Cisneros y la quema de los manuscritos granadinos

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Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una astronomía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo.

Federico García Lorca

Si uno preguntara al clásico «cualquiera,» a finales de 1492, cuál había sido el acontecimiento de mayor envergadura durante el año, no habría mencionado el viaje de Colón y menos el descubrimiento de América. Colón no volvería hasta el año siguiente. Lo que había encontrado eran unas islas, unos indígenas analfabetos, el tabaco. Faltaban años para que alguien se diera cuenta de la existencia de un nuevo continente, con la retrospectiva reinterpretación y glorificación del viaje colombino.(1)

Ni, a finales de 1492, se hubiera considerado el destierro de los judíos(2) como el hecho que definiera el año. Sí fue una catástrofe para ellos, quienes se consideraban los dueños primitivos de la península, capital mundial del judaísmo medieval y sitio donde su cultura llegó al nivel más alto desde los tiempos bíblicos.(3) El deseo de volver a sus tierras bíblicas, el sionismo, nació como consecuencia de su experiencia hispana. Los sefardíes conservan su identidad nacional, y a veces regional («soy catalán»), hasta hoy. Necesitaría otro ensayo el señalar los muchos paralelos entre el Israel actual y la España medieval.

Posiblemente, visto desde la perspectiva de cinco siglos, el destierro o forzada conversión de los judíos, los administradores y profesionales de la España cristiana, fue el más definitivo para España de todos los sucesos del año 1492.(4) Pero el gran acontecimiento, en la opinión de todos los españoles y europeos que no eran judíos, fue la caída de Granada, acaecida, además, en la simbólica fecha del 2 de enero. Fue el final de una época, una meta de siglos finalmente lograda. Según la historia oficial, un peligro había sido extirpado.(5) Ya España era una.(6)

Granada, no Sevilla, fue la ciudad del año 1492. Fue la nueva capital de España. Sin la conquista (7) de Granada, no se hubiera procedido al destierro de los judíos, medida tomada por Isabel en la misma ciudad. Sin su conquista, los Reyes no hubieran patrocinado el viaje de Colón, también decidido en la misma ciudad de Granada adonde vino Colón a entrevistarse con ellos. Allí están enterrados Fernando e Isabel, como también su hija Juana y el asesinado marido de ésta, Felipe el Hermoso. Carlos V construiría en Granada su palacio.

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A pesar de la importancia cultural e histórica de Granada en aquel momento, ha habido un silencio sepulcral respecto a su protagonismo en los preparativos para 1992. El final de la «Reconquista,» considerado durante siglos como el acontecimiento más glorioso de la historia de España, apenas se conmemora. Qué paradoja, cuando incluso los agentes de viajes recomiendan una visita a Granada al turista que quiera escaparse de las actividades del 1992. Se trata de un cambio de perspectiva notable: el dejar no sólo de celebrar sino incluso de mentar el hecho que para los españoles contemporáneos definiera el traído año de 1492. La conquista de Granada es hoy, evidentemente, menos celebrable que el viaje de Colón.

No es bien conocida la Granada que conquistaron Fernando e Isabel.(8) Resulta difícil encontrar material sobre ella: en el Diccionario de historia de España de la Revista de Occidente ni hay un artículo sobre el Reino de Granada.(9) Su verdadera historia ha sido ocultada con falsificaciones, como las del influyente Pérez de Hita. Para medir el alcance de la pérdida, tenemos que acudir a datos diversos y dispersos.

La ciudad de Granada era, en 1492, la mayor, la mejor situada, la más productiva y la más culta de España. Se ve hoy con mayor facilidad, acaso, en la arquitectura. ¡Qué contraste entre la Alhambra–el único sobreviviente de los muchos palacios granadinos–y la modesta residencia de los reyes castellanos, el Alcázar de Segovia! (10) Mayor contraste todavía con el Palacio de Carlos V, para construir el cual se derrumbó una parte de la Alhambra (11): sin color, sin poesía en las paredes,(12) sin agua, sin jardines. La verdadera antítesis de la Alhambra, el frío Escorial.

