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¿Por qué los judíos difunden las tesis del exterminio intensamente?

Después de sus experiencias durante la Segunda Guerra Mundial, los judíos europeos se sintieron aún más fuertemente atraídos que nunca hacia el sionismo, cuyo primordial objetivo era la fundación de un Estado Secular Judío.

Palestina era la ubicación más deseada para ése Estado, pero Palestina contaba con una numerosa población no judía que tenía que ser desalojada por el terror, el asesinato, presiones diplomáticas y financieras sobre el gobierno británico y por otros medios.

Exagerando el grado de la mortalidad judía durante la Guerra, los impulsores de la tesis del Exterminio podrían llevar adelante la idea de que la emigración judía a diversos países debería facilitarse ya que sería muy pequeña a causa de las grandes pérdidas estimadas.


Más aún, un complejo de culpabilidad podría fomentarse en los países receptores, (especialmente en los Estados Unidos), mediante la propagación de la idea de que ellos también habían sido culpables de no haber ayudado a los judíos mientras éstos estuvieron condenados al exterminio.

Mediante la constante reiteración de la tesis del holocausto, las organizaciones judías podían presionar a los judíos mismos más efectivamente para que hicieran mayores donativos para diversas medidas de protección en orden a prevenir futuros «holocaustos».

Las tesis del exterminio han servido para promover una conciencia étnica y solidaridad entre los judíos y para prevenir la pérdida de la identidad judía mediante los matrimonios mixtos y otros factores.

En un aspecto más inmediato y tangible, el asunto del «Holocausto« ayudó a los judíos y al Estado Judío fundado en 1948 en Palestina financieramente. Los esfuerzos judíos se vieron culminados con el tratado de Luxemburgo de 1952, que obligó al gobierno de Alemania Occidental (Bonn), a comprometerse a hacer fuertes pagos como reparación a largo plazo a judíos particulares y al recientemente creado Estado de Israel.


El tema del «Holocausto« también tuvo el efecto de silenciar cualquier crítica al Estado Judío, sin importar cuan criminales fueran sus actividades. Las abultadas exageraciones sobre la mortandad judía también sirvieron para provocar una especie de «apabullamiento por contraste», ya que otros grupos, por ejemplo las Naciones Bálticas habían sufrido grandes pérdidas durante y ciertamente después de la Guerra, a manos de la Unión Soviética, cuyo gobierno había dado la impresión de haber estado bajo la influencia judía en sus primeras etapas.

Por C. E. Weber

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Genocidios: Israel contra alemanes y árabes

Documentos revelan que la firma Monsanto estuvo vinculada a la fabricación de las prohibidas bombas de fósforo que lanzó el ejercito de Israel sobre Gaza en zonas civiles durante el 2008 y 2009.

Dejad decir; dejaos censurar, condenar, encarcelar; dejaos prender, pero divulgad vuestro pensamiento. Esto no es un derecho, es un deber. Toda verdad es para todos… Hablar está bien, escribir es mejor; imprimir es cosa excelente… Si vuestro pensamiento es bueno, se le aprovecha; si es malo, se le corrige, y se aprovecha todavía. ¿Pero el abuso?… Esta palabra es una tontería; los que la han inventado, ellos son los que verdaderamente abusan de la prensa, imprimiendo lo que quieren, engañando, calumniando e impidiendo el responder…

Paul-Louis Courier


En junio de 1960, Israel anunciaba la captura de Adolf Eichmann. Evidentemente, la campaña de cruces gamadas de enero había adolecido de muchas imperfecciones.

La nueva, mejor organizada, ofreció algunos resultados. Estos culminarán con el «proceso», empleando este término para designar esa situación confusa en la que se mezcla un acto de venganza – raptores, acusadores y jueces serán los mismos judíos – y una lucha política interna entre Nahum Goldmann y el Congreso Mundial Judío por una parte, y por otra el Mapai con Ben Gurion y Ben Zwi a su frente.

Una obra maestra de propaganda que denuncia la faceta exterior del «proceso» Eichmann, son las palabras del comandante de policía Abraham Selinger en Tel-Aviv:

«Con el proceso contra Eichmann, nosotros no sólo queremos sentenciar al más cruel enemigo del pueblo judío, sino refrescar también la memoria del mundo sobre los crímenes nazis contra los judíos. Los recuerdos de Eichmann, que él pone por escrito en su celda, demostrarán también la participación de los árabes en estos crímenes y la indiferencia de los aliados.».


