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La historia de dos hermanos – Cuento egipcio

Es el primer cuento del Antiguo Egipto que ha sido traducido al francés (1852). Aparece en un papiro conservado en Londres, un documento redactado alrededor del año 1210 antes de Cristo, es decir, poco tiempo después del final del largo reinado de Ramsés II. Sin embargo, la historia que relata es mucho más antigua. Proviene de la unión de dos cuentos muy distintos, lo que explica la diferencia notable entre las dos partes del cuento. Efectivamente, al principio Anup y Bata son simples campesinos, para luego convertirse en seres medio divinos con amplios poderes mágicos.

 Había antaño dos hermanos. El mayor se llamaba Anup y el pequeño Bata. Anup tenía una esposa. Bata aún no se había casado, consideraba que todavía tenía tiempo para ello. Era un joven alto y fuerte cuya belleza admiraba el vecindario y particularmente a las vecinas.

Los dos hermanos se querían muchísimo. Bata convivía con Anup y su mujer. Los tres vivían tranquilamente de los productos de sus tierras en su pequeña granja. Cada mañana, mientras se asomaba el alba, Bata se levantaba, introducía un poco de pan en su saco, besaba a su hermano y emprendía el camino hacía los campos que se extendían un poco más lejos, a lo largo del río. Era el momento del día que más le gustaba. El agua del Nilo reflejaba el amanecer, centelleaba detrás de los altos papiros. La hierba era suave bajo los pies. Multitudes de pájaros, apenas despiertos, empezaban a revolotear en las palmeras y alrededor de las flores. A menudo, Bata se detenía un instante para vigilar a un martín pescador o a un ibis al acecho de un pececito. En el trayecto saludaba a los pescadores en sus barcas que, sin temor a los cocodrilos, se adentraban en medio del río a lanzar sus redes.

Así era la existencia de Bata, apacible y armoniosa. Encaminaba sus vacas hacia los mejores pastos. Cuando estas hallaban un lugar donde la hierba era sabrosa, le decían: “Detengámonos aquí, la hierba está deliciosa”. Bata hacía lo que le pedían; a cambio, las vacas producían leche en abundancia y engendraban cada año un ternero rebosante de salud.

Cuando llegaba la noche, Bata cargaba sobre sus anchos hombros las jarras repletas de leche que había ordeñado. Con el alma en paz, regresaba felizmente a la casita de las paredes encaladas en la que su hermano y su cuñada lo agasajaban. Siempre traía, además, verduras que había recolectado en el huerto, cebollas, lechugas, apios, garbanzos, pepinos…

Acomodado en la terraza, que una ligera brisa del norte refrescaba, bebía una jarra de cerveza recién elaborada y se comía un puré de lentejas o habas con un poco de pescado a la plancha y queso de hierbas. Después de lo cual, se iba al establo, se tumbaba sobre su cama de juncos secos, cerca de los animales, y dormía a pierna suelta hasta la mañana siguiente.

De esa manera transcurría la vida de Bata, estación tras estación, a orillas del río Nilo. Podría haber seguido igual hasta que hubiese muerto, con muchos años y nietos, pero entonces no habría habido historia, y el destino de Bata le reservaba aventuras sorprendentes.

Así es cómo las cosas cambiaron para él. Cada año, al final de la primavera, el padre Nilo se desbordaba. Sus aguas cargadas de limo y de tierra grasa cubrían los campos que bordeaban sus orillas. Durante más de tres lunas, los humedecía y alimentaba, y después, dócilmente, regresaba a sus antiguas riberas.

Había llegado el momento de arar y de sembrar. Un día de otoño, tras examinar el estado de sus tierras, Anup dijo a su hermano menor: –Es hora de preparar el arado y las semillas. Mañana por la mañana engancharemos dos vacas y nos iremos a labrar los campos . Al día siguiente mientras los hermanos trabajaban en el campo se quedaron sin semillas. Bata fue a su casa a por más.Cuando llegó la mujer de Anup lo invitó a tumbarse con ella en la cama al verlo bajo la carga de semillas. Bata enfureció. Prometió que no diría nada a Anup pero le hizo prometer que no lo repetiría. Como la mujer no confió en su palabra, se maquilló simulando moretones y heridas.

Cuando Anup la vio se preocupó enseguida al verle tan mala cara. –¿Qué te ha pasado? La mujer, sin decir palabra, se limitó a redoblar los gemidos. Anup insistió: –Te ordeno que hables. Dime quién te pegó. Entonces, la mujer habló: –No quería decir nada para no hacerte daño pero, como me lo ordenas… Fue tu hermano, cuando volvió a por semillas. Después de mirarme de la cabeza a los pies, me dijo: “¡Ven a tumbarte un rato conmigo en la habitación!” Sublevada por la proposición, le dije que tú siempre habías sido como un padre para él y que yo me consideraba como su hermana mayor. Entonces, intentó llevarme a la fuerza a la cama, y como le amenacé con gritar y alertar a los vecinos, me golpeó para callarme.

