El disfraz de hombre como pasaporte al mundo de la cultura en Pope Joan (1996) y en Yentl (1983): una interrelación cine – literatura

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En esta ensayo nos proponemos demostrar cómo la película Yentl (Barbra Streisand,1983) ha ejercido cierta influencia en la actual configuración literaria del personaje de la papisa en la novela Pope Joan (1996) de Donna W. Cross. Para ello se valorarán tanto los casos de aparente intertextualidad como las coincidencias que pueden deberse al brotar espontáneo de los lugares comunes que yuxtaponen, con frecuencia, las fábulas de travestismo femenino.

Aunque el mundo medieval ha sido un punto de referencia constante en la tradición cultural de Occidente desde el Renacimiento hasta nuestros días y su presencia sigue manifestándose en los más diversos registros de la literatura actual, es evidente que sólo en los últimos treinta años se ha enriquecido el muestrario de perspectivas sobre la mujer medieval y, singularmente, sobre las figuras femeninas más prominentes, entre las que desempeña un papel de primera importancia la papisa Juana. Donna Woolfolk Cross, reivindicando su figura, recrea en Pope Joan (1996) la historia, a medio camino entre leyenda y realidad, de una joven del siglo IX que, vestida de hombre, se ve inmersa en la trama de intrigas políticas que envuelve a los estados pontificios y termina por ascender al trono papal en el año 853 bajo el nombre de Juan Ánglico. Ni mujer enamorada ni uirgo bellatrix –los dos tipos más representativos entre los casos históricos o literarios de mujer vestida de hombre–, es el afán de conocimiento el que impulsa a Juana a travestirse, motivación que guía también a Yentl, protagonista de un relato de Isaac Bashevis Singer (1962) que se ha convertido en referente de la cultura de masas gracias a la película dirigida y protagonizada por Barbra Streisand (1983). Este personaje, dada su enorme popularidad, ha sido puesto en relación con la papisa de Cross hasta por las revistas de papel cuché, que en su momento definieron a Juana como “a kind of Yentl of the Vatican” (Glamour), pero no se ha apuntado, hasta el momento, la relación genética que pudiera existir entre el film y la novela, que, en ciertos puntos, al ampliar e introducir modificaciones en la versión canónica de la historia, parece seguirla muy de cerca. Nuestro objetivo, pues, es el de demostrar cómo en la actual configuración literaria de este personaje medieval del más oscuro de los siglos oscuros, han intervenido, además de las consabidas fuentes escritas, un texto cinematográfico, hecho que da cuenta de la necesidad de atender, en el ámbito del comparatismo, no sólo a la influencia de la literatura sobre el cine, sino también a la del cine sobre la literatura. Se valorará, asimismo, cuáles de las coincidencias pueden deberse, más que a un proceso de intertextualidad, al brotar espontáneo de los lugares comunes que yuxtaponen, con frecuencia, las fábulas de travestismo femenino.

LA HISTORIA DE LA PAPISA SEGÚN LAS FUENTES

 Datos fundamentales de su biografía

Por más que el Vaticano trate de reducir su importancia, la historia del papado está llena de leyendas e imprecisiones históricas, entre las que sobresale, sin duda, la apasionante historia de la papisa Juana, que, según evidencian las numerosas referencias que a ella se hacen en crónicas, guías de viaje y piezas literarias, fascinó tanto a los historiadores como a los poetas. De acuerdo con la mayor parte de las fuentes, Juana fue una joven de ascendencia inglesa, nacida en Ingelheim, Maguncia o, según algunos, en la propia Inglaterra, que adoptó una vestimenta masculina para poder realizar estudios superiores junto a su amante. Su diligencia académica la condujo a un vertiginoso ascenso en la jerarquía eclesiástica y, en última instancia, al trono papal, quedando de manifiesto su verdadera condición sólo cuando, dos años y medio más tarde, durante una solemne procesión eclesiástica, cayó al suelo jadeando y dio a luz a un niño entre grandes espasmos. El desenlace de esta historia varía según las fuentes: algunas sostienen que una multitud embravecida dio muerte al impostor; otras que fue encarcelada o, simplemente, depuesta y condenada al exilio; pero la mayor parte de los autores asegura que murió en el parto.

Los textos fundacionales del mito

Aunque se afirma generalmente que la papisa vivió a mediados del siglo IX o, según otras fuentes, durante el siglo XI, su existencia no aparece atestiguada en documentos anteriores al siglo XIII. Los defensores de su autenticidad histórica, como Johannes Wolf, historiador protestante del siglo XVI y compilador de una bibliografía sobre el tema, aducen, sin embargo, fuentes más tempranas. Se ha alegado, por ejemplo, que en el importantísimo Liber pontificalis del siglo IX, atribuido a Anastasius Bibliothecarius, aparecen ya referencias a la papisa, pero la crítica más acreditada ha explicado dichas menciones como producto de añadidos posteriores.