Sólo se ha olvidado Abraham de recoger un aspecto: el económico. Los 16.000.000.000 de marcos con los que la República federal alemana indemniza a Israel, constituyen la principal fuente de ingresos de este país y posibilitan su subsistencia.

Pocas personas dirigieron durante la guerra la «cuestión judía» en ambos bandos contendientes. Himmler murió en una forma que aún está por aclarar. El Dr. Kasztner, en el proceso de Tel-Aviv en 1954, tuvo la desgracia de decir entre otras casas – que Saly Mayer, presidente del American Joint Committee, (organización de los judíos de Estados Unidos), había intervenido ante el gobierno suizo para que no abriese sus fronteras a los judíos que Alemania quiso poner en libertad durante la guerra. El Dr. Kasztner, como es sabido, fue asesinado durante el proceso. Eichmann y Ben Gurion estaban en Israel.

Que Eichmann debe limitarse a hablar de ciertas cuestiones, parece evidente después de las irritadas protestas de Ben Gurion a que fuese un tribunal internacional el que le juzgase. Israel, en resumen, va a participar más activamente en la política mundial.

En los Protocolos de los Sabios de Sión tales cosas sólo se insinuaban. Mientras tanto, el escritor judío Ben Hecht, ya famoso en la TV norteamericana por sus entrevistas con el tema de «Dios y la homosexualidad», ha podido decir por la American Broadcasting Corp:

«Yo profeso un odio contra los alemanes, con sus carnosos cogotes, con sus ojos inexpresivos, y con un hueco frío en su corazón que sólo puede ser calentado por medio del asesinato…»

Y según daba a conocer una publicación católica de St. Benedict, (Oregon), en 1959, Ben Hecht, en una de sus obras sobre perversidades, asesinatos por placer, morfinismo, etc., en A Jew in Love, escribe lo siguiente:

«Uno de los hechos más exquisitos que la plebe haya podido realizar, fue la crucifixión de Jesucristo. Desde el punto de vista espiritual fue una gesta brillante. Pero hay que reconocer que la masa actúa sin capacidad suficiente. Si yo hubiera sido encargado de la crucifixión de Cristo, habría actuado de otra manera. Le habría enviado a Roma y le hubiese echado como despojos a los leones. Del cuerpo en carne picada nunca se hubiera podido hacer un redentor.».

Con razones semejantes a aquellas por las que se acusa a Eichmann de la muerte de seis millones de judíos, un recalcitrante nazi que pensase que Roosevelt y Churchill iniciaron la segunda guerra mundial, podría afirmar que ellos son los responsables de la muerte de 52 millones de seres.

Eichmann es un genocida porque transportó varios centenares de miles de judíos a los campos. Harry Salomón Truman, que exterminó a 94.620 japoneses en unas horas, parece ser que no lo es, pues, al cumplir sus 75 años de edad, dijo que de la única cosa injusta de la que tenía que arrepentirse en su vida era de haberse casado a los 30 años.

Si en Dachau mueren unas 25.000 personas en doce años es un genocidio; si los angloamericanos al destruir el «seudoarte europeo de baratija» matan en un par de días de 200.000 a 300.000 habitantes de Dresde y refugiados que dormían en las calles, se considera como una «operación de castigo».

Los partisanos que matan a 55.810 soldados alemanes -estadística checa- son unos héroes; los alemanes que con arreglo a las convenciones internacionales fusilan a esos partisanos o los envían a los campos de concentración son unos bárbaros dignos de aparecer como tales en el cine.

Un judío inocente que muere por hambre o en una cámara de gas evidentemente es asesinado, un hamburgués que arde vivo en un bombardeo con fósforo constituye un lamentable episodio de la guerra. Por ello, como los vencidos fueron los malos, nadie podría pensar en juzgar al mariscal Harris por las 80.000 bombas de fósforo y millones de otros tipos que lanzó sobre Hamburgo entre el 24 y el 27 de julio de 1943, y por los 55.000 muertos que causó el bombardeo.


