palermo era de los barrios bajos de la ciudad y los primeros inmigrantes llegaron allí por esa causa; además, en la zona había almacenes que proveían a árabes y griegos de las especias para cocinar. La primera ola de refugiados llegó antes de la Primera Guerra Mundial, entre 1909 y 1914; como consecuencia del genocidio, continuó entre 1922 y 1930 (cuando llegó Lucin). «Me gusta mucho acá. Hay mucha libertad», dice Lucin varias veces.

La Asociación Cultural Armenia es un espacio cultural que congrega a la comunidad armenia. Foto: La Nación / Alejandro Di Ciocchis
La Asociación Cultural Armenia es un espacio cultural que congrega a la comunidad armenia. ©La Nación / Alejandro Di Ciocchis

De aquellos primeros tiempos conserva la convivencia con vecinas italianas y españolas con las que compartían las comidas y eran su familia; los intercambios con griegos y árabes; los tiempos de tejer escarapelas y ayudar a sus cuatro hermanos joyeros; la visita de madrugada del lechero en el carro y el caballo; su casamiento con un sastre: «Conocí a un muchacho muy trabajador, él tampoco tenía a nadie, era armenio, porque antes querían que se casaran armenio con armenio, después ya se mezclaron, lo conocí y me casé, me fijé que era honesto, porque antes enamorar o no enamorar no importaba, él falleció con 79 años».

Eduardo, uno de sus hijos, también fue testigo de un Palermo distinto. «Me crié en la vereda de Canning al 1200; las casas estaban sin llave; las familias se sentaban afuera a charlar; pasaba el tranvía; jugábamos con los vecinos a la pelota en la calle», recuerda. «Era un crisol de razas: armenios, árabes, griegos. Nos enojábamos porque a todos nos metían en la misma bolsa y nos decían turcos. Era ignorancia, pero a nosotros nos ofendía», reconoce. El pueblo armenio conserva la memoria del genocidio y lo transmite en la escuela y en las familias de generación en generación; muchas veces en su idioma, que también preservan.

En la mesa ratona de los Khatcherian hay una antigua revista bilingüe con la crónica de la inauguración de la calle Armenia. En una foto se ve a Eduardo, miembro de la comisión del Centro Armenio, con el intendente de entonces, Julio César Saguier. «Armenia era Acevedo, fue lindo ver el nombre, fueron cosas de gobierno», dice Lucin. Sus hijos asienten, hablan de la emoción de ese día.

Lucin Katcherian tiene 104 años y es la única sobreviviente en Buenos Aires del genocidio armenio. ©La Nación / Alejandro Di Ciocchis
Lucin Katcherian tiene 104 años y es la única sobreviviente en Buenos Aires del genocidio armenio. ©La Nación / Alejandro Di Ciocchis

Treinta años después, el miembro de la asociación cultural armenia y director de la agencia de noticias de su comunidad, Pablo Kendikian, recorre esa calle y traza un minitour por la «pequeña Armenia» palermitana. Allí están, en medio del ruidoso glamour de Palermo Soho, las huellas de quienes hicieron de este barrio su casa. En Armenia al 1200, la unión compatriótica que convocó a los armenios de la región de Marash; en la esquina de Niceto Vega y Armenia, el Centro Cultural Tardón, que es además cafetería oriental y un teatro; cruzando, ya al 1300, la Unión General Armenia de Beneficencia y su colegio; en frente, la Asociación Tekeyan, que publica el semanario Sardarabad; luego, la catedral San Gregorio el Iluminador y a su lado el colegio; enfrente, la Asociación Cultural Armenia, donde funcionan instituciones deportivas, de beneficencia, una biblioteca, un semanario, una agencia de noticias y otro teatro.


