La Mezquita y Franco

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Tuve una relación amistosa, cierto que intermitente, con el gran arquitecto cordobés –aunque nacido en Madrid– Rafael de la Hoz Arderius, premio nacional y director general de Arquitectura, presidente de la Unión Internacional de Arquitectos y autor de edificios muy importantes; en Córdoba, como ejemplos, la Cámara de Comercio y la sede central en su día de la Caja Provincial de Ahorros, y actualmente de Cajasur.

Empezamos a tratarnos en las asambleas de los antiguos alumnos maristas del Colegio Cervantes, seguimos en relación cuando él era el arquitecto jefe de la sección de Vías y Obras de la Diputación y yo funcionario del negociado de obras –encargado de la tramitación de los proyectos y contrataciones– y coincidimos luego varias veces como ponentes en mesas redondas y simposios sobre temas bien diversos.

Llegamos a intercambiar confidencias y opiniones personales, siempre en el plano de eso que llamamos cultura.

Me habló de la idea de trasladar la Catedral, piedra a piedra, desde su actual emplazamiento invasor a cualquier otro lugar apropiado, para recuperar la espléndida integridad de la Mezquita, que tantos cordobeses, que la habían conservado, intentaron defender frente al obispo Manrique y los suyos en el siglo XVI. Idea que compartía con Franco y que éste le impulsaba a realizar. El Caudillo sentía el pesar de Carlos V: habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes.

Muerto De la Hoz, no quise hablar de esta confidencia, ni publicarla, porque se trataba de un tema de enorme importancia, y yo no podía aportar como prueba nada más que mi memoria.

Pero esa prueba la aportó monseñor José María Cirarda, obispo que fue de Córdoba (recuérdese su visita a la prisión para consolar en euskera a presos de ETA; el envío a Altos Hornos de Bilbao de la herencia que la Iglesia cordobesa recibió de los condes de Cabra) en sus “Recuerdos y memorias”, editados por PPC en 2011.

En la página 285 relata una conversación con De la Hoz: “Me habló de un sueño que compartía con Franco: sacar la mezquita de la catedral construida en los días de Carlos V, trasladarla piedra por piedra a otro lugar de la ciudad y repristinar la mezquita, tal como era antes de la conquista de Fernando III el Santo”.

Contaba el arquitecto que Franco había quedado muy impresionado viendo llorar al rey de Marruecos, Mohamed V, y a otros musulmanes importantes, cuando les acompañaba en sus visitas a la mezquita. Argumentaba el arquitecto que no era imposible rescatar la casi totalidad de las columnas romanas o árabes que llenaban el espacio ahora ocupado por la catedral, ya que la mayor parte de ellas estaban adosadas a las paredes de edificaciones cordobesas.

Cuando Cirarda, después de calificar la idea de absurda, alegó el enorme costo de tal operación, el arquitecto le replicó que el rey Saud de Arabia Saudita se había comprometido a sufragar completamente la obra, “con la sola condición de que el obispo de Córdoba les dejara tener dos o tres días de oración de los musulmanes ante el Mihrab”.

De la Hoz dijo al obispo que si se acometiera la obra propuesta, él pasaría a la historia “como el obispo que abrió un cuarto capítulo en la historia de uno de los edificios más emblemáticos de la arquitectura universal”.

Observación que, como él mismo obispo manifiesta, no le convenció ni mucho ni poco.

Monseñor escribe: “Consideré que el simple conocimiento de semejante proyecto provocaría un seísmo entre los cordobeses. Decidí, en consecuencia, guardar secreto sobre la propuesta”.

Y la guardó tan bien, en esa gran caja fuerte de silencios que tiene la Iglesia, que pocos cordobeses, casi ninguno, tuvieron conocimiento de la idea sobre la Mezquita que Franco y Rafael de la Hoz compartieron.

Y que sin duda muchos cordobeses, de haberla conocido, la habrían apoyado, aunque bien es verdad que los tiempos del nacional catolicismo no eran muy propicios para tener y manifestar ideas audaces, desde luego discutibles, pero no merecedoras de ser simplemente abortadas, aplastadas.

Por Rafael Mir, Abogado y escritor.
Con información de Diario Córdoba

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