Anup se quedó pasmado de sorpresa y de tristeza, y no dijo ni mu. Ella añadió: –Me dijo que me mataría si te lo contaba todo, ¡pero no tengo miedo!, ¡prefiero la muerte a la vergüenza! Anup no reaccionó durante un buen rato. Y como una tempestad, la ira se apoderó de él y decidió matar a su hermano. Cogió la lanza que tenía para defender su ganado de los animales salvajes y se colocó detrás de la puerta del establo. Bata, que estaba curando las reses, no iba a tardar en salir.

Pero entonces, una vaca, la más vieja, la que siempre encabezaba el rebaño, vio los pies de Anup que asomaban por debajo de la puerta y le dijo a Bata:–Tu hermano está escondido detrás de la puerta. Lleva su lanza y temo por tu vida.

Bata comprendió que la mujer le había contado la historia a su manera. Era lo bastante fuerte para enfrentarse a Anup y ganarle, pero no quería levantar la mano sobre su hermano. Por tanto, decidió emprender la huida. Saltó por una ventana del establo y echó a correr campo a través. Anup lo divisó y empezó a perseguirlo esgrimiendo su lanza.

Bata, que no quería luchar contra su hermano, pero que tampoco quería morir, imploró ayuda al cielo: –Ra todopoderoso, tú que distingues al culpable del inocente, ven a socorrerme, ¡te lo suplico!

Ra le escuchó y creó entre ambos un lago lleno de enormes cocodrilos. Anup no podía seguir. Se detuvo en la orilla. Bata hizo lo mismo en la otra orilla y la noche los sorprendió allí.

Por la mañana, el furor de Anup se había disipado un poco. Desde la otra orilla, Bata le contó lo que realmente había ocurrido cuando regresó a la granja.Mientras lo escuchaba, Anup comprendió que decía la verdad. Con el alma destrozada pensó que la infidelidad de su mujer casi lo lleva a matar a su hermano, al que tanto quería. –Bata –dijo– ¡Perdóname! Vuelve a casa conmigo, viviremos felices, como antes. Pero Bata había tomado otra decisión: –Regresa solo –contestó–. En el futuro te encargarás de los animales. Yo, por mi parte, me voy a vivir al valle del Pino parasol, no muy lejos de la ribera del mar. Cuando llegue, colocaré mi corazón en lo alto del pino. Por tu parte, no me olvides. Y si algún día la jarra de cerveza que tienes en tus manos se desborda, tendrás que entender que te necesito. Eso querrá decir que cortaron el pino y que mi corazón, privado de la savia que lo alimenta, está muriéndose.

Entonces tendrás que emprender el camino, sin perder un instante, para encontrar mi corazón y colocarlo en un recipiente con agua. Será la manera de resucitarlo. Mientras lo escuchaba, Anup sintió unos lagrimones recorrer sus mejillas. Una vez más le suplicó a su hermano que volviese con él pero Bata se negó, antes de añadir:

–No olvides nada de lo que te he dicho y, si es necesario, lánzate a la búsqueda de mi corazón. Y sobre todo no renuncies hasta encontrarlo, aunque lo tuvieras que buscar durante siete años. A continuación, Bata se puso en marcha hacia el valle del Pino parasol mientras Anup regresaba triste a su casa.

Cuando llegó, se cubrió la cabeza de polvo como si estuviese de luto por su hermano. Luego, mató a su mujer y arrojó el cuerpo a los perros, como era costumbre en aquella época con las mujeres infieles.

Una vez solo, Anup no tenía nada más que hacer que abandonarse a su pena. Bata se instaló en el valle del Pino parasol. Procedió como dijo, colocando su corazón en lo alto del árbol. Cazaba animales salvajes para alimentarse, bebía agua de los manantiales y, durante los primeros días, dedicaba una parte de su tiempo a construir una casa. Una vez acabada, pudo resguardarse y dormir sobre una cama de hierbas secas.

Así vivía Bata en el valle hasta el día en que Ra todopoderoso, viendo lo solitario que estaba, convocó al dios alfarero Jnum.

–Jnum –dijo– la suerte de Bata me da pena. ¡Moldéale una mujer en tu torno de tal manera que ya no esté solo! Jnum se puso manos a la obra enseguida y creó para el joven una compañera digna de él. Era una mujer de una belleza tan excepcional que jamás se había visto algo parecido en todo el país. Bata se enamoró locamente de ella a primera vista. Redobló sus esfuerzos durante la caza para traerle una carne cada vez más suculenta. Cuando regresaba, por la noche, con flores y frutas salvajes que había recolectado, ella lo esperaba en el umbral de la puerta y lo recibía con una palabra amable. Luego entraban y pasaban juntos una feliz velada.

