Por siempre Wagner

Richard Wagner
Richard Wagner

España en onda

En 2001 nos invitó Wolfgang Wagner a una de las meriendas que celebran en un salón del teatro de Bayreuth durante los entreactos de una hora. La larga mesa estaba llena de políticos y diplomáticos que hablaban de sus cosas y apenas de lo que estaban viendo y oyendo en el anfiteatro. Era palpable el sistema de influencias creado por el nieto del maestro para mantener en pie los Festivales, con los presupuestos adecuados para liderar el wagnerismo mundial. Salimos de la sala cuando la fanfarria habitual tocaba el tema del día para avisar del comienzo del acto siguiente. Habíamos presenciado un interesante contraste entre la mística de Bayreuth, por ahora irreductile, y la política del poder en una parcela sustancial de la cultura alemana. Parecía un calco de la dualidad del propio Wagner, habilísimo en sablear a todo el mundo para proyectar su obra al nivel adecuado y darse una vida de lujo que siempre acababan pagando los mecenas, públicos y privados. Reunido con mis amigos, durante el entreacto siguiente, al pie de la enorme cabeza de bronce del maestro que preside un lado de los jardines (en el otro «reina» Cósima), nos propusimos hacer algo en el plano idealista para propagar el legado y fundamos (con toda humildad) en Canarias la 156ª Asociación Wagneriana del mundo. Por más que estas cosas irritasen a Barenboim, el número, ya crecido, de esos entes estrictamente privados, habla por sí solo. La asociación se transformó a los pocos años en el Aula Wagner de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, y en el empeño seguimos respaldados por la vicerrectora de Cultura, Isabel Pascua, pero no es un hecho aislado. En España existen hoy, más o menos activas, seis asociaciones dedicadas al estudio y el disfrute de Wagner, algunas centenarias (Barcelona y Madrid) y otras recientes, en prueba de la presencia que no cesa y crece sin pausa. Las primeras casas de ópera de España ofrecen producciones que en unos casos lideran el desarrollo estético y tecnológico del «canon» (la de La fura dels baus en Valencia) y cultivan en otros una presencia de calidad que no se contenta con alquilar producciones exteriores, como es el caso del Tristan de Alfred Kirchner en Oviedo.

La exigida adoración

Persuadido sin la menor duda de su propio genio, la vida de Wagner es un viaje acelerado contra la lentitud de la historia, desde la certeza de que todo el mundo vivía para servirle en lo financiero (desastre absoluto y fuga constante de los acreedores), desde la concepción de El holandés errante hasta los últimos días en el «palazzo» veneciano del que salieron sus restos en la «lúgubre góndola» presagiada por su suegro y gran amigo Franz Liszt. No solo se creía digno de prioridad absoluta en los teatros de la época (con toda razón, obviamente) sino en la ayuda de los ricos y en los presupuestos estatales (el embellecido chantaje al rey de Baviera es paradigmático).

Un trabajo creativo de la ambición y profundidad del que logró culminar en tan solo 70 años de vida exigía condiciones mínimas de confort y respeto que a veces conseguía y otras arrancaba entre exilios y privaciones. En su juventud parisina tuvo que ganarse la vida como copista musical de otros, escapó del Dresde revolucionario de mitad de siglo mientas su amigo y mentor Miguel Bakunin era encarcelado por el rey de Sajonia, y desde entonces, las residencias en Suiza (el «asilo» cedido por su protector Otto Wesendonk y la casa de Tribschen) fueron la alternativa a las persecuciones. Para él, esas pesadumbres eran inseparables de la condición sobrehumana que se atribuía, insensible a los problemas que pudiera ocasionar en el entorno civil o el familiar. Sus amigos contemporáneos estaban sistemáticamente en un plano inferior y él les hacía la gracia de su trato. Fue el caso, por ejemplo, de Friedrich Nietzsche, que a lo largo de sus 23 estancias en Tribschen (su camino de Damasco) fue objeto de refinadas consideraciones pero también de groseros desdenes y burlas crueles. Aquella mente superior en una frágil estructura emocional lo soportó estoicamente hasta que Wagner «se arrodilló ante Cristo» con su Parsifal. Curioso error del filósofo, que no supo ver en ello el gesto final de autoglorificación de Wagner: el puro redentor que protagoniza el drama es él mismo, y, en interpretación extrema, hasta el propio Cristo.

El amor, complejo asunto

Depredador sexual, sus aventuras son incontables. Muchas de ellas con las cantantes de los teatros en que trabajaba, otras con las esposas de sus protectores (Mathilde Wesendonk fue la más famosa) y hasta Cósima Liszt, ya su esposa legal tras divorciarse de Von Bülow, se indignaba con su lascivia pese a adorarle como a un dios, sobre todo cuando él le metía en casa a la joven Judith Gautier, hija del poeta francés. Es memorable la escena en que Vanessa Redgrave-Cósima llama lascivo a Richard Burton-Wagner en la espléndida serie de Tony Palmer para la TV británica. Dicho de paso, ha sido el compositor mejor y más rigurosamente tratado por el cine, con Visconti en cabeza.

Sin menoscabo de su predilección por las mujeres, Wagner se dejaba querer de sus enamorados varones, como el rey Luis, que llegó a escribirle que le amaba «como la esposa ama al esposo», y el mismo Nietzsche, que le aguantaba todo lo imaginable a cambio de que le hiciera caso e incluso caricias, como bien ilustra la película Richard y Cósima, de Peter Patzak. Que se sepa, ni el filósofo ni el rey conocieron el amor de las mujeres. Es sabido que Wagner gustaba de usar ropa íntima de su mujer y cubrirse a veces con sus batas de seda, pero son signos de una sensualidad exagerada -como todo en él- antes que indicadores de una bisexualidad desmentida por sus aventuras. Ciertamente, el amor nunca es «normal» en sus óperas, a excepción de la única comedia, Los maestros cantores. Es alucinado y ultraterreno en el Holandés, venéreo y platónico a la vez en Tannhäuser, imposible en Lohengrin, culpable en Tristán y frustradamente sacrílego en Parsifal. En los dramas tetralógicos encontramos la pasión carnal de dos hermanos gemelos (Siegmund y Sieglinde en La Valquiria) o la de una tía y su sobrino (Brunilda y Sigfrido). Pero esas rarezas o anomalías han inspirado la música de amor más conmovedora de la historia. Nada es comparable a los dúos de los personajes citados, con el de Tristan e Isolda en la cima de todos.

En realidad, Wagner llevó a niveles insuperables todos los asuntos y emociones tratados en su música. Puede ser que esta música no guste a todos (particularmente a los que no se molestan en conocerla), pero hablamos del nivel subjetivo del gusto. Más allá del gusto, en la esfera poética y noética de las grandes creaciones del espíritu humano, es Wagner tan fundamental como Homero, Shakespeare, Cervantes o Goethe, y tanto como Bach y Beethoven.

Concluyo el claroscuro del bicentenario con una pequeña antología de fragmentos de las últimas ediciones sobre Wagner en castellano, todas ellas de 2012 y 2013. Estimo imposible llegar más atrás, porque su bibliografía es oceánica, por designar de algún modo su variedad y movimiento.

 Con infiormación de : La Provincia

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