11-S,nacimiento de una nueva cultura de la violencia

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“Y que de la sombra ya sin límites, brote el grito en silencio…” (1)

En este texto nos proponemos repasar algunos de los elementos que integran la forma en que las sociedades actuales recogen o perciben como integradores de una configuración cultural diferente acerca de la violencia y de si ésta es la misma de principios de la era industrial o con igual vocablo estamos aludiendo a algo distinto.

Hace unos setenta u ochenta años Miguel de Unamuno tuvo que refugiarse durante cinco años en un oscuro y húmedo hotel de la calle Rue du Commerce en Hendaya, Francia, muy cerca de la frontera con España. Huía de la violencia de un estado que le amenazaba de muerte. Hoy es tan común el hecho de que miles y miles de personas escapen precipitadamente lo mismo de la ex Yugoslavia que de Pakistán, de cualquier país africano o de Colombia, de Palestina o del Tibet, que pareciera que es un proceso normal o natural merced a la repetición de las imágenes en las pantallas televisivas con noticiarios que a su vez se asemejan uno al otro y semana tras semana.

Al día siguiente de tomar posesión como primera mujer ministra de defensa en Francia en el nuevo gobierno reelecto de Jacques Chirac, Michèle Alliot-Marie tuvo que viajar a Pakistán para atender el asunto de un atentado del día anterior donde murieron once ingenieros y empleados navales franceses asesinados con un coche bomba frente al hotel Sheraton de la capital de ese país. Estos buenos hombres construían submarinos de guerra para el gobierno pakistaní. Los hechos violentos se convierten en mundialmente cuantitativos y empiezan a dejar de tener un peso cualitativo, es decir, van acostumbrando al receptor de la información, al ciudadano común, a su cotidianeidad. Asumen la condición de inveterata consuetudo.

Un día después, en Kapiscs, Rusia, cerca de Chechenia, estallaba una bomba que mataba a más de treinta personas incluidos varios niños, en pleno desfile de celebración de la victoria aliada de 1945. El Presidente Putin calificó a los atentantes como nuevos nazis. (2)

Hay, sin embargo, varios datos que llaman a reflexión. La violencia afecta en la actualidad más a grupos de seres humanos de escasos recursos que a núcleos de clases medias o encumbradas y este fenómeno se da hacia el interior de los países al igual que en el contexto internacional. Esto es, el crecimiento descomunal de las franjas de pobreza en el mundo indica que éstas serán castigadas con varios látigos simultáneamente al de su depauperación. Uno de ellos será el de la enfermedad creciente y polifacética, el otro es el de la violencia o la inseguridad.

No puede afirmarse ligeramente que sean inseparables en los términos que estamos viendo en las fechas recientes. En la República Popular China pudimos ver durante décadas crecer a cientos de millones de chinos con estrechez económica severa y con sus libertades restringidas incluso, pero no necesariamente sujetos a una violencia combinada y asfixiante como la que asimilamos ahora en muchas regiones. Es decir, podía verse más violencia en un barrio negro de Estados Unidos de América o en un barrio árabe de París en una sola noche, que en todo un mes en una gran ciudad de aquel país asiático. Esto viene reflejándose desde hace más de cuarenta años en el cine norteamericano que inundó a Latinoamérica desde West Side Story o los filmes de James Dean hasta las más recientes de las escenificaciones de Mario Puzo. (3)

La pobreza ha ido creciendo en simultaneidad con la violencia aunque no se acepte su relación de causa-efecto en ninguno de los dos sentidos en que sería integrable. Lo que llamamos violencia que es la alteración lesiva y súbita de la salud, la tranquilidad, la vida o la armonía social de las personas, incluida la pérdida de la vida de las víctimas por parte de particulares o servidores públicos armados, al margen de procesos legales y legítimos, o la afectación grave de sus bienes o posesiones, no deriva necesaria e inexorablemente de la pobreza ni ésta deviene tal por causa de la violencia salvo casos sociológicamente identificables.

Es creíble que la desesperación o la alteración psíquica o anímica que incuba el empobrecimiento de familias, grupos o sociedades vayan nutriendo de algunos de los vectores violentogénicos, pero es más recurrente el conformismo, la mansedumbre, incluso abonada por las religiones, la pasividad o la desidia que la rebelión. La historia muestra que los grandes movimientos de sublevación violenta han sido liderados por personas o pequeños grupos que se hallan en mejor condición económica y cultural que las masas o grandes colectivos a quienes conducen. Existen actualmente, según la ONU, (4) quinientos millones de niños en situación de extrema pobreza en el mundo, lo que nos anticipa que en quince o veinte años ejercerán presión sobre las estadísticas de la violencia en sus diversas manifestaciones.

