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Esperamos luz, y he ahí tinieblas

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Es mucho lo que la ciencia no entiende, quedan muchos misterios todavía por resolver. En un universo que abarca decenas de miles de millones de años luz y de unos diez o quince miles de millones de años de antigüedad, quizá siempre será así. Tropezamos constantemente con sorpresas. Sin embargo, algunos escritores y religiosos afirman que los científicos creen que «lo que ellos encuentran es todo lo que existe». Los científicos pueden rechazar revelaciones místicas de las que no hay más prueba que lo que dice alguien, pero es difícil que crean que su conocimiento de la naturaleza es completo…

Carl Sagan

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De los hijos y sus padres …

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Nuestra ancestral y rica cultura árabe nos ha legado un proverbio de una indudable sustantividad histórico-filosófica que reza así: Los hijos se parecen más a su tiempo que a sus padres. De tal sentencia se desprende que es una necedad de los padres, obligar a sus hijos a que se comporten o piensen como ellos lo hacen .

«No es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos».

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Sobre el idealismo

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Cada época tiene ciertos ideales que presienten mejor el porvenir, entrevistos por pocos, seguidos por el pueblo o ahogados por su indiferencia, ora predestinados a orientarlo como polos magnéticos, ora a quedar latentes hasta encontrar la gloria en momento y clima propicio.

Reducir el idealismo a un dogma de escuela metafísica equivale a castrarlo; llamar idealismo a las fantasías de mentes enfermizas o ignorantes, que creen sublimizar así su incapacidad de vivir y de ilustrarse, es una de tantas ligerezas alentadas por los espíritus palabristas. Los más vulgares diccionarios filosóficos sospechan este embrollo deliberado: Idealismo: palabra muy vaga que no debe emplearse .sin explicarla. Hay tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas y tantos idealistas como hombres aptos para concebir perfecciones y capaces de vivir hacia ellas. Debe rehusarse el monopolio de los ideales y cuantos lo reclaman en nombre de escuelas filosóficas, sistema de moral, credos de religión, fanatismo de secta o dogma de estética. El «idealismo» no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearían oponerlo al «materialismo», llamando así, despectivamente, a todas las demás; ese equívoco, tan explotado por los enemigos de las Ciencias tenidas justamente como hontanares de Verdad y de Libertad, se duplica al sugerir que la materia es la antítesis de la idea, después de confundir al ideal con la idea y a ésta con el espíritu, como entidad trascendente y ajena al mundo real. Se trata, visiblemente, de un juego de palabras, secularmente repetido por sus beneficiarios, que transportan a las doctrinas filosóficas el sentido que tienen los vocablos idealismo y materialismo en el orden moral. El anhelo de perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con igual ímpetu al filósofo monista y al dualista, al teólogo y al ateo, al estoico y al pragmatista.

Cada época tiene ciertos ideales que presienten mejor el porvenir, entrevistos por pocos, seguidos por el pueblo o ahogados por su indiferencia, ora predestinados a orientarlo como polos magnéticos, ora a quedar latentes hasta encontrar la gloria en momento y clima propicio. Y otros ideales mueren, porque son creencias falsas: ilusiones que el hombre se forja acerca de si mismo o quimeras verbales que los ignorantes persiguen dando manotadas en la sombra. Sin ideales sería inexplicable la evolución humana. Los hubo y los habrá siempre. Palpitan detrás de todo esfuerzo magnífico realizado por un hombre o por un pueblo. Son faros sucesivos en la evolución mental de los individuos y de las razas. La imaginación los enciende sobrepasando continuamente a la experiencia, anticipándose a sus resultados. Ésa es la ley del devenir humano: los acontecimientos, yermos de suyo para la mente humana, reciben vida y calor de los ideales, sin cuya influencia yacerían inertes y los siglos serían mudos.

Los hechos son puntos de partida; los ideales son faros luminosos que de trecho en trecho alumbran la ruta. La historia de la civilización muestra una infinita inquietud de perfecciones, que grandes hombres presienten, anuncian o simbolizan. Frente a esos heraldos, en cada momento de la peregrinación humana se advierte una fuerza que obstruye todos los senderos: la mediocridad, que es una incapacidad de ideales.

