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La diosa de la fortuna en Babilonia

Si un hombre tiene suerte, es imposible predecir el tamaño de su riqueza. Si lo lanzan al Éufrates, saldrá con una perla en la mano.

Todas las personas desean tener suerte, y ese deseo existía tanto en el corazón de los individuos de hace cuatro mil años como en los de nuestros días. Todos esperamos la gracia de la caprichosa diosa de la fortuna. ¿Existe alguna manera de poder obtener no sólo su atención, sino también su generosidad? ¿Hay algún modo de atraer la suerte?

Esto es precisamente lo que los habitantes de la antigua Babilonia querían saber y lo que decidieron descubrir. Eran clarividentes y grandes pensadores. Esto explica que su ciudad se convirtiera en la más rica y poderosa de su tiempo.

En aquella lejana época no existían las escuelas. Sin embargo, sí que había un centro de aprendizaje muy práctico. Entre los edificios rodeados de torres de Babilonia; este centro tenía tanta importancia como el palacio los jardines colgantes y los templos de los dioses. Ustedes constatarán que en los libros de historia este lugar aparece muy poco, probablemente nada, a pesar de que ejerciera una gran influencia en el pensamiento de aquel entonces.

Este edificio era el Templo del Conocimiento. En él, profesores voluntarios explicaban la sabiduría del pasado y se discutían asuntos de interés popular en asamblea abierta. En su interior, todos los hombres eran iguales. El esclavo más insignificante podía rebatir impunemente las opiniones del príncipe del palacio real.

Uno de los hombres que frecuentaban el Templo del Conocimiento era Arkad, hombre sabio y opulento del que se decía que era el más rico de Babilonia. Existía una sala especial en la que se reunían, casi todas las tardes, un gran número de hombres, unos viejos y otros jóvenes, pero la mayoría de edad madura, y discutían sobre temas interesantes. Podríamos escuchar lo que decían para verificar si sabían cómo atraer la suerte…

El sol acababa de ponerse, semejante a una gran bola de fuego brillante a través de la bruma del desierto polvoriento, cuando Arkad se dirigió hacia su estrado habitual. Unos cuarenta hombres esperaban su llegada, tumbados en pequeñas alfombras colocadas sobre el suelo. Otros llegaban en ese momento.

-¿De qué vamos a hablar esta tarde? preguntó Arkad.

Tras una breve indecisión, un hombre alto, un tejedor, se levantó, como era costumbre, y le dirigió la palabra.

-Me gustaría escuchar algunas opiniones sobre un asunto; sin embargo, no sé si formularlo porque temo que os pueda parecer ridículo, y a vosotros también, mis queridos amigos -apremiado por Arkad y los demás, continuó-. Hoy he tenido suerte, ya que he encontrado una bolsa que contenía unas monedas de oro. Me gustaría mucho seguir teniendo suerte y como creo que todos los hombres comparten conmigo este deseo, sugiero que hablemos ahora sobre cómo atraer la suerte para que, de ese modo, podamos descubrir las formas que podemos ,emplear para seducirla.

Un tema realmente interesante –comentó Arkad-. Un tema muy válido. Para algunos, la suerte sólo llega por casualidad, como un accidente, y puede caer sobre alguien por azar. Otros creen que la creadora de la buena suerte es la benévola diosa Ishtar, siempre deseosa de recompensar a sus elegidos por medio de generosos presentes. ¿Qué decís vosotros, amigos? ¿Debemos intentar descubrir los medios de atraer la suerte y que seamos nosotros los afortunados?

-¡Sí, sí! Y todas las veces que sea necesario –dijeron los oyentes impacientes, que cada vez eran más numerosos.

-Para empezar -prosiguió Arkad-, escuchemos a todos los que se encuentren aquí que hayan tenido experiencias parecidas a la del tejedor, que hayan encontrado o recibido, sin esfuerzo por su parte, valiosos tesoros o joyas.

Durante un momento de silencio, todos se miraron, esperando que alguien respondiera, pero nadie lo hizo.

-¡Qué! ¿Nadie? -dijo Arkad-. Entonces debe de ser realmente raro tener esa suerte. ¿Quién quiere hacer una sugerencia sobre cómo continuar con nuestra investigación?

-Yo contestó un hombre joven y bien vestido mientras se levantaba-. Cuando un hombre habla de suerte, ¿no es normal que piense en las salas de juego? ¿No es precisamente en esos lugares donde encontramos a hombres que pretenden los favores de la diosa y esperan que los bendiga para recibir grandes sumas de dinero?

-No pares -gritó alguien al ver que el joven volvía a sentarse-. Sigue con tu historia. Dinos si la diosa te ha ayudado en las salas de juego. ¿Ha hecho que en los dados aparezca el rojo para que llenes tu bolsa, o ha permitido que salga la cara azul para que el crupier recoja tus monedas que tanto te ha costado ganar?

No me importa admitir que ella no pareció darse cuenta de que yo estaba allí -contestó el joven sumándose a las risas de los demás-. ¿Y vos? ¿La encontrasteis esperando para hacer que los dados rodasen a vuestro favor? Estamos deseosos de escuchar y de aprender.

-Un buen principio -interrumpió Arkad-. Estamos aquí para examinar todos los aspectos de cada cuestión. Ignorar las salas de juego sería como olvidar un instinto común en casi todos los hombres: la tentación de arriesgar una pequeña cantidad de dinero esperando conseguir mucho.

-Eso me recuerda las carreras de caballos de ayer -gritó uno de los asistentes-. Si la diosa frecuenta las salas de juego, seguramente no dejará de lado las carreras, con esos carros dorados y caballos espumadores. Es un gran espectáculo. Decidnos sinceramente, Arkad, ¿ayer la diosa no os murmuró que apostarais a los caballos grises de Nínive? Yo estaba justo detrás de vos, y no daba crédito a mis oídos cuando os escuché apostar a los grises. Sabéis tan bien como nosotros que no existe ningún tronco en toda Asiria capaz de llegar antes a la meta que nuestras queridas yeguas en una carrera honesta.
¿Acaso la diosa os dijo al oído que apostarais a los grises porque en la última curva el caballo negro del interior tropezaría y, de ese modo, molestaría a nuestras yeguas y provocaría que los grises ganaran la carrera y consiguieran una victoria que no habían merecido?

Arkad sonrió con indulgencia.

-¿Por qué pensamos que la diosa de la fortuna se interesaría por la apuesta de cualquiera en una carrera de caballos? Yo la veo como una diosa de amor y de dignidad a la que le gusta ayudar a los necesitados y recompensar a los que lo merecen. No la busco en las salas de juego ni en las carreras donde se pierde más oro del que se gana, sino en otros lugares donde las acciones de los hombres son más valerosas y merecen recibir una recompensa.

Al cultivador, al honrado comerciante, a los hombres de cualquier ocupación se les presentan ocasiones para sacar provecho tras el esfuerzo y las transacciones realizadas. Quizás el hombre no siempre reciba una recompensa, porque su juicio no sea el más adecuado o porque el tiempo y el viento a veces hacen fracasar los esfuerzos. Pero si es persistente, normalmente puede esperar realizar un beneficio, pues tendrá mayores posibilidades de que el beneficio vaya hacia él.