Allí, en el centro neurálgico de la comunidad, se detiene Kendikian, socio con Eduardo Costanian del restaurante Armenia, el primero de comidas típicas en Palermo que funciona en el primer piso de la asociación. Desde ese cálido salón enmaderado, los visitantes se transportan al Monte Ararat en una velada: se viaja a través de la comida especiada, que reproduce recetas milenarias, se viaja al ver bailar a una sensual odalisca y a dos danzarines que muestran sus destrezas hasta con una botella de vino en la cabeza, se viaja al degustar los postres hojaldrados extradulces en contraste con el café negro, molido e impalpable, el mismo que se usa para leer la borra del café, una tradición armenia que se replica en el restaurante.

La plaza ubicada en Armenia, Costa Rica, Nicaragua y Malabia se llama "Inmigrantes de Armenia" ©La Nación / Alejandro Di Ciocchis
La plaza ubicada en Armenia, Costa Rica, Nicaragua y Malabia se llama «Inmigrantes de Armenia» ©La Nación / Alejandro Di Ciocchis

Más adelante en la misma vereda está el bar Viejo Agump. «En esta vieja casona se congregaban los primeros inmigrantes armenios para charlar de su patria, sus costumbres y recuerdos. Hoy y desde 1992 reúne a todos aquellos que quieran compartir un momento agradable en un lugar cálido lleno de historia», está escrito en cada individual en las mesas del bar. La carta tiene picadas con humus, mutabel, tabule, sarma y queso armenio; para beber, además de lo tradicional, hay cognac armenio y el típico café con borra, que sirven con dos galletas con cereales. Desde una ventana que muestra la cocina, se ve a un joven haciendo panqueques para lehmeyún (empanada abierta con carne picada condimentada con especias orientales y con morrón, tomate y perejil). El mozo, cuando sirve el café, acerca una tarjeta personal con el nombre de una mujer que lee la borra del café. «Le escribís y te cita acá», dice. En el ambiente suena Radio Ga Ga, de Queen; en canal 13, sin volumen, se ve La cocina del show. Otro de los mozos juega con el celular cuando una pareja lo llama: «Dos cortaditos, por favor».

A María Kalpakian su mamá le enseñó la práctica de la «cafeomancia». Ella a su vez la había aprendido de una vecina armenia que estaba en la puerta de su casa leyendo la borra. «Es una alegría el café», dice esta mujer de 80 años. «Mi mamá no me quería enseñar porque decía que la gente me iba a volver loca. A los 40 por fin aprendí. Le insistí diciéndole que ella ya estaba cansada», cuenta María, en su casa en Flores, que colinda con la peluquería de su hijo, un lugar donde circula mucha gente, a veces, demasiada.

Ella ahora sabe que su mamá tenía razón. «A la gente le gusta esa costumbre, es como un jeroglífico a descifrar», dice. Y aclara que ya se da el lujo de rechazar clientes. «Elijo a algunos, ya no lo hago todos los días como antes. La gente viene muy cargada y yo me enfermo. Hay personas muy mal anímicamente y cuando les digo lo que les pasa me cargo yo, me afecta, me pongo nerviosa, me dan palpitaciones, dolores de panza, de cuello».

Describe el ritual: prepara el café molido, le agrega azúcar; una vez preparado lo vierte en un pocillo blanco pequeño y se bebe de a sorbos cortos; al terminar se da vuelta el recipiente y se deja reposar unos minutos para que la borra forme figuras a interpretar: cada figura o símbolo posee un rasgo que lo define. Allí se presenta la malicia, el engaño de una pareja, si se avizora la suerte, un viaje, una desgracia.

María Kalpakian lee la borra del café, un ritual que le enseñó su madre. ©La Nación / Alejandro Di Ciocchis
María Kalpakian lee la borra del café, un ritual que le enseñó su madre. ©La Nación / Alejandro Di Ciocchis

Esta práctica pagana arraigada convive con la tradición religiosa del pueblo armenio. El domingo a las once de la mañana, en la catedral Nuestra Señora de Narek se celebra la misa cantada. El templo, con una planta cuadrada y una cúpula cónica luminosa ilustrada con figuras religiosas, se llena de fieles. Toda la ceremonia avanza con canciones en armenio, cuyas letras pueden seguirse en un cuadernillo bilingüe disponible en la entrada. El sacerdote sólo habló en español para dar el sermón. Un nene de unos seis años lee junto a su padre, que le va señalando las frases; otros cantan de memoria en su idioma; una señora llora cuando hablan de los fallecidos recientes, su hijo adolescente la abraza.

