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Papa advierte:Sería triste y catastrófico…

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El Papa Francisco habla en la sede de Naciones Unidas, en Nairobi, Kenia, este jueves ®REUTERS

Con gran energía y tono muy severo, el Papa Francisco advirtió el jueves en la sede del Programa de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente (UNEP) que «sería triste y me atrevo a decir, hasta catastrófico» un fracaso de la conferencia mundial para frenar el cambio climático, COP21, que comienza el próximo lunes en París con el objetivo de fijar a cada país límites de emisión de gases que provocan el «efecto invernadero».

Refiriéndose implícitamente a las compañías petroleras y carboneras más retrógradas ante el problema, Francisco alertó que «sería triste y me atrevo a decir hasta catastrófico, que los intereses de los intereses particulares prevalezcan sobre el bien común y lleven a manipular la información para proteger sus proyectos».

A diferencia de muchas compañías energéticas europeas, que se adaptan a la nueva situación, algunos gigantes norteamericanos del petróleo y del carbón invierten masivamente en crear continuas dudas sobre el calentamiento global. Algunas financian incluso criticas de cualquier tipo contra el Papa desde que empezó a escribir la encíclica ecológica «Laudato si», que amenazaba con tocar sus beneficios.

Ante un público de embajadores y funcionarios que le interrumpió numerosas veces con fuertes aplausos, el Santo Padre recordó uno de los pasajes de esa encíclica que le pusieron en el punto de mira de una categoría de nuevos enemigos.

Es el punto 38, en que legitima «la tarea de organismos internacionales y de organizaciones de la sociedad civil que sensibilizan a las poblaciones y cooperan críticamente, también utilizando legítimos mecanismos de presión, para que cada gobierno cumpla con su propio e indelegable deber de preservar el ambiente y los recursos naturales de su país, sin venderse a intereses espurios locales e internacionales».

Nuevo sistema energético

En un discurso pronunciado en español, «la conferencia de las partes COP21 en París es un paso importante en el proceso de desarrollo de un nuevo sistema energético, que dependa al mínimo de los combustibles fósiles, busque la eficacia energética y estructure el uso de energía con bajo o nulo contenido de carbono». En su opinión, «estamos ante el gran compromiso político y económico de replantear y corregir las disfunciones y distorsiones del actual modelo de desarrollo».

Además de referirse a aspectos prácticos como la necesidad de «un diálogo sincero y abierto» entre «autoridades políticas, comunidad científica, empresas y sociedad civil», Francisco dirigió una mirada de gran amplitud a través de la historia.

Conciencia profunda

Ahora, por primera vez, el mundo se da cuenta del daño irreversible que los seres humanos están causando a la naturaleza y, según el Papa, «esta toma de conciencia profunda nos lleva a esperar que, si la humanidad del periodo post-industrial podría ser recordada como una de las más irresponsables de la historia, la humanidad de comienzos del siglo XXI sea recordada por haber asumido generosamente su grave responsabilidad».

Como su discurso tenía lugar en el corazón de África, el Santo Padre se refirió también a algunos de los problemas específicos de un continente que «ofrece al mundo una belleza y una riqueza natural que nos lleva a alabar al Creador» pero, al mismo tiempo, sufre el saqueo de los «tráficos ilegales» a manos de pequeños delincuentes o de grandes empresas multinacionales.

Piedras preciosas y coltán

El Papa se refirió concretamente al «comercio ilegal de diamantes y piedras preciosas, de metales raros de alto valor estratégico, de maderas y material biológico, y de productos animales como el tráfico del marfil, alimentando la inestabilidad política, el crimen organizado y el terrorismo».

Estaba hablando de los «diamantes de sangre», obtenidos a bajo precio por las compañías que fomentan las guerras intertribales o interreligiosas. Y de la «madera de sangre», que las compañías madereras sacan ahora de las zonas controladas por las dos milicias armadas en la República Centroafricana, según han denunciado organizaciones humanitarias como Amnistía Internacional o Global Witness.

Nairobi es la sede de dos organismos de Naciones Unidas: el Programa de Medio Ambiente –cuyos temas centraron buena parte de la intervención del Papa-, y también el programa Hábitat.

Su director ejecutivo, Joan Clos, ex alcalde de Barcelona y ex ministro con el gobierno Zapatero, le pidió permiso «para dirigirme a usted en castellano, ya que esta es una sede internacional». En unas breves palabras, Clos agradeció las referencias de la encíclica «Laudato si» a las condiciones insalubres de los barrios de chabolas y manifestó su confianza en que el esfuerzo de la Santa Sede ayudará a «mejorar las condiciones de vida de los más pobres que viven hacinados en las grandes ciudades».

