11-S,nacimiento de una nueva cultura de la violencia

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Si se llegase a esto, la democracia correría el riesgo de vaciarse de sentido. Tendríamos una nueva forma de censura: el silencio o la reticencia por temor a un linchamiento mediático. Por ello, los hombres del gobierno deben ‘resistir, resistir, resistir’ a esta diabólica tentación. La oposición en cambio, debe ‘continuar, continuar, continuar’, en todas las formas que permita la Constitución. Si no, de verdad (¡y por primera vez!) los terroristas habrán vencido en los dos frentes, concluye el maestro italiano.

No parece fácil. Hay ya una sobre reacción frente a los riesgos vinculados a la violencia y a la inseguridad nacional y regionales en la cual los gobiernos profundizan más en la labores llamadas de inteligencia y dentro de los propios gobiernos hay sectores o dependencias gubernamentales que actúan extraconstitucionalmente de maneras asaz palmarias. (14)

Los hechos de guerra desatados por Ariel Sharon en Belén y en otras partes de Israel y Palestina contra los islámicos de Yasser Arafat a un costo de miles de muertos violentamente en ambos bandos, no son continuidad de los hechos del once de Septiembre en Nueva York, sino la proyección de conflictos muy anteriores que en ondulaciones se recrudecen o atenúan a lo largo de los años e incluso de los siglos, pero ello no los hace menos violentos y, de manera importante, contagiosos. ¡He aquí una de las consecuencias más graves de la violencia donde quiera que se manifieste y en la dimensión y ubicación que se presente! La violencia es un síndrome contagioso. Es un vector infeccioso siempre, con el que la humanidad ha combatido desde sus orígenes y a través de sus mentes más lúcidas.

Sin embargo, así como en todas las civilizaciones recientes se ha adoptado el estilo de los cuerpos de bomberos para apagar los incendios (15) que significan la presencia del fuego incontrolado en los bienes o las personas, también se ha adoptado la formación u organización de fuerzas armadas para disuadir, controlar o combatir la violencia y así como el fuego puede extenderse hipotéticamente hasta alcanzar a arrasar toda la superficie terrestre, así la violencia puede diseminarse hasta cualquier lugar donde  haya un ser humano, en el entendido de que los efectos de la violencia sobredimensionada toman el nivel de guerra y que ésta posee ya potencialidades devastadoras de todos conocidas pero no en todo tiempo valoradas adecuadamente.

Si la creación permanente de fuerzas armadas y de “servicios de inteligencia” han sido las respuestas civilizatorias al reciclamiento de la violencia, el derecho, como producto cultural, ha sido la única oferta real que las sociedades han vertebrado para intentar prevenir los hechos violentos entre personas, entre grupos o entre naciones. Fuerzas armadas aptas para la violencia institucional y legítima que dependen directamente del Poder Ejecutivo desde el planteamiento de Montesquieu, (16) toda vez que antes de este pensador francés, el Bill of Rights de 1689 señalaba que “Es contrario a la ley la formación y sostenimiento de un Ejército en el Reino en tiempos de paz”. (17)

No hace falta destacar que si bien los cuerpos jurídicos, las normas legales, los códigos de toda índole y tiempo, seguramente han sido capaces de evitar que conflictos de intereses o de percepciones devinieran en enfrentamientos o hechos violentos, (18) lo que tenemos a la vista de manera más preocupante y destacada son las “constantes y perpetuas voluntades” del ser humano de todas las latitudes y épocas por acudir al expediente de la violencia que se ha exacerbado recientemente por varios factores que es preciso dilucidar o escudriñar con extremo cuidado y, de ninguna manera, deben tomarse como fatales, definitivos o inescindibles de la genealogía y patología de la violencia o de sus advertibles tendencias. (19)

Estos elementos serían los siguientes:

  • La pobreza como fenómeno extendido, creciente y agudizado.
  • El incremento de la información y comprensión en los sectores depauperados.
  • La dureza e inflexibilidad de los modelos económicos de libre mercado. (20)
  • La influencia de los medios electrónicos de comunicación en la segunda mitad del siglo anterior y actual.
  • La asimetría quasiunipolar en los poderes internacionales.
  • El crecimiento de la industria armamentista mundial, sus excedentes de producción y el exceso de armamento disponible por los países.
  • El stress de grandes núcleos de población urbana.
  • Los escenarios del alcoholismo, la drogadicción y el narcotráfico.
  • La flexibilización axiológica tradicional.

