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El feminismo islámico es una redundancia, el islam es igualitario

Sirin Adlbi Sibai, autora de ‘La cárcel del feminismo’, fotografiada en Madrid el lunes ©Carlos Rosillo

La granadina Sirin Adlbi Sibai acaba de publicar ‘La cárcel del feminismo’, una reflexión sobre las mujeres musulmanas y el patriarcado.

La escritora Sirin Adlbi Sibai (Granada, 1982) acaba de publicar un libro con el provocativo título de La cárcel del feminismo (Akal). El ensayo surgió como respuesta a la pregunta de un profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, que le espetó a la granadina: «¿Para qué una mujer musulmana con hiyab [pañuelo] hace una tesis doctoral?». La respuesta de Adlbi fueron diez años de trabajo investigador sobre el Islam, las mujeres y el feminismo (en España y Marruecos) que se concretan ahora en el volumen. Su tesis es que el feminismo incluye una colonización cultural, por lo que aboga por superar ese concepto para llegar a lo que denomina el pensamiento islámico decolonial. La autora, hija de exiliados sirios en España que llegaron a finales de los años 70, ha vivido la mayor parte de su vida en Madrid, donde responde a esta entrevista. El 6 de febrero presenta su libro en la Casa del Libro de Gran Vía (Madrid) y el 7 de febrero lo hará en Casa Árabe de la capital.


Pregunta. ¿Qué es para usted el feminismo?

Respuesta. Un movimiento que aboga por los derechos de las mujeres y lucha contra la situación de desigualdad, y por la igualdad de hombres y mujeres, es decir, por la igualdad de todos.

P. ¿Por qué cree que en el feminismo hay una cierta colonización cultural?

R. Porque el feminismo hegemónico ha estado imponiendo una serie de discursos, ha ido dirigido hacia un sujeto determinado, que son las mujeres blancas, occidentales, burguesas… como ya dijo Chandra Talpade Mohanty, este tipo de feminismo ha excluido a todas esas mujeres del llamado tercer mundo, por lo que parte de una exclusión, es decir, pide la igualdad de los hombres y las mujeres occidentales y nunca ha incluido a las mujeres de otras culturas o civilizaciones.

P. ¿En qué se traduce esta visión?

R. Eso se ve claramente en los discursos sobre las mujeres musulmanas, claramente racistas e islamófobos, donde se representa lo que en mi libro denomino “la mujer musulmana con hiyab” como un mero objeto de estudio, nunca como un sujeto en sí misma. Se representa a la mujer musulmana como subdesarrollada, analfabeta, pasiva, sexualmente reprimida, etcétera. La construcción de esta mujer como objeto pasivo es la que nos conduce a la posibilidad de construir los discursos del oximorón, es decir, la supuesta incompatibilidad entre feminismo e Islam y la negación del feminismo islámico. Y nos lleva, además, a ver el Islam como una religión opresiva, antidemocrática y contraria a los derechos de las mujeres. Esa visión, en suma, responde a las agendas coloniales. Por ejemplo, cuando EE UU invadió Irak dijo que se disponía a liberar a las mujeres iraquíes. La cuestión de las mujeres es trasversal a toda esa construcción del Islam que esconde los intereses geopolíticos de Occidente respecto a los países de mayoría de población musulmana. Además, esa visión puede llevar a pensar que ya está todo hecho en el campo de la igualdad en Occidente, y eso no es cierto, aquí también hay que luchar contra el patriarcado.



P. El tema del velo ha estado presente en el feminismo árabe. Wassyla Tanzali, una feminista argelina, dijo en diciembre que “ser feminista es incompatible con llevar velo”.

R. En mi opinión, Wassyla Tanzali es una persona profundamente colonial y sus discursos son islamófobos. Tanzali, como otras feministas, ha mantenido una tesis de que el Corán es incompatible con el feminismo. Pero cualquier persona que tenga un conocimiento básico del árabe y del Islam sabe que eso no es cierto. Respecto a la cuestión del hiyab, hay que decir que se ha utilizado muchas veces en Occidente para esconder agendas sociopolíticas coloniales, mientras que en sectores patriarcales de las sociedades islámica se ha pretendido secuestrar. Tantos unos como otros, los que lo quieren vetar y los que lo quieren imponer, debemos comprender el significado del hiyab: muchas mujeres musulmanas entendemos el hiyab desde una espiritualidad determinada, y le damos un significado liberatorio.