En realidad, es el Papa quien lo hace personalmente, visitando las «favelas» de Rio de Janeiro, las de Asunción o, este mismo viernes, la de Kangemi en Nairobi.

A lo largo de su discurso, Francisco se refería a problemas globales pero también a las personas concretas que los sufren pues «son muchos los rostros, las historias, las consecuencias evidentes en miles de personas que la cultura del degrado y del descarte ha llevado a sacrificar bajo los ídolos de las ganancias y del consumo».

Por eso insistió en que no podemos «resignarnos ante las formas extremas y escandalosas de descarte y de exclusión social, como son las nuevas formas de esclavitud, el tráfico de personas, el trabajo forzado, la prostitución o el tráfico de órganos».

Ante un público de diplomáticos pero dirigiéndose a una audiencia mundial, volvió a recalcarlo: «Son muchas vidas, son muchas historias, son muchos sueños que naufragan en nuestro presente. No podemos permanecer indiferentes ante esto. No tenemos derecho».

Por Juan Vicente Booe
Con información de: ABC

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De la masacre en Beirut a los atentados en París

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Tras el ataque a Beirut el mundo no se solidarizó con el pueblo libanés, y menos aún los grandes medios de comunicación occidentales que sacaron a la calle a sus corresponsales para criticar la acción terrorista que dejó 44 muertos.

«El día 13 de noviembre dos explosiones llevadas a cabo por atacantes suicidas sacudieron Ain al-Sikke, ubicado en Bourj el-Barajneh, un barrio periférico al sur de Beirut, la capital de El Líbano – habitado mayoritariamente por creyentes chiitas – . Este atentado, reivindicado por EIIL – Daesh en Árabe – sacudió esta ciudad del levante mediterráneo y causó la muerte de 44 personas y 250 heridos».

Los ataques en Beirut se llevaron a cabo en el marco de lucha contra las fuerzas terroristas takfirí, principalmente Daesh y el Frente Al-Nusra (filial de Al-Qaeda), encabezadas por el Ejército de El Líbano y del Movimiento de Resistencia Islámica de El Líbano – Hezbolá – en la región libanesa de Arsal, cerca de la frontera con Siria.

Tras el ataque a Beirut las capitales del mundo no se vieron desbordadas de gente solidarizando con el pueblo libanés, como tampoco salieron a relucir pancartas o imágenes afirmando “Je Suis Beirut”, y menos aún las grandes cadenas de medios de comunicación occidentales sacaron a la calle a sus corresponsales para criticar la acción terrorista que cegó la vida de medio centenar de personas. El Sydney Opera House, The Calgary Tower, el Cristo Redentor en Brasil, Wembley Stadium en Londres, One World Trade Center, Empire State, monumentos italianos u otros grandes sitios arquitectónicos del mundo no se iluminaron con los colores de la bandera libanesa.

Esa falta de solidaridad con los muertos que no sean europeos es parte de la mentalidad colonial que impregna nuestras sociedades ¿Para qué, si los muertos libaneses son una cifra más en la larga lista de miles, de cientos de miles de muertos que el levante mediterráneo adiciona día a día en los conflictos azuzados por las potencias occidentales? ¿Para qué sobrecogerse por la muerte de unos cuantos chiitas en un suburbio libanés? ¿En qué afecta al mundo occidental esas muertes, esos heridos, ese desangrar cotidiano sino son occidentales. No son de los nuestros?

El mismo día, tras el ataque terrorista en Beirut, otra embestida, también atribuida a elementos vinculados a Daesh, pero ahora en el corazón de Europa, en París, la capital de Francia, mediante una serie de explosiones y ataques con el uso de armas automáticas causaron la muerte – hasta ahora – de 130 personas y cerca de 300 heridos. La diferencia fue que no se trataba de la capital de un país ignorado por las grandes cadenas informativas internacionales, ya no se trataba de un país sacudido por la guerra o la agresión. Ahora era Francia, el país de la liberté,  égalité y fraternité, aunque ello sea sólo una rémora de máximas sin uso. Una Francia que  estaba experimentando lo que Siria vive hace cinco años, como declaró acertadamente el mandatario sirio Bashar al Assad.