También fruto de una interpolación ha sido considerado el relato que figura en la que –junto al Chronicon Universalis Mettensis (ca. 1250), usualmente atribuido al dominico Jean de Mailly, la Erfurt Chronicle (ca. 1250) y el De septem donis Spiritus Sancti, de Stephen de Bourbon (ca. 1260)–, constituye la más importante fuente de propagación del mito: el Chronicon Pontificum et Imperatorum, de Martinus Polonus († 1278), conocido también como Martin de Troppau, cuya obra, por haber servido su autor como capellán y penitenciario del papa Clemente IV, recibió la consideración de documento oficial. La entrada sobre la papisa Juana, en efecto, no figura tampoco en los más tempranos manuscritos de esta crónica, por lo que no parece gratuita la asunción de que, como en el caso anterior, se trate de una adición fruto de redacciones posteriores, probablemente producida después de la muerte de Polonus en el último cuarto del siglo XIII. El pasaje en cuestión resulta, con todo, interesante, pues, pese a su muy posible condición espuria, sirvió de modelo a muchos cronistas posteriores, y se convirtió en la referencia más autorizada a lo largo de la Edad Media y el Renacimiento:

Después de este León, Juan Ánglico, nativo de Maguncia, ocupó el trono por dos años, siete meses, y cuatro días, y murió en Roma; y el papado estuvo en suspensión por un mes. Este papa, según se asevera, fue una mujer, y, conducida a Atenas con hábito masculino por un amante suyo durante su adolescencia, tanto sobresalió en las diversas ciencias que no se encontraba nadie semejante a ella, hasta tal punto que después, enseñando el trivium en Roma, tuvo como discípulos y oyentes a grandes maestros. Y, gozando su conducta y su saber de alta estima en la ciudad, fue unánimemente elegida papa. Pero mientras ejercía como tal, quedó encinta de su amigo. Ignorando el momento del parto, al dirigirse desde San Pedro a Letrán, dio a luz, angustiada, entre el Coliseo y la iglesia de San Clemente; y después de muerta, según se dice, fue enterrada en el mismo lugar. Y, puesto que el papa evita siempre la calle en cuestión, muchos creen que lo hace por repulsa a lo acontecido.

Tampoco se la incluye en el catálogo de los santos pontífices, por el desdoro que suponía su condición femenina para esto.

Muy pronto algunos autores reconocieron la fuerza crítica de la leyenda, entonces crédulamente admitida como verdad histórica, y la utilizaron como un tópico pero poderosísimo argumento en las polémicas contra las irregularidades eclesiásticas. El panorama de aceptación casi generalizada de la misma no cambió hasta la publicación, en 1647, del Familier Eclaircissement de la Question, si une femme a esté assise au siege Papal de Rome entre Leon IV & Benoist III, donde el historiador protestante David Blondel (1591-1655), que seguía la estela de Onofrio Panvinio y de Florimond de Raemond en su Erreur populaire de la Papesse Jane (1587), derrumbó los fundamentos sobre los que ésta se asentaba. Si exceptuamos el caso del escritor griego Emmanuel Royidis, que no fue más que “an ocasional lone voice crying out in favour of Pope Joan” (Pardoe 1988: 74), y el de los historiadores feministas para quienes la negación de su existencia constituía un ejemplo más de las conspiraciones del sistema patriarcal, durante los siglos XIX y XX la historia de la Papisa fue unánimemente considerada como mito por el público letrado.

La Papisa Juana de E. Royidis: un hito en el tratamiento literario del personaje

No es este el lugar ni el momento apropiado para realizar una enumeración de las obras que han abordado científicamente el estudio del personaje, de las que lo han utilizado como arma arrojadiza contra la Iglesia, o de las que han recreado literariamente sus peripecias, especialmente abundantes en Alemania y, modernamente, en los países anglosajones. Pero a la hora de acercarse a cualquier recreación literaria del personaje es imprescindible referirse a Emmanuel Royidis, que, con su novela, gran hito de la literatura griega moderna, inauguró una nueva etapa de la historia del mito, renovó durante el siglo la antigua polémica sobre la existencia de la Papisa Juana, y ejerció una influencia notable sobre los tratamientos literarios contemporáneos del personaje. La papisa Juana, publicada en 1866 y traducida enseguida, con inusitado éxito, a las principales lenguas europeas, fue condenada por la Iglesia ortodoxa como blasfema y calumniadora, y le granjeó a Royidis la excomunión, pero también el respeto de la crítica extranjera, atenta a las andanzas de un autor que, siempre sensible a la sugerencia de que la papisa Juana había sido sólo una figura apócrifa, derrochó ironía y encanto al defender su obra.