Pero si un hombre arriesga en el juego –continuó Arkad-ocurre exactamente al revés, porque las posibilidades de ganar siempre favorecen al propietario del lugar. El juego está hecho para que el propietario que explota el negocio consiga beneficios. Es su comercio y prevé realizar grandes beneficios de las monedas que tuestan los jugadores. Pocos jugadores son conscientes de que sus posibilidades son inciertas, mientras que los beneficios del propietario están garantizados.

Examinemos, por ejemplo, las apuestas a los dados. Cuando se lanzan, siempre apostamos sobre la caza que quedará a la vista. Si es la roja, el jefe de mesa nos paga cuatro veces lo que hemos apostado, pero si aparece una de las otras cinco caras, perdemos nuestra apuesta. Por lo tanto, los cálculos demuestran que por cada dado lanzado, tenemos cinco posibilidades de perder, pero, como el rojo paga cuatro por uno, tenemos cuatro posibilidades de ganar. En una noche, el jefe de mesa puede esperar guardar una moneda de cada cinco apostadas. ¿Se puede esperar ganar de otra forma que no sea ocasional cuando las posibilidades están organizadas para que el jugador pierda la quinta parte de lo que juega?

-Pero a veces hay hombres que ganan grandes sumas -dijo de forma espontánea uno de los asistentes.

-Es cierto, eso ocurre -continuó Arkad-. Me doy cuenta de ello, y me pregunto si el dinero que se gana de este modo aporta beneficios permanentes a los que la fortuna les sonríe de esta manera. Conozco a muchos hombres de Babilonia que han triunfado en los negocios, pero soy incapaz de nombrar a uno sólo que haya triunfado recurriendo a esa fuente.

Vosotros que esta tarde estáis reunidos aquí conocéis a muchos ciudadanos ricos. Sería interesante saber cuántos han conseguido su fortuna en las salas de juego. ¿Qué os parece si cada uno dice lo que sabe?

Se hizo un largo silencio.

-¿Se incluye a los dueños de las casas de juego? -aventuró uno de los presentes.

-Si no podéis pensar en nadie más -respondió Arkad-, si no se os ocurre ningún nombre, ¿por qué no habláis de vosotros mismos? ¿Hay alguno entre vosotros que gane regularmente en las apuestas y dude en aconsejar esta fuente de beneficios?

Entre las risas, se oyó que en la parte de atrás unos refunfuñaban.

-Parece que nosotros no buscamos la suerte en estos lugares cuando la diosa los frecuenta -continuó- . Entonces exploremos otros lugares. Tampoco hemos encontrada sacos de monedas perdidos ni hemos visto la diosa en las salas de juego. En cuanto a las carreras, debo confesaros que he perdido mucho más dinero del que he ganado.

Ahora, analicemos detalladamente nuestras profesiones y nuestros negocios. ¿Acaso no es normal que cuando hacemos un buen negocio, no lo consideramos como algo fortuito, sino como la justa recompensa a nuestros esfuerzos? A veces pienso que ignoramos los presentes de la diosa. Quizá nos ayuda cuando no apreciamos su generosidad. ¿Quién puede hablar del tema?

Dicho esto, un comerciante entrado en años se levantó alisando sus blancas vestimentas.

-Con vuestro permiso, honorable Arkad y mis queridos amigos, quiero haceros una sugerencia. Si, como habéis dicho, nosotros atribuimos nuestros éxitos profesionales a nuestra habilidad, a nuestra propia aplicación, ¿por qué no considerar los éxitos que casi hemos tenido, pero que se nos han escapado, como eventos que habrían sido muy provechosos? Habrían sido raros ejemplos de fortuna si se hubieran realizado. No podemos considerarlos como recompensas justas, porque no se han cumplido. Probablemente aquí hay hombres que pueden contar este tipo de experiencias.

-Esta es una reflexión sabia -comentó Arkad-. ¿Quién de entre vosotros ha tenido la fortuna al alcance de la mano y la ha visto esfumarse de inmediato? Se alzaron varias manos; entre ellas, la del comerciante.  Arkad le hizo un ademán para que hablara.

-Ya que has sido tú el que has sugerido esta discusión, nos gustaría escucharte a ti en primer lugar.

-Con gusto os contaré un hecho que he vivido y que servirá de ilustración para demostrar hasta qué punto la suerte puede acercarse a un hombre y cómo éste puede dejar que se le escape de las manos
a pesar suyo.

Hace varios años, cuando era joven, recién casado y empezaba a ganarme bien la vida, mi padre vino a verme y me indicó que tenía que hacer una inversión urgentemente. El hijo de uno de sus buenos amigos había descubierto una zona de tierra árida no lejos de las murallas de nuestra ciudad. Estaba situada sobre el canal donde el agua no llegaba.

El hijo del amigo de mi padre ideó un plan para comprar esta tierra y construir en ella tres grandes ruedas que, accionadas por unos bueyes, consiguieran traer agua y dar vida al suelo infértil. Una vez realizado esto, planificó dividir la tierra y vender las partes a los ciudadanos para hacer jardines.

El hijo del amigo de mi padre no poseía suficiente oro para llevar a cabo tal empresa. Era un hombre joven que ganaba un buen sueldo, como yo. Su padre, como el mío, era un hombre que dirigía una gran familia y con pocos medios. Por eso, decidió que un grupo de hombres se  interesarìan por su empresa. El grupo debía estar formado por doce personas con buenas ganancias y que decidieran invertir la décima parte de sus beneficios en el negocio hasta que la tierra estuviera lista para su venta. Entonces, todos compartirían de forma equitativa los beneficios según la inversión que hubieran realizado.

-Hijo mío -me dijo mi padre-, ahora eres un hombre joven. Deseo profundamente que empieces a hacer adquisiciones que te permitan un cierto bienestar y el respeto de los demás. Deseo que puedas sacar provecho de mis errores pasados.

-Eso me gustaría mucho, padre contesté.

-Entonces te aconsejo lo siguiente: haz lo que yo hubiera tenido que hacer a tu edad. Guarda la décima parte de tus beneficios para hacer inversiones. Con la décima parte de tus beneficios y lo que te proporcionarán, podrás, antes de tener mi edad, acumular una gran suma.

-Padre, usted habla con sabiduría. Deseo fervientemente poseer riquezas, pero gasto mis ganancias en muchas cosas y no sé si hacer lo que me aconseja. Soy joven. Me queda mucho tiempo.

-Yo pensaba del mismo modo a tu edad, pero ahora han pasado varios años y todavía no he empezado a acumular bienes.

-Vivimos en una época diferente, padre. No cometeré los mismos errores que usted.

-Se te presenta una oportunidad única, hijo mío. Es una oportunidad que puede hacerte rico. Te lo suplico, no tardes. Ve a ver mañana al hijo de mi amigo y cierra con él el trato de invertir en ese negocio el diez por ciento de lo que ganas. Ve sin dilación antes de que pierdas esta oportunidad que hoy tienes a tu alcance y pronto desaparecerá. No esperes.

A pesar de la opinión de mi padre, dudé. Los mercaderes del Este acababan de traer ropa de tal riqueza y belleza que mi mujer y yo ya habíamos decidido que compraríamos al menos una pieza para cada uno. Si hubiera aceptado invertir la décima parte de mis ganancias en esa empresa, hubiéramos tenido que privarnos de esas vestimentas y de otros placeres que deseábamos. No quise pronunciarme hasta que fuera demasiado tarde; fue una mala idea. La empresa resultó más fructífera de lo que se hubiera podido predecir. Esta es mi historia y muestra cómo permití que la fortuna se me escapara.