La organización internacional de defensa de los derechos humanos Human Rights Watch (HRW), denunció que Israel cometió «crímenes de guerra» al utilizar bombas de fósforo blanco contra la población de Gaza. La ONG presentó en Jerusalén el informe Lluvia de fuego: el uso ilegal de fósforo blanco en Gaza por parte de Israel, en el que aporta testimonios sobre el uso de este arma durante la ofensiva militar contra Gaza, que se produjo entre el 27 de diciembre y el 18 de enero de 2009. En contacto con la piel, esta sustancia provoca profundas quemaduras y puede causar daños mortales en el hígado, los riñones y el corazón.

Human Rights Watch recogió más de 20 restos de bombas de fósforo blanco de 155 milímetros en calles residenciales, tejados de viviendas, una escuela de la ONU, un hospital, un mercado y otras instalaciones civiles.

Los militares suelen usar el fósforo blanco para ocultar sus operaciones bajo una espesa capa de humo. También, para incendiar determinadas áreas con los más de 800 grados centígrados que alcanzan estas bombas. Y ambos usos están permitidos. Pero, según HRW, Israel empleó el fósforo blanco repetidamente en áreas densamente pobladas, provocando al menos «unas 12 muertes»  (sic), innecesarias entre la población civil palestina.

Con respecto a su uso afirma, Safwat Al-Zayat, “en el caso que un territorio esté contaminado con fósforo blanco, se almacena y se extiende en el suelo, o en el cauce de un río, lago o en los peces. Cuando un humano tiene contacto con el fósforo blanco, se quema la piel y la carne, hasta quedar sólo los huesos.” Agrega que esta arma prohibida, la usa el Estado de Israel. “Esto que hace Israel contra los civiles”, agrega “es contra los derechos humanos protegidos internacionalmente” y lo convierte en un criminal de guerra.

Un genocidio tal como lo definió el artículo dos de la Convención de Prevención y Castigo al Delito de Genocidio, asumido por las Naciones Unidas el mismo año en que los israelíes expulsaron cerca de setecientos cincuenta mil palestinos de sus casas y aldeas, a las que todavía no pudieron regresar.  Para el mundo, 1948 es el año de la declaración de los derechos humanos y de la sanción de la Convención de Genocidio, para el pueblo palestino, el año de la Nakba o tragedia.

¿No es una verdadera paradoja de que, en el discurso oficial sionista y de buena parte de historiadores, el Estado de Israel es el producto de un genocidio -en el sentido de que se constituye como respuesta al supuesto terror diseminado por el nazismo, el  terror a que se repitiera un genocidio semejante- y al mismo tiempo, para su constitución arrasa otro pueblo, negando su identidad nacional, generando el terror de los palestinos por ya más de setenta años?.

El creador del concepto de Genocidio, Raphael Lemkin, fue un abogado polaco de origen judío que buscaba una clasificación penal adecuada a lo que, entendía él, constituía un fenómeno de nuevo tipo surgido de la mano del fascismo y la Segunda Guerra Mundial: no solo la destrucción de la identidad de un grupo nacional, no solo la destrucción del grupo nacional como tal sino la imposición de la identidad del sujeto genocida, (sea un Estado o un conjunto de fuerzas diversas), al grupo agredido.

Al adoptar el concepto, luego de largos debates, las Naciones Unidas dijeron  en la Convención ya mencionada:

“Artículo II :   En la presente Convención, se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:

a) Matanza de miembros del grupo;
b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo;
c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial;
d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo;
e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.”

Como cualquier observador medianamente  imparcial debería confirmar sin dudas, el Estado de Israel, con el apoyo entusiasta de amplios sectores de su población y el apoyo indispensable y fundamental del gobierno de los EE.UU. y del sionismo internacional, someten al pueblo palestino a un proceso genocida, que como todo proceso genocida, tiene características particulares y únicas.

En el caso palestino, una de las particularidades viene del lado de la duración.

Se podría decir, al menos de manera tentativa, que el proceso genocida comenzó en 1948 con lo que los palestinos llaman la Nakba, la tragedia, que consistió en la expulsión de sus aldeas y hogares de unos 750 mil palestinos, separados de su pueblo y sometidos a condiciones de existencia que inevitablemente acarrearían “su destrucción física, total o parcial”.

