Volviendo a los orígenes

nawfal

El pasado mes tuve la ocasión de vivir una de las más gratas experiencias que a cualquier hombre o mujer le puedan ocurrir. Aceptando una invitación de la embajadora de Colombia en Líbano, Rida Aljure Salame, me desplacé a ese país del Medio Oriente acompañado por mi hermana Análida, Zuleima Slebi de Manzur, presidenta de la Fundación Encuentro Cultural Colombo-Árabe, su esposo Roberto Manzur Villegas, y por Jenny Manzur, integrante de los cuadros directivos de la fundación citada, que tantos logros acumula en función de estrechar lazos de hermandad, o por lo menos de amistad, entre aquellos que compartimos un origen ancestral.

Viajar al Líbano había sido siempre una de mis ilusiones aplazadas. Del puerto de Beirut partieron hacia América, casi que con rumbo desconocido, en el primer cuarto del siglo pasado, mis abuelos Habib Nauffal y Royina Náder. Su motivación para tan largo viaje, que en ese entonces se entendía sin retorno, fue sin duda la misma que alentó a miles de sirio-libaneses en diferentes oleadas a “liar bártulos para jamás volver”, como diría el poeta de Santa Rosa de Osos.

La economía nacional era escasa y la doméstica aún más. Pero aparte de esto, la guerra casi permanente era inclemente y el yugo del imperio otomano cada día apretaba más. El Líbano por aquellas calendas era apenas una región de la llamada Gran Siria, país que agrupaba lo que hoy son Siria, Líbano y Palestina, que no había sufrido aún el despojo que tantas muertes e incertidumbre ocasionarían después.

Comienzos de rebusque

Hacerse a la mar como pasajeros de tercera clase de algún vapor que hacía negocio con su carga humana, para una travesía de dos o más meses en precarias condiciones, no era seguramente una decisión fácil. Llegar a cualquier ignoto lugar o simplemente ser descargados en él, sin conocer el idioma de la región de arribo. Traer consigo una cultura y unas costumbres bastante diferentes y ser capaces a fuerza de asimilación, de empezar una nueva vida a partir del comercio de las más insólitas baratijas, compradas quien sabe cómo para revenderlas a mejor precio o para fiarlas para capturar el cliente. Todo ello constituye una odisea nada fácil de narrar y bien difícil de vivir. Lo cierto fue que al comienzo estos inmigrantes árabes se desempeñaron como buhoneros o vendedores ambulantes y en esa condición, por ejemplo, son los precursores de la venta a crédito.

Mis abuelos, muy jóvenes aún, llegaron a Puerto Príncipe (Haití) y allí vivieron diez años. Mi abuelo Habib se rebautizó Felipe, para facilitarse la vida. Mi padre Nadím y mis tíos Royi y Alicia -todos ya fallecidos-, nacieron en ese hermoso y pobre país caribeño. A Colombia llegaron por Buenaventura en 1927, traídos por Abdallah Nauffal, un primo de mi abuelo que ya había hecho fortuna en Pereira y se las arregló para avisarles a sus primos en Haití (pues eran varios), que en Colombia soplaban mejores vientos.

El despegue en Risaralda

Llegados a Pereira los Nauffal y los Náder, Abdalah dispuso con la jerarquía que le concedía el mayorazgo, que se asentaran en Risaralda, municipio de Caldas, departamento que aún era “la mariposa verde” que cantara el poeta Luis Carlos González. Vale anotar que a Risaralda se llegaba en aquella época por caminos de herradura y que parte de los recuerdos que me permiten elaborar esta crónica salieron años después de la memoria de un arriero fortachón, Esteban Valencia, a quien le correspondió arriar los bueyes y las mulas que llevaron el trasteo con los muebles y las mercaderías que surtirían el primer entable comercial de Felipe Nauffal en los riscos del frío municipio caldense.

Felipe Nauffal desarrolló en aquella aldea una disciplinada y tesonera labor comercial que rápidamente arrojó frutos. Los primeros carros de servicio público que llegaron a Risaralda, cuando hubo carretera, los llevó el abuelo. Un carriol apodado por el pueblo “ranchogrande” marcó época. La vida sin embargo le duró poco. Un ántrax lo trasladó a la eternidad cuando contaba menos de cincuenta abriles. No haberlo llegado a conocer es para mí una de las cosas más tristes de la vida.

La abuela Royina no se amilanó, los hijos seguían ya su propio rumbo, lejos del pueblo. Ella con un estoicismo sin par siguió sola al frente de los negocios, el principal de los cuales era un almacén de telas y artículos varios que no tenía nombre, pues todo el pueblo lo identificaba como el almacén de “la turca”, apelativo que no le hacía ninguna gracia y que le ocasionó más de una rabieta. No deja de ser una paradoja que habiendo salido huyendo de los turcos, uno termine llamándose como ellos. La culpa fue en todos los casos del pasaporte otorgado al salir por las autoridades que los subyugaban.