P. Pero las propias feministas árabes también se han rebelado contra la imposición del velo a las mujeres. Pienso por ejemplo en Huda Saharawi quitándose el velo a su llegada a El Cairo, en 1924.

R. Huda Saharawi se quitó el velo que cubre la cara por completo, no el hiyab [que sólo cubre el pelo], y eso simbolizaba una lectura totalmente nueva. Los musulmanes somos más de 1.600 millones de personas, hay diferentes visiones sobre cómo llevarlo a la práctica, diferentes lenguas y culturas. La mayoría de los discursos sobre el islam, lo primero que hacen es homogeneizar ese pluralismo para convertirlo en algo colonizable. Saharawi estaba en un contexto muy diferente donde surge también el pensamiento islámico reformista, que en mi opinión es también colonial, porque utiliza las bases epistemológicas de la modernidad occidentalocéntrica. Y utiliza los binarismos de esta tendencia, modernidad/tradición, islam/secularización… lo que yo denomino en mi libro la cárcel epistemológica existencial.

P. ¿Qué peligros entraña esta “cárcel”?

R. Que invisibilicemos las voces plurales de las mujeres musulmanas, porque quién tiene derecho a decir que las mujeres que hablamos de los derechos de las mujeres en el islam no tenemos derecho a hacer nuestras propias lecturas. Esa visión es profundamente sexista, y da por hecho que los sectores patriarcales del mundo islámico son los que tienen el monopolio de la interpretación del islam. La cárcel epistemológica-existencial nos dice de qué temas se puede hablar y quién puede hablar. Eso tiene un objetivo, la creación de un sujeto: el hombre blanco occidental capitalista y patriarcal. Cualquier expresión que se salga de esta construcción de la normalidad foucaultiana es silenciada por el sistema.

P. En cualquier caso, este debate solo se puede plantear en países en los que existe libertad religiosa.

R. Los casos donde se exige una determinada vestimenta a las mujeres son Arabia Saudí e Irán. Pero los musulmanes somos 1.600 millones. No se habla de los otros casos. Hasta hace poco, en Turquía las mujeres no podían ir con hiyab a la universidad, y tampoco en Túnez.

P. No se puede negar que el patriarcado también existe en los países árabes y musulmanes.

R. Yo no niego que existan unas estructura patriarcales brutales en las sociedades de mayoría árabe y musulmana. Pero hay que analizar en profundidad la realidad sociopolítica: no se puede decir que las situaciones de machismo son intrínsecas a las sociedades musulmanas, porque eso es racista. En este análisis, sostengo que no podemos comprender el patriarcado en las sociedades musulmanas sin comprender antes cómo la colonización ha colonizado el patriarcado. Fátima Mernissi en El harén en occidente dice que tenemos diferentes tipos de patriarcado en todas las sociedades, que mientras en las sociedades occidentales el patriarcado se mueve en términos temporales, en las sociedades árabes se mueve en términos espaciales. Lo que yo digo es que Mernissi no ha tenido en cuenta el proceso de colonización del patriarcado occidental sobre el resto de patriarcados en todo el mundo. Y lo que ha hecho el patriarcado occidental ha sido reforzar las estructuras patriarcales de las sociedades colonizadas.

P. Los medios de comunicación pagados por Irán y Arabia Saudí están imponiendo una visión del islam más extremista.

R. Por eso necesitamos un pensamiento islámico decolonial, como el que yo propongo. Un pensamiento que haga un trabajo múltiple de desnudar los discursos coloniales, y también los discursos patriarcales que llegan de Irán y Arabia Saudí, que tienen lecturas reaccionarias del islam. En mi opinión, estas lecturas son la otra cara del capitalismo neoliberal, forman parte del mismo sistema neoliberal que produce fundamentalismos en todos los niveles. (El presidente de EE UU, Donald) Trump no es un antisistema, es el sistema al desnudo.

La autora ante los Teatros del Canal  C. Rosillo

P. ¿Por qué no se considera usted feminista islámica?

R. Me defino como pensadora musulmana decolonial. Si bien comparto muchas de las producciones de las feministas islámicas, no utilizo esta denominación porque considero que es una redundancia hablar de feminismo islámico: el islam es igualitario de todos los seres humanos y defiende los derechos de todos. El islam no es una religión, la religión es un concepto colonial a través del cual se ha ido construyendo la realidad. Para mí, es una forma de ser, de estar en el mundo.