Así concebido, conviene reintegrar el idealismo en toda futura filosofía científica. Acaso parezca extraño a los que usan palabras sin definir su sentido y a los que temen complicarse en las logomaquias de los verbalistas. Definido con claridad, separado de sus malezas seculares, será siempre el privilegio de cuantos hombres honran, por sus virtudes, a la especie humana. Como doctrina de la perfectibilidad, superior a toda afirmación dogmática, el idealismo ganará, ciertamente. Tergiversado por los miopes y los fanáticos, se rebaja. Yerran los que miran al pasado, poniendo el rumbo hacia prejuicios muertos y vistiendo al idealismo con andrajos que son su mortaja; los ideales viven de la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que lo contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera oponer la imaginación de lo futuro a la experiencia de lo presente, el Ideal a la Verdad, como si conviniera apagar las luces del camino para no desviarse de la meta. Es falso; la imaginación y la experiencia van de la mano. Solas, no andan.

Al idealismo dogmático que los antiguos metafísicos pusieron en las «ideas» absolutas y apriorísticas, oponemos un idealismo experimental que se refiere a los «ideales» de perfección, incesantemente renovados, plásticos, evolutivos como la vida misma. (J.I)

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Amina y el cuarto del horno …

Cuarto del horno.
Cuarto del horno.

… En la paz de la mañana naciente, cuando los resplandores del alba se aferraban aún a los rayos de luz, se elevó el sonido de la masa desde el horno, en el patio, con golpes intermitentes, como el eco del tambor. Amina había dejado el lecho una media hora antes. Tras hacer sus abluciones y rezar, bajó al horno para despertar a Umm Hanafi, una mujer de unos cuarenta años que había entrado muy joven a servir en aquella casa, de la que no se separó sino para casarse, y a la que regresó al divorciarse.

Mientras la criada se levantaba para amasar, Amina se dispuso a preparar el desayuno. La casa tenía un amplio patio, en cuyo extremo derecho había un pozo con la boca cerrada por una tapa de madera desde que los niños habían empezado a gatear por el suelo y tras la incorporación de las cañerías del agua; en el extremo izquierdo, cerca de la entrada del harén, había dos habitaciones grandes, en una de las cuales estaba el horno y se utilizaba por consiguiente como cocina, y la otra, preparada como alacena.

A pesar de estar aislada, Amina sentía hacia la habitación del horno un gran apego, ya que si se contara el tiempo que había pasado entre sus paredes, sería toda una vida. Esta habitación se inundaba de momentos felices con la llegada de las fiestas, cuando se dirigían a ella los corazones animados por las alegrías de la vida, y las bocas se hacían agua por los platos de apetitosa comida que se ofrecían fiesta tras fiesta, como la compota y los dulces del Ramadán, el bizcocho y los bollos del día de la ruptura del ayuno, y el cordero de la Pascua Grande, que se engordaba y se criaba para luego sacrificarlo en presencia de los niños, sin que faltaran unas lágrimas de tristeza en medio de la alegría general.

Allí estaba la abertura arqueada del horno, en cuyo fondo aparecía un fuego ardiente como la brasa de la alegría encendida en los pensamientos secretos, a modo de adorno y presagios de la fiesta. Aun cuando Amina sentía que en la parte más alta de la casa ella era tan sólo señora por delegación, y representante de un poder del que no poseía nada, en aquel lugar, por el contrario, era una reina que no compartía la soberanía con nadie: el horno moría y vivía según sus órdenes, el carbón y la leña, que esperaban en el rincón derecho, tenían su destino sujeto a una palabra suya.

El hornillo que ocupaba el rincón de enfrente, bajo las repisas donde estaban las ollas, platos y bandejas de cobre, dormía o crepitaba con lenguas de fuego a un gesto de su mano. Ella era allí la madre, la esposa, la maestra y la artista de la que todos esperaban, con el corazón lleno de confianza, lo que sus manos ofrecieran. Señal de ello era que sólo obtenía el elogio de su señor, si es que él la elogiaba, por algún plato de comida que hubiera elaborado y cocinado con esmero.

