Freya,la espía que amaba Oriente

Después de superar una infancia difícil y nómada decidió cumplir con una pasión incontrolable: pisar Oriente Medio. Descubrió el ‘Valle de los asesinos’ en Irán y aprendió el persa y el árabe mezclándose con decenas de tribus. Fue espía en la II Guerra Mundial y a los 80 años aún andaba por el Himalaya.

Freya Stark (1893-1993)
Freya Stark (1893-1993)

La ruta más directa para entender la aventura vital de Freya Stark es aceptar que la pasión es algo más que un concepto cargado de mensajes semióticos. Ella la convirtió en quilla de su biografía y así fue asumiendo aventuras. Hay algo de vagabundeo feliz en su nomadismo. Una suerte de búsqueda incalculable que se impulsa más con las aspas del entusiasmo que con la gelatina de la inspiración. Freya Stark quiso hacer del mundo el oro de la soledad de su mesa de camilla. Lo quiso saber todo de primera mano sin necesidad de leerlo en otros. Y por eso fue a buscarlo.

Algunos seres solo alcanzan su equilibrio químico en el movimiento, en la exploración, en la rebeldía. Son buenos intérpretes de las neurosis mundanas sencillamente porque saben que lo puro y lo salvaje reside en el polvo del camino y en la simetría bilateral de buscarle las vueltas a la Historia. A Freya Stark la diseñó una pareja de primos incompatible. Nació sietemesina en 1893, dentro de una casa destartalada de París donde un padre pintor de origen británico y una madre escultora y pianista de estirpe italiana se hacían luz de gas. Él, flemático. Ella, inteligente e inflamable. El matrimonio duró un año más y para aquella niña y su hermana comenzó entonces una larga trashumancia. A los siete años hablaba cuatro idiomas. «Nuestra vida deambulante nos hizo precavidas y bastante resistentes», confesó en sus memorias.

Y con esa misma fuerza aprendida asumió su existencia. A los nueve años cayó en sus manos un volumen de Las mil y una noches. Aquellos cuentos de un erotismo sofisticado, solo comparables en intensidad con algunos relatos de la mitología griega, le abrieron un inocente apetito de viaje del que no se descabalgó jamás.

Todo empezó a tomar sentido con Oriente en la meta. Más aún cuando a los 12 años un accidente con una máquina de coser industrial le dejó sin parte del cuero cabelludo, sin una oreja, sin moflete y sin un párpado. A eso también se sobrepuso, pero de algún modo el daño le acusó la necesidad de fluir lejos de casa, de escapar como si no hubiese más mañana que la lejanía. Fue el remate a una infancia rara que tuvo su fin de ciclo en la universidad de Londres y en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos, donde tomó las primeras lecciones de persa y de árabe. Freya tenía irremediablemente el veneno dentro del cuerpo.

La Primera Guerra Mundial la pasó en Italia como enfermera voluntaria. Y después de aquella contienda charcutera afianzó aún más sus pasiones árabes entre lecturas rarísimas y el estudio de una cartografía que le daba reflejos de loca en la mesa de estudio de la biblioteca. Cuando en 1927 embarcó en el carguero Abazzia, con destino hacia Oriente Medio, tenía 34 años. Era soltera. Viajaba con lo justo y no llevaba cartas de recomendación diplomática.

Era una aventura extraordinaria para una mujer que manifestaba una cierta mística de tierra campa. Estaba en el límite de sus fuerzas incluso antes de partir, pero la idea de alejarse de una existencia malograda le hacía moverse con ritmo de ardilla enérgica. El primer destino fue Beirut, donde perfeccionó el árabe y tomó contacto con tradiciones que asumió como propias dentro de su carcasa emocional de señorita occidental.

Oriente en el corazón

Un año después se instaló en Damasco y comenzó a estudiar la historia de los drusos (heterodoxa minoría islámica), entre Líbano y Siria. Aquella gente estaba sublevada contra la colonización francesa. Y ella, claro, tomó partido. Llegó hasta el centro del asentamiento montada en burro y vestida como una mujer siria. Pero allí la detuvo el ejército francés, que la deportó a Italia. Aunque ya era tarde. Había hecho nido en medio de las tribus.

Freya Stark llevaba en un pliegue secreto del cerebro la intención de regresar. Esta vez a buscar el valle de la secta de los Asesinos de Hassan al-Sabbah. Viaja hasta Bagdad, más sola aún a bordo de una mula, y se aloja en el barrio de las prostitutas, lo que genera un escándalo de gran onda expansiva entre las delegaciones diplomáticas de la zona. No hay manera de poner freno al corazón de esta mujer que andaba con una determinación fiera.

En Persia, acompañada solo de un guía y dos percherones encuentra Alamut, la montaña de los asesinos, y cartografía la zona. Y en 1931 descubre el castillo de Lamiaser, en el valle de Shahrud, uno de las dos fortalezas de la secta que habían resistido la invasión mongola.

Estaba fascinada por un mundo de harenes, bazares, caravanas, nómadas beduinos, gentes del desierto… Los pillajes, los despóticos pachás, las duras travesías y las epidemias detenían a algunos exploradores curtidos, pero Freya Stark, en la grupa de su pollino, sorteó todo aquello como quien manipula su propio destino en beneficio de una aventura de la que estaba más convencida que segura. Como Lawrence de Arabia, sabía que aquellos seres estaban acorde plenamente con su sentido de la vida.

Llevaba un cuaderno de notas donde volcaba su autobiografía íntima en medio de un mundo de esplendor, violencia y ruinas. La II Guerra Mundial estaba en todo lo alto y el gobierno Británico le encomendó una campaña para recabar información y reclutar árabes para la causa aliada. La exploradora había mudado la piel para servir de espía en Cairo y en Bagdad. Freya Stark nunca dijo no a una aventura siempre que esta no fuese de amor.

Terminada la contienda regresó a Italia. Se casó con un diplomático, por curiosidad. Y éste la trasplantó al Caribe como si las bocanadas de aire dulce pudiesen aliviar el mejunje de su fascinación oriental. La entente duró cuatro años, hasta que dejó varado al esposo y salió por patas con destino a Turquía para seguir los pasos de Alejandro Magno. Le sobrevenía una suerte de locura incalculable a la vista de un buen mapa.

Aquella mujer urgente y excéntrica, que en sus regresos a Londres paseaba con un lagarto azul de Yemen, cumplió 80 años en plena ruta por China, India, Asia Central e Irán. Había escrito algunos libros memorables (Apuntes de Bagdad, El valle de los asesinos y otros viajes persas, Un invierno en Arabia, Cartas desde Siria y Puertas y caravanas: un retrato de Turquía…), hablaba 10 idiomas, era dama del Imperio Británico desde 1972 y en el último recodo de la vida escaló por algunos pasos del Himalaya a 5.000 metros de altura. Murió en 1993 en Asolo, Italia. Tenía 100 años y ese estilo que se deriva de andar entre tribus remotas sin perder jamás la credencial de ser ella misma.

Freya Stark alcanzó un grado ignífugo de aventura que le impidió quedarse en casa y aguantar. Nunca aceptó, como le pidió algún hombre, que dejara el deseo de huir puesto a remojo.

Por Antonio Lucas
Con información de El Mundo

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