La diversidad de las poblaciones árabes

Arabes sedentarios de Siria, fotografiados en Damasco por G. Lebon

Se considera generalmente a los Árabes como formando una raza única, y para la mayor parte de los Europeos, todo musulmán del África y Asia, desde Marruecos hasta Arabia, es un Árabe, del mismo modo que para los Orientales todos los Europeos, ya sean Ingleses o Alemanes, ya Italianos, Rusos, etc., son los representantes de un pueblo único que designan con el nombre de los Francos.

El modo de juzgar nosotros de los Árabes no es en realidad menos inexacto que el que ellos tienen de juzgarnos a nosotros. Hay entre ellos muchos tipos tan diferentes como los que pueden hallarse en Europa. A consecuencia de los diferentes centros que han hallado y de los diversos pueblos con que se han mezclado, los Árabes han llegado a formar combinaciones muy complejas. Así, por ejemplo, los Árabes que hoy habitan la Meca, y que antes eran una de las razas más puras, son un producto del cruzamiento de los diferentes pueblos que desde el Atlántico hasta el Indo van anualmente a esta ciudad desde los tiempos del Profeta Muhammad. Lo mismo ha pasado en África y Siria, donde Fenicios, Berberiscos, Turcos, Caldeos, Turcomanos, Persas, Griegos y Romanos se han mezclado más o menos con los Árabes; y hasta en las mismas partes más centrales y aisladas de Arabia, como el Necljed, la raza dista de ser pura; pues hace siglos que el elemento negro se cruza con ella.

Todos los viajeros que han visitado el interior de África han quedado sorprendidos de esta influencia de los negros en la Península; de modo que Rotta cita una región del Yemen donde la población ha llegado a ser casi negra, al paso que en las montañas la misma población, poco mezclada, continúa siendo blanca; y al hablar de la familia de uno de los jeques de la comarca, dice que entre sus hijos los había de todos los colores, desde el negro hasta el blanco, según el cutis de sus madres. Wallin ha visto en el Djóf tribus enteras de esclavos negros. También son muy comunes los negros en el Nedjed, donde, lo mismo que en el resto de la Arabia, no existe ninguna preocupación de color; lo cual, como es consiguiente, no impide ningún cruzamiento. Cuenta Palgrave que Katif, ciudad importante del Nedjed, estaba gobernada por un negro, cuando él hizo su viaje. «He visto en Riadh, añade, muchos hijos de mulatos que llevaban orgullosamente la espada con empuñadura de plata, teniendo entre sus servidores a Árabes de la más pura sangre ismaelita o kahtanita.»

Esta falta de preocupación respecto al color ha sorprendido también a lady A. Blunt, quien en su narración reciente del viaje que hizo a Nedjed en 1878, refiere que el gobernador de una de las más grandes ciudades de esta región «era un negro completamente negro, con lo característicamente repulsivo del Africano. Parecióme de lo más absurdo del mundo, añade, ver a ese negro, que todavía es esclavo, en medio de un grupo de cortesanos de raza blanca; pues todos estos Árabes, la mayor parte de los cuáles son nobles por la sangre, se encorvaban delante de él, dispuestos a obedecer sus miradas, o a celebrar sus pobres ocurrencias.»

Esa mezcla de razas diferentes se verifica particularmente entre los Árabes sedentarios, por considerar honroso cada Árabe tener en su harem mujeres de diferentes colores. En las tribus del desierto, y particularmente de las montañas, la pureza de la raza es mucho mayor; aunque debe notarse que entre las tribus nómadas de la Siria oriental, especialmente de las que residen cerca de Palmira, en pleno desierto, hay rubios de ojos azules, lo cual parece implicar una mezcla con los pueblos procedentes de un origen mucho mas septentrional.

Por G. Lebon

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