-En esta historia vemos que la suerte espera y llega al hombre que aprovecha la oportunidad – comentó un hombre del desierto de tez morena-. Siempre tiene que haber un primer momento en el que se adquieren bienes. Puede ser unas monedas de oro o de plata que un hombre consigue de sus ganancias por su primera inversión. Yo mismo poseo varios rebaños. Empecé a adquirir animales cuando era un niño, cambiando un joven ternero por una moneda de plata. Este gesto, que simbolizaba el principio de mi riqueza, adquirió gran importancia para mí. Toda la suerte que un hombre necesita debe confluir en la primera adquisición de bienes. Para todos los hombres, este primer paso es el más importante, porque hace que los individuos que ganan su dinero a partir de su propia labor pasen a ser hombres que consiguen dividendos de su oro. Por suerte, algunos hombres aprovechan la ocasión cuando son jóvenes y, de ese modo, tienen más éxito financiero que los que aprovechan la oportunidad más tarde o que los hombres desafortunados, como el padre de este comerciante, que no la consiguen nunca.

Si nuestro amigo comerciante hubiera dado este primer paso de joven, cuando se le presentó la ocasión, ahora poseería grandes riquezas. Si la suerte de nuestro amigo tejedor le hubiera determinado a dar ese paso por aquel entonces, probablemente ese hubiera sido el primer paso de una suerte mayor. –

-A mí también me gustaría hablar -dijo un extranjero levantándose-. Soy sirio. No hablo muy bien vuestro idioma. Me gustaría calificar de algún modo a este amigo, el comerciante. Quizá penséis que no soy educado, ya que deseo llamarlo de ese modo. Pero, desgraciadamente, no conozco cómo se dice en vuestro idioma y si lo digo en sirio, no me entenderéis. Entonces, decidme, por favor, ¿cómo
calificáis a un hombre que tarda en cumplir las cosas que le convienen?

-Contemporizador -gritó uno de los asistentes.

-Eso es -afirmó el sirio, mientras agitaba las manos visiblemente excitado-. No acepta la ocasión cuando se presenta. Espera. Dice que está muy ocupado. Hasta la próxima, ya te volveré a ver… La ocasión no espera a la gente tan lenta, ya que piensa que si un hombre desea tener suerte, reaccionará con rapidez. Los hombres que no reaccionan con celeridad cuando se presenta la ocasión son grandes contemporizadores, como nuestro amigo comerciante.

El comerciante se levantó y saludó con naturalidad como contestación a las risas.

-Te admiro, extranjero. Entras en nuestro centro y no dudas en decir la verdad.

Y ahora escuchemos otra historia. ¿Quién tiene otra experiencia que contar? -preguntó Arkad.

-Yo tengo una contestó un hombre de mediana edad, vestido con una túnica roja-. Soy comprador de animales, sobre todo de camellos y caballos. Algunas veces, compro también ovejas y cabras. La historia que voy a contaros muestra cómo la fortuna vino en el momento que menos la esperaba. Quizá sea por eso que la dejé escapar. Podréis sacar vuestras propias conclusiones cuando os lo cuente.

Al volver a la ciudad una tarde, tras un viaje agotador de diez días en busca de camellos, me molestó mucho encontrar las puertas de la ciudad cerradas a cal y canto. Mientras mis esclavos montaban nuestra tienda para pasar la noche que preveíamos escasa en comida y agua, un viejo granjero que, como nosotros, se encontraba retenido en el exterior se acercó.

Honorable señor, dijo al dirigirse a mí, parecéis un comprador de ganado. Si es así, me gustaría venderos el excelente rebaño de ovejas que traemos. Por desgracia, mi mujer está muy enferma, tiene fiebre y tengo que volver rápidamente a mi hogar. Si me compráis las ovejas, mis esclavos y yo podremos hacer el viaje de vuelta sobre los camellos sin perder más tiempo.

Estaba tan oscuro que no podía ver su rebaño, pero por los balidos supe que era grande. Estaba contento de hacer un negocio con él, ya que había perdido diez días buscando camellos que no había podido encontrar. Me pidió un precio muy razonable porque estaba ansioso. Acepté, pues sabía que mis esclavos podrían franquear las puertas de la ciudad con el rebaño por la mañana, venderlo, y conseguir buenos beneficios.

Una vez cerrado el trato, llamé a mis esclavos y les ordené que trajeran antorchas para poder ver el rebaño que, según el granjero estaba compuesto de novecientas ovejas. No quiero aburriros describiendo las dificultades que tuvimos para intentar contar a unas ovejas tan sedientas, cansadas y agitadas. La tarea parecía imposible. Entonces, informé al granjero que las contaría a la luz del día y le pagaría en ese momento.

“Por favor, honorable señor, rogó el granjero. Pagadme sólo las dos terceras partes del precio esta noche, para que pueda ponerme en marcha. Dejaré a mi esclavo más inteligente e instruido para que os ayude a contar las ovejas por la mañana. Es de fiar, os podrá pagar el saldo.”

Pero yo era testarudo y rechacé efectuar el pago esa noche. A la mañana siguiente, antes de que me despertara, las puertas de la ciudad se abrieron y cuatro compradores de rebaños se lanzaron a la búsqueda de ovejas. Estaban impacientes y aceptaron de buen grado pagar el elevado precio porque la ciudad estaba sitiada y escaseaba la comida. El viejo granjero recibió casi el triple del precio que a mí me había ofrecido por su ganado. Era una rara oportunidad que dejé escapar.

-Esta es una historia extraordinaria –comentó Arkad-. ¿Qué os sugiere?

-Que hay que pagar inmediatamente cuando estamos convencidos de que nuestro negocio es bueno – sugirió un venerable fabricante de sillas de montar-. Si el negocio es bueno, tenéis que protegeros tanto de vuestra propia debilidad como de cualquier hombre. Nosotros, mortales, somos cambiantes. Y, por desgracia, solemos cambiar de idea con mayor facilidad cuando tenemos razón que cuando nos equivocamos, que es sin duda cuando más testarudos nos mostramos. Cuando tenemos razón, tendemos a vacilar y a dejar que la ocasión se escape. Mi primera idea siempre es la mejor. Sin embargo, siempre me cuesta forzarme a hacer deprisa y corriendo un negocio una vez que lo he decidido. Entonces, para protegerme de mi propia debilidad, doy un depósito al instante. Esto me impide que más tarde me arrepienta de haber dejado escapar buenas ocasiones.

-Gracias. Me gustaría volver a hablar -el sirio estaba otra vez de pie-. Estas historias se parecen. Todas las veces la suerte se va por la misma razón. Todas las veces, trae al contemporizador un plan bueno. En todas las ocasiones, dudan y no dicen: Es una buena ocasión, hay que reaccionar con rapidez. ¿Cómo pueden tener éxito de este modo?

-Tus palabras son sabias, amigo -respondió el comprador-. La suerte se ha alejado del contemporizador en las dos ocasiones. Pero eso no es nada extraordinario. Todos los hombres tienen la manía de dejar las cosas para más tarde. Deseamos riquezas, pero ¿cuántas veces, cuando se presenta la ocasión, esa manía de contemporizar nos incita a retrasar nuestra decisión? Al ceder a esa manía, nos convertimos en nuestro peor enemigo.