La Granada nazarí fue muy elogiada por los primeros visitantes cristianos después de su conquista. Según Jerónimo Münzer, en la Alhambra–de la cual no queda, ni por mucho, todos los edificios y revestimientos que él vio–»es todo tan magnífico, tan majestuoso, tan exquisitamente obrado, que ni el que lo contempla puede cerciorarse de que no está en un paraíso, ni a mí me sería posible hacer una relación exacta de cuanto vi…. No creo, en fin, que en Europa se halle nada semejante.»(13) Granada fue una ciudad refrescada y purificada constantemente por el rumor del agua limpia que corría por las escaleras, las calles, los jardines y las casas. Quedan todavía, a la vista de todos, unos restos de aquel sistema, celebrados por autores modernos, enamorados de su murmullo.(14) De sus muros permanecen sólo unos inmensos, aislados y melancólicos arcos.(15)



Granada fue la última representante de la gran civilización hispanoárabe. De la riqueza de su medicina «a la que aquella raza fue siempre y con gran provecho muy aficionada,» según comenta Gómez de Castro infra, queda el testimonio de muchos códices, único campo de su sabiduría cuya sobrevivencia se facilitaba.(16) La complejidad de los azulejos geométricos, inspiración del matemático y artista gráfico Escher,(17) nos recuerda y documenta su riqueza matemática y filosófica. Elaboraban la seda y se vestían de ella, y exportaban delicados tejidos y frutos secos. Se jactaban de tener la lengua más hermosa del mundo, y el secretario del rey tenía que ser también un calígrafo. Las cartas diplomáticas se redactaban en verso,(18) y los manuscritos se escribían con tintas de variados colores. Un manuscrito elaborado sólo en negro sería plebeyo y despreciable.(19) Los títulos de las obras que sobreviven son poéticos: El collar de la paloma, un manual de amor; El perfume del jardín (Naf.h al-.T-ib), una historia; Las banderas de los campeones, una antología poética. La enciclopedia granadina de Ibn al-Kha.t-ib, incomprensiblemente sin traducir hasta la fecha, se titula El círculo (I.h-a.ta), es decir, lo que incluye todo. Su abreviación, El centro del círculo.

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Lo que no tenían los granadinos eran las fuerzas militares para defenderse de los ataques cristianos, y fue por esta falta, y no por intrigas palaciegas, que Granada fue sangrada por tributos hasta su extenuación y caída final.(20) Para los refugiados en África del Norte fue y es todavía el paraíso perdido.(21) García Gómez la llamó «la última y sabrosísima gota del Islam español.»(22) Tan poco ortodoxa era su civilización hedonista, tan dada al consumo del prohibido vino que la Alhambra tiene una Puerta del Vino para su entrada. «Su meta en la vida,» dijo María Soledad Carrasco, «era dar belleza a cada objeto, y gozo a cada hora.»(23) La opinión del granadino Federico García Lorca de la conquista de Granada fue la siguiente: «Fue un momento malísimo, aunque digan lo contrario en las escuelas. Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una astronomía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo.»(24)

No me parece forzar los hechos el atribuir nuestro deficiente conocimiento de la civilización granadina, y los frecuentes comentarios sobre su supuesta decadencia,(25) al gran estrago de sus manuscritos por Cisneros.(26) Fue el vencimiento definitivo, para que no quedara ni el recuerdo de lo que había sido. Claro que ha habido otras quemas de manuscritos en la historia del mundo. La gran mentira de la historia popular magrebí es el atribuir la caída de al-Andalus solamente a los ataques cristianos, e ignorar cómo el califato, y en especial sus bibliotecas y su cultura,(27) fueron destruidos por los puritanos almóhades, venidos del sur. Pero no conozco ejemplo de parte de gente más culta. Tampoco he encontrado otro ejemplo de hoguera de manuscritos no sólo importantes por su contenido, sino por su valor estético e incluso material. El acto, celebrado no en 1492 sino a raíz de la prohibición del Islam en 1499-1500,(28) simboliza el fin de la civilización hispano-árabe y el de la Reconquista mucho mejor que la entrega de la ciudad a Fernando e Isabel. Fue Cisneros quien comenzó el proceso que llevaría, un siglo después, al destierro de los moriscos.