Muchos de los enfrentamientos violentos de los grupos humanos en la historia registrada, han tomado la característica de guerras o batallas entre grupos selectos de las sociedades preparados como profesionales del combate, es decir, como soldados o guerreros. (5) Esto se viene registrando desde hace más de cuatro mil años en los datos conocidos tanto de pueblos asiáticos como célticos, pirenaicos y africanos antiguos.

Pero la violencia a la que hoy aludimos tiene una doble connotación o ambivalencia. Es por un lado el enfrentamiento de quien se siente superior contra un adversario presumiblemente más vulnerable o la de quien aprovecha circunstancias de anonimato o de clandestinidad para acicatear o socavar a quien presupone más poderoso. Pero el segundo factor es el de la resonancia social o internacional que esta violencia va generando y retroalimentando y a la vez permea hacia el futuro inmediato y consolida lo que podría llamarse la cultura de la violencia, marcada lo mismo en los encuentros deportivos por aficionados incontrolables, que por grupos de terrorismo o de reivindicación violenta, (6) por desquiciados solitarios como el caso del asesino ecologista (7) del líder homosexual en Holanda o el niño asesino de sus compañeros en Alemania o el chofer homicida en Ecatepec (8) o el joven colocador de bombas en lo buzones de Estados Unidos como sucesor de Timothy Mc Veigh y el Unabomber en ese mismo país, o los que mataron a los once franceses con el coche bomba en Pakistán que hemos mencionado. (9) La violencia crece y se reproduce también en los hogares y por ello aumentan día con día las agrupaciones feministas que denuncian violencia en contra de las mujeres en la pareja o las agrupaciones que hacen pública la violencia de todo tipo en contra de los menores.

La violencia contra el medio ambiente (10) se considera delictiva sólo por excepción, el fenómeno llamado graffitismo o graffiti es afrontado por muy pocas autoridades locales como conculcatorio de la armonía social. Es ya común ver en países como el nuestro que grandes volúmenes de personas asistan armados con palos, garrotes o bates y resorteras u hondas a manifestaciones dispuestas a enfrentarse violentamente con las fuerzas policíacas, las que a su vez también van condicionadas psicológicamente para esa eventualidad y llevan equipo y armamento especializado.

Los atentados del 11-S del año 2001 en Estados Unidos de América son tal vez la continuación de una larga cadena de hechos de esa índole terrorista, reivindicatoria o de revancha, pero de lo que no hay duda es que su impacto en la comunicación mundial y en la reflexión sociológica y sociopolítica constituyen un punto de partida identificable y, proyectable, en varios sentidos. Hay quienes han visto una confrontación entre oriente y occidente o la continuación del enfrentamiento de musulmanes y judíos en un territorio para ellos extracontinental.

Umberto Eco (11)  lo ha planteado en esos términos. El ha expuesto en un artículo intitulado “Disparar para que no cambie nada”, que se siente cierta incomodidad al reflexionar (y más aún al escribir) sobre la vuelta del terrorismo. Da la impresión de volver a copiar al pie de la letra los artículos escritos en los años setenta. Ello nos demuestra que, aunque no sea cierto que no haya cambiado nada en el país desde aquella década, sí lo es que no ha cambiado nada en la lógica del terrorismo.

Es la nueva situación en que reaparece lo que induce, si acaso, a hacer una relectura en una clave ligeramente distinta. Se dice que el acto terrorista aspira a la desestabilización, pero se trata de una expresión vaga, porque el tipo de desestabilización a la que puede aspirar un terrorismo ‘negro’, un terrorismo de ‘servicios secretos desviados’, y un terrorismo ‘rojo’ es distinta. Asumo, mientras no se demuestre lo contrario, que el asesinato de Marco Biagi es obra, si no de las auténticas Brigadas Rojas, sí de organizaciones con principios y métodos parecidos, y en este sentido usaré de ahora en adelante el término ‘terrorismo’.

¿Qué se propone normalmente un acto terrorista? Dado que la organización terrorista persigue una utopía insurreccional continúa Eco, aspira sobre todo a impedir que oposición y gobierno lleguen a acuerdos de cualquier tipo, tanto si se alcanzan, como en tiempos de Aldo Moro, mediante una paciente labor parlamentaria, como a través de un enfrentamiento directo, huelga u otras manifestaciones con vistas a inducir al gobierno a revisar algunas de sus decisiones.

“En segundo lugar, aspira a empujar al gobierno a una represión histérica, que los ciudadanos sientan como antidemocrática, insoportablemente dictatorial, y por lo tanto hacer que estalle la insurrección de un amplio sector preexistente de ‘proletarios o subproletarios desesperados’, que sólo esperaban una última provocación para iniciar una acción revolucionaria. A veces, un proyecto terrorista tiene éxito, y el caso más reciente es el del atentado contra las Torres Gemelas. (12)  Bin Laden sabía que en el mundo había millones de fundamentalistas musulmanes que sólo esperaban para sublevarse la prueba de que el enemigo occidental podía ser ‘golpeado en el corazón’. Y en efecto así ha sido, en Pakistán, en Palestina, y también en otros lugares. Y la respuesta estadounidense en Afganistán no ha reducido, sino reforzado, ese sector. Pero para que el proyecto tenga éxito hace falta que este sector ‘desesperado’ y potencialmente violento exista, y cuando digo existir quiero decir como realidad social.

