Doña Raquel,la judía

Doña Raquel ... la judía
Doña Raquel … la judía

De todos sus recuerdos, el que se había grabado más intensamente en su corazón era aquella misteriosa conversación en voz baja durante la cual el padre reveló a su hija que pertenecía a los Ibn Esra. Pero, más adelante, el recuerdo de aquella conversación se vio ensombrecido por otra todavía más significativa. Cuando su padre regresó de su gran viaje al norte, a Sefarad, a la Hispania cristiana, la llevó aparte y le habló en voz baja, como antaño, de los peligros que allí en Sevilla amenazarían a los que eran judíos en secreto cuando se proclamara la Guerra Santa; y después, adoptando el tono del contador de cuentos, casi bromeando, siguió:

‑Y aquí, ¡ oh creyentes!, da comienzo la historia del tercer hermano que, abandonando la claridad y la seguridad del día, penetró en el crepúsculo dorado y mate de la gruta.

Raquel comprendió enseguida, e imitando el tono que su padre había empleado, preguntó tal y como hacen los que escuchan los cuentos:

‑¿Y qué le sucedió a ese hombre?

‑Para saberlo ‑repuso el padre‑, penetraré en la cueva tenebrosa.



Y no había dejado de mirarla con aquella mirada dulce y apremiante. Le concedió un breve espacio de tiempo para que comprendiera lo que le había revelado. Después siguió hablando:

-Cuando tú eras pequeña, hija mía, dije que llegaría un momento en que deberías elegir. Ahora ha llegado ese momento. No trataré de convencerte para que me sigas, ni te aconsejaré para que no lo hagas. Aquí hay muchos hombres jóvenes, inteligentes, instruidos y excelentes que se alegrarían de tomarte por esposa. Si quieres, te entregaré a uno de ellos y no tendrás que avergonzarte de la dote que te daré. Piénsalo bien, y dentro de una semana te preguntaré qué has decidido.

Pero ella, sin dudarlo, contestó:

‑¿Querría mi padre concederme la gracia de preguntármelo hoy mismo, ahora?

‑Bien, entonces te pregunto ahora ‑repuso el padre, y ella contestó:

‑Lo que haga mi padre estará bien, y tal como él actúe actuaré yo.

Sintió en su corazón una gran calidez al sentirse tan unida interiormente a él, y también sobre su rostro se extendió una expresión de gran alegría.

Después, él empezó a contarle cosas del azaroso mundo de los judíos. Siempre habían tenido que vivir en condiciones llenas de peligro, y también ahora se veían amenazados, tanto por los musulmanes como por los cristianos, y esto era una gran prueba a la que Dios, que los había hecho únicos y los había elegido, los sometía. Sin embargo, dentro de este pueblo, del pueblo elegido y sometido a prueba durante tanto tiempo, había a su vez una estirpe elegida: los Ibn Esra. Y ahora Dios le había hecho llegar a él, a uno de los Ibn Esra, su mensaje. Él había escuchado la voz de Dios y había contestado: Aquí estoy. Y aunque hasta el presente sólo había vivido en los márgenes del mundo judío, ahora debía disponerse a penetrar en ese mundo.

El hecho de que su padre le abriera su corazón, que confiara en ella como ella en él, la había convertido en una parte de él mismo.

Ahora que habían llegado al lugar de su destino se relajó en el baño y volvió a escuchar en su mente todas sus palabras. Por supuesto, en medio de estas palabras también resonaba el llanto infundado de su amiga Layla. Pero Layla era una niña pequeña, no sabía nada ni comprendía nada, y Raquel se sentía agradecida al destino que la había hecho una Ibn Esra, y se sentía feliz y llena de esperanza.

Despertó de sus sueños y escuchó de nuevo el parloteo de su tonta y vieja ama Sa’ad y de la eficaz Fátima. Las mujeres iban y venían del baño al dormitorio y no acababan de encontrarse cómodas en sus nuevas estancias. Esto hizo reír a Raquel, que asumió una actitud infantil y traviesa.



Se levantó. Contempló su cuerpo. Así que aquella muchacha desnuda, morena clara, que estaba allí de pie chorreando agua, ya no era Rechja, sino Doña Raquel Ibn Esra. Y, riéndose impetuosa, preguntó a la vieja:

‑¿Soy distinta? ¿Te das cuenta de que soy distinta? ¡Dilo, rápido!

Y como la vieja de momento no la comprendía, la apremiaba riéndose y cada vez más imperativa:

‑¡Ahora soy una castellana, una toledana, una judía!

El ama Sa’ad, consternada, se puso a hablar por los codos con su aguda voz:

‑¡No llames el pecado sobre ti, Rechja, niña de mis ojos, mi hijita, tú, fiel creyente. ¿Tú crees en el Profeta?

Raquel, sonriendo y pensativa, contestó:

‑Por las barbas del Profeta, ama: no estoy muy segura de cuánto tiempo voy a seguir creyendo en el Profeta aquí en Toledo.

La vieja, profundamente horrorizada, se apartó:

‑Alá proteja tu lengua, Rechja, hija mía -dijo, no debes hacer estas bromas.

Pero Raquel le contestó:

‑A partir de ahora vas a llamarme Raquel. ¡¿Vas a llamarme por fin Raquel?! ‑Y añadió: ¡Raquel, Raquel! ‑gritó. ¡Repítelo!

Y se dejó caer en el agua, salpicando a la vieja … (L.F)

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