Cuando era más joven, no conocía esa palabra que tanto le gusta a nuestro amigo de Siria. Al principio, pensaba que se perdían negocios ventajosos por falta de juicio. Más tarde, creí que era una cuestión de cabezonería. Finalmente, he reconocido de qué se trata: una costumbre de retrasar inútilmente la rápida decisión, una acción necesaria y decisiva. Realmente detesté esta costumbre cuando descubrí su verdadero carácter. Con la amargura de un asno salvaje atado a un carro, he cortado las ataduras de esta costumbre y he trabajado para tener éxito.

-Gracias. Me gustaría hacer una pregunta al comerciante dijo el sirio-. Su vestimenta no es la de un pobre. Habla como un hombre que tiene éxito. Decidnos, ¿sucumbís ante la manía de contemporizar?

-Al igual que nuestro amigo comprador, yo también he reconocido y conquistado la costumbre de contemporizar -respondió el comerciante-. Para mí, ha resultado un enemigo temible, al acecho y que esperaba el momento propicio para contrariar mis realizaciones.

La historia que he narrado es tan sólo uno de los abundantes ejemplos que podría contar para mostraros cómo he desaprovechado
buenas ocasiones. El enemigo se puede controlar fácilmente una vez se le reconoce. Ningún hombre permite de forma voluntaria que un ladrón le robe sus reservas de grano. Como tampoco ningún hombre permite de buen grado que un enemigo le robe la clientela para su propio beneficio. Cuando un día comprendí que la contemporización era mi peor enemigo, la vencí con determinación. De este modo, todos los hombres deben dominar su tendencia a contemporizar antes de poder pensar en compartir los ricos tesoros de Babilonia.

¿Qué opina usted, Arkad? Usted es el hombre más rico de Babilonia y muchos sostienen que también es el más afortunado. ¿Está de acuerdo conmigo en que ningún hombre puede conseguir un éxito completo mientras no haya liquidado por completo su manía de contemporizar?.

Eso es cierto -admitió Arkad-. Durante mi larga vida, he conocido a hombres que han recorrido las largas avenidas de la ciencia y de los conocimientos que llevan el éxito en la vida. A todos se les han presentado buenas ocasiones. Algunos las aprovecharon de inmediato y pudieron, de este modo, satisfacer sus más profundos deseas; pero muchos dudaron y se echaron atrás.

Arkad se giró hacia el tejedor. -Ya que has sido tú el que nos has sugerido un debate sobre la suerte, dinos lo que opinas a ese respecto.

Veo la suerte bajo un nuevo prisma. Creía que era algo deseable que pudiera llegar a cualquier hombre sin que éste realizara esfuerzo alguno. Ahora, soy consciente de que no se trata de un acontecimiento que uno puede provocar. He aprendido, gracias a nuestra discusión, que para atraer la suerte, es preciso aprovechar de inmediato las ocasiones que se presentan. Por eso, en el futuro, me esforzaré en sacar el máximo partido posible de las ocasiones que se me presenten.

-Has entendido muy bien las verdades a las que hemos llegado con nuestra discusión -respondió Arkad-. La suerte toma a menudo la forma de una oportunidad, pero pocas veces nos viene de otro modo. Nuestro amigo comerciante habría tenido mucha suerte si hubiera aceptado la ocasión que la diosa le brindaba. Nuestro amigo comprador, también habría podido aprovechar su suerte si hubiera completado la compra del rebaño y lo habría vendido consiguiendo un gran beneficio.

Hemos seguido con esta discusión para descubrir los medios necesarios para que la suerte nos sonría. Creo que vamos bien encaminados. En las dos historias hemos visto cómo la suerte toma la
forma de una oportunidad. De todo esto se desprende la verdad, verdad que por muchas historias parecidas que contáramos no cambiaría: la suerte puede sonreíros si aprovecháis las ocasiones que
se presentan. Los que están impacientes por aprovechar las ocasiones que se les presentan para sacarles el máximo provecho posible atraen la atención de la buena diosa. Siempre se apresura en ayudar a los que son de su agrado. Le gustan sobre todo los hombres de acción. La acción te conducirá hacia el éxito que deseas. A los hombres de acción les sonríe la diosa de la fortuna.

Por G.S. Clason

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Las siete maneras de llenar una bolsa vacía – Parte 2

Las siete maneras de llenar una bolsa vacía – Parte 1

La tercera manera:
Haced que vuestro oro fructifique.

-Supongamos que habéis acumulado una gran fortuna. Que os habéis disciplinado para reservar una décima parte de vuestras ganancias y que habéis controlado vuestros gastos para proteger vuestro tesoro creciente.

Ahora veremos el modo de hacer que vuestro tesoro aumente. El oro guardado dentro de una bolsa contenta al que lo posee y satisface el alma del avaro pero no produce nada. La parte de nuestras ganancias que conservéis no es más que el principio y lo que nos produzca después: es lo que amasará nuestras fortunas.

Así habló Arkad a su clase el tercer día.

¿Cómo podemos hacer que nuestro oro trabaje?, La primera vez que invertí dinero, tuve mala suerte porque lo perdí todo. Luego os lo contaré. La primera inversión provechosa que realicé fue un préstamo que hice a un hombre llamado Agar, un fabricante de escudos. Una vez al año compraba pesados cargamentos de bronce importados de mares lejanos y que luego utilizaba para fabricar armas. Como carecía de capital suficiente para pagar a los mercaderes, lo pedía a los que les sobraba dinero. Era un hombre honrado. Devolvía los préstamos con intereses cuando vendía los escudos.

Cada vez que le prestaba dinero, también le prestaba el interés que me había pagado. Entonces, no sólo aumentaba el capital sino que también los intereses. Me satisfacía mucho ver cómo estas cantidades volvían a mi bolsa.

Queridos estudiantes, os digo que la riqueza de un hombre no está en las monedas que transporta en la bolsa sino en la fortuna que amasa, el arroyo que fluye continuamente y la va alimentando. Es lo que todo hombre desea. Lo que cualquiera de vosotros desea: una fuente de ingresos que siga produciendo, estéis trabajando o de viaje.

He adquirido una gran fortuna, tan grande que se dice que soy muy rico. Los préstamos que le hice a Agar fueron mi primera experiencia en el arte de invertir de forma beneficiosa. Después de esta buena experiencia, aumenté mis préstamos e inversiones a medida que aumentaba mi capital. Cada vez había más fuentes que alimentaban el manantial de oro que fluía hacia mi bolsa y que podía utilizar sabiamente como quisiera.

Y he aquí que mis humildes ganancias habían engendrado un montón de esclavos que trabajaban y ganaban más oro. Trabajaban para mí igual que sus hijos y los hijos de sus hijos, hasta que, gracias a sus enormes esfuerzos reuní una fortuna considerable.

El oro se amasa rápidamente cuando produce unos ingresos importantes como observaréis en la siguiente historia: un granjero llevó diez monedas de oro a un prestamista cuando nació su primer hijo y le pidió que las prestara hasta que el hijo tuviera veinte años. El prestamista hizo lo que se le pedía y permitió un interés igual a un cuarto de la cantidad cada cuatro años. El granjero le pidió que añadiera el interés al capital porque había reservado el dinero enteramente para su hijo.