La pobreza ha de entenderse en parte, como raíz, como receptora o como marco de la nueva cultura de la violencia y de hecho actúa como “legitimadora moral” de las violencias o formas de violencia reivindicatorias. Es un hecho sociológico comprobado que los ataques a las torres gemelas y al pentágono del once de Septiembre en Estados Unidos, no fueron sentidas por los núcleos pobres del mundo como un agravio a ellos mismos, sino como un “accidente” merecido que les ocurrió a los ricos del mundo, salvo, quizá, en franjas importantes de escasos recursos en el propio país atacado.

Esto es, aun cuando no surja ese tipo de violencia de grupos pobres de un país determinado sí se asume como un fenómeno no rechazable o repudiable por ese campo de cultivo de la depauperación. Esto se debe a que, si se analiza con frialdad, toda pobreza extendida o generalizada es hija de la violencia o, peor aún, toda riqueza excesiva es tradicionalmente hija de la misma violencia, lo que considerado taxonómicamente pobreza y riqueza son hijos ilegítimos de una misma violentación histórica y ello hace que ningún estrato social la sienta ajena o distante.

La pobreza nace, crece, se reproduce y no muere y el siglo XXI habrá de ser llamado con tétrico merecimiento como el siglo de la pobreza (21) y todo hecho violento estará enmarcado en esa constante axial.

De allí que el siguiente elemento mencionado tenga como supuesto el hecho de que habiendo un sector más extendido de escasez económica y de deterioro de los recursos naturales para grupos demográficos cada vez mayores, el hecho de que la comunicación se haya potencializado en la segunda mitad del siglo anterior por el efecto de la televisión y otros medios y formas de comunicación electrónica e impresa hace que la pobreza se conozca más, que los pobres estén cada vez más concientes e informados de su dimensión o de su alcance o de las características definitorias de su patología y que los hechos de la violencia de todo tipo, que se van incrustando o arraigando en el imaginario colectivo y que afectan a todos los estratos sociales, tenga, por lógica cuantitativa, mayor efecto en los conjuntos más amplios lo que va retroalimentando más y más el fenómeno.

Toda esta problemática se agudiza ante el insólito hecho histórico de que un paradigma conductual como es el de la cultura del libremercadismo y la competencia, se hayan enseñoreado en tan breve lapso de una manera tan inflexible y tajante que la pobreza se vuelve doblemente acuciante. Por un lado por la escasez de los satisfactores elementales y por otro por la presión insatisfecha de la existencia de productos o servicios “supérfluos” que imponen como “indispensables” los medios de comunicación o la publicidad de todo tipo de manera apabullante, alimentando el sentido de frustración y la crispación colectiva.

Mercado y competencia significan mucho para la sociedad abierta, aunque no todo. El homo oeconomicus constituye sólo una verdad parcial. La apertura, frecuentemente invocada, del procedimiento de la formación de la voluntad democrática no puede ser falsificada por los procesos de poder económico, ya que la sociedad abierta no es “un juego de ganancia económica”. (22) Curiosamente, por pobre que sea una sociedad actual, rural o urbana, tiene acceso a los medios de comunicación suficientes para comprender el nivel de su carencia por un lado y, por el otro, para recibir los mensajes paradigmáticos de los “héroes” de la violencia que están dirigidos fundamentalmente a niños y jóvenes y con los que es bombardeada implacable y cotidianamente la sociedad. Esto que parecería suicida por parte de los gobiernos, al permitir que se esté alimentando la violentabilidad social o individual, resulta neutralizado por el hecho de que en ese mismo contexto y termómetro los aparatos de fuerza del estado también se van fortaleciendo para controlar o disuadir las manifestaciones alteratorias del conformismo impuesto y que exige como única válvula de escape la entrega de las personas como engranes incansables de esa maquinaria productiva y consumista.

Al mismo tiempo esta “nueva cultura de la violencia” encuentra un justificante ecológico al constatarse la presión demográfica sobre el patrimonio natural de la humanidad y la ecuación se agudiza día con día. Esto es: cada día hay más habitantes, cada día hay más habitantes pobres y cada día cuentan con menor posibilidad de acceso a los bienes naturales porque éstos se vuelven más escasos y quedan para los segmentos de mayores recursos económicos. De esta manera, el medio ambiente se vuelve no sólo víctima de la violencia de los depredadores de la pobreza unidos a los predadores de la opulencia, sino que, una vez vulnerado, se vuelve como un agresor o factor de violencia contra sus conculcadores.(23)

Todos estos factores se han evidenciado al principio del siglo con los ataques del 11-S que también han puesto de relevancia, por la sobredimensión de las reacciones del aparato militar de los Estados Unidos, la cuasi unipolaridad de la fuerza armada, generando un desbalance y asimetrías, que ni siquiera la propia economía norteamericana logra digerir adecuadamente, y que ha impuesto a la comunidad internacional, un estado de confusión respecto al papel que debe tomarse frente a las decisiones unilaterales permanentes. El crecimiento de la industria armamentista mundial, sus excedentes de producción y el exceso de armamento disponible por los países, el stress de grandes núcleos de población urbana, los escenarios del alcoholismo, la drogadicción y el narcotráfico y la flexibilización axiológica tradicional, es decir, un trastocamiento de valores que ha sido denunciado por la mayoría de los pensadores independientes, son otros de los factores que han de tomarse en consideración como se ha mencionado.