P. Algunos pasajes del Corán son patriarcales: “los hombres son prominentes sobre las mujeres […] y de aquellas que teméis sus extravíos, rehuilas en el lecho y golpeadlas” ¿Cómo encajan con su visión igualitaria de esta civilización?

R. En lo referente a estas aleyas (versículos), hombres y mujeres han revisado las traducciones que se han hecho y han demostrado cómo estas interpretaciones son falsas, hechas por hombres sexistas. En las ciencias islámicas se entiende un concepto según cómo se emplea en el conjunto del Corán, y en todo el Corán el verbo “daraba” se utiliza como “alejarse” o “alejarlas” ¿Por qué específicamente aquí tiene que ser “golpeadlas”? Eso es legitimar una lectura patriarcal. Si se hace una lectura seria del Corán en árabe no se puede extraer que sea un libro patriarcal, sino que es claramente igualitario. No existe ninguna aleya que vaya contra las mujeres.

P. ¿Y qué me dice de la poligamia, permitida solo para hombres?

R. El Corán tiene algunas aleyas que fueron reveladas para todo tiempo y lugar, y otras que tienen una interpretación más abierta, y hay que interpretarlas en el tiempo que estamos. Obviamente, la sociedad árabe del año 622 no es la sociedad contemporánea, ni España es la Península Arábiga de entonces.



P. En su libro habla de feminismos alternativos. ¿A cuáles se refiere?

R. Los feminismos chicanos, los negros, los islámicos. De todos ellos se aprende que no podemos entender la situación de todas las mujeres basándonos tan solo en el género, porque también influyen la raza, la civilización, la clase social.

P. Llama la atención en el debate público que muy pocas veces se dé voz a las mujeres musulmanas.

R. Se habla sobre las mujeres musulmanas, pero no se las deja hablar. Y, si hablan, sus discursos son reinterpretados, es decir, no dejamos que digan lo que quieren decir, sino lo que queremos escuchar.

P. ¿Qué opina usted sobre la prohibición del burkini en algunos lugares de Europa?

R. Entra dentro de lo que Ángeles Ramírez llama “La trampa del velo”, es decir, una excusa para tener el control patriarcal de los cuerpos de las mujeres, tanto para imponer que se vistan como que se desnuden. Lo destacable es que todo esto entra en las agendas sociopolíticas de cómo se está tratando con el islam y con los musulmanes en Occidente. Hay una deriva fascista que está llegando a su apogeo con Trump que asusta mucho. Nos estamos dirigiendo a un Holocausto musulmán. Es realmente terrible. Yo abogo por la libertad de las mujeres y hombres de vestirse como les dé la gana.

P.¿Y qué deberíamos hacer con países como Arabia Saudí, que imponen esta vestimenta?

R. Deberíamos dejar de apoyar y venderles armas a dictaduras, sin ninguna duda. Tanto a Arabia Saudí como a la dictadura siria. La situación de las mujeres empeora en el contexto de dictaduras, donde no hay libertades en general.

P. El título La cárcel del feminismo es muy provocador. ¿Qué busca provocar?

R. El debate, que nos cuestionemos el orden de las cosas, los conceptos que utilizamos, un shock para sacudir estos discursos que parten de una base racista e islamófoba y que nos cuestionemos el lugar desde el que hablamos y cómo hablamos.

P. El Orientalismo, esa determinada visión de ver a Oriente de la que hablaba Edward Said, afecta a las sociedades islámica. ¿Por qué cree que afecta más a las mujeres que a los hombres?

R. Porque el sistema es intrínsecamente patriarcal y sexista. Por eso digo que no hace falta que hablemos de islamofobia de género, con decir islamofobia ya se entiende que es patriarcal. Porque todos los dispositivos del poder que construyen esta islamofobia actúan desde estructuras también machistas y patriarcales: por ejemplo, se construye a esa “mujer musulmana con hiyab” para representar a los millones de mujeres musulmanas. Y porque la visibilidad del hiyab afecta más a las mujeres que a los hombres.

P. ¿Y qué piensa sobre la eterna cuestión de si se puede compatibilizar islam y democracia?

R. Hay que trascender ya estos discursos, porque parten de unos planteamientos de racismo cultural y epistemológico. Hay que trascender estos discursos para llegar a un pensamiento islámico decolonial, tenemos muchas civilizaciones y es racista pensar que solo podemos articular un proyecto progresista o igualitario desde la sociedad occidental. El capitalismo occidental ha destrozado el mundo, se ha cargado la naturaleza y ha sido injusto con las mujeres. Otras tradiciones son respetuosas con la naturaleza y con todos los seres humanos y tienen derecho a pensar desde sus términos, sus conceptos y su visión del mundo.


