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Georges Tarabichi, filósofo sirio siempre en combate

Georges Tarabichi

Acometió una ingente labor de traducción, que fue de Freud a Hegel, Sartre, Beauvoir y Marcuse.

El 16 de marzo de 2016, murió en París Georges Tarabichi, filósofo sirio nacido en Alepo en 1939. Tarabichi fue un viejo marxista-nacionalista, algo muy árabe, que llegado un momento sopesó la fuerza del legado islámico como motor de cambio y emprendió un difícil camino (además era de origen cristiano) de integración de estas tradiciones. Fue una voz única y a la vez muy representativa, siempre en combate con todos y, sobre todo, consigo mismo.

En sus años juveniles, Tarabichi militó en el Partido Socialista Árabe Baaz, llegando a dirigir Radio Damasco (1963-1964), pero tras romper con la disciplina de partido pasó un periodo en la cárcel. El punto de inflexión en su trayectoria fue la derrota árabe en la guerra con Israel de 1967. El cataclismo llevó a Tarabichi a replantearse la universalidad del marxismo en sus términos clásicos, y le hizo volver la mirada hacia el legado árabe que hasta entonces había desdeñado. Esta revisión ideológica (desglosada en su libro El marxismo y la cuestión nacional, 1971) estuvo acompañada del exilio en Líbano. En estos años, los setenta y primeros ochenta, acometió una ingente labor de traducción, que va de casi todo Freud a Hegel, Durkheim, Sartre, Beauvoir y Marcuse.

Definitivamente instalado en París con la prolongación de la guerra civil libanesa (1975-1990), Tarabichi se volcó en su obra mayor, la enciclopédica crítica de La crítica de la razón árabe (cinco volúmenes, 1999-2010). A partir de la refutación por inane de La crítica de la razón árabe (1982-1990), del filósofo marroquí Mohamed al-Yabri, Tarabichi propuso “releer, reexcavar y refundar” el saber arabo-islámico en su integridad. La filosofía árabe (de Al-Kindi a Averroes), la teología y la jurisprudencia islámicas, el sufismo o la retórica clásica no son, según sus postulados, menos constitutivos de la actual razón árabe que el legado filosófico europeo. En el diagnóstico de Tarabichi, el proyecto fallido de modernidad árabe solo podrá salir adelante a través de un proceso de continua revisión crítica de la razón de ser árabe, pero tendrá que hacerse en los términos de un “secularismo islámico” acorde con la esencia del Corán; aventuras como el islamismo contemporáneo serían una perversión de este ideal.

Incapaz ya de escribir

La traducción, la refutación y el enciclopedismo son formas de conocimiento muy árabes, y Georges Tarabichi se consagró a ellas renovándolas. Con su fina dialéctica igual acusó de “orientalistas” a otros filósofos árabes (como los egipcios Hasán Hanafi y Abd al-Rahmán Badawi) que arremetió contra Nawal al-Saadawi, tótem del feminismo árabe en Occidente.

En los últimos años, con la guerra civil asolando Siria, el silencio pudo con su carácter contestatario: “Mi situación es como la de mi país: estoy totalmente paralizado y soy incapaz de escribir”, dijo en una de sus últimas entrevistas.

Por Luz Gómez García
Con información de El País

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Cuando duerme la fe

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Decía Tolstói que no se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo. Y  Garaudy concreta “La fe es la decisión de vivir con la certeza de que lo que es, no lo es todo “. Creer tiene que ser algo razonable y, en última instancia infalible. Muchos pensadores musulmanes del medievo persiguieron el humanismo, el racionalismo y el discurso científico en su búsqueda de conocimiento, significados y valores. Un amplio espectro de escritos islámicos sobre la poesía amorosa, la historia y la teología filosófica muestran que el pensamiento medieval islámico estaba abierto a las ideas humanistas del individualismo, el secularismo, el escepticismo y el liberalismo.

La libertad religiosa, aunque limitada, ayudó a crear redes interculturales al atraer a intelectuales musulmanes, cristianos y judíos y de ese modo plantar la semilla del mayor periodo de creatividad filosófica de la Edad Media, desde el siglo VIII al XIII. Roger Bacon, el “Doctor Mirabilis” inspirado en las obras de estos autores árabes ha sido considerado como uno de los primeros pensadores que propusieron el moderno método científico y  sobre la fe apuntó aquellas inolvidables palabras: “Pequeños sorbos de ella, apartan de Dios, pero bebida a largos tragos, conduce de nuevo a Dios”, aunque muchos casi nos hemos ahogado  en el intento ,  otros al menos no pierden el entusiasmo , lo cual es meritorio y posible.

