Apuntes sobre Palestina – (Crónicas de una guerra … Año 1988)


… Hace diez días, dos corresponsales de la TV alemana fueron apedreados en el centro de Gaza. El Volvo que los transportaba quedó hecho pedazos. Ya casi no hay reporteros en los territorios; a mediados de marzo la noticia de la revuelta se ha ido diluyendo hacia las páginas de clasificados y avisos de remates. Solo insisten la NBC y la CBS -dos cadenas de televisión norteamericana- y algunos cronistas de la prensa francesa y española.

Desde que salimos del kibutz, C. monologa tratando de convencerse:

-¿Por qué no ir, eh? ¿Por qué tenemos que tener miedo,eh? ¿Si no vamos a atacar a nadie, no? Yo acredito que tenemos que entrar.

La mujer nos escucha discutir refugiada detrás de la calculadora. Creo que no entiende castellano, y menos el curioso portuñol que ambos ensayamos. Sólo agrega cuando salimos del local:

-Si todos los días matamos cuatro o cinco árabes, dentro de poco vamos a terminar con el problema. Ponga eso en su diario. Ponga que no se puede vivir acá sin tomar posición.

El soldado ve el cartel de prensa y hace señas para que sigamos. Un campamento militar se levanta a la izquierda de la ruta, o mejor se hunde, bajo terraplenes de dos metros que sólo dejan ver los techos de algunas carpas.

La entrada a la ciudad está colmada de silencio. Racimos de chicos juegan en las veredas de tierra, en esta ciudad donde el setenta por ciento tiene menos de diecisiete años.

Algunas mujeres lavan la ropa en las terrazas. Aquí también, como en la mayoría de las aldeas árabes, las casas son verdes o celestes. Es su color de suerte.

C. maneja como si atravesara una cristalería. A las pocas cuadras nos hemos convertido en el espectáculo de la entrada a la ciudad. Nadie nos saca la vista de encima.

Un grupo de niños corre detrás del auto, hasta que uno se acerca a mi ventanilla y pone los dedos en V. Hago lo mismo y el chico sonríe y corre a contarlo a sus amigos.

Doy un largo soplido y pienso que el idioma es una barrera menor. Sin embargo, por razones explicables o inexplicables, tengo miedo.

Un camión del ACNUR (Comité de la ONU para Refugiados,los únicos, fuera de los periodistas, que permanecen en la ciudad junto a los árabes) se nos adelanta y le preguntamos el camino al centro. Nos advierten que no vayamos por las calles laterales. Dejamos el auto en la calle principal, un boulevard que llega hasta el mar, y caminamos hasta la plaza.

Toda la ciudad escucha una sola radio, cada casa se ha convertido en un pequeño eco. La radio se llama «Voz de Jerusalén para la liberación de la tierra y del hombre».

Hace una semana cambió de frecuencia: de 630 kilohertz a 702, perseguida por las interferencias. Hace una semana, toda la ciudad barrió el dial para volver a encontrarla.

La radio da instrucciones sobre la revuelta. Hoy los comercios abrieron de ocho a once. En pocos minutos comenzar· su sección más popular: la de los mensajes personales. Aldeas olvidadas, barrios de Jerusalén y Cisjordania pasan sus noticias cotidianas a través de los llamados a la radio.

Hussein Wahidi, nuestro contacto en Gaza, salió temprano hacia Jerusalén.
Volverá a la noche, antes del toque de queda. Su mujer nos invita un café espeso y lleno de borra. La conversación se quiebra cuando pregunto por el Jihad.

-Ahora… -dice la mujer apartando la taza estamos todos juntos, cruzando el mismo río.

Sé que Wahidi es un hombre cercano a la OLP, y que el Jihad islámico está a kilómetros de su posición. Sin embargo, el remolino de la revuelta ha forzado a todos a subir al mismo barco.

J.L. (1988)

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