Cuarenta años o más duró la abuela al frente de su almacén, maltratando el castellano y echando sus retahílas en árabe, sobre todo para insultar cuando algo o alguien la sacaba de casillas. El libro de cuentas, recuerdo, lo llevaba a lápiz y como es de rigor lo empezaba por la última página, dado que sus anotaciones las hacía en árabe. Así efectuaba los abonos de los fiados que le hacía a sus clientes, que además eran sus amigos porque a todos les averiguaba la vida, sin duda era su método para otorgarles crédito. Tenía también una manera muy particular de recordarlos en sus anotaciones; Manuel Aristizábal: el que le pega a la mujer. Ancízar Zapata: el que habla mal del patrón. Jesús Quiceno: el borracho cansón, etc. Cuarenta años de intensa brega para ganarse la vida, para educar a sus hijos y para sentir la satisfacción de tener uno de los mejores almacenes del pueblo. Ser distribuidora exclusiva de zapatos “Corona”, por ejemplo, la llenaba de orgullo. O que le otorgaran alguna prelación en el almacén “Hijos de Liborio Gutiérrez” proveedor de varias de sus mercaderías, le producía una inmensa satisfacción.

Al lado de la abuela

Dos años de mi vida los viví junto a ella cuando terminaba estudios de primaria y por una fortuita circunstancia mi padre, que para aquel entonces residía en Arauca (Caldas), me llevó a vivir en su casa. Fueron años felices que transcurrieron entre mimos y regaños en árabe. Como los calentadores de agua aún estaban por inventarse o eran un lujo suntuario, no sé, ella se tomaba el trabajo de calentar todos los días en una olla grande el agua para mi baño y ella lo ejecutaba y me estregaba con un estropajo jabonoso, como si me fuera a sacar brillo. Su predilección por el nieto varón fue siempre inocultable. Nadie nunca me prodigó tanto amor.

Era una mujer hermosa de tipo muy distinguido. Hacía gala del mejor sentido del humor y disfrutaba como nadie con los programas humorísticos de radio que por aquella época se emitían: El show de Everth Castro o Los Chaparrines. Solo dos cosas ensombrecían su vida. La ausencia de Felipe, su amado esposo a quien recordaba de manera permanente ante las más inverosímiles circunstancias, y la nostalgia que sentía por su tierra natal que consideraba para siempre perdida.

Y la recuerdo también envuelta en los más gratificantes olores, provenientes de las más diversas especias, orégano, albahaca, yerbabuena, que salían de la cocina de nuestro hogar cuando a diario preparaba los alimentos. Una manera de tener siempre presente su Líbano del alma era la de consumir casi siempre comidas originarias de allí. Era una virtuosa del arte culinario. Sus hojas de parra, su kibbes, sus berenjenas rellenas y hasta el solo arroz blanco que tocado por sus manos adquiría un sabor especial, que puede ser el sabor de la gloria, si es que la gloria tiene alguno.

Sueño cumplido

Todas estas cosas y algunas más mantuvieron siempre en mi mente el acariciado sueño de viajar al Líbano. Mi adorado padre Nadim, antes de hacer el viaje definitivo del que nadie escapa, siempre nos dijo: “Cuando puedan vayan al Líbano”. Y fuimos al Líbano y encontramos allí un país pequeño y montañoso, con bellezas naturales que a lo largo de los siglos se han resaltado. No es sino volver por ejemplo a las menciones bíblicas. Es la tierra de los cananeos. Es la tierra de los Fenicios. De allí partieron estos últimos a fundar ciudades y colonias a lo largo y ancho del mare nostrum, del Mediterráneo. En fin, el Líbano resuma historia. Biblos, Tiro, Sidón, Beirut. Ciudades Estado. Reinos opulentos. Leyendas. Mitos. Todo eso en una pequeña franja de menos de cincuenta kilómetros de ancho y apenas 10.400 kilómetros cuadrados de superficie total, con costas de sur a norte sobre el Mediterráneo oriental. Razón por la que casi todos los imperios por allí pasaron y se quedaron por muy significativos lapsos. Líbano, la tierra de las mil guerras y de las mil resurrecciones, la misma que por razones casi esotéricas con sus hijos se dedicó a poblar el mundo. Líbano, la legendariamente hospitalaria, nos abrió sus brazos y entre estremecidos y asombrados besamos su suelo.

Calle de Beirut, viva mezcla de Oriente y Occidente.
Calle de Beirut, viva mezcla de Oriente y Occidente.