Cuando el chico cumplió veinte años, el granjero acudió a casa del prestamista para preguntar sobre el dinero. El prestamista le explicó que las diez monedas de oro ahora tenían un valor de treinta y una monedas porque gracias al interés que se ganaba sobre los intereses anteriores, la cantidad de partida se había acrecentado.

El granjero estaba muy contento y como su hijo no necesitaba el dinero, lo dejó al prestamista.

Cuando el hijo tuvo cincuenta años y el padre ya había muerto, el prestamista devolvió al hijo ciento sesenta y siete monedas.

Es decir que, en cincuenta años, el dinero se había multiplicado aproximadamente por diecisiete.

Esta es la tercera manera de llenar la bolsa: hacer producir cada moneda para que se parezca a la imagen de los rebaños en el campo y para que ayude a hacer de estos ingresos el manantial de la riqueza que alimenta constantemente vuestra fortuna.

La cuarta manera:
Proteged vuestros tesoros de cualquier pérdida

La mala suerte es un círculo brillante. El oro que contiene una bolsa debe guardarse herméticamente. Si no, desaparece. Es bueno guardar en lugar seguro las sumas pequeñas y aprender a protegerlas antes que los dioses nos confíen las más grandes.

Así habló Arkad a su clase el cuarto día.

Quien posea oro se verá tentado en muchas ocasiones de invertir en cualquier proyecto atractivo. A veces los amigos o familiares impacientes estarán ansiosos de ganar mucho dinero y participar de las inversiones y nos urgen a hacerlo.

El primer principio de la inversión consiste en asegurar vuestro capital. ¿Acaso es razonable cegarse por las grandes ganancias si se corre el riesgo de perder el capital?, Yo diría que no.

El castigo por correr este riesgo es una posible pérdida. Estudiad minuciosamente la situación antes de la separación de vuestro tesoro; cercioraos de que podréis reclamarlo con toda seguridad. No os dejéis arrastrar por los deseos románticos de hacer fortuna rápidamente.

Antes de prestar vuestro oro a cualquiera, aseguraos de que el deudor os podrá devolver el dinero y de que goza de buena reputación. No le hagáis, sin saberlo, un regalo: el tesoro que tanto os ha costado reunir.

Antes de invertir vuestro dinero en cualquier terreno, sed conscientes de los peligros que pueden presentarse.

Mi primera inversión, en aquel momento, fue una tragedia para mí. Confié mis ahorros de un año a un fabricante de ladrillos que se llamaba Azmur, que viajaba por los mares lejanos y por Tiro, y que aceptó comprarme unas extrañas joyas fenicias. Solamente teníamos que vender esas joyas a su vuelta y repartirnos los beneficios para hacer fortuna. Los fenicios eran unos canallas y vendieron piezas de vidrio coloreado. Perdí mi tesoro. Hoy, la experiencia impediría que confiara la compra de joyas a un fabricante de ladrillos.

Así que os aconsejo, con conocimiento y experiencia que no confiéis demasiado en vuestra inteligencia y no expongáis vuestros tesoros a posibles trampas de inversión. Es mejor hacer caso a los expertos las cosas que ustedes quieren hacer para que su dinero produzca. Estos consejos son gratuitos y pueden adquirir rápidamente el mismo valor en oro que la cantidad que se quería invertir. En realidad, este es el valor real si así os salva de las pérdidas.

Esta es la cuarta manera de incrementar vuestra bolsa y es de gran importancia si así evita que se vacíe una vez llena. Proteged vuestro tesoro contra las pérdidas e invertid solamente donde vuestro capital esté seguro o donde podáis reclamarlo cuando así lo deseéis y nunca dejéis de recibir el interés que os conviene. Consultad a los hombres sabios. Pedid consejo a aquellos que tienen experiencia en la gestión rentable de los negocios. Dejad que su sabiduría proteja vuestro tesoro de inversiones dudosas.

La quinta manera:
Haced que vuestra propiedad sea una inversión rentable

-Si un hombre reserva una novena parte de las ganancias que le permiten vivir y disfrutar de la vida y si una de estas nueve partes puede convertirse en una inversión rentable sin perjudicarle, entonces sus tesoros crecerán con mayor rapidez. Así habló Arkad a su clase en la quinta lección.

Demasiados babilonios educan a su familia en barrios de mala reputación. Los propietarios son muy exigentes y cobran unos alquileres muy altos por las habitaciones. Las mujeres no tienen espacio para cultivar las flores que alegran su corazón y el único lugar donde los hijos pueden jugar es en los sucios senderos.

La familia de un hombre no puede disfrutar plenamente de la vida a no ser que posea un terreno, que los niños puedan jugar en el campo o que la mujer pueda cultivar además de flores, sabrosas hierbas para perfumar la comida de su familia.

El corazón del hombre se llena de alegría si puede comer higos de sus árboles y racimos de uvas de sus viñas. Si posee una casa en un barrio que lo enorgullezca, ello le infunde confianza y le anima a terminar todas sus tareas. También recomiendo que todos los hombres tengan un techo que lo proteja tanto a él como a los suyos.

Cualquier hombre bienintencionado puede poseer una casa. ¿Acaso nuestro rey no ha ensanchado las murallas de Babilonia para que pudiéramos comprar por una cantidad razonable muchas tierras inservibles?

Queridos estudiantes, os digo que los prestamistas tienen en muy buen concepto a los hombres que buscan casa y tierras para su familia. Podéis pedir dinero prestado sin dilación si es con el fin loable
de pagar al fabricante de ladrillos o al carpintero, en la medida en que dispongáis de buena parte de la cantidad necesaria.

Después, cuando hayáis construido la casa, podréis pagar al prestamista regularmente igual que hacéis con el propietario. En unos cuantos años habréis devuelto el préstamo porque cada pago que efectuéis reducirá la deuda del prestamista.

Y os alegraréis, tendréis una propiedad en todo derecho y el único pago que realizaréis será el de los impuestos reales.

Y vuestra buena mujer irá al río con más frecuencia para lavar vuestras ropas y cada vez os traerá una piel de cabra llena de agua para regar las plantas.

Y el hombre que posea casa propia será bendecido. El coste de su vida se reducirá mucho y hará que pueda destinar gran parte de sus ganancias a los placeres y a satisfacer sus deseos. Ésta es la quinta manera de llenarse la bolsa: poseer una casa propia.

La sexta manera:
Asegurar ingresos para el futuro

-La vida de cada hombre va de la infancia a la vejez. Este es el camino de la vida y ningún hombre puede desviarse a menos que los dioses lo llamen prematuramente al más allá. Por este motivo declaro: El hombre es quien debe prever unos ingresos adecuados para su vejez y quien debe preparar a su familia para el tiempo en que ya no esté con ellos para reconfortarlos y satisfacer sus necesidades. Esta lección os enseñará a llenar la bolsa en los momentos en que ya no sea tan fácil para vosotros aprender.

Así se dirigió Arkad a su clase el sexto día.

El hombre que comprende las leyes de la riqueza y de este modo obtiene un excedente cada vez mayor, debería pensar en su futuro próximo. Debería planificar algunos ingresos o ahorrar un dinero que le dure muchos años y del que pueda disponer cuando sea el momento.

