Inauguración: Herencia de moros: alforjas, alfombras y almohadas

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Oaxaca, México. Al tejer nexos entre dos hemisferios, dedicamos esta exhibición a Alfredo Harp Helú, fundador y benefactor de este Museo, nieto de inmigrantes libaneses que llegaron a Oaxaca a principios del siglo pasado y emprendieron la fabricación y comercio de telas y ropa.

Museo Textil de Oaxaca: Los pueblos latinoamericanos solemos reconocer tres raíces culturales: las sociedades indígenas originarias, los invasores ibéricos y los esclavos expatriados del África subsahariana. Hay una cuarta raíz que tendemos a desconocer, pero que se revela tanto en nuestra lengua como en nuestra cultura material. El castellano heredó varias palabras que no son europeas para designar tejidos y prendas de vestir que siguen vigentes entre nosotros, quinientos veinte años después de que los Reyes Católicos conquistaron Granada. Nos referimos a términos como gabán, del árabe qabā’; chaleco, del turco yalak; y tafetán, del persa tāftè. Pertenecientes a familias distintas, estas tres lenguas muestran rasgos fonológicos característicos que nos permiten rastrear la procedencia de los vocablos tomados en préstamo por el español antiguo. La mayoría de ellos provienen del árabe, que forma parte de la familia lingüística afroasiática, pero también encontramos etimologías que involucran a la familia altaica, a la que pertenece el turco, y a la rama iraní de la familia indoeuropea, que incluye al persa.

Si examinamos a detalle la terminología textil del castellano que tiene antecedentes árabes, descubrimos un patrón curioso: muchos de los vocablos se refieren a túnicas y capotes para defenderse del sol, a guarniciones para las bestias de carga, y a ropa de cama para viajar. Veamos algunos ejemplos: jubón, prenda masculina que se usó en México durante el virreinato, procede de ŷubba, ‘túnica’; enjaezar, que significa adornar un caballo, deriva de ŷahāz, ‘aparejo’; albarda, el cojincillo que protege el espinazo de las bestias contra la fricción del fuste, ha variado poco de la forma original al-barḍa’a; y almadraque, equivalente anticuado de ‘colchoneta’, proviene de al-maṭraḥ, ‘lecho’. Este minucioso vocabulario heredado por el español se originó en los hábitos trashumantes de las sociedades pastoriles del occidente de Asia y el norte de África.

Al domesticarse los granos y los rebaños hace doce mil años, el Levante del Mediterráneo vio surgir una simbiosis entre agricultores y pastores, donde cada sector desarrolló una tecnología propia conforme a su modo de subsistencia. Las tierras aluviales a lo largo de los ríos fueron trabajadas por cultivadores sedentarios, mientras que los enormes paisajes áridos de las latitudes medias se convirtieron en el hábitat de los ganaderos errantes. La ecología de esa región condicionó el modo de producción y marcó la tecnología textil. Las alforjas (al-jurŷa), bolsas dobles que permiten balancear la carga sobre el lomo de una bestia, son un prototipo de textiles diseñados para la vida nómada. Confeccionadas ingeniosamente de un solo lienzo, sirven para transportar los enseres mínimos del jinete de manera fácil y eficiente. De la misma forma, las alfombras (al-jumra, ‘esterilla de palma’) y las almohadas (al-mujadda, ‘punto en que se apoya la mejilla’) le permiten a una persona sentarse o acostarse cómodamente sobre el piso de una vivienda portátil, en la ausencia de sillas y camas, demasiado voluminosas y pesadas para viajar con ellas.

Recreadas en España durante la ocupación musulmana del medievo, las alforjas y las almohadas vinieron a América con los conquistadores y sus animales, y evocan hasta la fecha a las culturas del desierto. En esta exposición mostramos algunos ejemplos mexicanos y peruanos de ambos géneros, junto con aperos de lana del Medio Oriente y el Asia Central. Hoy día, las alforjas oaxaqueñas y guatemaltecas son tejidas burdamente de ixtle, pero se conservan algunas piezas antiguas de algodón (al-qutn, otro préstamo del árabe), finas al tacto y decoradas con esmero, que hacen eco a sus antecedentes del Viejo Mundo. Exponemos también diversas versiones de la talega (ta’liqa, ‘bolsa colgada’) y el almofrej (al-mufriš, ‘funda para la cama de camino’), contenedores imprescindibles para los pastores en sus giras interminables. Algunos de los ejemplos tejidos por las mujeres baluchi, shahsevan, yünçü y de otros grupos nómadas de Persia y Anatolia muestran paralelos sorprendentes en su técnica y su estructura con piezas indígenas mesoamericanas. El modo de vida itinerante que describen varios pasajes bíblicos y que compartieron ancestralmente árabes y judíos, propició un arte textil muy rico y variado, que tuvo resonancias al otro lado del Atlántico. Al tejer nexos entre dos hemisferios, dedicamos esta exhibición a Alfredo Harp Helú, fundador y benefactor de este Museo, nieto de inmigrantes libaneses que llegaron a Oaxaca a principios del siglo pasado y emprendieron la fabricación y comercio de telas y ropa.