Estamos en condiciones de concluir pues, que hay suficientes elementos de información y de juicio para prever una escalada de violencia en las sociedades y una respuesta del mismo nivel e intensidad por parte de los poderes públicos, pero principalmente, por parte de los países cuya apuesta económica mayor quede en riesgo.

Por Ramón Ojeda Mestre,(Miembro de la Corte Internacional de Arbitraje Ambiental).

Notas:

14) El Mundo, Madrid, España. Mayo 13 2002.- Los Gobiernos de la UE están preparando un borrador para asegurarse que todos los miembros de la Unión introducen una ley que permita a las agencias de persecución de delitos la retención y el libre acceso a los datos que contengan las telecomunicaciones.
El próximo 29 de mayo, el Parlamento Europeo en pleno, deberá votar una proposición adoptada por el Comité de los Derechos y Libertades del Ciudadano el día 18 de abril. La proposición reafirmaba la posición tomada por el Parlamento en la primera versión del 13 de noviembre de 2001, en el que se oponía al cambio fundamental preparado por el Consejo. Según la Directiva de 1997, los datos pueden ser retenidos solamente durante un corto periodo de tiempo para fines de “tarifación” (para ayudar al usuario a confirmar los detalles de uso), y después deben ser borrados. El Consejo quiere que estos datos sean retenidos por agencias como la policía, aduanas, seguridad interna, etc. El Parlamento Europeo quiere mantener la posición actual, en la que los datos son “espiados” con el propósito último de la seguridad nacional y para investigaciones criminales donde autoridades judiciales autorizan cada caso tras un estudio.
El Consejo de la Unión Europea y el Parlamento Europeo se encuentran por tanto enfrentados. Para aprobar un texto final, tanto el Consejo como el Parlamento deben estar de acuerdo, así que si se mantiene el enfrentamiento, un “Comité de Conciliación” se designa para llegar a un punto que aprueben las dos partes. Statewatch, la organización no lucrativa que vela por los derechos civiles y libertades en Europa, ha hecho público este problema. Su editor, Tony Bunyan, aseguró que “escribiendo un borrador vinculante antes de que el propio proceso legislativo termine, los gobiernos de la unión están mostrando su absoluto desprecio por el Parlamento Europeo.
El voto del Parlamento y la decisión final sobre este asunto, supondrá un momento decisivo para el futuro de la democracia en la UE. Si todas las telecomunicaciones (llamadas de teléfono, emails, faxes…) son puestas bajo vigilancia, no sólo se estará poniendo en entredicho la protección de datos, sino también todas las libertades que nos distinguen de los regímenes autoritarios”, afirmó.
15) Toda combustión es un proceso físico-químico de oxidación o de sobreoxigenación y así puede suponerse que toda violencia es su equivalente en el ámbito psicosocial. Es decir una forma de drenar o depurar energías acumuladas, sean negativas o positivas.
16) Montesquieu, Charles M., Barón de Secondat. L’Esprit des lois. Libro XI Cáp. VI.
17) Dicey W. Introduction to the Law of Constitution, London, 1884, pp. 273 y ss. U.K.
18) Garrido Falla Fernando, Comentarios a la Constitución. Edit. Civitas. Madrid, España.2001. Tercera ed., p. 1215 y ss.
19) Kofi Annan, Srio. Gral. De la ONU ha dicho apenas en mayo que en momentos en que, según cifras de la ONU, al menos 11 millones de niños mueren anualmente por causas que se pueden prevenir, hay que reivindicar »el derecho de los niños a crecer sin pobreza y sin hambre, sin guerras, sin abusos y (sin) explotación”. La Jornada, mayo 9 de 2002. México.
20) Häberle Peter. El Estado Constitucional. Universidad Nacional Autónoma de México. UNAM. 2001. México., p. 260.
21) La pobreza es una herida que nunca llega a cicatrizar totalmente. Ojeda Mestre, Ramón. Asamblea Legislativa del D.F. Enero de 1989.
22) Häberle., op. cit .
23) Ojeda Mestre, Ramón., o p. cit.

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