Por Miguel Ángel Medina
Con información de El País

©2017-paginasarabes®

La historia del feminismo árabe en pocas palabras

Vivir entre dos mundos es muy enriquecedor, pero a veces resulta agotador. Sobre todo cuando explicas lo que son evidencias para ti a un interlocutor que se muestra seguro de sus conocimientos y que cita sus fuentes occidentales con aire arrogante y superior, fuentes orientalistas en realidad, que arrastran siglos de prejuicios contra el mundo árabe y musulmán.

Con frecuencia me he visto obligada a hacer malabarismos mentales para desarrollar mi punto de vista y encontrarme con reacciones hasta de conmiseración hacia esta pobre mujer árabe que no es consciente de su estatus humillante y que para colmo defiende a su opresor. El retrato de la mujer árabe en Occidente es un amasijo de banalidades y prejuicios que se heredan y se transmiten desde las cruzadas. O es una odalisca en un harén o es una pobre incauta sumisa e resignada.

Por lo tanto, he descubierto en mi convivencia con los occidentales que el conocimiento de la historia de la lucha feminista en el mundo árabe es prácticamente nulo, incluso por parte de gente muy preparada o de activistas.

El inicio del pensamiento feminista árabe se sitúa a finales del siglo XIX coincidiendo con el periodo del surgimiento de los movimientos de lucha por los derechos de la mujer en Inglaterra y Estados Unidos. Las feministas árabes eran conscientes de la universalidad de su causa, que independientemente de su clase social, raza o pertenencia religiosa, su discriminación es debida solo a su sexo. Han sido excluidas por y para los hombres, confinadas a tareas domésticas, productivas y al cuidado de los hijos para perpetuar el eterno rol limitante y limitado. La mitad de la humanidad ha sido sacrificada concienzudamente para asegurar el bienestar de la mitad dominante. En ello se ha destacado la cultura patriarcal a la hora de justificar su proceder, embelleciendo con demagogia tenaz y eficacia incontestable, el rol que desempeña la mujer en su hogar, repitiéndole hasta la saciedad que el cuidado de su familia era la más noble de las tareas.

Las feministas árabes eran musulmanas, cristianas y también pertenecientes a la minoría judía, unidas contra una discriminación que sufrían por igual independientemente de su fe.

Las pioneras son mujeres que accedieron a una educación avanzada entre mediados del XIX y principios del siglo XX como es el caso de las egipcias Aïcha Teymour ( 1840-1903), Malak Hifnî Nasîf (1886-1918), Hoda Shaarawi (1879-1947), o las sirias Marie Ajamí (1888-1965) y Nazek Alabed (1887-1859) o la escritora palestino-libanesa May Ziadah (1886-1941)…etc.

Y no podemos hablar del feminismo árabe sin mencionar al escritor y reformador egipcio Kassim Amín que publicó en 1899 su libro: La emancipación de las mujeres, donde llama a la necesidad de emancipar a la mujer árabe para salvar a la sociedad entera de un letargo que se ha prolongado demasiado tiempo.

Gracias a su conocimiento de lenguas extranjeras y su amistad con algunas damas europeas que acompañaban a sus maridos a Medio Oriente, las feministas árabes pudieron descubrir que a pesar de sus aparentes privilegios, la mujer occidental no era tan libre como aparentaba. Las leyes de sus naciones hasta podían ser más severas en algunos aspectos, como por ejemplo el hecho de no poder disponer de su dinero, cuando la mujer musulmana disponía de este derecho desde el inicio del Islam. Por ello, existía la certidumbre de que compartían una causa común y las feministas árabes cuando hablaban de las mujeres occidentales se referían a ellas como nuestras hermanas en Occidente, como bien queda recogido en el discurso de Hoda Shaarawi, pronunciado en Mayo de 1923 durante la novena conferencia internacional feminista celebrada en Roma, en su calidad de presidente de la delegación egipcia.

Sin embargo, las feministas árabes eran muy lúcidas a la hora de apreciar en su justa medida la aparente solidaridad de los gobiernos de las naciones occidentales. Sabían que la conquista de sus derechos vendría de sus manos o no vendría nunca, que de Occidente no llegaría nada en nombre de la libertad y de los derechos humanos como decía su falaz propaganda colonialista.