«El armenio lleva el cristianismo muy adentro, por eso cuando llega a un lugar lo primero que construye es una iglesia», dice Juan Abadjian, de 74 años, jubilado: su padre fundó, en 1930, la primera panadería armenia, que aún funciona en Scalabrini Ortiz 1317, a dos cuadras de una iglesia. En su panadería, que heredó de su padre y ahora dejó en manos de su hijo Juan Augusto, recuerda los tiempos del horno en el patio, de cuando las vecinas traían su propio relleno para el lehmeyún y recuerda, también, cómo de a poco los panes, las galletas y el resto de sus especialidades armenias les fue empezando a gustar a los «criollos», que ahora son su gran clientela.

Cuenta Juan que los armenios donde van se mimetizan con la cultura del lugar, pero que también conservan la identidad: las comidas, el idioma, la música son sus reparos. «Mi hijo tiene una banda y tocan temas armenios», dice. Y enseguida habla de una debilidad suya: el tango. «Será por todo lo que sufrimos que siento que el tango nos representa».

Por Verónica Dema
Con información de La Nación

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Maryam Maryamti (أبيك أرويان مريم مريمتي) – Apik Aroyan

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Maryam Maryamti

 

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Armenia, Tierra Santa

Se dice que allí se encontraba el Jardín del Edén, que el Arca de Noé quedó en el monte Ararat y que conservan la manta del niño Jesús y la lanza que un centurión clavó a Jesús en la cruz. Con excepción de Israel, es difícil encontrar un lugar más vinculado con la historia sagrada que Armenia, el primer país cristiano de la historia.

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«El cristianismo es como el color de la piel de los armenios. No se puede cambiar», reza el dicho. Y es que Armenia es el primer país que adoptó el cristianismo como religión oficial, decisión que ha marcado a sangre y fuego su larguísima historia. Es un pequeño territorio con una gran historia incrustado en el corazón del inhóspito Cáucaso. Rodeado de enemigos desde hace miles de años, los cristianos armenios han sufrido innumerables invasiones y matanzas que no han hecho sino profundizar esa mentalidad de pueblo emboscado entre Oriente y Occidente.

Coetáneos hace más de 4.000 años de otros pueblos bíblicos como los asirios o los arameos, su territorio ha visto el paso de los escitas, partos, sátrapas, babilonios, persas, romanos, árabes, mongoles, turcomanos, turcos y rusos.

Los armenios se vieron obligados a emigrar cual pueblo errante por el mundo y, actualmente, la mayoría de su población reside en Rusia, Estados Unidos, Francia o Argentina, fenómeno que es conocido como la Diáspora Armenia.

Hace unos 2000 años, Armenia era un próspero reino bañado por los mares Caspio y Negro, mientras ahora es una pobre república que no tiene relaciones diplomáticas con sus principales vecinos: Turquía y Azerbaiyán.

Con todo, ni siquiera el genocidio del que fueron víctimas 1,5 millones de armenios a manos del imperio otomano, hace casi un siglo, doblegó a un pueblo para el que la religión es el símbolo de su resistencia.

La más antigua

Su capital, Ereván, es más antigua que Roma, aunque las guerras y los terremotos apenas han dejado rastro de su milenaria historia.

Su edificio más emblemático es el Matenadarán, museo donde se estudia el origen del alfabeto armenio, una de las lenguas más antiguas del mundo.

Como no podía ser de otra forma, fue un monje, Mesrop Mashots, quien ideó en el año 405 el alfabeto de 36 letras para propagar la fe cristiana.

