Gracias por el miedo – Por Jorge Majfud

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Así como en teología el mismo Cristo sirve para justificar la acumulación de capitales o para suprimir al prójimo en nombre del amor, así también la historia de los oprimidos sirve para crear mitos e ideoléxicos incuestionables, a la medida del poder de turno: el patriotismo, la libertad, la salvación del mundo, nuestro derecho de aplastar al extraño por las dudas, etc.

Por un lado, podemos sospechar que la aventura humana no se desarrolla de forma caótica. Tiene cierto sentido. Existen factores comunes, como la necesidad de sobrevivencia, de libertades, que articulan todas las morales aún en las culturas más alejadas. La regla de oro (“no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”) aparece en casi todas las religiones y las filosofías éticas más antiguas, desde Confucio, la Mahabharata, Jesús (BP) y Muhammad (BP) hasta nuestros días.

Es decir, existe un factor humano que cohesiona a los individuos y los orienta a su propia liberación, a determinados conceptos de compromiso, igualdad y justicia.

Pero no somos ingenuos: también existe lo contrario. Podemos agregar que tan universal como el más básico principio de “no matarás” es la costumbre de obviarlo bajo “muy buenas razones”. Siempre hay razones para matar, motivo por el cual existe la prohibición de hacerlo. Quizás la ONU sea, hoy en día, la institución que mejor parodia las relaciones humanas: sus reglas son universalmente aceptadas pero se cumplen sólo cuando convienen a los más fuertes y siempre en nombre de los más débiles.

En un fuerte acto de fe y concesión podríamos aceptar que los hechos que comúnmente registra la Historia son verdaderos. Sin embargo, los hechos son como los residuos de una ruina antigua que un arqueólogo ordena para lograr una narración continua de unos acontecimientos que nadie presenció. La diferencia radica en que al arqueólogo no le interesan las consecuencias de su narración sino que ésta se ajuste a los fragmentos descubiertos para revelar una posible verdad. El poder hegemónico, en cambio, exige que los hechos se ajusten a su discurso. Si esto no ocurre, peor para los hechos.

Ya en 1450, el cronista español Fernán Pérez de Guzmán, en Generaciones y Semblanzas, advertía de las costumbres de los “cronistas” que, por no desagradar a los reyes exageraban sus virtudes. Por esta razón propuso que se escribieran las crónicas sólo cuando los reyes hubiesen muerto, para que el poder no influyera sobre la narración de la historia.

El poder político produce la contradicción fundamental: el testigo sólo es objetivo cuando no ha vivido los hechos. Bastaría leer el resto de las crónicas que siguieron a Guzmán para advertir otras razones, como los intereses o las supersticiones del cronista, pero rara vez éstas están totalmente libres de la gravitación del poder. Estoy seguro que mientras escribo estas líneas, consciente o inconscientemente estoy sufriendo de la misma fuerza. Las verdades inconvenientes al poder pueden surgir a la luz, pero se pierden en la intrascendencia, el descrédito y en el olvido, hasta que ese poder cambia o desaparece. Es el caso de un antiesclavista como Bartolomé de las Casas (1540) o de una feminista como Sor Juana Inés de la Cruz (1690).

Es el poder —no necesariamente un gobierno— quien establece lo “políticamente correcto” al extremo que hasta el disidente debe aceptar el lenguaje y los símbolos impuestos para resistir a la tiranía de la verdad impuesta. Si en la Edad Media el poder era la Iglesia Católica o eran los príncipes feudales, en la (I) Era Moderna (1750-1950) y (II) Posmoderna (1950-2001) lo era el dinero. El dinero —el capital— impone su lógica no sólo por una pretendida “naturaleza” que beneficia el progreso del mundo sino a través de antiguas instituciones como (1) los ejércitos, (2) las iglesias, (3) los centros financieros y (4) los mass media. Esto no quiere decir, empero, que las cuatro instituciones estén a la orden del capital, porque sería una simplificación que negaría las contradicciones dentro de cada una de ellas. Una iglesia, por ejemplo, puede optar por su pueblo o por lo contrario. Por lo general, la opción ha sido a favor del poder central.

Es posible sospechar el advenimiento de un tercer período histórico (III) que, en cierta forma, contradice y continúa a los períodos anteriores. Desde el Renacimiento, desde el humanismo europeo del siglo XIV, podemos advertir la insurgencia de sectores cada vez mayoritarios. Lo que Ortega y Gasset veía con espanto en 1928 como “la rebelión de las masas” comienza antes de la invención de la imprenta. Se continúa, claro, con la Revolución Francesa, la Revolución industrial y la revolución de los trabajadores en el siglo XX. Incluso el comunismo significó una etapa necesaria como experiencia fracasada: las masas que pretendían rebelarse terminaron sometiéndose al autoritarismo vertical en nombre de una pretendida “dictadura del proletariado”, es decir, las masas se sometieron a sí mismas en su propio nombre.

