Imagen del sacrificio humano y regreso a la barbarie

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Isma’il e Ibrahim

La exhibición de las imágenes del linchamiento de Muammar el-Khadafi ilustra la verdadera entraña de nuestras sociedades, nos paralizan y nos conminan a deponer las armas. Ese sacrificio es síntoma de un regreso a una sociedad matriarcal, a un «estado natural». Al paralizarnos en una violencia sacralizada, esas imágenes nos demuestran que el Imperio estadounidense constituye una regresión inédita en la historia de la humanidad. Nos demuestran también que el objetivo de ésta no es sólo la conquista de un objeto, ni el saqueo del petróleo y de los fondos libios sino también, como en la época de las cruzadas, la destrucción de un orden simbólico en provecho de una máquina de producir beneficios, de un capitalismo desencadenado.

En el momento de la difusión de las imágenes del linchamiento de Muammar el-Khadafi, nuestros dirigentes dieron muestras de un extraño placer. «Strange Fruit» [1], dichas imágenes traen de inmediato a la mente el recuerdo de otras, las del ahorcamiento de Sadam Hussein, ejecutado precisamente el día del Aid al-Adha, la fiesta musulmana del sacrificio. Ambos casos nos sumergen en una estructura religiosa que, al sustituir el sacrificio del carnero [2] por el sacrificio humano, restaura la imagen primitiva de la diosa-Madre. Invierte además el Antiguo Testamento y anula el acto de la palabra. Esta religión sin Libro se reduce al fetiche [3]. Carece de Otro y de Ley. Es una simple invitación al disfrute de la muerte como espectáculo.

Gracias a la imagen, la voluntad de poderío se hace ilimitada. La transgresión deja de tener límites, como en el rito del sacrificio, en el espacio y el tiempo y se hace constante. Se hace eco de la violación permanente del orden del derecho proveniente del acto fundador de los atentados del 11 de septiembre de 2011.

Encerrados en la tragedia

La manera como fue tratado el cuerpo de Muammar el-Kaddafi revela la tragedia vivida por el pueblo libio. Su cadáver fue objeto de un doble tratamiento excepcional, de una violación doble del orden simbólico en el que se insertaba esa sociedad. En vez de ser inhumado el día mismo de su muerte, como lo exige el rito musulmán, su cadáver se mantuvo expuesto a las miradas de los curiosos durante 4 días, en un frigorífico. Esta exhibición fue seguida de su enterramiento en un lugar secreto, a pesar del pedido que su esposa había hecho llegar a la ONU de que le fuese entregado el cuerpo.

Esa doble decisión del nuevo «poder» libio pone a la población en una situación que ya conocida en la tragedia griega. Al impedir que la familia enterrara el cuerpo, el nuevo poder político se apropia del espacio del orden simbólico. Mediante la supresión de toda articulación entre la «ley de los hombres» y la «ley de los dioses», el Consejo Nacional de Transición las fusiona y se arroga el monopolio de lo sagrado, poniéndose así por encima de la política.

La decisión del CNT de impedir a la familia la realización del funeral y de exhibir el cadáver tiene como objetivo suprimir el significado del cuerpo para mantener a la vista únicamente el significado de la muerte. La orden de disfrutar la imagen del asesinato no debe encontrar límite alguno. El fetiche perpetúa la compulsión de la repetición. La pulsión se vuelve entonces autónoma y pasa, indistintamente, de una imagen a otra, de la imagen de la muerta a la imagen de la ejecución de la muerte. Su función es acrecentar la voluntad de poderío.

Ser dueño de lo que debe verse

La profanación del cuerpo no es, por consiguiente, más que un elemento de su fetichización. Lo esencial se encuentra en las imágenes del linchamiento de Kaddafi. Captadas a través de un teléfono celular, esas imágenes ocupan el espacio mediático y son reproducidas constantemente. Irrumpen en tiempo real en nuestra vida cotidiana. Nos capturan a pesar nuestro. Pasamos entonces nosotros mismos a formar parte del escenario ya que, en la pulsión cinematográfica, el linchamiento sólo se convierte en acto de sacrificio gracias a la mirada-objeto. Las imágenes nos muestran a personas que toman fotos y que disfrutan el espectáculo filmado. Esas personas exhiben el instante de la mirada. Lo que se presenta como ofrenda no es el objeto sino el sentido que se ofrece a la mirada, para ser dueño de lo que debe verse.

El linchamiento como imagen es una tradición occidental. Al fotografiar a sus víctimas, los miembros del Ku Klux Klan ya exhibían el sacrificio humano como espectáculo. El tratamiento que se dio a Kaddafi forma parte de esa «cultura». Se distingue, sin embargo, de ella en un aspecto. El montaje de las acciones del KKK tenía un fuerte componente ritual, trasmitía la imagen de un orden social subterráneo.

En el caso del linchamiento de Kaddafi, las imágenes captadas a través de los teléfonos celulares se liberan de todo significante, se convierten en algo más real que la realidad, colonizan lo real que de hecho sólo existe entonces como aniquilación. Esas imágenes muestran la fragmentación de la sociedad y, por ende, la omnipotencia de la acción imperial. Nos muestran un mundo que se invierte permanentemente. Nos enfrentan al espanto e nos inyectan la psicosis. Destruyen toda relación con el otro y apelan tan sólo a interioridades, a mónadas cuyo consentimiento buscamos.

Al contrario de un lenguaje que nos inscribe en un «nosotros», la imagen se dirige a cada individuo por separado. Impide todo vínculo social, toda forma de simbolización. Es el paradigma de una sociedad regida por las mónadas. Mucho revelan así dichas imágenes no sobre el conflicto mismo sino sobre el estado de nuestras sociedades, así como sobre el futuro programado para Libia: una guerra permanente.

El sacrificio de un chivo expiatorio

Estas imágenes nos muestran la ejecución de un chivo expiatorio. Actualizan la noción de violencia mimética que René Girard desarrolló en su interpretación del Nuevo Testamento [4]. Mediante la repetición del sacrificio, dichas imágenes nos imponen una violencia sin objetivo. Esta se torna compulsiva. Si bien el chivo expiatorio sirve de catalizador a la violencia, lo cierto es que, contrariamente a lo que afirma Girard, no permite detenerla. La paz sólo será momentánea y no es más que la preparación de una nueva guerra. Cada sacrificio es un llamado a la realización de otro. Después de la destrucción de Libia tendrá que venir la de Siria, después la de Irán… La violencia se vuelve infinita y fundadora.

Al igual que en los enunciados cristianos, los comentarios de los medios sobre las imágenes del linchamiento de Khadafi convierten al chivo expiatorio en víctima expiatoria. Si Khadafi es víctima de un linchamiento es porque «así lo quiso». No es víctima de una agresión externa sino que supuestamente obedeció a una ley interna. Su ejecución no es resultado de su voluntad de resistir sino el cumplimiento de un destino personal. René Girard enunció también este procedimiento al referirse a Cristo. La figura de Cristo lleva a un desplazamiento de la noción de chivo expiatorio hacia la de la víctima expiatoria ofrecida para «purgar» el pecado original.

De esa manera, libres de toda deuda simbólica, de todo cuerpo social, esas imágenes y los comentarios sobre ellas participan en la inversión sistemática de la Ley simbólica, y en el estado de excepción permanente, que se instauró después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Sacralizado, el poder político suplanta al orden simbólico.

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