Miles de manuscritos, piedras talladas, pergaminos, mapas y espectaculares miniaturas son los tesoros que alberga ese centro, objeto de peregrinación y veneración para los armenios.

La Plaza de la República, que acoge la sede del Gobierno, la Cancillería y el Museo de Historia, es el corazón de la ciudad, aunque el edificio más bonito es, sin lugar a dudas, la Academia de Ópera y Ballet, que preside uno de los lugares de ocio más populares de la ciudad, la Plaza de la Libertad.

Aunque Ereván tiene su propia catedral, la de San Gregorio el Iluminador, la capital espiritual se encuentra a las afueras de la ciudad. Se trata de Echmiadzin, considerada la catedral más antigua del mundo y actual residencia del Catholicós, jefe de la Iglesia Apostólica Armenia.

Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, fue construida a principios del siglo IV – fue el rey Tiridates III quien decidió adoptar el cristianismo en torno al año 301 después de Cristo-, aunque ha experimentado numerosas reconstrucciones desde entonces.



Reliquias

El complejo arquitectónico de Echmiadzin, que incluye un monasterio, acoge dos reliquias de renombre universal que ponen a prueba la fe del visitante.

La primera es, supuestamente, el único resto del Arca de Noé que se conserva en el mundo. La reliquia, una cruz de madera, fue a parar a Echmiadzin gracias al monje bizantino Iákob.

Cuenta la tradición que Iákob peregrinó al monte Ararat, donde atracó el arca hace 5.000 años. Cuando pidió a Dios que le ayudara a encontrarla, éste le dijo que la búsqueda del arca estaba terminantemente prohibida y le entregó un trozo del arca para que el mundo no dudara de la existencia de Dios.

La segunda reliquia tiene mucho de leyenda, ya que al menos otros tres lugares en el mundo (Roma, Antioquía y Viena,) presumen de acoger entre sus muros dicho tesoro. Se trata de la lanza con la que un centurión romano, Longinus, clavó el cuerpo de Cristo cuando este estaba colgado en la cruz para comprobar que había muerto.

La punta de la Lanza de Longinus o del Destino, que tiene forma de rombo, fue traída supuestamente a Armenia por el apóstol Judas Tadeo y es una de las principales atracciones de los miles de turistas de todo el mundo que visitan anualmente Echmiadzin.

El museo al aire libre que es este país no termina aquí, ya que, según reza la tradición, en la iglesia de Odzún Santo Tomás se consagró a varios sacerdotes en el siglo I de nuestra era. Supuestamente, el santo trajo consigo la manta del niño Jesús que estaría enterrada bajo el altar.

A imagen y semejanza de Irlanda, todo el territorio de este país está salpicado por cruceros de piedra, que en Armenia son conocidos como «jachkar» (Jach, cruz; Kar, piedra). La mayoría están talladas en roca, aunque excepcionalmente se pueden encontrar algunas con brazos.

Los «jachkar» son considerados unánimemente el símbolo cultural del pueblo armenio y, en su versión de bolsillo, son uno de los «souvenir» preferidos de los visitantes, junto al famoso coñac armenio.

Otra de las singularidades de este país es que la práctica totalidad de las iglesias y edificios administrativos están construidas a partir de toga, una piedra caliza muy porosa. En su mayoría, es de color rosado, lo que da a las construcciones un aspecto majestuoso y, al mismo tiempo, arcaico.

El monte sagrado

Aunque la tarjeta de visita de Armenia es el monte Ararat que, paradójicamente, se encuentra fuera de las fronteras del país -en territorio turco- desde 1920.

La silueta de ese volcán nevado de más de 5.000 metros de altura forma parte de la conciencia colectiva del pueblo desde su el principio de los tiempos.

Ararat, que es citada por la Biblia, es objeto de peregrinación por parte de creyentes y arqueólogos, quienes no pierden la esperanza de encontrar el arca de madera construida por Noé para sobrevivir, junto a su familia y a una pareja de cada especie animal, al Diluvio Universal.