Cada palestino que viva fuera de Jerusalén o el Estado de Israel, desde que nace hasta que muera, vivirá encerrado entre muros que solo podrá traspasar cruzando un “check point” militar en el que deberá mostrar pases administrativos emitidos por la autoridad militar, que de cualquier modo podrá demorarlo el tiempo que quiera o directamente negarle el paso sin mayores fundamentos que las armas largas que portan las soldadas y los soldados israelíes en cada punto de paso.  En esos “encierros temporales” extrajudiciales, se han registrado muertes de madres embarazadas que esperaban llegar a un centro de salud o un hospital al cual nunca las dejaron ingresar, lo que de por sí amerita la aplicación del punto D del Artículo dos de la Convención: “Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo”.


¿En qué articulo del Convenio encuadrar el asesinato de los niños en Gaza, sorprendidos mientras jugaban al fútbol en la playa o la de los niños del Campo de Refugiados Aída de Belén, cazados como animalitos con rifles de mira telescópica por los soldados israelíes que deberían garantizar su seguridad?.   La letra fría diría que en el primer inciso del articulo dos, el que condena “la matanza de miembros del grupo”, pero uno presiente que en obstinado ataque a los niños hay algo mucho más profundo y revelador sobre el proceso genocida en curso: los matan, los arrestan, los torturan, y si uno de ellos alza una piedra, los tratan como terroristas y ahí aparece el coro de voces  “progresistas” clamando por la seguridad de Israel, o sea, justificando el genocidio presente.

También, y eso corresponde al ya citado punto C del artículo dos: “Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”, los palestinos son limitados en la provisión del agua potable y en el acceso a la energía eléctrica, impedidos de mejorar sus viviendas o de tener un pleno acceso a los servicios de salud, esparcimiento, cultura y turismo.

Mientras tanto, el sionismo internacional, dueño de la mayoría de los medios de información mundiales, sigue difundiendo la mentira y falsedad de ser las eternas víctimas de la historia…

Con información de El País, Resumen Latinoamericano y P. Rassinier

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II Guerra Mundial:judíos contra Alemania y la apropiación de Palestina

Sonrientes, regordetes y aristocráticos judíos sobrevivientes del «holocausto» en su llegada a Haifa, Palestina en 1946  ©Keystone-Getty Images

El día 18 de febrero de 1939, un observador neutral, el rey Alfonso XIII de España, exponía en Roma al conde Szembek sus ideas sobre el desarrollo de los acontecimientos. Este último escribía:

«El Rey juzga la situación internacional con pesimismo. Las Internacionales empujan a la guerra. El judaísmo y la masonería juegan en estas maquinaciones un gran papel».

El mes de abril, el grupo belicista inglés, (Churchill, Duff Cooper, Belisha, Eden y Vansittard), fue forzando a Chamberlain a que animara a Polonia a no negociar con Alemania. Un conocido historiador inglés, el general J. P. C. Fuller, ha escrito en su libro «Batallas decisivas del mundo occidental»:

«Que a partir de este momento, (abril de 1939), la guerra había sido decidida también por otros que no eran Hitler, es un hecho claro. Weigand, el periodista norteamericano en Europa de mayor edad, cuenta que el 25 de abril de 1939 fue llamado por el embajador norteamericano en París, Bullitt, el cual le declaró: «La guerra en Europa es una cuestión decidida… América entrará en la guerra, detrás de Francia y la Gran Bretaña» Esto será confirmado por los «White House Papers», de Harry Hopkins, con arreglo a los cuales Winston Churchill hacia el mismo tiempo dijo a Bernard Baruch: «La guerra vendrá muy pronto. Nosotros entraremos en ella y ellos, (los Estados Unidos), lo harán también. Usted arreglará las cosas al otro lado y yo prestaré atención aquí.»

El 1 de septiembre los alemanes entraban en Danzig, y dos días después Inglaterra y Francia declaraban la guerra a Alemania. El 5 de septiembre, Chaim Weizmann manifestaba por Radio Londres: «Los judíos están por Inglaterra y lucharán al lado de las democracias.» Con esta declaración de guerra los judíos se sumaban al conflicto, y 30.000 de ellos afirma Leon Uris vestirían el uniforme polaco durante la campaña de 1939.


A finales de 1942 el Reich construyó cinco grandes campos de concentración para judíos. En febrero de 1940 el judío Theodor N. Kaufman ya había editado en Estados Unidos el libro «Germany Must Perish», en el que explicaba minuciosamente cómo empleando 20.000 médicos se podría esterilizar en pocos meses a todos los varones y mujeres de Alemania. En sesenta años no quedaría un solo alemán en Europa. Las enseñanzas de este «perfecto manual del genocidio» fueron aplicadas después en Theresienstadt sobre algunos de los compatriotas de Kaufman.