Hay distintas formas para que un hombre se procure lo necesario para su futuro. Puede buscar un escondrijo y enterrar un tesoro secreto. Pero aunque lo oculte muy hábilmente, este dinero puede convertirse en el botín de los mirones. Por este motivo, no lo recomiendo.

Un hombre puede comprar casas y tierras con este fin. Si las escoge juiciosamente en función de su utilidad y de su valor futuro, tendrán un valor que se acrecentará y sus beneficios y su venta le recompensarán según los objetivos que se haya fijado.

Un hombre puede prestar una pequeña suma de dinero al prestamista y aumentarla a intervalos regulares. Los intereses que el prestamista añada contribuirán ampliamente a aumentar el capital.

Conozco a un fabricante de sandalias llamado Ausan que me explicó, no hace mucho tiempo, que cada semana, durante ocho años, llevó al prestamista dos monedas. El prestamista le acaba de entregar un estado de cuentas que le ha alegrado mucho. El total de su depósito junto con el interés a una tasa actual de un cuarto de su valor cada cuatro años, le ha producido cuarenta monedas.

Le he animado a continuar, demostrándole gracias a mis conocimientos matemáticos, que dentro de doce años sólo depositando semanalmente dos monedas, obtendrá cuatro mil monedas con las que podrá sobrevivir el resto de sus días.

Seguro que si una contribución regular produce resultados tan provechosos, ningún hombre se puede permitir no asegurarse un tesoro para su vejez y la protección de su familia, sin importar hasta qué punto sus negocios e inversiones actuales son prósperos.

Incluso diría más. Creo que algún día habrá hombres que inventarán un plan para protegerse contra la muerte, los hombres sólo pagarán una cantidad mínima regularmente y el importe total constituirá una suma importante que la familia del finado recibirá. Creo que esto es muy aconsejable y lo recomiendo con vehemencia. Actualmente no es posible porque tiene que continuar más allá de la vida de un hombre o de una asociación para funcionar correctamente. Tiene que ser tan estable como el trono real. Creo que algún día existirá un plan como éste y será un gran bendición para muchos hombres porque hasta el primer pequeño pago pondrá a su disposición una cantidad razonable para la familia del miembro fallecido.

Como vivimos en el presente y no en los días venideros, tenemos que aprovecharnos de los medios y los métodos actuales para llevar a cabo nuestros propósitos. Por ello, recomiendo a todos los hombres que acumulen bienes para cuando sean viejos de forma sensata y meditada. Pues la desgracia de un hombre incapaz de trabajar para ganarse la vida o de una familia sin cabeza de familia es una tragedia dolorosa.

Este es la sexta manera, de llenarse la bolsa: preved los ingresos para los días venideros y asegurad así la protección de vuestra familia.

La séptima manera:
Aumentad vuestra habilidad para adquirir bienes

-Queridos estudiantes, hoy voy a hablaros de una de las maneras más importantes de amasar una fortuna. Pero no os hablaré del oro sino de vosotros, los hombres de vistosas ropas que estáis sentados frente a mí. Voy a hablaros de las cosas de la mente y de la vida de los hombres que trabajan para o contra su éxito.

Así habló Arkad a su clase el séptimo día.

No hace mucho tiempo, un joven que buscaba alguien que le prestara dinero me vino a ver. Cuando le pregunté sobre sus necesidades, se quejó de que sus ingresos eran insuficientes para cubrir sus gastos. Le expliqué que en tal caso era un cliente ruin para el prestamista porque no podría devolver el préstamo. “Lo que necesitas, muchacho, le dije, es ganar más dinero. ¿Qué podrías hacer para aumentar tus ingresos?”

“Todo lo que pueda, respondió. He intentado hablar con mi patrón seis veces durante dos lunas para pedirle un aumento pero no lo he conseguido. No puedo hacer más”.

Su simpleza hace reír pero poseía una gran voluntad de aumentar sus ganancias. Tenía un justo y gran deseo ganar más dinero.

El deseo debe preceder a la realización. Vuestros deseos tienen que ser fuertes y bien definidos. Los deseos vagos no son más que débiles deseos. El único deseo de ser rico no tiene ningún valor. Un hombre que desea cinco monedas de oro se ve empujado por un deseo tangible que tiene que culminar con urgencia. Una vez que ha aumentado su deseo de guardar en lugar seguro cinco monedas de oro, encontrará el modo de obtener diez monedas, luego veinte y más tarde mil; y de pronto se hará rico. Si aprende a fijarse un pequeño deseo bien definido, ello lo llevará a fijarse otro más grande; así es como se construyen las fortunas. Se empieza con cantidades pequeñas y luego se pasa a cantidades más importantes. De este modo el hombre aprende y se hace más hábil.

Los deseos tienen que ser pequeños y bien definidos. Si son demasiado numerosos, demasiado confusos o están por encima de las capacidades del hombre que quiere llevarlos a cabo, harán que su objetivo no se cumpla.

A medida que un hombre se perfecciona en su oficio, su remuneración aumenta. En otros tiempos, cuando era un pobre escriba que grababa en la arcilla por unas cuantas monedas al día, observé que otros trabajadores escribían más que yo y cobraban más. Entonces, decidí que nadie iba a superarme. No tardé mucho tiempo en descubrir el motivo de su gran éxito. Puse más interés en mi trabajo, me concentré más, fui más perseverante y muy pronto pocos hombres podían grabar más tablillas que yo en un día. Poco tiempo después, tuve mi recompensa; no fue preciso ir a ver a mi patrón seis veces para pedirle un aumento.

Cuantos más conocimientos adquiramos, más dinero ganaremos. El hombre que espera aprender mejor su oficio será recompensado con creces. Si es un artesano puede intentar aprender los métodos y conocer las herramientas más perfeccionadas. Si trabaja en derecho o medicina, podrá consultar e intercambiar opiniones con sus colegas. Si es un mercader, siempre podrá buscar mercancías de mejor calidad que venderá a bajo precio.

Los negocios de un hombre cambian y prosperan porque los hombres perspicaces intentan mejorar para ser más útiles a sus superiores. Así que insto a todos los hombres a que progresen y no se queden sin hacer nada, a menos que quieran ser dejados de lado.

Hay muchas obligaciones que llenan la vida de un hombre de experiencias gratificantes. El hombre que se respeta a sí mismo debe realizar estas cosas y las siguientes.

Debe pagar sus deudas lo más rápidamente posible y no debe comprar cosas que no pueda pagar.

Debe cubrir las necesidades de su familia para que los suyos lo aprecien.

Debe hacer un testamento para que, si los dioses lo llaman, sus bienes sean repartidos justa y equitativamente.

Debe ser compasivo con los enfermos o los desafortunados y debe ayudarlos. Debe ser previsor y caritativo con los que quiere.

Así que la séptima y última manera de hacer fortuna consiste en cultivar las facultades intelectuales, estudiar e instruirse, actuar respetándose a sí mismo. De este modo adquiriréis suficiente confianza en vosotros mismos para realizar los deseos en que habéis pensado y que habéis escogido.

Estas son las siete maneras de hacer fortuna, extraídas de un larga y próspera experiencia de la vida, las recomiendo a los que quieran ser ricos.

-Queridos estudiantes, hay más oro en la ciudad de Babilonia de lo que soñéis poseer. Hay oro en abundancia para todos.

Avanzad y poned en práctica estas verdades; prosperad y haceos ricos, como os corresponde por derecho.

