La historia de dos hermanos – Cuento egipcio

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La noche de ese triste día, regresando del campo, Anup se sirvió una jarra de cerveza para apagar su sed. De repente empezó a salir espuma y se desbordó. Anup comprendió que era la señal de la que su hermano le había hablado. Sin demora, se calzó, cogió su abrigo y su bastón. Día tras día, caminó hacia el valle del Pino parasol. Al llegar allí encontró a su hermano que yacía muerto sobre su cama.

Entonces, Anup buscó el corazón de Bata. Desde que apuntaba el amanecer hasta la última luz del crepúsculo, buscaba, exploraba el terreno pulgada por pulgada, hurgaba en los matorrales, desplazaba cada piedra y cada grano de arena para estar seguro de que allí no se escondía el corazón de su hermano. Buscó durante tres años. Tres largos años, sin encontrar nada.

Poco a poco la esperanza iba disminuyendo, y algunas noches llegó a pensar que no iba a tardar en regresar a Egipto. Pero al día siguiente, retomaba su búsqueda, y así continuó hasta el día en que halló una pequeña semilla que tenía la forma de un corazón.

Puso la semilla en una copa de agua pura que paulatinamente empapó el corazón seco. Al cabo de un rato, Bata volvió a abrir los ojos. Anup le hizo beber el agua y el corazón retomó su sitio en el pecho de Bata. Este pudo levantarse y abrazar a su hermano mayor, como antaño.

Durante toda la noche, los dos hermanos hablaron del pasado, felices de su reencuentro. Después, Bata expuso a su hermano el plan que había ideado para castigar a su antigua esposa. En cuanto llegó la mañana, lo puso en práctica.

Para empezar, se transformó en un toro con manchas, precioso, como uno de aquellos que servían de residencia terrestre a la deidad. Luego, con su hermano sobre el lomo, se encaminó hacia el palacio del Faraón.

Les acogieron muy bien. El Faraón quedó fascinado con aquel animal tan maravilloso. Para agradecérselo cubrió a Anup de riquezas. En cuanto al toro Bata, fue objeto de miles de atenciones. Le proporcionaron sirvientes, tierras, palacios. Le servían casi como al propio Faraón, ya que gozaba del favor real.

Pero Bata no olvidaba su proyecto de venganza. Aprovechando que podía pasear por donde deseara, entró en la parte del palacio real reservada a las mujeres. Encontró a su antigua esposa y, ya cerca de ella, le dijo:–¡A pesar de ti sigo vivo! La mujer se sobresaltó y miró a su alrededor. No había nadie, salvo el toro.

–¿Quién eres? –le preguntó. –Soy Bata, tu esposo, ¡a quien no conseguiste matar! Presa del pánico, la mujer corrió, con toda la rapidez que sus piernas le permitieron, a refugiarse junto al Faraón. Cuando la vio tan asustada, le preguntó: –¿Qué te pasa? La mujer bajó la vista suspirando, lo que le hacía más bella todavía. –Nada –dijo con una vocecita triste–. O al menos, nada que dependa de tu poder. Escuchando esas palabras, el Faraón se sobresaltó. –¡Y eso cómo puede ser! Todo depende de mi poder.

La mujer se acercó a él, muy cariñosa, y le preguntó: –Entonces, si te pidiera algo, ¿lo harías por mí? ¿Me lo prometes? El Faraón fue incapaz de resistirse a la sonrisa que volvía a dibujarse sobre los labios de la bella. Lo prometió.

–Quiero comer el hígado de ese toro que llegó al palacio. Es lo que más me apetece y lo has prometido. Al Faraón le dio mucha pena porque quería mucho a ese toro. Pero una promesa es una promesa. Tuvo que dar la orden a los carniceros reales de sacrificar a Bata.

Al día siguiente, estos cumplieron con su oficio y degollaron al toro. Pero dos gotas de sangre brotaron de la herida y cayeron a un lado y a otro de la puerta del palacio real. En cuanto tocaron el suelo, se transformaron en dos arbolitos que empezaron a crecer, y a crecer, hasta tal punto que, al día siguiente ya eran dos árboles hermosos, que daban sombra a la puerta del palacio.

Avisado de este prodigio, el Faraón se apresuró a ver los dos árboles, que le parecieron maravillosos. Pidió que le trajeran su silla de gala hecha de oro y de lapislázuli y se sentó a la sombra perfumada de uno de los árboles.

Pensó entonces que a su esposa favorita le gustaría también gozar del frescor que proporcionaban los árboles milagrosos. Mandó buscarla e instalarla en una tumbona, cerca del otro tronco. Apenas sentada, la joven escuchó una voz que le decía: –Intentaste en dos ocasiones matarme. Pero debes saber que todavía sigo vivo. Enseguida comprendió que Bata se había metamorfoseado en las dos plantas, lo que explicaba su rápido crecimiento.

Decidió repetir lo que había hecho con el pino y el toro. Utilizando su encanto y seducción, que eran considerables, no tuvo ninguna dificultad para convencer al Faraón y que cortasen los árboles. Un vez talados, hizo cortar los troncos en tablas para fabricar muebles.

Pero mientras los ebanistas cepillaban la madera, una minúscula viruta saltó a la boca de la mujer, que la tragó y, al instante, se quedó embarazada.

Al término del tiempo habitual, dio a luz a un hermoso varón que no era otro sino Bata. El nacimiento de este niño hizo feliz al Faraón porque creía que era su hijo. Junto a él, todo el país se alegró y celebró el acontecimiento durante varios días y varias noches.

Enseguida el Faraón se encariñó con el chico. Le proporcionó los mejores cuidados y, llegado el momento, los mejores maestros. Pronto lo convirtió en su heredero asociándolo al trono. Pasaron aún muchos años, el Faraón acabó reuniéndose con su padre solar en la eternidad.

Bata se quedó solo reinando. El momento de su venganza había llegado. Convocó a todos los nobles y sabios del reino con el fin de contarles cómo su antigua esposa se había comportado con él. Mientras lo escuchaban, temblaron de horror. Todos estuvieron de acuerdo en condenarla para que encontrara en la muerte el castigo por sus crímenes.

Después de lo cual, Bata llamó a Anup cerca de él, lo asoció a la Corona como príncipe heredero. Reinó felizmente en todo el país durante treinta años y, cuando ya le tocaba irse de la tierra, Anup le sucedió.

Referencia

Del Libro Once cuentos del Antiguo Egipto de Michel Laporte

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