Beirut nos acogió y nos sorprendió sin límites. Qué gente más querida y amable. Qué ciudad más desconcertante. El llamado downtown, impresiona por su modernidad. Todo es nuevo. La guerra civil que duró quince años: entre 1975 y 1990 todo lo destruyó, pero ahora todo está reconstruido o vuelto a hacer. Qué fusión más refinada entre Oriente y Occidente. Qué despliegue de lujo sin extravagancias. Qué esplendor. La ciudad se encuentra construida sobre una serie de colinas que arrancan desde la costa y se elevan de manera casi súbita como si quisieran tocar el cielo. Por fin conocí una ciudad más falduda que mi natal Manizales. Sus restaurantes y su vida nocturna han vuelto por sus fueros. No en vano en los años sesenta la ciudad fue conocida como la París del Oriente Medio. Y los turistas han vuelto y si todo sigue como va, pronto se convertirá otra vez, en uno de los más apetecidos destinos turísticos del mundo.

Y conocimos el Líbano rural, fuimos al campo, visitamos las pequeñas aldeas, pueblos diminutos y antiguos donde ahora se respira tranquilidad. Pasamos por Trípoli, la segunda urbe más poblada. Por los días de nuestro ingreso a la ciudad se vivía una tensa calma: Dos o tres atentados, el asesinato de un líder político. Algunos han pretendido, sin conseguirlo, prender la mecha de la llamada “primavera árabe” en el Líbano, desde este bastión musulmán. Visitamos la casa museo del gran Gibran Jalil Gibran, el celebérrimo autor de “El Profeta”, poeta entre los poetas en Bsharre y por supuesto, la montaña en la que se conservan algunos cedros milenarios, en lo que antaño fuera un inmenso bosque que proporcionaba fina madera para embarcaciones y palacios.

Y llegamos a Miniara, pequeña ciudad del norte del Líbano, con menos de 10.000 habitantes, donde fuimos espléndidamente atendidos con suculento almuerzo por los primos de nuestro compañero de viaje Roberto Manzur. Y desde allí, al caer la tarde, guiados por Chehade Manzur, viajamos a Beino, el pequeño pueblo de 2.500 habitantes que por tradición oral yo conocía como la cuna de la familia Nauffal. Esperábamos encontrar alguna referencia o en el mejor de los casos, algún pariente lejano con alguna mohosa noticia de los parientes que a comienzos del siglo veinte se hicieron a la mar ligeros de equipaje, pero cargados de ilusiones. ¡Y vaya sorpresa! Nos encontramos a la familia Nauffal vivita y coleando o abandonando los coloquialismos, ¡vigente y activa!

«Es Nawfal, es Nawfal»

Marwan, el mayor, es dueño del Restaurante-Casino «Nawfalie”, derivación de Nawfal -que así escriben el apellido en aquellos pagos-. Bastó decirle, luego de la presentación formal, que nos hiciera Chehade, “soy hijo de Nadim, a su vez hijo de Habib, hijo de Hanna”, para que me abrazara como al hijo pródigo, deshecho en llanto. Describir la emoción que sentí no está a mi alcance. A los diez minutos llegó Ghasam, menos espontáneo me miró las manos, examinó con sus dedos mi espalda y dándome dos palmadas en el vientre afirmó riendo a carcajadas: “es Nawfal, es Nawfal!”. Y luego prácticamente me secuestró, me llevó a su casa -muy bella y confortable-, no paraba de hablar en árabe y de mostrarme cosas, por todos los medios posibles trataba de expresarme su emoción gigante. Vino luego Naum, que combinaba la baraja con el deseo de atendernos y ganaba la baraja. Luego Diana, residente en Sao Paulo, en otro almuerzo que nos ofrecieron en Beirut y la escena se repitió y a partir del primer momento, muy a pesar nuestro estuvimos casi todo el tiempo a merced de ellos en el plano gastronómico.

Análida y Felipe Nauffal, acompañados por Ghassam Nawfal (centro).
Análida y Felipe Nauffal, acompañados por Ghassam Nawfal (centro).

Pero debo resaltar que para la ocasión en la cual Marwan y Samia, su esposa palestina, nos ofrecieron una cena formal de bienvenida, la Embajadora se desplazó desde Beirut, con su tío José Salame que había llegado de visita con su esposa Martha y su hija Camila, quienes fueron afortunados padrinos de este rencuentro familiar, a casi cien años de la partida de mis abuelos.

Los descendientes directos de Hanna, el bisabuelo común, son diez, que como buenos libaneses andan regados por el mundo -uno en Dubai, dos en Costa de Marfil, dos en Sidney, una en Sao Paulo-, pero periódicamente se dan cita en Beino, el pueblo ancestral, que une a la familia y nada es más importante en el mundo para un libanés que la familia. Esta es la razón por la cual fuimos recibidos con tanta calidez. La vida nos tenía reservada esta grata sorpresa que Análida y yo recibimos como un regalo de Dios y de los seres queridos que ya partieron y desde el cielo tutelan nuestros actos.

Por Felipe Alberto Nauffal

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