Avanzad y enseñad estas verdades a todos los súbditos honrados de Su Majestad que quieren repartirse las grandes riquezas de nuestra bien amada ciudad.

G. S. Clason

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Las siete maneras de llenar una bolsa vacía – Parte 1

La gloria de Babilonia persiste; a través de los siglos, ha conservado la reputación de haber sido una de las ciudades más ricas y con más fabulosos tesoros.

No siempre fue así. Las riquezas de Babilonia son el resultado de la sabiduría de sus habitantes, que primero tuvieron que aprender la manera de hacerse ricos.

Cuando el buen rey Sargón regresó a Babilonia después de vencer a los elamitas, sus enemigos, se encontró ante una situación grave; el canciller real le explicó las razones de ello.

-Tras varios años de gran prosperidad que nuestro pueblo debe a Su Majestad, que ha construido grandes canales de riego y grandes templos para los dioses, ahora que las obras se han acabado, el pueblo parece no poder cubrir sus necesidades.

-Los obreros no tienen trabajo, los comerciantes tienes escasos clientes, los agricultores no pueden vender sus productos, el pueblo no tiene oro suficiente para comprar comida.

-¿Pero a dónde ha ido todo el dinero que hemos gastado en esas mejoras? preguntó el rey.

-Me temo mucho que ha ido a parar a manos de algunos pocos hombres muy ricos de nuestra ciudad -respondió el canciller-. Ha pasado por entre los dedos de la mayoría de nuestras gentes tan rápido como la leche de cabra pasa por el colador. Ahora que la fuente de oro ha dejado de surtir, los más de nuestros ciudadanos vuelven a no poseer nada.

-¿Por qué tan pocos hombres pudieron conseguir todo el oro? preguntó el rey después de estar pensativo durante unos instantes.

-Porque saben cómo hacerlo -respondió el canciller-. No se puede condenar a un hombre porque logra el éxito; tampoco se puede, en buena justicia, cogerle el dinero que ha ganado honradamente para dárselo a los que no han sido capaces de hacer otro tanto.

-¿Pero por qué no pueden todos los hombres aprender a hacer fortuna y así hacerse ricos?

-Vuestra pregunta contiene su propia respuesta, Vuestra Majestad, ¿quién posee la mayor fortuna de la ciudad Babilonia?

-Es cierto, mi buen canciller, es Arkad. Es el hombre más rico de Babilonia, tráemelo mañana.

El día siguiente, como había ordenado el rey, se presentó ante él Arkad, bien derecho y con la mente despierta a pesar de su edad avanzada.

-¿Poseías algo cuando empezaste?

-Sólo un gran deseo de riqueza. Aparte de eso, nada.

Arkad -continuó el rey-, nuestra ciudad se encuentra en una situación muy delicada porque son pocos los hombres que conocen la manera de adquirir riquezas. Esos babilonios monopolizan el dinero mientras la masa de ciudadanos no sabe cómo actuar para conservar una parte del oro que recibe en pago.

Deseo que Babilonia sea la ciudad más rica del mundo, y eso significa que debe haber muchos hombres ricos. Tenemos que enseñar a toda la población cómo puede conseguir riquezas. Dime, Arkad, ¿existe un secreto para hacerlo? ¿Puede ser transmitido?

-Es una cuestión práctica, Vuestra Majestad. Todo lo que sabe un hombre puede ser enseñado.

Arkad -los ojos del rey brillaban-, has dicho justamente las palabras que deseaba oír. ¿Te ofrecerías para esa gran causa? ¿Enseñarías tu ciencia a un grupo de maestros? Cada uno de ellos podría enseñar a otros hasta que hubiera un número suficiente de educadores para instruir a todos los súbditos capacitados de mi reino.

-Soy vuestro humilde servidor -dijo Arkad con una reverencia-. Compartiré gustoso toda la ciencia que pueda poseer por el bienestar de mis conciudadanos y la gloria de mi rey. Haced que vuestro buen canciller me organice una clase de cien hombres y yo les enseñaré las siete maneras que han permitido que mi fortuna floreciera cuando no había en Babilonia bolsa más vacía que la mía.

Dos semanas más tarde, las cien personas elegidas estaban en la gran sala del templo del Conocimiento del rey, estaban sentados en coloreadas alfombras y formaban un semicírculo. Arkad se sentó junto a un pequeño taburete en el que humeaba una lámpara sagrada que desprendía un olor extraño y agradable.

-Mira al hombre más rico de Babilonia, no es diferente de nosotros -susurró un estudiante al oído de su vecino cuando se levantó Arkad.

-Como leal súbdito de nuestro rey -empezó Arkad-, me encuentro ante vosotros para servirle. Me ha pedido que os transmita mi saber, ya que yo fui, en un tiempo, un joven pobre que deseaba ardientemente poseer riquezas y encontré el modo de conseguirlas. Empecé de la manera más humilde, no tenía más dinero que vosotros para gozar plenamente de la vida, ni más que la mayoría de los ciudadanos de Babilonia.

El primer lugar donde guardé mis tesoros era una ajada bolsa. Detestaba verla así, vacía e inútil. Deseaba que estuviera abultada y llena, que el oro sonara en ella. Por eso me esforcé por encontrar las maneras de llenar una bolsa y encontré siete.

Os explicaré, a vosotros que os habéis reunido ante mí, estas siete maneras que recomiendo a todos los hombres que quieran conseguir dinero a espuertas. Cada día os explicaré una de las siete, y así haremos durante siete días.

Escuchad atentamente la ciencia que os voy a comunicar; debatid las cuestiones conmigo, discutidlas entre vosotros. Aprended estas lecciones a fondo para que sean la semilla de una riqueza que hará florecer vuestra fortuna. Cada uno debe comenzar a construir sabiamente su fortuna; cuando ya seáis competentes, y sólo entonces, enseñaréis estas verdades a otros.

Os mostraré maneras sencillas de llenar vuestra bolsa. Este es el primer paso que os llevará al templo de la riqueza, ningún hombre puede llegar a él si antes no pone firmemente sus pies en el primer escalón. Hoy nos dedicaremos a reflexionar sobre la primera manera.

La primera manera:
Empezad a llenar vuestra bolsa.

Arkad se dirigió a un hombre que lo escuchaba atentamente desde la segunda fila.

-Mi buen amigo, ¿a qué te dedicas?

-Soy escriba -respondió el hombre-, grabo documentos en tablillas de barro.

-Yo gané las primeras monedas haciendo el mismo trabajo. De modo que tienes las mismas oportunidades de amasar una fortuna que yo tuve. Después habló a un hombre de rostro moreno que se encontraba más atrás. -Dime por favor con qué trabajo te ganas el pan.

-Soy carnicero -respondió el hombre-. Compro cabras a los granjeros y las sacrifico, vendo la carne a las mujeres y la piel a los fabricantes de sandalias.

-Dado que tienes un trabajo y un salario, tienes las mismas armas que tuve yo para triunfar. Arkad preguntó a todos cómo se ganaban la vida, procediendo de la misma manera.

-Ya veis, queridos estudiantes -dijo cuando hubo terminado de hacer preguntas-, que hay varios trabajos y oficios que permiten al hombre ganar dinero. Cada uno de ellos es un filón de oro del que el trabajador puede obtener una parte para su propia bolsa gracias a su esfuerzo. Podemos decir que la fortuna es un río de monedas de plata, grandes o pequeñas según vuestra habilidad. ¿No es así?