En el órgano judío de Nueva York «Forwarts», también puede leerse con fecha de 22 de septiembre de 1943 que «Baruch está convencido de que con un suficiente número de aviones Alemania y el Japón podrán ser transformadas en un montón de cenizas». Al final no sólo hubo cenizas germanas.

En un principio el Reich pensaba en trasladar los judíos a Madagascar. En el texto; que aún se conserva; se habla de que esa isla podría albergar finalmente a cuatro millones de hebreos, es decir, a casi todos los que residían en Europa. El plan fracasó por la negativa francesa. Pero otras tentativas germanas de solucionar el problema fracasaron precisamente por el rechazo obstinado de la judería mundial. Veamos las razones.

El judío J. G. Burg, en su excepcional obra «Schuld und Schicksal», cuenta cómo en 1938 el doctor Hjalmar Schacht sostuvo en Londres una entrevista con Chaim Weizmann. En ella le presentó una propuesta suya, a la que había accedido Hitler, para que salieran pacíficamente de Alemania los judíos que aún quedaban allí, Schacht, que contaba con que su oferta sería recibida con gran satisfacción, quedó asombradísimo al recibir una rotunda negativa por parte de Weizmann.

Durante la guerra hubo otras propuestas germanas que tampoco fueron coronadas por el éxito. La más conocida es la que tuvo por protagonista a Joel Brand, a quien se le ofrecía concretamente por Eichmann la evacuación de todos los judíos húngaros y que en vez de recibir ayuda fue internado, por los ingleses en Egipto.

En la primavera de 1944, un notable filósofo judío, Martin Buber, lanzó en Jerusalén una durísima acción contra los jefes de la judería mundial y del sionismo, por conocer perfectamente las calamidades de Auschwitz y no decir una palabra de ello, que hasta hubieran podido evitarlas. Denunciaba cómo hay elementos en el sionismo que «ven su suerte en la radicalización de la situación, y que para alcanzar sus fines están dispuestos a sacrificar vidas humanas.» El filósofo añadía: «Y aquí acontece realmente lo más horrible: la explotación de nuestra catástrofe. Lo que se determina con esto no es ya la voluntad de salvación, sino la voluntad de aprovechamiento”.


Una acusación aún más concreta fue lanzada, terminado el conflicto mundial, por el doctor Kasztner, representante de la judería húngara, que intervino en 1954, en un proceso en Jerusalén. Según él, en 1944 tuvieron lugar en Suiza conversaciones entre representantes del Gobierno alemán y del «American Joint Committee», con el propósito de cambiar por divisas a todos los judíos internados en campos de concentración. Kasztner afirmó que dicho Comité se había negado a emplear las grandes sumas recibidas de los judíos del mundo entero para salvar a los recluidos en los campos, y lo que es aún más grave, que el presidente del A. J.C., Saly Mayer, había intervenido ante las autoridades suizas para que no abrieran sus fronteras a los judíos fugitivos. El proceso no pudo terminar, pues como es fácilmente comprensible poco después Kasztner fue encontrado muerto en la habitación de su hotel.

William S. Schlamn, importante escritor judío, observa en su libro «Wer ist Jude?» que las calamidades que se abatían sobre los judíos en Auschwitz eran una gran suerte para los «realpolitiker» sionistas, ya que cuanto peor les fuera a los judíos europeos tanto más fuertes serían las exigencias sionistas respecto a Palestina. El historiador judío Bruno Blau abunda en la misma opinión en su trabajo «Der Staat Israel im Werden» (Frankfurter Hefte, dic. 1951), en el que sostiene:

«El Estado de Israel debe su instauración, por extraño que esto pueda parecer, a los acontecimientos que tuvieron lugar durante los doce años del «Reich milenario». Es muy dudoso que las Naciones Unidas hubieran hecho realidad este Estado judío, ansiado por Theodor Herzl y sus partidarios, sin aquellos acontecimientos.»