El fracaso no sólo de las Brigadas Rojas en Italia, sino de muchos movimientos en Latinoamérica se debe a que construyeron todos sus proyectos partiendo del supuesto de que este sector desesperado y violento existía, y que se podía calcular no por decenas o centenares de personas, sino por millones. La mayor parte de los movimientos de Latinoamérica consiguieron llevar a algunos gobiernos a la represión feroz, pero no lograron que se rebelara un área que evidentemente era mucho más reducida de lo previsto por los cálculos de los terroristas.

La derrota de las Brigadas Rojas convenció a todos de que, al fin y al cabo, no habían conseguido desestabilizar nada. Pero no se reflexionó lo suficiente sobre el hecho de que, en cambio, sirvieron en gran medida para ‘estabilizar’. Porque un país en el que todas las fuerzas políticas se habían comprometido a defender el Estado contra el terrorismo indujo a la oposición a ser menos agresiva y a intentar más bien las vías del llamado asociacionismo. Por ello, las Brigadas Rojas actuaron como un movimiento estabilizador, o, si se quiere, conservador. Poco importa que lo hicieran por un error político garrafal o porque estuvieran debidamente manipuladas por quien tenía interés en alcanzar ese resultado. Cuando el terrorismo pierde, no sólo no hace la revolución, sino que actúa como elemento de conservación, o de ralentización, de los procesos de cambio”.

Luego Umberto Eco concluye hablando del pecado político de una tentación peor que fascista diciendo que existe un Principio que se traduce así: dado que existen terroristas, cualquiera que ataque al gobierno anima su acción. El principio tiene un corolario: por lo tanto, atacar al gobierno es potencialmente criminal al gobierno. El corolario del corolario es la negación de cualquier principio democrático, el chantaje a la crítica libre en la prensa, a cualquier acción de oposición, a cualquier manifestación de desacuerdo. Que no es desde luego la abolición del Parlamento o de la libertad de prensa (yo no soy de esos que hablan de nuevo fascismo), sino algo peor: es la posibilidad de chantajear moralmente y someter a la reprobación de los ciudadanos a quien manifieste su desacuerdo (no violento) con el gobierno y de equiparar eventualmente la violencia verbal —común a muchas formas de polémica, encendida pero legítima— con la violencia armada. (13)

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Notas:

1)   Savater, Fernando., Diario de Job . Alfaguara. 1983 Buenos Aires, Argentina., p. 190.
2)   Noticia del 9 de mayo del 2002. Reuters.
3)   No me gustan los espíritus fuertes. No hay más que bobos que desafían lo desconocido. Napoleón       Bonaparte. Leslois de la chance. Roger de Lafforest. Edit. Les enigmes de l’univers. Robert Laffont. París 1978. Francia., p. 137.
4)   UNICEF, Cumbre de la Infancia. ONU, Nueva York, EUA, mayo del 2002.
5)   Recuérdese a los trescientos de Leónidas peinándose en círculo unos a otros antes de enfrentarse a los persas.
6)   Tal es el caso del IRA, ejército republicano irlandés o de la ETA organización separatista del país vasco en España y Francia.
7)   Ver artículo El Asesino Verde
8)   Milenio 7 de mayo del 2002. México. Primera plana.
9)   AFP. París, Francia. Mayo 8 de 2002.
10) Ojeda Mestre Ramón. El nuevo derecho ambiental. Revista Mexicana de Legislación Ambiental. Año 2 Número 4, p.69. México.
11) El conocido semiólogo y literato italiano autor de El Nombre de la Rosa y otras obras importantes, es reconocido como un líder actual de la intelectualidad italiana.
12) Pocas veces se ha escrito con toda claridad y crudeza por parte de un escritor significado y confiable en occidente que el atentado del 11-S fue un éxito en cuanto a sus objetivos singulares.
13) Castoriadis Cornelius, ha postulado tajantemente que “La modernidad occidental tiene como especificidad la capacidad de ponerse en cuestión y de criticarse a sí misma: ésta es la parte positiva. Sin embargo, en nuestras sociedades el valor social predominante es el dinero y la corrupción es generalizada. Se logra, así, una sociedad de espectadores televisivos y no de ciudadanos activos, con un fuerte letargo y la desaparición del conflicto. Los signos de resistencia son escasos y la sociedad marcha hacia el abismo. Vid. Metapolítica Vol. 5 abril/junio 2001. México., p.13. Nota agregada por el autor.

 

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