En un día soleado, al igual que ocurre con el Fujiyama en Japón, su pico nevado se puede ver desde cientos de kilómetros de distancia, ya que Armenia es una altiplanicie de casi 2.000 metros de altitud media.

El mejor mirador es Khor Virap, un monasterio fortaleza construido cerca de la frontera turca en torno al año 180 antes de nuestra. Originalmente, fue una ciudadela temida por sus mazmorras, donde Gregorio el Iluminador, quien convirtió a Armenia al cristianismo, pasó 13 años de cautiverio.

Actualmente, el edificación es destino de los turistas deseosos de tener una visión privilegiada del sagrado monte Ararat.

Entre montañas

Armenia es un país extremadamente montañoso, lo que convierte a gran parte de su territorio en inhabitable, con la excepción de los ascetas que buscan aislarse del resto del mundo.

Ese es el caso del espectacular monasterio de Tatev, construido a finales del siglo IX y que fue, durante la Edad Media, el centro intelectual de Armenia. De hecho, fue hogar de la mayor universidad de todo el Cáucaso Sur, donde se impartían clases de filosofía, teología, astronomía, literatura y arquitectura, entre otras materias.

En su momento más álgido llegó a acoger casi un millar de inquilinos, entre los que figuraban los más célebres miniaturistas de su tiempo.

Actualmente, el recinto amurallado, situado en un paraje espectacular, conserva tres iglesias, una biblioteca y un obelisco que sigue siendo un misterio para los historiadores.

A Tatev se llega a bordo del teleférico más largo del mundo (5.750 metros), travesía que dura poco más de 10 minutos.

No menos espectacular es el monasterio de Geghard que está parcialmente excavado en la roca y que es uno de los lugares más visitados por los turistas armenios.

Originalmente conocido como el Monasterio de la Cueva, ya que los antiguos cristianos construían templos en cavernas de la zona, fue edificado en el siglo IV en una zona de acantilados para guarecerse de posibles invasores.

Reconocido por la UNESCO, fue destruido casi totalmente por los árabes, pero fue reconstruido en la Edad Media.

Acoge numerosas reliquias, entre ellas varias pertenecientes a los apóstoles Juan y Andrés, por lo que actualmente es objeto de peregrinación los 365 días del año. Además de «jachkar» labrados directamente en la roca, Geghard incluye varias capillas y sacristías bajo las rocas, pero con ventanas que dan al exterior, por lo que no carecen de luminosidad.



Ecoturismo en las alturas

Armenia también ofrece magníficas oportunidades para los aficionados al ecoturismo, como es el caso del lago Seván, el más grande de la región del Cáucaso.

Situado a una altura de 1.900 metros, en sus orillas se pueden ver las ruinas que datan de antes de nuestra era y son pertenecientes al reino de Urartu, el primero en la historia de Armenia. Actualmente, Seván es un parque natural.

Otro punto turístico inolvidable son las cataratas de Dzhermuk, que están situadas a más de 2.000 metros de altitud. Durante su vertiginoso descenso llegan a formar tres terrazas que alcanzan una altura de 68 metros.

La vegetación en las zonas montañosas es en ocasiones tan lujuriante que, sumado a las referencias bíblicas, algunos historiadores consideran que el Jardín del Edén se encontraba situado en lo que es actualmente el territorio de Armenia. En concreto, aluden a la fértil región que rodea el lago Van.

Y es que en Armenia uno puede comer manjares inimaginables en otros lares que no sean el mismísimo paraíso, como el queso con melocotón envuelto en pan.

Con todo, los paisajes más impactantes de este país se encuentran en el curso del río Azat, cuyos cañones dejan boquiabierto al visitante. Un viaje a ese paraje persuade al más incrédulo de que, ciertamente, Armenia es tierra santa.

Por Ignacio Ortega
Con información de La Verdad

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