 Alejandro de Ávila, Curador MTO / Diario Oaxaca

 

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¿Quién es Alfredo Harp Helú?

Alfredo Harp Helú, beisbolero, empresario y filántropo

Harp Helú nos hace saber en principio, en su detallada y emotiva autobiografía, su enorme gusto por el llamado “rey de los deportes”, por eso la titula Vivir y morir jugando beisbol y nos dice: “El beisbol, una de mis grandes pasiones, me resulta un buen parámetro para comparar la vida. Todos los días salimos al campo de pelota y jugamos en equipo, procuramos ganar, pero en ocasiones debemos aceptar la derrota”.

A continuación, reproducimos algunos pasajes de la vida, en voz propia, de este sobresaliente empresario, pionero del mercado bursátil en México. Cabe señalar que nos permitimos rebasar la quinta entrada –para decirlo a la manera del mismo Harp Helú– para que sea un juego –texto– legal, pero sobre todo para invitarte a conocer –en una o varias sesiones o entradas de lectura– parte de los primeros años y juventud de este vigoroso bateador y contador mexicano.

“Pretemporada”

Aunque recuerdo muy poco a mi padre, pues murió en 1947 cuando yo había cumplido apenas tres años, las fotos, los documentos y las anécdotas que me han contado me permiten recrear su recuerdo en mi infancia. Según la tarjeta de migración núm. 83695, mi padre, Alfredo Harp Abud nació en Kferzainha, Líbano, el 6 de junio de 1909; entró a México por Veracruz el 3 de julio de 1923 y vivía en Oaxaca en la 2a calle de Tinoco y Palacios núm. 5. Era bien parecido, media 1.73 m, tenia pelo castaño oscuro, ojos azul claro, mentón saliente, cejas pobladas y nariz recta.

Mi padre trabajó varios años en el comercio del abuelo Bejos, La Esperanza, después se independizó y estableció su propia tienda de ropa a la que llamó La Nueva Esperanza, ubicada en la calle de Flores Magón, casi frente al mercado 20 de Noviembre, en la ciudad de Oaxaca.

Cuando se casó en 1942, se sacó la lotería, no sólo por haber conocido a mi madre, sino porque también compraba billetes. Conservando en Oaxaca la tienda, inició una fábrica de zapatos en el D.F. marca Harp, ubicada en la calle de Rodríguez Puebla en La Lagunilla. Recuerdo que un tío abuelo, Michel Atta, decía que los zapatos eran muy buenos y la prueba es que los usó hasta el año de 1959 en que murió.

Con sus embarazos, mi mamá viajó a la Ciudad de México a tener a sus hijos y después regresó a Oaxaca, de modo que fuimos concebidos en Oaxaca y nacimos en la Ciudad de México. Desgraciadamente, al poco tiempo la muerte sorprendió a mi padre, en 1947 en Salinas Cruz le dio un infarto, tenía entonces treinta y ocho años; padecía del corazón a causa de una parálisis infantil y los médicos le recomendaban pasar temporadas a nivel del mar. La fábrica de zapatos y La Nueva Esperanza terminaron con la muerte de mi padre, mis tíos avisaron a mi madre que sus negocios estaban en quiebra.

Entonces yo tenía tres años, mi hermana Suhad cuatro y mi madre estaba embarazada de mi hermana Linda. Nos fuimos a vivir a la Ciudad de México, a una casa ubicada en la calle de Casas Grandes núm. 43 en la colonia Narvarte, pero ahí vivimos poco tiempo. Conservo recuerdos muy vagos de aquella época. Teníamos un perro llamado Fifí que salía solo a dar la vuelta todos los días y cuando mi papá murió, nunca regresó.