Corroborando todo lo anterior, tenemos las afirmaciones hechas en Montreal, en 1947, por el presidente del Congreso Mundial Judío, Nahum Goldmann:

«Los judíos podríamos haber obtenido Uganda, Madagascar y otros lugares para el establecimiento de una patria judía; pero no queríamos absolutamente nada excepto Palestina. No porque el mar Muerto, evaporado, pueda producir por valor de cinco trillones de dólares en metales y metaloides; no por el significado bíblico o religioso de Palestina; no porque el subsuelo de Palestina contenga veinte veces más petróleo que todas las reservas combinadas de las dos Américas; sino porque Palestina es el cruce de Europa, Asia y Africa porque Palestina constituye el verdadero centro, del poder político mundial, el centro estratégico militar para el control mundial.»

Así resulta más fácil de comprender la leyenda de los seis millones de judíos gaseados. Por otra parte, minuciosos estudios realizados por varios historiadores, y en especial por el resistente francés Paul Rassinier en sus obras «El verdadero proceso Eichmann» y «La mentira de Ulises», demuestran que el número de muertos no pudo sobrepasar el millón. La cifra es elevada, pero en todo caso muy inferior a la de víctimas de la población civil alemana o polaca.

Podríamos resumir lo sucedido a los judíos en la guerra, en las declaraciones hechas por el coronel Stepen F. Pinter a la revista norteamericana «Our Sunday Visitor», de Huntington. Pinter, que a principios de 1946 fue a Alemania como juez militar, con el rango de coronel, y que en la esfera de sus funciones fue en Dachau el oficial de mayor categoría, afirma:

«En Dachau no hubo ninguna cámara de gas. Lo que a los visitantes y, a los curiosos les señalado como «cámara de gas» era una cámara de incineración. Tampoco hubo cámaras de gas en otros campos de concentración en Alemania. Se nos dijo que había habido una cámara de gas en Auschwitz, pero como este lugar se encontraba en la zona de ocupación rusa no pudimos investigar la cuestión, ya que los rusos no nos lo permitieron. Se cuenta también siempre el viejo cuento propagandístico de que «millones de judíos fueron muertos por los nacionalsocialistas. Según lo que pude descubrir durante seis años de postguerra en Alemania y Austria, realmente fueron muertos judíos, pero la cifra de un millón ciertamente que no fue alcanzada.»

Por B. de Roncesvalles


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Ingeborg Bachmann y Paul Celan, dos judíos errantes

Ingeborg Bachmann. Murió en 1973 a causa de las quemaduras sufridas al dormirse fumando en la cama. Tres años antes, Celan se había suicidado arrojándose al Sena desde el puente Mirabeau ©Cedoc Perfil

Ingeborg Bachmann y Paul Celan se conocieron en la primavera de Viena en 1948. Se inauguró entonces un diálogo epistolar íntimo y apasionado que se extendió durante más de quince años. De esa correspondencia sobrevivieron las cartas de ambos poetas. Un epistolario único por la intensidad del sentimiento y el intercambio de los poemas.

En la primavera de 1945, una muchacha austríaca de 19 años conoce a un joven oficial del ejército británico de ocupación que habla alemán con acento vienés. La primera referencia a él en su diario lo describe sumariamente como “bajito y feo”.

Surge una amistad, de parte de él un enamoramiento, de parte de ella un afecto impregnado de  curiosidad por un individuo totalmente ajeno a la gente que conoce. El nació en Viena en 1920. Su madre judía, sirvienta, no pudo mantenerlo y lo confió a la edad de 6 años a un orfanato de la comunidad. En 1938, momento en que Austria da la bienvenida a su anexión por el Tercer Reich, emigró a Palestina, entonces protectorado británico. Allí se enroló en el ejército y al terminar la guerra el conocimiento del idioma hizo que lo destinaran como intérprete a Austria. No a su ciudad natal sino a Vellach, en la provincia de Carintia, uno de los baluartes del nacionalsocialismo.

En Vellach, aquella joven se ha refugiado con parte de su familia para huir de los bombardeos aliados que asolan Klagenfurt, la ciudad donde nació. Se siente un destino de poeta y sueña con partir. No tiene una meta, sólo una certeza: la negación del punto de partida, la insatisfacción ante su entorno. Su resistencia al nazismo es instintiva, alimentada por la estupidez y prepotencia de sus profesores. (¿Acaso para distanciarse del padre, profesor afiliado al Partido Nacional-socialista desde 1932, que ya no podrá ejercer cuando vuelva del frente del Este?) Para no ser enviada como otras alumnas del liceo a servir en una división del ejército del Reich en Polonia, ha debido inscribirse en la rama para adolescentes de la Juventud Hitleriana, de la que deserta aprovechando la confusión de los últimos días de la guerra.