Los días transcurrían apacibles. Bata concedió pronto a su compañera tal confianza que le reveló el secreto de su corazón colocado en lo alto del pino. Pero un día, Yam, el dios del mar, divisó a la joven mientras esta paseaba. Era tan guapa que inmediatamente quiso apoderarse de ella. Infló sus aguas y las envío sobre la tierra para que la raptaran. Al ver las olas acercarse, la mujer corrió hacia la casa para resguardarse.

Entonces, el dios le gritó al pino parasol: –¡Rápido! Cógela.

Pero el pino fue incapaz de detenerla. Solo consiguió atrapar una trenza de su pelo que cayó al mar y fue arrastrada mar adentro. Esta trenza flotó desde las riberas del país de los Pinos hasta Egipto. Allí, las olas la depositaron sobre la playa donde las lavanderas del Faraón secaban la ropa. Este último se impregnó de su perfume único. Se empezó a buscar por todo el palacio de dónde podía proceder un olor tan delicioso. Finalmente, el jefe de las lavanderas descubrió la trenza en el arenal y la llevó a su señor.

Conmovido por el perfume que desprendía el pelo, el Faraón interrogó a los sabios y eruditos para saber su procedencia. La respuesta fue unánime: –Este pelo pertenece a una hija de Ra.

El Faraón envió entonces unos emisarios por todos los países para encontrar y traer a la mujer a la que pertenecía la trenza. Regresaron para decir que no habían encontrado nada. Regresaron todos menos los que habían ido al valle del Pino parasol, porque Bata los había matado. Él sabía que tenían la intención de raptar a la mujer que amaba.

El Faraón dedujo entonces que era allí donde debía enviar a sus tropas. Mandó muchísimos soldados, carros de combate arrastrados por caballos, y también unas sirvientas cargadas con joyas, adornos y vestidos. Ante semejante expedición, Bata no pudo hacer nada: no era lo suficientemente fuerte. Tuvo que dejar que los enviados se llevasen a su mujer a Egipto.

La mujer le gustó mucho al Faraón; la convirtió en su esposa favorita, la colmó de atenciones y de regalos, organizó fiestas espléndidas en su honor, y la embriagó de música, de cantos y de placeres. Comparado con la existencia de salvaje que llevaba con Bata, esta nueva vida sedujo a la bella. Para poder disfrutarla mejor, decidió deshacerse de su ex compañero.

–Te lo ruego Faraón, envía unos leñadores para que corten el pino grande que crece en el valle donde vivía antaño.

El Faraón no le negaba nada. Envío a sus hombres y, pronto, las sierras resonaban en el valle. Tras un gran crujido el árbol se desmoronó sobre el suelo. Al mismo tiempo que cayó el corazón, Bata se derrumbó, sin vida.

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La noche de ese triste día, regresando del campo, Anup se sirvió una jarra de cerveza para apagar su sed. De repente empezó a salir espuma y se desbordó. Anup comprendió que era la señal de la que su hermano le había hablado. Sin demora, se calzó, cogió su abrigo y su bastón. Día tras día, caminó hacia el valle del Pino parasol. Al llegar allí encontró a su hermano que yacía muerto sobre su cama.

Entonces, Anup buscó el corazón de Bata. Desde que apuntaba el amanecer hasta la última luz del crepúsculo, buscaba, exploraba el terreno pulgada por pulgada, hurgaba en los matorrales, desplazaba cada piedra y cada grano de arena para estar seguro de que allí no se escondía el corazón de su hermano. Buscó durante tres años. Tres largos años, sin encontrar nada.

Poco a poco la esperanza iba disminuyendo, y algunas noches llegó a pensar que no iba a tardar en regresar a Egipto. Pero al día siguiente, retomaba su búsqueda, y así continuó hasta el día en que halló una pequeña semilla que tenía la forma de un corazón.

Puso la semilla en una copa de agua pura que paulatinamente empapó el corazón seco. Al cabo de un rato, Bata volvió a abrir los ojos. Anup le hizo beber el agua y el corazón retomó su sitio en el pecho de Bata. Este pudo levantarse y abrazar a su hermano mayor, como antaño.

Durante toda la noche, los dos hermanos hablaron del pasado, felices de su reencuentro. Después, Bata expuso a su hermano el plan que había ideado para castigar a su antigua esposa. En cuanto llegó la mañana, lo puso en práctica.

Para empezar, se transformó en un toro con manchas, precioso, como uno de aquellos que servían de residencia terrestre a la deidad. Luego, con su hermano sobre el lomo, se encaminó hacia el palacio del Faraón.