La quema, controvertida desde el mismo acto de perpetrarla según las fuentes indican, está bien documentada. La descripción más antigua, inédita hasta 1913, es la del notario e íntimo de Cisneros, Juan de Vallejo:

Para desarraigarles del todo de la sobredicha su perversa y mala secta, les mandó a los dichos alfaquís tomar todos sus alcoranes y todos los otros libros particulares, cuantos se pudieron haber, los cuales fueron más de 4 ó 5 mil volúmenes, entre grandes y pequeños, y hacer muy grandes fuegos y quemarlos todos; en que había entre ellos infinitos que las encuadernaciones que tenían de plata y otras cosas moriscas, puestas en ellos, valían 8 y 10 ducados, y otros de allí abajo. Y aunque algunos hacían mancilla para los tomar y aprovecharse de los pergaminos y papel y encuadernaciones, su señoría reverendísima mandó expresamente que no se tomase ni ninguno lo hiciese. Y así se quemaron todos, sin quedar memoria, como dicho es, excepto los libros de medicina, que había muchos y se hallaron, que éstos mandó que se quedasen; de los cuales su señoría mandó traer bien 30 ó 40 volúmenes de libros, y están hoy en día puestos en la librería de su insigne colegio y universidad de Alcalá, y otros muchos añafiles y trompeticas que están en la su iglesia de San Ildefonso, puestos, en memoria, donde su señoría reverendísima está sepultado.(29)

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Con la obra inconclusa de Vallejo a mano, Álvar Gómez de Castro, discípulo de Cisneros, acabó la primera biografía del arzobispo. Ofrece algunos detalles nuevos:

Alegre por el éxito Jiménez y estimando que debía aprovecharse una ocasión tan favorable, y extirpar radicalmente de sus almas todo el error mahometano, no se detenía ante el parecer de quienes juzgaban más prudente ir quitando poco a poco una costumbre inveterada; pues pensaba que este método era aplicable en asuntos de poca importancia, y en los que no se ventile la salvación de las almas. Así que, con facilidad, sin dar un decreto y sin coacción, logró que los Alfaquíes, dispuestos en aquella época a hacer todo tipo de favores, sacasen a la calle los ejemplares del Corán, es decir, el libro más importante de su superstición, y todos los libros de la impiedad mahometana, de cualquier autor y calidad que fuesen. Se reunieron cerca de cinco mil volúmenes, adornados con los palos de enrollar; los cuales eran también de plata y oro, sin contar su admirable labor artística. Estos volúmenes cautivaban ojos y ánimos de los espectadores. Pidieron a Jiménez que les regalase muchos de ellos; pero a nadie se le concedió nada. En una hoguera pública fueron quemados todos los volúmenes juntos, a excepción de algunos libros de Medicina, a la que aquella raza fue siempre y con gran provecho muy aficionada. Tales libros, librados de la quema por el mérito de arte tan saludable, se conservan actualmente en la Biblioteca de Alcalá. Hasta este momento había marchado realmente sobre ruedas el programa de nuestro Obispo.(30)

Quema de manuscritos
Quema de manuscritos

Otros añadieron después otros datos, aprovechando muy posiblemente fuentes hoy perdidas.(31) El biógrafo Alcolea, por ejemplo, especifica que algunas encuadernaciones estaban adornadas con perlas.(32) Todavía otros intepretan las palabras de Vallejo y Gómez de Castro, señalando las características artísticas de estos manuscritos que cautivaron ojos y ánimos: «códices con deliciosas iluminaciones…hojas perfumadas.»(33) Ensalzadores de Cisneros (protagonista en el siglo XVII, como la reina Isabel en el XX, de una fracasada campaña de canonización) han aumentado imaginativamente el número de manuscritos quemados a figuras imposibles, pero bastan los «cuatro o cinco mil,» cantidad, dicho sea de paso, imposible de reunir en ninguna ciudad castellana. Nadie ha negado que se quemó un mínimo de 4.000 códices y rollos, grandes y pequeños, que cautivaron los ojos y ánimos de los espectadores.(34)



Sobre el contenido de la hoguera estamos en terreno más difícil. Naturalmente se quemaron Coranes y obras religiosas, una terrible ofensa a los musulmanes.(35) Pero no sólo destruyó Cisneros Coranes, algunos valiosos artísticamente, sino también «todos los otros libros particulares,» «todos los libros de la impiedad mahometana, de cualquier autor y calidad que fuesen.» No es difícil entender cómo la poesía, que habría incluido poesía mística (sufí),(36) se quemara por considerarse parte de la impiedad mahometana. Tampoco se salvarían las obras históricas, siendo los reyes, en la civilización musulmana, figuras religiosas y representantes de Allah.(37) La andaluza fue una civilización escritora y lectora, conocida entusiasta de la poesía y de las memorias e historias.(38) Consta la excelencia de la cultura granadina hasta casi el momento de la conquista.(39) La desaparición casi total de su literatura del siglo XV sugiere que contribuyó generosamente a la hoguera.(40) Los libros que Cisneros no quemó–los de medicina–son los que están relativamente bien conservados.(41)

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