El militar británico vive la ambigüedad, o la paradoja, de ser ocupante en el país que lo vio nacer. Es recibido por la familia de la joven, no sabemos si por mera sumisión al momento histórico o con cierta curiosidad por tratar a un sobreviviente de los expulsados. Pero es ella su interlocutora casi cotidiana. En su conversación, él va recuperando un origen que le fue negado, el idioma de su infancia clausurada, de una doble orfandad; la joven descubre que él ha leído todos los autores prohibidos de los que ella sólo ha podido asomarse a alguna página clandestina: Thomas Mann, Zweig, Schnitzler. En Vellach pronto se convierten en tema de chismes: “Esa chica está saliendo con un judío”. En su diario, ella escribe: “Si llegase a ser centenaria, estoy segura de que esta primavera, este verano, seguirán siendo los más hermosos de mi vida”.

Esa relación, de signo distinto para cada uno de ellos, se concentra en unas pocas semanas. Ella irá a la universidad, primero a Innsbruck, luego a Graz, más tarde a Viena. El volverá a Palestina. Mantendrán una correspondencia de la que sólo sobreviven las cartas de él en los archivos de la mayor poeta de lengua alemana del siglo, la que aquella joven iba a ser: Ingeborg Bachmann.

Jack Hamesh le escribe con el dolor de la separación y la esperanza que tantos judíos depositaron en la creación del Estado de Israel por votación de las Naciones Unidas, la mirada fija en un legendario regreso a la tierra prometida, ciegos ante la desposesión de la población árabe que habitaba esa tierra desde hacía siglos. (El filósofo israelí Yeshayahou Leibowitz iba a decir que no veía solución para el conflicto israelí-palestino, porque esa tierra había sido prometida dos veces: a los judíos por Dios, a los árabes por la Historia, “y entre Dios y la Historia no hay componenda posible”.) Las cartas de Ingeborg Bachmann no se han hallado. La última carta de Hamesh es de 1947. No volvieron a verse.

En otra primavera, la de 1948, en Viena, Bachmann conoce a otro judío: el poeta Paul Celan, nacido en Rumania como Paul Antschel, hijo de padres muertos en campos de concentración. Esta vez la relación apasionada es recíproca. Recorren como sonámbulos la ciudad dividida entre cuatro vencedores, entre cuyas ruinas se esconden los verdugos del pasado reciente. “Vivimos entre locos y asesinos”, escribe Bachmann. Celan va a ser el autor de una obra difícil, críptica, que no ha cesado de hacerse indispensable con el tiempo. Años más tarde, ya instalado en París, le escribirá a Bachmann, que no ha podido dejar Viena: “Cuando te conocí fuiste para mí lo sensual y lo espiritual, inseparables para siempre”. De esta correspondencia sobrevivieron las cartas de ambos poetas. Constituyen un epistolario único por la intensidad del sentimiento y el intercambio de los poemas.

En París, Celan se casa con una francesa e intenta adaptarse sin mucho entusiasmo a la vida de la capital; intrínsecamente sigue siendo un errante cuya única patria es el idioma alemán, la lengua de quienes mataron a sus padres y que él posee y retuerce hasta extraerle sentidos impensados. Como les ocurrió a otros sobrevivientes, Primo Levi, Jean Améry, el empuje vital de los primeros años de vida recuperada iba a gastarse, a dejar paso a un sentimiento de vacío. Como ellos, Celan se suicida: se arroja al Sena desde el puente Mirabeau un día de primavera en 1970. Ingeborg Bachmann, que finalmente ha realizado su sueño de viajar y se ha instalado en Roma, muere en 1973. Una muerte absurda, secuela de las quemaduras sufridas al dormirse fumando en la cama.

Todo país quiere recuperar a sus réprobos. Bachmann, que sólo deseaba dejar atrás la estrechez mental de la provincia austríaca, hoy tiene su nombre en el liceo de la ciudad de Vellach, donde también hay una calle, la Ingeborg-Bachmann-Strasse

 Por Edgardo Cosarinsky
Con información de Perfil

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