Les acogieron muy bien. El Faraón quedó fascinado con aquel animal tan maravilloso. Para agradecérselo cubrió a Anup de riquezas. En cuanto al toro Bata, fue objeto de miles de atenciones. Le proporcionaron sirvientes, tierras, palacios. Le servían casi como al propio Faraón, ya que gozaba del favor real.

Pero Bata no olvidaba su proyecto de venganza. Aprovechando que podía pasear por donde deseara, entró en la parte del palacio real reservada a las mujeres. Encontró a su antigua esposa y, ya cerca de ella, le dijo:–¡A pesar de ti sigo vivo! La mujer se sobresaltó y miró a su alrededor. No había nadie, salvo el toro.

–¿Quién eres? –le preguntó. –Soy Bata, tu esposo, ¡a quien no conseguiste matar! Presa del pánico, la mujer corrió, con toda la rapidez que sus piernas le permitieron, a refugiarse junto al Faraón. Cuando la vio tan asustada, le preguntó: –¿Qué te pasa? La mujer bajó la vista suspirando, lo que le hacía más bella todavía. –Nada –dijo con una vocecita triste–. O al menos, nada que dependa de tu poder. Escuchando esas palabras, el Faraón se sobresaltó. –¡Y eso cómo puede ser! Todo depende de mi poder.

La mujer se acercó a él, muy cariñosa, y le preguntó: –Entonces, si te pidiera algo, ¿lo harías por mí? ¿Me lo prometes? El Faraón fue incapaz de resistirse a la sonrisa que volvía a dibujarse sobre los labios de la bella. Lo prometió.

–Quiero comer el hígado de ese toro que llegó al palacio. Es lo que más me apetece y lo has prometido. Al Faraón le dio mucha pena porque quería mucho a ese toro. Pero una promesa es una promesa. Tuvo que dar la orden a los carniceros reales de sacrificar a Bata.

Al día siguiente, estos cumplieron con su oficio y degollaron al toro. Pero dos gotas de sangre brotaron de la herida y cayeron a un lado y a otro de la puerta del palacio real. En cuanto tocaron el suelo, se transformaron en dos arbolitos que empezaron a crecer, y a crecer, hasta tal punto que, al día siguiente ya eran dos árboles hermosos, que daban sombra a la puerta del palacio.

Avisado de este prodigio, el Faraón se apresuró a ver los dos árboles, que le parecieron maravillosos. Pidió que le trajeran su silla de gala hecha de oro y de lapislázuli y se sentó a la sombra perfumada de uno de los árboles.

Pensó entonces que a su esposa favorita le gustaría también gozar del frescor que proporcionaban los árboles milagrosos. Mandó buscarla e instalarla en una tumbona, cerca del otro tronco. Apenas sentada, la joven escuchó una voz que le decía: –Intentaste en dos ocasiones matarme. Pero debes saber que todavía sigo vivo. Enseguida comprendió que Bata se había metamorfoseado en las dos plantas, lo que explicaba su rápido crecimiento.

Decidió repetir lo que había hecho con el pino y el toro. Utilizando su encanto y seducción, que eran considerables, no tuvo ninguna dificultad para convencer al Faraón y que cortasen los árboles. Un vez talados, hizo cortar los troncos en tablas para fabricar muebles.

Pero mientras los ebanistas cepillaban la madera, una minúscula viruta saltó a la boca de la mujer, que la tragó y, al instante, se quedó embarazada.

Al término del tiempo habitual, dio a luz a un hermoso varón que no era otro sino Bata. El nacimiento de este niño hizo feliz al Faraón porque creía que era su hijo. Junto a él, todo el país se alegró y celebró el acontecimiento durante varios días y varias noches.

Enseguida el Faraón se encariñó con el chico. Le proporcionó los mejores cuidados y, llegado el momento, los mejores maestros. Pronto lo convirtió en su heredero asociándolo al trono. Pasaron aún muchos años, el Faraón acabó reuniéndose con su padre solar en la eternidad.

Bata se quedó solo reinando. El momento de su venganza había llegado. Convocó a todos los nobles y sabios del reino con el fin de contarles cómo su antigua esposa se había comportado con él. Mientras lo escuchaban, temblaron de horror. Todos estuvieron de acuerdo en condenarla para que encontrara en la muerte el castigo por sus crímenes.

Después de lo cual, Bata llamó a Anup cerca de él, lo asoció a la Corona como príncipe heredero. Reinó felizmente en todo el país durante treinta años y, cuando ya le tocaba irse de la tierra, Anup le sucedió.

Referencia

Del Libro Once cuentos del Antiguo Egipto de Michel Laporte

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