Mi madre pasó momentos duros al quedar viuda con tres hijos pequeños. Sin embargo, con su carácter optimista y su determinación para afrontar situaciones difíciles, nos enseñó a aceptar la vida de la mejor manera.

Vivimos tiempos angustiosos, varias veces perdimos partidos. Mi madre se tronaba los dedos cuando pasábamos por una mala situación económica, pero ella se las arreglaba; salía al campo de entrenamiento a fortalecer su espíritu, vendía hilos, muñecas o ropa para sacarnos adelante. Consagró su tiempo y energía en sus tres hijos, siempre de manera cariñosa y cálida, sin dejarnos notar su preocupación por las difíciles circunstancias. Mis hermanas y yo crecimos en un ambiente alegre y disciplinado. Sin duda, mi madre ha sido mi mejor manager.

“Mis primeros juegos y compañeros de equipo”

En 1948, nos cambiamos a una casa que era propiedad de mis tíos Tufic y Mary Sayeg, hermana de mi mamá, en la calle de Medellín núm. 242, en la colonia Roma. Uno de los recuerdos que conservo de aquella casa es que cuando tenía como diez años, en la azotea puse una granja con cerca de treinta gallinas que ponían huevos y los vendía a los vecinos o a quien se dejara. Odiaba limpiar el mugrero y las plumas, por lo que les pagaba a mis hermanas para que ellas barrieran y dejaran todo limpio.

De niños, organizábamos días de campo en el bosque de Chapultepec, paseos a Xochimilco, al Molino del Rey o al parque Hipódromo, íbamos acompañados de mi mamá, tía Mary, primos hermanos y algunos amigos que eran comunes como Toni, Dady, Rosemary y Vicky Rafful. Acostumbrábamos reunirnos con los tíos Tufic y Clemencia Harp y con los primos Jorge, Tere y Clemen en su casa de la calle Dr. Barragán, en la colonia Narvarte. Nos gustaba transportarnos en camión por la línea Narvarte-Valle con indicación de SCOP4 y Avenida Morena. Con Jorge, jugaba futbol americano, en la modalidad de “tochito”, lanzándonos pases con el balón. También solíamos ir a casa de los primos Jorge Coco, Guillermo Vivis y Beto Escaip, donde jugábamos futbol soccer. En vacaciones, íbamos a Oaxaca.

El entrenamiento para competir en juegos diarios a nueve entradas o más continuó gracias a que mi mamá solicitó que se me otorgara una beca en el Colegio Cristóbal Colón, dirigido por los hermanos lasallistas. Mi amigo Alfredo Zegaib nos recomendó con el señor Pierre Lionel, director general del colegio que tenía una recia personalidad y, aunque imponía con su presencia, sabía darnos la confianza de un ser excepcional.

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Fui becado desde primaria hasta preparatoria y para pagar de alguna manera la beca, entrenaba horas extra: trabajé en la escuela a partir de sexto año de primaria en la fábrica de paletas heladas, atendí en la tienda de la secundaria a la hora del recreo y durante tres años fui de los vigilantes de los niños medio internos de primaria, es decir, los ayudaba a cruzar la calle, les ponía música clásica en el comedor y comía con ellos. Del menú recuerdo que lo más sabroso era llenarse de arroz con frijoles y pan.

Conservo recuerdos agradables de todos los maestros y hermanos que fueron mis directores y profesores. Siento un cariño especial por el gran manager Gilberto Martínez Soto, el chaparro, mi maestro de sexto de primaria. Con él aprendí a enfrentarme a los problemas que se presentan diariamente, establecimos una amistad que se fortaleció con el tiempo, trabajamos juntos en la escuela hasta que salí de preparatoria, después nos frecuentamos cuando él era director de la Escuela Fundación Mier y Pesado, y en la Secundaria de Colegio Simón Bolívar, y también lo seguí en su paso por las escuelas lasallistas de León Guanajuato.

“Las ligas pequeñas”

Desde pequeño comencé a trabajar. A partir de los once años de edad vendía suscripciones del periódico Excélsior en dos campañas semestrales, ganaba el 5 por ciento de comisión y vendía alrededor de cien suscripciones. Esto correspondía a 450 o 500 pesos por campaña, lo que equivaldría al salario mínimo de un año en aquella época. En Diciembre, además, vendía tarjetas de Navidad y cajas de hilos para coser marca Pirámides. Gracias a esto, conocí toda la Ciudad de México, me transportaba en tranvía y usaba la mayoría de las rutas de los camiones: Santa María-Roma y anexas, Colonia del Valle-Coyoacán, Coyoacán-20 de Noviembre, Mariscal Sucre, Juárez-Loreto, Insurgentes-Bellas Artes, Reforma-Lomas, Insurgentes-Lindavista, Ejército Nacional-Circuito Panteones, así como Circuito Hospitales, Insurgentes-Bellas Artes y Villa A. Obregón-CU.