En este pequeño reino Umm Hanafi era la mano derecha, tanto si Amina se dedicaba a dirigir o a trabajar como si dejaba el lugar a una de sus dos hijas para que pusieran en práctica su destreza bajo su supervisión. Umm Hanafi era una mujer enormemente gruesa. Sus carnes habían tenido un desarrollo generoso, y conservaban su aparatoso volumen, dejando de lado toda consideración a la belleza. Sin embargo, estaba totalmente satisfecha de ello, ya que consideraba que la gordura era en sí misma la culminación de la belleza.

Así, no era de extrañar que cualquier trabajo que realizara en la casa se considerara casi secundario en comparación con su misión principal, la de engordar a la familia —o más bien a las mujeres— con las «golosinas» mágicas que preparaba para ellas, y que constituían el misterio y el oculto secreto de la belleza. A pesar de que el efecto de las «golosinas» no era siempre alimenticio, justificaba su valor en más de una ocasión, haciéndose digno de las esperanzas y sueños que se depositaban en él.

Con esto, no era de extrañar que Umm Hanafi estuviera gorda, aunque su gordura no disminuía su actividad. En cuanto la despertaba su señora, se levantaba con el alma lista para el trabajo y corría hacia la artesa de amasar. Su sonido, que desempeñaba la función de despertador en aquella casa, se elevaba y llegaba hasta los niños, que dormían en el primer piso. Luego subía hasta el padre, en el piso más alto, avisando a todos que había llegado el momento de despertarse …

N. Mahfuz

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El Talmud y la mujer menstruante

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El Talmud considera a la mujer menstruante como «fatal» incluso sin que se produzca ningún contacto físico:

«Nuestros Rabinos enseñaron:…. si una mujer menstruante pasa entre dos [hombres], si es al principio de sus menstruos, ella matará a uno de ellos, y si está al final de sus menstruos causará disputa entre ellos.» (bPes. 111a.)

Además, al marido de una mujer menstruante le estaba prohibida la entrada en la sinagoga si se había contaminado por causa de ella, incluso por tocar el polvo que habían pisado sus pies. Un sacerdote cuya esposa, hija, o madre estaban menstruando, no podía recitar la bendición sacerdotal en la sinagoga.

No sorprende el hecho de que muchas mujeres judías todavía se refieran a la menstruación como a «la maldición.» 

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Detrás de la niebla del olvido …

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… Detrás de esa niebla, que puedes llamar la niebla del olvido, estoy viendo lo que eres…¡Ven, acércate  y te diré lo que puedes hacer para disipar el olvido que te envuelve!… Si ahora eres algo indefinido que en cualquier momento puede desvanecerse,aprovecha esta oportunidad para recuperar el propósito de tu esencia, diciéndome dónde  has vivido y cómo  es que has llegado a tal grado de raquitismo. Hablar te servirá de tónico.

Después de vacilar unos segundos, la figura enclenque le confesó:

Allí, en aquel rincón. Allí he vivido siempre. Nunca pude abandonar ese lugar para saber quién era. Además, no supe encontrar el camino, y como nadie me tuvo en cuenta, creía que era una cosa inútil. Desde ese rincón donde me consumía sin hacer nada, veía pasar siluetas, sombras y figuras que luego aprendí a distinguir y a conocer. Todas ellas me consideraban un deshecho caduco y envejecido por el deslumbramiento que ellas manifestaban. Se acercaban a mi rincón para averiguar si yo había muerto, pero al comprobar lo contrario se preguntaban de dónde sacaba tanta energía para sobrevivir. Ni yo misma sabía.

La figura enclenque se animaba poco a poco a medida que hablaba y se confesaba inocente del encierro que padecía. La voz aumentaba de tono y los ojos comenzaban a mirar sin tenerlos fijos en la lejanía. La figura enclenque se vigorizaba con el despertar de su propia esencia, con el movimiento de su propia esencia …  (JA)

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