El colonialismo mental que suele sacudir a nuestros pueblos volvió a presentarse con toda su intensidad, la mentalidad de esclavo, de servilismo ante los poderosos y el desprecio ante nuestros iguales se manifiesta, igualmente, a la hora de comparar atentados terroristas. La golpeada no era una nación del Tercer Mundo, pobre desdeñada, donde la muerte suele ser el pan de cada día. El 13 de noviembre la cultura occidental se sacudió hasta los cimientos porque Francia caía bajo el fuego del terrorismo y eso, para las mentes estrechas, los corazones de plomo, la visión miope, el actuar complaciente no podía ser aceptado, olvidando, al mismo tiempo, que esa Francia participa y ha participado activamente de la agresión contra sociedades, que esa cuna de la moderna sociedad occidental considera inferiores.

FRANCIA NO ES UNA VÍCTIMA

El gobierno francés es la principal potencia occidental, tras Estados Unidos en secundar operaciones militares, que han significado el derrocamiento de Muamar Gadafi en Libia, los intentos de derrocar al gobierno sirio desde marzo del año 2011 y fragmentar el país. Francia es uno de los principales socios y aliados de Israel en su política de agresión contra el pueblo palestino, participante activo de las intervenciones en Irak y Afganistán, a lo que debemos sumar su política de complicidad con la Monarquía marroquí, que ocupa el territorio del Sahara Occidental, violentando el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui. Esa Francia es la que victimizada constata que la siembra de vientos de guerra en otras latitudes le está significando cosechar tempestades, donde las víctimas son sus propios ciudadanos.

Las frases clichés, la solidaridad con unos y el olvido con otros. El sentirse francés más que nunca como dice algún snob me parece ridículo e inmoral.

No he escuchado o leído a esas personas horrorizadas por los atentados de París, sentirse sirios, afganos, libaneses, palestinos o saharauis. El colonialismo les llega a la médula, No hay peor esclavo que aquel que defiende al amo, aquel que honra sus cadenas poniéndoselas a los demás o al decir de Goethe «No hay peor esclavo que aquel que se cree libre sin serlo».

Bien sabían los políticos y líderes franceses, que en su empeño por sacar de circulación a Gadafi, a Bashar al-Asad, por estrechar sus relaciones con el régimen Wahabita de la Casa al Saud y las Monarquías del Golfo Pérsico estaban criando cuervos que cualquier día se volverían contra sus padres putativos y tratarían de arrancarles los ojos y, sobre todo, las acciones hegemónicas allende tierras europeas serían pagadas por los miembros de su sociedad, la gran mayoría inocentes de los crímenes e intervenciones de su clase política y militar.  Quienes atentan contra Francia hoy son los mismos que han recibido su generosa ayuda junto a Washington, Tel Aviv y Londres.

Esos hijos, supuestamente descarriados, bailan al compás de la música que sus valedores le ponen y que sirven para intensificar las operaciones de agresión contra Siria e Irak y su política de más largo alcance que les permita cercar a irán e impedir el desarrollo de Rusia como la potencia que busca su lugar. No es casual, que tras el atentado en París cada uno de los socios de la Coalición Internacional liderada por Estados Unidos, supuestamente destinada a combatir a Daesh – y cuyos resultados han sido un fiasco – afirmen que “ahora sí ¡se centrarán en destruir a los grupos takfirí. Cruel juego de intereses que ha significado la muerte de 250 mil sirios, el desplazamiento de 7 millones de sus habitantes, 4 millones de refugiados, principalmente en países vecinos. La destrucción de gran parte de su industria hidrocarburífera y el robo descarado del petróleo, vendido a turcos, israelitas y europeos.

Países como Dinamarca han señalado que ampliarán sus bombardeos a Siria en el marco de la coalición anti-EIIL  – Daesh, en árabe – . Londres, ya implicado hasta los huesos ha declarado que El Gobierno del Reino Unido aumentará de manera significativa el presupuesto y el personal de los servicios de inteligencia para impedir atentados terroristas en su territorio y al mismo tiempo, el primer ministro británico, David Cameron, ha anunciado que pedirá permiso al Parlamento británico para atacar las posiciones del grupo takfirí EIIL en Siria. En una lluvia de ideas que resaltan por lo irreal, el gobierno polaco ha propuesto crear un ejército integrado por refugiados sirios para liberar Siria del grupo terrorista Daesh. Por su parte, el Ministro del Interior francés, Manuel Valls, afirma que es probable que nuevos atentados se produzcan en Francia lo que implica extremar las medidas de seguridad doméstica y las relaciones de coordinación con sus socios europeos, estadounidenses y de la triada Ankara-Tel Aviv – Riad.