En ese entonces nació mi afición por coleccionar estampillas de correos. En mis rutas por la ciudad visitaba las embajadas para solicitar información de sus países y pedía las estampillas que recibían en sus cartas o paquetes. Algunas embajadas me atendían estupendamente como las de Alemania, Portugal y China. Varios años me dediqué a intercambiar y formar una colección que fue la base para iniciar el Museo de Filatelia de Oaxaca, inaugurado en julio de 1998. También coleccioné monedas de México y estampas de peloteros de beisbol. En la actualidad no soy coleccionista, prefiero que las obras de arte y otros objetos se encuentren en museos o espacios públicos y que sean admirados por todos, así me siento más ligero.

En 1960, cuando terminé la preparatoria, empecé a trabajar todos los días en la Fábrica de Hilos Pirámides de mi tío Tufic, que en esos años era manejada por mis primos Jorge y Pepe Sayeg. Estaba situada en calle Soledad núm. 31, esquina con Jesús María y tenía un depósito con venta al público en la calle de Academia núm. 33 en el Centro Histórico de la ciudad de México. Mi entrenamiento fue arduo para capacitarme en todas las posiciones del beisbol, aprendí sobre el control de materias primas, producción, almacenamiento, venta al mayoreo y menudeo, reparto de pedidos, aspectos contables, entre otros. También me gustó el ambiente del estadio, me aficioné a la música que escuchaban mis compañeros de trabaja en programas como “La hora de Pedro Infante”, “La hora de Jorge Negrete”, “La hora de Javier Solís”, también me gustaban las canciones que interpretaban Julio Jaramillo, Olimpo Cárdenas, Sonia López y la Sonora Santanera y todas las que pasaban en esa estación “La charrita del cuadrante”. También con algunos de los obreros jugaba beisbol los domingos en unos terrenos que ahora están totalmente construidos en el oriente de la Ciudad de México.

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“Limpia de error”

Al terminar la preparatoria, ingresé a la Universidad Nacional Autónoma de México con firmes conocimientos para pasar a otra etapa de mi vida, tenía dieciséis años, ya había cumplido con mi servicio militar adelantado. En enero de 1961, trabajaba de lunes a sábado y un día fui a Ciudad Universitaria a escoger mi horario y maestros para cursar el primer año en la Escuela de Comercio y Administración, ahora Facultad. Por un error de los que no me gusta cometer, llegué un día tarde. De veinte grupos, mis opciones para hacer mi selección se había reducido y mis compañeros del Colegio Cristóbal Colón ya estaban inscritos en grupos en los que ya no había cupo para mí.

Elegí el horario y resultó un cambio importante para mi vida, me asignaron a uno de los mejores maestros de carrera, Alfredo Casanueva, quien con fama de exigente, era excelente en la docencia, daba clases de contabilidad de tal manera que logró que esta materia se me hiciera lógica, práctica y sencilla de razonar, lo que sirvió de base para el resto de mi licenciatura. Aquel error se limpió cuando la vida me dio la oportunidad de conocer nuevos amigos con quienes establecí un afecto tal que hasta la fecha nos frecuentamos: Francisco Henaro, el pinche Pancho, me daba aventón en su poderoso VW sedán y hemos compartido juntos éxitos, aventuras y fracasos; Luis Domínguez Mota, a la fecha director de la Fundación Díaz Arronte, 11 de la que soy tesorero, ha sido un buen compañero de viajes; Carlos Osuna; Fernando y Toño Pardo; Carlos Gutiérrez Arriola de Tepic, Nayarit, con quien jugábamos dominó y nos reuníamos en su casa para hacer las tareas; Eduardo Pérez Solorio, el Pichí, que con su guitarra nos acompañaba a llevar serenata a novias y los 10 de mayo a las mamás, y Germán de Regil, el chiquilín que mide 1.95 metros, llegaba a CU en un Fiat Topolino y es quien se encarga de reunirnos una vez al año.