Las potencias extranjeras únicamente querían repartirse el mundo árabe después de la caída del Imperio Otomano, movidos por sus intereses y por el provecho que podrían sacar. Por ello, a pesar de los intentos de los mandatarios de Occidente de alienarlas a su causa prometiéndoles un atajo hacia la conquista de sus derechos, las feministas árabes nunca se dejaron embaucar. Sabían que no se podía confiar jamás en las intenciones altruistas de potencias colonizadoras.

Por ello, el feminismo árabe va de la mano con las reivindicaciones nacionalistas e independistas. Las mujeres participaron activamente en la resistencia contra la colonización y llamaron a la unidad de todos los pueblos árabes. Y tal imbricación sigue practicada hasta hoy en día, como es el caso por ejemplo de las feministas palestinas en los territorios ocupados.

Sin embargo a pesar de que la mujer participó enérgicamente en la resistencia contra la dominación extranjera y propulsó junto al hombre la idea del nacionalismo árabe, después de lograr la independencia la recompensa no estuvo a la altura de sus esperanzas y de su labor. Las promesas de igualdad efectiva, hechas a las feministas por los compañeros varones durante los tiempos de la resistencia, fueron olvidadas o marginadas por razones de estrategia política.

Las primeras feministas, poliglotas la mayoría de ellas, también eran conscientes de que la lengua árabe era el instrumento más eficaz para transmitir sus ideas rompedoras y hacerlas llegar a la población conservadora y reacia al cambio. Así que se publicó la primera revista árabe dirigida a la mujer con temática reivindicativa, Arus, fundada por la pionera Marie Ajamí en 1910. La feminista siria insistía sobre la idoneidad de utilizar la lengua árabe como baluarte contra la intromisión extranjera. De modo que el idioma fue ondeado como bandera nacionalista contra el turco y más tarde contra el francés y el inglés.

La feminista egipcia, Hoda Shaarawi, en sus memorias, cuenta que mientras se le ha facilitado el acceso al aprendizaje del francés, hasta tenía una profesora nativa a domicilio, su familia le prohibió perfeccionar la lengua árabe literaria. En aquel entonces, se apreciaba en las altas esferas sociales que las jóvenes hablasen francés, como un plus más en su valor casadero y decorativo. Mientras que el dominio del árabe literario era prerrogativa exclusiva del hombre. La osadía de querer perfeccionar el árabe literario por parte de la mujer, conllevaba un peligro para el orden establecido, porque a ciencia cierta terminaría por descubrir que la habían engañado y manipulado. Por ello la lengua árabe fue la aliada del pensamiento feminista en sus inicios.

Otro instrumento, que está superpuesto al primero, fue la religión, aunque podría parecer paradójico, las primeras feministas instruidas hallaron en el Islam un aliado que les ayudó a sacar a la mujer árabe de su confinamiento social haciendo una separación entre religión y tradición, ayudadas por ulemas reformadores de la altura de Muhammed Abdou.

Se explicó a los refractarios su error al confundir las ordenanzas islámicas con las costumbres ancestrales de un pueblo inmerso en la ignorancia desde hacía siglos debido a la dominación otomana. El último gran imperio musulmán fue particularmente obtuso en la educación de los pueblos bajo su autoridad con la finalidad de mantenerlos en unas intencionadas tinieblas que facilitaban su despotismo y evitaban la contestación.

Por lo tanto, destacados ulemas reformistas llamaron a la instrucción e insistieron en incluir a las niñas, incluso unieron su voz a la de las feministas para que las mujeres se quitasen el velo y participasen en la vida social y política del país. Aunque después del primer período, a raíz del surgimiento del movimiento político de los hermanos musulmanes, las feministas se decantaron por el nacionalismo panárabe y la laicidad que garantizaba una libertad más amplia e igualitaria.

Durante la primera década del siglo XX, las pioneras árabes conscientes de que la acción matriz del movimiento feminista debería ser la educación, crearon asociaciones de mujeres donde impartían clases a las analfabetas y enseñaban un oficio a las viudas y a las mujeres necesitadas. A través de los proyectos filantrópicos consiguieron ganarse cada vez a un público más amplio de mujeres que al beneficiar de su ayuda se cercioraron de la sandez de unas normas sociales que las clausuraba condenándolas al aislamiento, a la ignorancia e incluso a la indigencia.

Estas primeras beneficiadoras de las acciones feministas decidieron enviar a sus hijas a la escuela para que su vida y futuro sean distintos al de sus madres.