Francia es responsable no sólo de sus actos extramuros, sino también de aquellos que toca a sus ciudadanos pues la posibilidad de debatir sobre las intervenciones de Francia en guerras de agresión, implica dar cuenta de operaciones ilegítimas, encaminadas a mantener el estatus quo hegemónico de las grandes potencias y no como  tareas encaminadas a favorecer a los pueblos que sufren esas agresiones. Para el analista Carlos Santamaría existe un nombre responsable en la actual situación vivida por Francia, Francois Hollande “responsabilidad plena, total. Es el máximo responsable por armar a los extremistas sin conocer que estos no poseen más lealtad que a sí mismos y su filosofía takfirí. Además, por desarrollar una política de sumisión al Pentágono sin responder al pueblo francés, siendo irresponsable en el trabajo policíaco de prevención, compromiso hecho público después de Charlie Hebdo. Hollande ha invitado a asesinar a Al-Asad, azuzando las guerras colonialistas en el Medio Oriente, lo que lo sindica como responsable directo de la política exterior de Francia”.

Hechos como el sucedido en París, el apoyo sostenido de ese país junto a sus aliados occidentales y de Oriente Medio como Israel, Arabia Saudita, Turquía y las Monarquías del Golfo Pérsico, a la consolidación de grupos terroristas que sirviera a sus fines, hace desconfiar de la posibilidad que esos grupos terroristas hayan ejecutado estos actos, sin contar con el apoyo de los servicios de inteligencia de  la Colación Internacional liderada por Washington. Los ejemplos de bandera falsa son múltiples, incluyendo en atentado en Ankara el mes de octubre que significó la muerte de 120 personas, principalmente opositoras la gobierno de Erdogan, que previo a ese hecho enfrentaba la posibilidad cierta de ser derrotado en las elecciones parlamentarias que se dieron días después del atentado y que sin embargo, significaron un triunfo, que previo a ese atentado en Ankara no se visualizaba tan amplio.

Yo no soy Francia, como no fui Charlie Hebdo ni Nueva York.

Mi corazón y mi acción está con la sociedad siria y sus 250 mil muertos, siete millones de desplazados y cuatro millones de refugiados. Con El Líbano y su sociedad que sufrió un atentado tan bárbaro como el de París – muriendo 48 creyentes chiitas – con el pueblo saharaui impedido de lograr su autodeterminación, ya sea por la cobardía española o la complicidad criminal de Francia. Con Palestina y su lucha contra Israel, que recibe el apoyo permanente del gobierno francés, – el mismo que llama hoy a luchar contra el terrorismo – del gobierno estadounidense y del inglés. Una Palestina que debe lamentar día a día la muerte de sus habitantes a manos de las fuerzas ocupantes de la entidad sionista, como sucedió en el campamento de Qalandia, sin que ello levante la voz indignada de las potencias occidentales o largas editoriales de sus medios de comunicación condenando las atrocidades del «nacionalsionismo» israelí.

Mi pensamiento y acción está hoy, como ayer y lo estará mañana con aquellos que sufren las agresiones de países como Francia, que siente en su suelo lo que ejecuta en otras naciones a sangre y fuego, en pos de intereses económicos, políticos, de una hegemonía malsana y que desprecia la ayuda de millones de seres humanos considerados de segunda categoría. Hoy, mi solidaridad con el pueblo francés, con sus inmigrantes, con sus seis millones de franceses de confesión musulmana. Solidaridad con ese pueblo, no con su gobierno ni sus líderes ni su totalitarismo, que llegó incluso al canciller Laurent Fabius declarar en su oportunidad que el grupo terrorista takfirí Frente Al-Nusra “ha hecho un buen trabajo en Siria”. Esa es parte de la hipocresía de políticos como Fabius y el Gobierno galo, que bajo la victimización esconden su apoyo y participación en consolidar a grupos terroristas como Daesh y el Frente Al-Nusra.

Francia está recibiendo hoy, lamentablemente para su población civil, la misma medicina que sus protegidos takfirí le han dado a la población de Siria e Irak. La política exterior occidental, sustentada a su vez por sus aliados en la zona: Israel, Turquía, Arabia Saudita y las Monarquías feudales del Golfo Pérsico han sido quienes han contribuido a la consolidación de esos movimientos terroristas, que bajo el ampro económico, político y hasta logístico de quienes dicen hoy combatirlos,  han permitido su propagación, incluso allende el levante mediterráneo, generando la alarma de políticos como Hollande, Fabius, Cameron, Obama, Kerry, entre otros, que sólo hasta ayer sostenían la necesidad de intensificar sus ataques contra Siria, incluso si ello significaba le desarrollo de esta criatura llamada Daesh. En ese marco, Je ne sui pas Francia.

Por Pablo Jofré Leal
Con información de: HISPANTV

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