Por 200 pesos al año (ahora 20 centavos), tuve la oportunidad de cursar mi carrera de contador público teniendo de maestros a los mejores profesores. Soy un orgulloso egresado de la UNAM, estoy comprometido con esa institución y participo activamente como ex alumno en la Fundación UNAM, A.C.

Giras por otros campos”

A los diecisiete años compré mi primer auto, un flamante Pontiac 1952 con ocho cilindros en línea. Me transportaba a CU y a mi primer trabajo formal en la Fábrica de Hilos Pirámides. También con mi poderoso Pontiac conocí varias hermosas ciudades de nuestro bello país. Solíamos viajar Toni Rafful, Emilio Trabulse y yo, “los tres mosqueteros”. Al visitar casi todos los estados de la República mexicana pude confirmar que no son comparables entre sí, que cada uno tiene algo que lo distingue, que existe una gran diversidad geográfica, y una enorme riqueza cultural y gastronómica que los identifica.

Estos paseos y otros que se han realizado a lo largo de mi vida me han llevado a amar a México y de manera particular Oaxaca…

“Incursión en el mundo bursátil y empresarial”

En 1966, un año después de haber terminado la carrera, entré a trabajar con mis primos Carlos y Pepe Slim. Carlos era presidente del consejo de Inversora Bursátil y desde un principio me nombró director general. Entonces tenía veintidós años. Esta decisión cambió mi vida profesional, porque dentro de lo que aprendí en mi carrera: contabilidad, impuestos, auditoría y consultoría en administración, me incliné hacia la rama financiera y bursátil, es decir, descubrí mis facultades para jugar posiciones difíciles tanto como lanzado como receptor. De Carlos aprendí a tener la habilidad de resolver varias situaciones al mismo tiempo. Él es un gran pitcher, siempre dijo que llegaría a ser el empresario más importante de México y sus envíos al home, lo llevaron a lanzar varios juegos sin hit ni carrera y logró ser uno de los empresarios más exitosos del mundo.

En 1968 coincidieron en vida varios factores: en junio me saqué la lotería, el premio gordo dividido con Pepe Slim y otros premios y amigos, lo que me permitió comprar una acción en la Bolsa de Valores, que me daba independencia económica para los años futuros. También me asocié adquiriendo el 10 por ciento de embotelladora de refrescos de Cuernavaca ya mencionada y compré aproximadamente el 5 por ciento de Bienes Raíces Mexicanos, S.A.

Posteriormente, vendí estas dos últimas inversiones. Una semana más tarde, me recibí de contador público en la UNAM, aun cuando había terminado y entregado mi tesis dos años antes, tenía que esperar mi turno en la universidad para que los sinodales tomaran sus decisiones para programar el examen profesional. En julio realicé mis exámenes para obtener mi calidad de agente de bolsa y obtuve la aprobación de más de dos terceras partes de los agentes. Esto me permitía operar de viva voz en la Bolsa de Valores, sistema que empezó en 1894 y terminó en 1999, cuando la operación pasó de los gritos en el piso de remates a la compraventa de valores a través de los medios electrónicos. En agosto me casé con Silvia Calderoni Guerrero, nacida en Matamoros, Tamaulipas, a quien conocí en esa ciudad en una de mis visitas como auditor del despacho de Price Waterhouse. Con ella tuve tres hijos: Alfredo, Sissi y Charbel.

En los años sesenta y hasta 1975, los socios de la bolsa o agentes de bolsa promediaban más de sesenta años de edad y la generación a la que yo pertenecía promediaba treinta años. Así, los nuevos agentes revolucionamos el sector bursátil, al promover cambios de leyes e institucionalizar el negocio a través de las casas de bolsa con personalidad jurídica propia y así fueron desapareciendo las personas físicas.

En 1970, Roberto Hernández, Roberto Olivieri y yo nos asociamos en Inbursa con Carlos Slim, éramos una generación de jóvenes agentes de bolsa empeñados en desarrollar el negocio bursátil. Olivieri manejaba valores de renta fija, aun cuando en esa época no habían aparecido ni siquiera los certificados de la tesorería (Cetes); Roberto Hernández era el mayor generador de ingresos importantes al promover órdenes de inversionistas institucionales, principalmente bancos; Carlos ya destacaba como un empresario diversificado en negocios bursátiles, inmobiliarios, industriales y en el ramo de la construcción, y a mí me tocaba administrar la casa de bolsa.

(Con información e imágenes de Alfredo Harp Helú)

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