Visa for music:prejuicios a músicas africanas

La primera edición de la feria ‘Visa for music’ desmonta algunos prejuicios en torno a las músicas africanas.

Joel Sebunjo durante una actuación ©EM
Joel Sebunjo durante una actuación ©EM

La primera edición de la feria ‘Visa for music‘ deja una estimulante cosecha musical de las músicas africanas y del Medio Oriente. Más allá de los aspectos organizativos mejorables (diseño,comunicación y respeto a los horarios) la feria se alza como un complemento a la reciente del Womex (organización alemana, puntualidad extrema) y quizá algún día sea una alternativa. De momento la cita en Rabat nos sirve para desmontar algunas postales turísticas.

Ha quedado en evidencia que en ‘Visa for music‘ hay una visión distinta de las músicas del mundo de la que se tiene en el norte de Europa sujeta a un montón de prejuicios y tópicos. La red de festivales en Marruecos es una apuesta sólida (bien arropada por las instituciones) por mostrar la diversidad y riqueza musical. Así el Timitar está consagrado a la música bereber que en su expresión más tradicional forma uno de los folklores más ricos del planeta. El festival gnawa de Essauira es una de las experiencias más potentes que puede vivir un ser humano sin drogas, algo parecido se puede encontrar en Fez, en el festival de músicas religiosas mientras que el Boulevard de Casablanca ofrece cada año una muestra de rock y rap marroquí organizado desde la sociedad civil.

En ‘Visa For Music‘ hemos escuchado propuestas que desafina las clasificaciones, caso del pop electrónico de N3distan. Por el lado de los reventadores de tópicos destacan los egipcios Massar Egbari que recuerdan la inquitante quietud de Los Planetas también vimos a los equivalentes a Vetusta Morla con laud ( según la expresión del director de Pirineos Sur Luis Calvo) El grupo se llama Alif Ensamble y es multinacional, un egipcio, un palestino, un sirio, un iraquí…haciendo pop contemporáneo.

El ‘haul’ del desierto

Desde el África negra también abundan los descalabros mentales a los prejuicios, a destacar el ugandés Joel Sebunjo que comanda una banda de rock sin contemplaciones, Joel toca una kora de aspecto tradicional pero su actitud es más de los Led Zeppelin que los de los griots, a su lado un guitarrista se inclina por tocar con los dientes, recuerden a Jimi Hendrix. Desde el Congo nos llega Lexxus que tienen un cinco por ciento de soukous (la rumba del país) y el 95% restante de rap & metal, piensen en Rage Against The Machine y le añaden un rapero con aspecto gangsta y un vocalista excepcional de esos que sirven para perder la cabeza.

Incluso la mauritana Noura Mint Seymali parece haber abandonado las formas tradicionales del ‘haul‘ del desierto (música que conocemos por los exiliados saharauis) y se presenta con un batería impactante de los que empujan en lugar de acompañar. Ahí vimos un nguni singular (en lugar de madera, esta hecho de hojadelata, un monumento al reciclaje y al sonido ‘lo-fi’, seco y vibrante como los granos de arena que te taladran la cara cuando se desata una tormenta en el desierto.

Por el lado de las certezas destacó la caboverdiana Neuza, intérprete de mornas y coladeras tal y como nos enseño Cesarea Evora, la diferencia es que Neuza tiene toda la vida por delante y sólo se pone nostálgica a ratos, y hace bien porque tiene una banda por detrás que destila ese swing amable y arrebatador que caracteriza a las islas del atlántico. Hubo tiempo para ver el final de la diva de la canción marroquí Aicha Redouane que tuvo el detalle de finalizar su concierto traduciendo y declamando en inglés lo que estaba cantando en árabe. «Mi religión es el amor» decía.

La ventaja que tiene Marruecos respecto a España es que el mercado discográfico marroquí es mayoritariamente pirata, lo que puede parecer una desventaja se transforma en una nueva oportunidad. Nadie tiene el miedo español a que le pirateen el disco. Eso se da por sentado. Tienen otros problemas, pero esos será mejor analizarlos al calor de un cerveza bien fría en alguna terraza de París, Madrid o Berlín.

Por José Manuel Gómez
Con información de El Mundo

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