Todos estuvieron de acuerdo.

-Entonces -continuó Arkad-, si uno de vosotros desea acumular un tesoro propio, ¿no sería sensato empezar usando esta fuente de riqueza que ya conocemos? También todos estuvieron de acuerdo. En
ese momento Arkad se volvió hacia un hombre humilde que había declarado ser vendedor de huevos. ¿Qué pasará si tomas una de vuestras cestas y todas las mañanas colocas en ella diez huevos y por la noche retiras nueve?

-Que al final rebosarán.

-¿Por qué?
-Porque cada día pongo uno más de los que quito.

Arkad se volvió hacia toda la clase sonriendo.

-¿Hay alguien aquí que tenga la bolsa vacía? preguntó.

Los hombres se miraron divertidos, rieron y finalmente sacudieron sus bolsas bromeando.

-Bien -continuó Arkad-. Ahora conoceréis el primer método para llenar los bolsillos. Haced justamente lo que he sugerido al vendedor de huevos. De cada diez monedas que ganéis y guardéis en vuestra bolsa, retirad sólo nueve para gastar. Vuestra bolsa empezará a abultarse rápidamente, aumentará el peso de las monedas y sentiréis una agradable sensación cuando la sopeséis. Esto os producirá una satisfacción personal.

No os burléis de lo que os digo porque os parezca simple. La verdad siempre es simple. Ya os he dicho que os contaría cómo amasé mi fortuna.

Así fueron mis comienzos, yo también he tenido la bolsa vacía y la he maldecido porque no contenía nada con lo que pudiera satisfacer mis deseos. Pero cuando empecé a sacar sólo nueve de cada diez monedas que metía, empezó a abultarse. Lo mismo le ocurrirá a la vuestra.

Os diré una extraña verdad cuyo principio desconozco. Cuando empecé a gastar sólo las nueve décimas partes de lo que ganaba: me arreglé igual de bien que cuando lo gastaba todo. No tenía menos dinero que antes. Además, con el tiempo, obtenía dinero con más facilidad. Es seguramente una ley de los dioses, que hace que, para los que no gastan todo lo que ganan y guardan un parte es más fácil conseguir dinero, del mismo modo que el oro no va a parar a manos de quien tiene los bolsillos vacíos.

¿Qué deseáis con más fuerza? ¿Satisfacer los deseos de cada día, joyas, muebles, mejores ropas, más comida: cosas que desaparecen y olvidamos fácilmente? ¿O bienes sustanciales como el oro, las tierras, los rebaños, las mercancías, los beneficios de las inversiones? Las monedas que tomáis de vuestra bolsas os darán las primeras cosas; las que no retiráis, los segundos bienes que os he enumerado.

Este es, queridos estudiantes, el primer medio que he descubierto para llenar una bolsa vacía: de cada diez monedas que ganéis, gastad sólo nueve. Discutidlo entre vosotros. Si alguno puede probar que no es cierto, que lo diga mañana cuando nos volvamos a encontrar.

La segunda manera:
Controlad vuestros gastos

Algunos de vosotros me habéis preguntado lo siguiente: “¿Cómo puede un hombre guardar la décima parte de lo que gana cuando ni las diez décimas partes son suficientes para cubrir sus necesidades más apremiantes?” -se dirigió Arkad a los estudiantes el segundo día.-

-¿Cuántos de vosotros teníais ayer una fortuna más bien escasa?

-Todos -respondió la clase.

-Y sin embargo no ganáis todos lo mismo. Algunos ganan mucho más que otros. Algunos tienen familias más numerosas que alimentar. Y en cambio, todas las bolsas estaban igual de vacías. Os diré una verdad que concierne a los hombres y a sus hijos: los gastos que llamamos obligatorios siempre crecen en proporción a nuestros ingresos si no hacemos algo para evitarlo.

No confundáis vuestros gastos obligatorios con vuestros deseos. Todos vosotros y vuestras familias tenéis más deseos de los que podéis satisfacer. Usáis vuestro dinero para satisfacer, dentro de unos
límites, estos deseos, pero todavía os quedan muchos sin cumplir.

Todos los hombres se debaten contra más deseos de los que puede realizar. ¿Acaso creéis que, gracias a mi riqueza, yo los puedo satisfacer todos? Es una idea falsa. Mi tiempo es limitado, mis fuerzas son limitadas, las distancias que puedo recorrer son limitadas, lo que puedo comer, los placeres que puedo sentir son limitados.

Os digo esto para que comprendáis que los deseos germinan libremente en el espíritu del hombre cada vez que hay una posibilidad de satisfacerlos de la misma manera que las malas hierbas crecen en el campo cuando el labrador les deja un espacio. Los deseos son muchos pero los que pueden ser satisfechos, pocos.

Estudiad atentamente vuestros hábitos de vida. Descubriréis que la mayoría de las necesidades que consideráis como básicas pueden ser reducidas o eliminadas. Que sea vuestra divisa el apreciar al cien por cien el valor de cada moneda que gastéis.

Escribid en una tablilla todas las cosas que causen gastos. Elegid los gastos que son obligatorios y los que están dentro de los límites de los nueve décimos de vuestros ingresos. Olvidad el resto y consideradlo sin pesar como parte de la multitud de deseos que deben quedar sin satisfacción.

Estableced una lista de gastos obligatorios. No toquéis la décima parte destinada a engrosar vuestra bolsa, haced que sea vuestro gran deseo y que se vaya cumpliendo poco a poco. Continuad trabajando según el presupuesto, continuad ajustándolo según vuestras necesidades. Que el presupuesto sea vuestro primer instrumento en el control de los gastos de vuestra creciente fortuna.

Entonces, uno de los estudiantes vestido con una túnica roja y dorada se levantó.

-Soy un hombre libre -dijo-. Creo que tengo derecho a gozar de las cosas buenas de la vida. Me rebelo contra la esclavitud de presupuesto que fija la cantidad exacta de lo que puedo gastar, y en qué. Me parece que eso me impedirá gozar de muchos de los placeres de la vida y me hará tan pequeño como un asno que lleva un pesado fardo.

-¿Quién, amigo mío, decidirá tu presupuesto? -Replicó Arkad.

-Yo mismo lo haré protestó el joven.

-En el caso de que un asno decidiera su carga, ¿tú crees que incluiría joyas, alfombras y pesados lingotes de oro? No lo creo, pondría heno, grano y una piel llena de agua para el camino por el desierto.

El objetivo del presupuesto es ayudar a aumentar vuestra fortuna; os ayudará a procuraros los bienes necesarios y, en cierta medida, a satisfacer parte de los otros, os hará capaces de cumplir vuestros mayores deseos defendiéndolos de los caprichos fútiles. Como la luz brillante en una cueva oscura, el presupuesto os muestra los agujeros de vuestra bolsa y os permite taparlos y controlar los gastos en función de metas definidas y más satisfactorias.

Esta es la segunda manera de conseguir dinero. Presupuestad los gastos de modo que siempre tengáis dinero para pagar los que son inevitables, vuestras distracciones y para satisfacer los deseos aceptables sin gastar más de nueve décimos de vuestros ingresos.

G. S. Clason

Las siete maneras de llenar una bolsa vacía – Parte 2

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