El túnel de Túnez

Acabo de volver de Túnez. Invitada por el Instituto Cervantes de allí y su director Carlos Varona, intervine en la jornada “Revolución y mujer” en la Universidad de Cartago. Más de cien alumnos, la mayor parte mujeres, asistieron a las conferencias celebradas indistintamente en español, árabe y francés. En la sala, había cuatro mujeres con velo. Antes de las revueltas, me repitieron varias veces desde mi llegada sin que yo hiciera ninguna alusión a ello, no se veían así y, menos aún, cubiertas con el niqab.


Túnez es un país orgulloso de su laicismo y modernidad. No es una sorpresa que las movilizaciones que llevaron a la deposición del presidente Ben Alí, el primer referente de las revueltas árabes, fueran en dicho país. Túnez ha sido un país de tradición reformista. Las mujeres cuentan con derechos que, en su día, al promulgarse el estatuto de familia de 1959, eran mayores que los de las mujeres europeas. De ahí el protagonismo que han tenido las mujeres tunecinas, especialmente las abogadas, en la rebelión contra Ben Alí, algo único dentro de las llamadas primaveras árabes. Desgraciadamente, Túnez ha estado sometido durante treinta años al arcaísmo político del clan y de la familia del anterior presidente.

Tras las últimas elecciones, asiste a una segunda fase de consolidación del proceso democrático. Su proceso de transición ha sido también único y singular, pues la elección de una asamblea constituyente le ha permitido un cambio político substancial. Además de que su ejército, al contrario que, por ejemplo, el de Egipto, no ha sido desarrollado desde los tiempos de Burghiba, ni tiene el mismo poder económico, social y político ni el monopolio de la violencia en el país. Por primera vez en el Magreb, se ha llevado a cabo una revolución social y secular que no se desarrolla contra una potencia colonialista sino contra su gobierno.

A pesar de todo, sus habitantes han elegido democráticamente un partido islámico, Ennahda, lo que está generando miedo y suspicacias ante los ojos asombrados de los occidentales, quienes, quizás no deberían de estar tan sorprendidos de que haya ocurrido. Y es sobre este miedo sobre el que debemos interrogarnos. El proceso a seguir podría ser similar al que, en su día, caracterizó a la democracia cristiana en Europa. Por decirlo de alguna manera, la libertad actual ha hecho más visibles a los partidarios del islamismo moderado de Ennahda. Estos han renunciado a implantar la sharía, han adoptado una Constitución democrática y han promovido el pluralismo político. ¿Y no es acaso mejor que gobierne un partido elegido democráticamente que continuar manteniendo y defendiendo la dictadura de Ben Alí?.

En Túnez, posiblemente no habrá nunca un islamismo como el de Afganistán, pues en las elecciones ha quedado clara la relevancia de los partidos laicos y democráticos. Desde los fundamentos de una universalidad y, sobre todo, desde la democracia la revolución también debe contemplar los partidos islámicos moderados. Durante mucho tiempo, ha sido a través del Islam donde se ha establecido una política de resistencia a la dominación colonial y desde donde se ha amparado socialmente a la población olvidada por los gobiernos autocráticos.

Con la llegada de la democracia hay que ir viendo y eligiendo qué camino democrático se va a tomar. Comienza una nueva relación entre la religión musulmana y la democracia, que ya había tenido antecedentes teóricos anteriores. En su base está la idea de que la enseñanza del profeta no determina forma alguna de Gobierno en particular, como señalaron algunos pensadores reformistas. Lo esencial es ir creando y proyectando una cultura de la democracia y ampliarla. Hay que avanzar democráticamente en el tema de la gestión política del islamismo. Pues no se deberían excluir de la política nacional a las organizaciones que representan entre el 15% y el 25% de los electores a pesar de que, como se está poniendo en evidencia en las fases de transición de las revueltas árabes, se asiste a la fuerzas y a las debilidades de un proceso democrático, lo que implica también la alianza de las fuerzas conservadores y a las viejas clases que gobernaban. Y, si bien es verdad que estas alianzas se hacen cada vez más evidentes, deberían estar compensadas por las propias instituciones democráticas. En definitiva, hay quienes desde Túnez dicen que hay que pasar por este túnel antes de ver la luz. Puede ser, sobre todo, si ese túnel es la consecuencia de una experiencia democrática.

Por Patricia Almarcegui – Profesora universitaria

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