No puede existir un grado mínimo de libertad sin desobediencia, y ésta comienza con el cuestionamiento permanente a las narraciones históricas, de los símbolos, de los ideoléxicos. Desobediencia no significa destrucción, tal como asumimos cuando juzgamos con la falsa conciencia del poder, con la moral del opresor. Desobediencia significa cuestionamiento, narración del propio sujeto que ha dejado de ser objeto narrado.

Podemos hacer otro acto de fe: existe una determinada verdad histórica. Pero sería una ingenuidad creer que ésta es posible en un orden donde los pueblos no gobiernan sus propias narraciones, pueblos condenados a escuchar y obedecer, a hablar y no ser escuchados o a repetir la moral de quienes se reservan el derecho de decidir por otros, en nombre de esos otros.

Es una tradición acusar a los críticos anticolonialistas de organizar la reescritura de la historia desde un punto de vista ideológico. No se dice, en cambio, que la Historia que éstos cuestionan también ha sido narrada y construida desde un punto de vista ideológico. Las diferencias son dos: el punto de vista del crítico inconforme se realiza desde el margen del oprimido. El punto de vista del Gran Narrador y de sus complacientes repetidores se halla en el centro dominante. La otra diferencia consiste en que la ideología del contestatario aparece como objeto visible, mientras que la ideología hegemónica, por ser omnipresente, es transparente, invisible, como el aire, como la falsa consciencia.

La “educación secundaria” de la Historia, al mismo tiempo que permite conocer los hechos acostumbra repetir el orden narrativo que ha impuesto una determinada tradición que ha nacido con ese mismo poder. Al menos eso es lo que han pretendido hasta hoy los Estados, para proteger la inocencia del ciudadano que está naciendo. Protección e inocencia que se deben perpetuar luego en el adulto obediente.

Una versión más radical y vulgarizada es producida por los mal llamados informativos de nuestro tiempo: la cámara de televisión, la imagen directa produce la falsa sensación de objetividad, de verdad. Pero no es una cámara liberada aún, sino dirigida por la mano del poder político y económico. La manipulación de la narración presente — creada con esos fragmentos de “hechos” — alcanza así su más dramática obscenidad, realizando el masivo crimen contra la conciencia humana. Si observamos los cambios de opinión en un lapso de apenas dos años, veremos que entre una verdad incuestionable y la otra hay una diferencia de decenas de miles de muertos, decenas de miles de desplazados, de olvidados, de deshumanizados. Claro, claro siempre en algún lugar lejano de donde se produce la opinión, la narración de la verdad. Algún lugar lejano donde nunca hay consecuencias por esos errores ni responsables que enfrenten algún tribunal, ni castigos mínimos que disimulen tanta injusticia. Este peso en la conciencia, en la opinión pública, se descarga convirtiendo los muertos en números, las injusticias en males inevitables en la lucha por la justicia, la libertad, el bien y otros valores superiores.

Si echamos una mirada a los hechos de los últimos cuatrocientos años podríamos quedar abrumados ante tantas matanzas cometidas siempre con muy buenas razones, en nombre de la humanidad. Bastaría para volverse cínico o escéptico radical. Pero si observamos el proceso histórico en ese mismo período, tal vez podamos ver que pronto la masa dejará de ser masa, medio, instrumento, excusa, efecto colateral, ejército de reserva, para convertirse en lo que es: el único fin de sí misma o el único fin de Dios. Cuando esto ocurra, la libertad dejará de ser un ideoléxico definido por el poder; los pueblos dejarán de ser identificados con el caos y el caos con la anarquía. La violencia del Estado y la violencia ilegal perderán el usufructo ilimitado de la carne humana.

Habrá un punto de inflexión cuando la escritura de la historia deje de estar administrada por las voces oficiales, por los moralizadores comprometidos con el poder y no con la humanidad. Una nueva historia será escrita cuando sea la humanidad la que escriba su propia historia según sus propios intereses y no una minoría según sus intereses sectarios.

Ensayo de 2007

 Jorge Majfud  es descendiente de emigrantes libaneses y españoles, se graduó en Arquitectura en la Universidad de la República de Uruguay en Montevideo, y se doctoró en Literatura Hispánica en la Universidad de Georgia en Estados Unidos. Ha sido profesor en la Universidad Hispanoamericana de Costa Rica, de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Georgia y en la Universidad Lincoln de Pennsylvania. Colabora en numerosos periódicos y emisoras de radio a ambos lados del Atlántico.

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