Siempre me llamó la atención una anécdota que me contaron cuando era pequeña: cuando se decretó el acceso a la educación de las niñas marroquíes durante la primera mitad del siglo XX, los refractarios dentro del ámbito clerical eran mayoría y uno de los ulemas más respetados del país se opuso diciendo: “Permitir la instrucción de las mujeres es como instilar más veneno a víboras”.

Era aterrador oír tal aserción de parte de un sabio que estaba comparando a su madre, abuelas, hermanas, esposa e hijas a serpientes inexorablemente venenosas. Cabe resaltar sin embargo, que el objetor no dijo que eran faltas de inteligencia o inferiores intelectualmente, dejó patente la verdadera motivación del confinamiento de la mujer: el miedo.

Las mujeres en nuestras sociedades musulmanas siempre lo han sabido por intuición y por hechos: el hombre les tiene miedo y necesita controlarlas para apaciguar sus propios demonios y uno de sus peores temores es la lascivia y el descontrol libidinoso, supuestamente inherentes a la naturaleza de la mujer, que desbaratarían el equilibrio de la familia, columna vertebral que sostiene el sistema patriarcal.

Las mujeres musulmanas siempre han sido conscientes de que ellas son víctima de un sistema cuyo objetivo es normalizar y legitimar la supuesta supremacía del hombre para mantenerlas bajo control. El miedo de la libertad de la mujer ha sido el principal motor que ha movido el hombre para confinarla y alejarla del espacio público.

La mujer árabe es consciente de su valor, por ello lidia con su sociedad de origen con sus propias armas, pero al mismo tiempo rechaza la visión que se hace de ella en Occidente. No se reconoce en la representación de la víctima ignorante, impotente que se resigna a la peor humillación. Para ella hay situaciones de mujeres en Occidente que son mucho más degradantes. La obsesión de cubrir a la mujer en las sociedades musulmanas para preservar al hombre de la tentación, equivale a la propensión y gran afición de desnudarla en Occidente, descubriendo sus atractivos para vender un coche o aumentar la audiencia de una emisión televisiva. En efecto, son dos caras de la misma moneda: el cuerpo de la mujer no le pertenece.

Las mujeres árabes son avanzadas con respeto a las occidentales en algunos aspectos, el más destacable es su sentimiento de hermandad con todas las mujeres. La sororidad no es un concepto nuevo para ellas. Acostumbradas a vivir en un entorno exterior hostil, llevan practicándola desde siempre en sus relaciones con otras mujeres. Su alianza es lógica, evidente y natural ante un opresor común.

Hay que reconocer que en la actualidad los movimientos feministas árabes han sufrido un grave revés en su trayectoria, una regresión flagrante ha asolado el mundo árabe debido a una serie de causas: regímenes dictatoriales y falta de una verdadera democracia, el wahabismo, las repercusiones de la revolución iraní sobre el resto del mundo musulmán, el activismo político de partidos de índole islamista, la gran tasa de analfabetismo y demás motivos internos, pero también por sucesos relacionados con la acción occidental durante las últimas dos décadas.

Las intervenciones militares occidentales en el mundo islámico han hecho retroceder la causa feminista de medio siglo por lo menos. Los logros tan arduamente conquistados fueron suprimidos en un santiamén en muchas naciones musulmanas.

Curiosamente, a Occidente se le llena la boca deplorando el estatus de la mujer en estos países, cuando su intromisión ha sido la principal causa y consecuencia directa de la proliferación del radicalismo islámico. Desde la primera guerra en Irak en 1991, el fanatismo religioso ha conocido un apogeo único en la historia moderna de la humanidad.

Por ello, el feminismo occidental tiene una responsabilidad ética hacia lo que ocurre en las sociedades orientales y musulmanas. Primero debería deshacerse de sus gafas confeccionadas bajo el mismo patrón y por el mismo ejecutor que había sentenciado la inferioridad congénita de la mujer: el sistema patriarcal.

Por último, quiero recalcar que a pesar de nuestras diferencias, la causa feminista está condenada a proyectarse y fraguar su estrategia de forma global, si quiere triunfar de manera eficaz. Tiene que desplegar su aspiración universal respetando los particularismos, el objetivo es común y nuestra unión es obligatoria e indispensable. En esta lucha, somos hermanas y no antagonistas.

Por Houda Louassini, escritora e hispanista marroquí.
Con información de Infolibre

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