Esta novela de Royidis, burlesca, pícara e irreverente, poco tiene que ver con La Papisa deDonna W. Cross, cuya versión, no exenta en ocasiones de crudeza, suaviza cuanto en la otra pudiera resultar fresco e impúdico. Aunque no es momento para confrontar estas dos obras, cuya lectura paralela daría lugar a un interesante estudio, ha de apuntarse que el punto irónico apreciable en la heroína de Royidis, se disuelve en la figura de la autora norteamericana, cuya Juana es, por contraposición a aquella, un personaje íntegro que nunca desea la muerte a sus enemigos, que hace el bien siempre que puede, y que si cede a sus impulsos eróticos, lo hace movida por el amor que profesaba al noble que la acogió en su casa en su niñez y a quien, sorprendentemente, reencuentra en la corte papal y convierte en superista; y no por la lujuria que condujo a la Juana griega a los brazos de un paje, hijo del anterior papa, que dormía en la habitación contigua a la cámara apostólica y a quien ella, nueva Selene, ocultando la lámpara con sus manos, contemplaba por las noches horas enteras antes de poder dar cauce a su lujuria. No nos hallamos, sin embargo, ante un personaje plano, porque, si es cierto que la Juana de Cross resulta, en cierto sentido, compasiva y romántica, lo que bastaría en principio para desacreditarla ante un público poco dado al sentimentalismo y al melodrama, también lo es que, por lo general, su intelecto se sobrepone al instinto y a la emoción, y que su pasión por el saber sobrepasa cualquier otro tipo de impulso. Veíamos antes que, según la crónica de Martinus Polonus, Juana adoptaba el hábito viril para huir con un amante a Atenas, donde su objetivo era formarse intelectualmente. La versión de Royidis, sin desdeñar el componente educativo, incide, ante todo, en que se trata de una argucia ideada por el monje, no por Juana, para poder disfrutar tranquilamente de los placeres de Venus; el personaje de la de Cross lo hace, sin embargo, por una cuestión de supervivencia intelectual, porque sabe que el traje masculino constituye la única forma de ingresar en un monasterio o escuela catedralicia. Este aspecto del personaje, que genera toda una serie de tópicos narrativos, es uno de los que conecta másplausiblemente con Yentl.

LA PAPISA DE D.W. CROSS Y SU RELACIÓN CON YENTL

En este apartado estudiaremos las posibles relaciones que existen entre el film y la novela en cinco puntos concretos que, además, constituyen, con frecuencia, las bases sobre las que se asientan los relatos protagonizados por mujeres intelectuales en hábito masculino: su consideración como monstruos de la naturaleza y su consecuente marginación, la demostración de su superioridad mental frente a contrincantes varones, la asunción de una apariencia y de un nombre masculinos, el éxito y renombre que alcanzan disfrazadas de varón, y, por último, el rechazo de una vida tranquila junto al hombre amado a cambio de una, no por dolorosa menos anhelada, independencia.

 El monstruo de la naturaleza. Marginación en la infancia y adolescencia

No se ponen de acuerdo los cronistas al determinar dónde nació Juana, a la que se han atribuido cunas tan dispares como Ingelheim, Maguncia o algún lugar de Inglaterra. Cross, como novelista, la ubica en Ingelheim, de donde también son originarios sus dos hermanos literarios: Mateo, un chico inteligente muerto en la infancia, y Juan, un muchacho torpe al que su padre quiere convertir en erudito pero que piensa tan sólo en vivir, y morir, como soldado. Es justamente en las palabras de Juan, celoso por la mayor atención que su madre le presta a Juana, donde leemos, entre líneas, la consideración que de ella se tenía en el pueblo:

Juana ni siquiera era buena como chica. No podía hilar ni coser la mitad de bien que las otras chicas de su edad. Y después estaba su interés por los libros, cosa que todo el mundo sabía que no era natural (Cross 2003: 84-85).

La descripción recuerda claramente a Yentl, incapaz de preparar unas buenas manzanas al horno, de elegir buenos alimentos en el mercado y, en suma, de regentar una casa; pero gran experta, gracias a su padre el rabino, en el Talmud, lo que daba pie a todo tipo de habladurías en el pueblo. La situación de Juana en Dorstadt, la ciudad a la que se desplaza con su hermano para asistir, como alumna excepcional, a una escuela de chicos, es igualmente problemática:

Las chicas de la ciudad también mantenían sus distancias. Miraban a Juana con prevención y la excluían de sus juegos y charlas. Era un monstruo de la naturaleza: inteligencia de hombre, cuerpo de mujer, no se acomodaba a ninguna compañía; era como si perteneciera a un tercer sexo, amorfo (Cross 2003: 118).

Estas palabras, que preludian su posterior necesidad de travestirse, conectan, de forma bastante verosímil con Yentl, ya que en ninguna de las crónicas sobre la papisa se menciona nada al respecto y la versión de Royidis no se adentra en tales sutilezas psicológicas, en parte porque la peripecia novelesca ideada por él para la infancia y temprana adolescencia de Juana no se desarrolla en un ambiente que propicie situaciones de este tipo.

Demostración de superioridad intelectual frente a un estudiante varón

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