Seguramente lo divino es evidente y no requiere demostración, de ahí el dogma de fe que se revela en una verdad absoluta, definitiva, inmutable, infalible, irrevocable, incuestionable y absolutamente segura sobre la cual no puede flotar ninguna duda. A la sentencia de Khalil Gibrán  “Cava la tierra y hallarás un tesoro, sólo que debes cavar con la fe de un agricultor… ” , le objetaría : Querido Gibrán; ¿cómo actuar cuando algunos horadamos los muros con recompensa efímera e ilusoria?¡  acaso no es válido dejar de cavar para salir del pozo! . Lo que me remite a su cuento de Las dos ciudades:

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La Vida me tomó en sus alas y me condujo a la cumbre del Monte de la Juventud. Después me señaló a su espalda y me invitó a que mirase hacia allá. Ante mis ojos se extendía una ciudad extraña, de la cual emergía una humareda oscura de múltiples matices, que se movían lentamente como fantasmas. Una tenue nube ocultaba casi completamente la ciudad de mi vista.

Tras un momento de silencio, exclamé: -¿Qué es lo que estoy viendo, Vida?

Y la Vida me contestó: -Es la Ciudad del Pasado. Mira y reflexiona.

Contemplé aquel escenario maravilloso y distinguí numerosos objetos y perspectivas: atrios erigidos para la acción, que se erguían como gigantes bajo las alas del Sueño; templos del Habla, en torno a los cuales rondaban espíritus que lloraban desesperados o entonaban cánticos de esperanzas. Vi iglesias construidas por la fe y destruidas por la Duda. Divisé minaretes del Pensamiento, cuyas espiras emergían como brazos levantados de mendigos; vi avenidas de Deseo que se prolongaban como río a lo largo de los valles; almacenes de secretos custodiados por centinelas de la Ocultación, y saqueados por ladrones de la Revelación; torres poderosas erigidas por el Valor y demolidas por el Miedo; santuarios de Sueños embellecidos por el Letargo y destruidos por la Vigilia; débiles cabañas habitadas por la Fragilidad; mezquitas de Soledad y Abnegación; instituciones de enseñanza iluminadas por la Inteligencia y oscurecidas por la Ignorancia; tabernas del Amor, en que se emborrachaban los enamorados, y el Despojo se mofaba de ellos; teatros en cuyos tablados la Vida desarrollaba su comedia, y la Muerte ponía el colofón a las tragedias de la Vida.

Tal es la llamada Ciudad del pasado -aparentemente muy lejos, pero en realidad, muy cerca- visible apenas a través de los crespones tenebrosos de las nubes.

Entonces la Vida me hizo una señal, mientras me decía: -Sígueme. Nos hemos detenido demasiado aquí. Y yo le contesté: -¿A dónde vamos, Vida?. Y la Vida me dijo: -Vamos a la Ciudad del Futuro. Y yo repuse: -Ten piedad de mí, Vida. Estoy cansado, tengo los pies doloridos y la fuerza me abandona.

Pero la Vida insistió: -Adelante, amigo mío. Detenerse es cobardía. Quedarse para siempre contemplando la Ciudad del Pasado es Locura. Mira, la Ciudad del Futuro está ya a la vista… invitándonos.

En la relación del hombre con su creador, la búsqueda por el sentido y el significado de la fe siempre ha sido algo permanente. De nuestra naturaleza humana devenimos en una razón de ser lógica, dialéctica y escéptica. De lo que suponemos es nuestra naturaleza espiritual, indagamos lo que nos trasciende desde la fe teológica, filosófica y metafísica. Sin embargo, entre una naturaleza de ser y la otra, la fe como revelación, gracia, testimonio, salvación, redención, libertad, nos habla de una realidad para la vida que sólo es aceptable y puesta en práctica si nos abrimos a la voluntad secreta y misteriosa de Dios en nosotros. En este sugestivo ensayo, el prominente filósofo cristiano Wagner de Reyna, discípulo de Heidegger, nos sitúa en una particular reflexión sobre lo que es su acción testificante y hermeneútica de la fe en la que cree y espera sin ninguna duda.

fe_002PITH: una meditación raigal sobre la fe

I

Las raíces son fecundas. Unas descubren secretos, suministran fuerzas, llevan lejos y traen lo inesperado; otras dan vida y savia a las palabras –florecen en conceptos– que así se revelan emparentados entre sí. Todas ellas –si no son aéreas– van a lo hondo. Quien sabe oír su voz asiste a un espectáculo a la vez íntimo y esplendoroso, como la aurora.

Una de estas eclosiones nos proporciona la raíz PITH. Huelga decir que es griega, y huela a sabiduría. Veamos, apoyados en esta lengua matriz, hacia donde nos conduce esta sílaba y que nos aclara en nuestra habla y pensar hoy.

PITH es la raíz del verbo PEITHO, de múltiples acepciones: por lo pronto <escuchar>. Quien escucha atentamente queda <enterado>, integrado a lo escuchado, y a lo mejor <convencido>. Y el <convencido> ha <ganado> un saber o una disposición. Y en ella <confía>, tiene confianza en alguien o en algo, y por eso <obedece> a lo que le ha sido trasmitido y en lo cual confía. Escuchar, convencer, solicitar, ganar, confiar, obedecer: por allí va la veta que nos abre este verbo.

La misma raíz tiene también PISTIS, la <fe> (en latín <fides>, vocablo en el cual PITH aparece como la raíz <fid>. La fe implica <convencimiento> y <confianza> que lleva a la <felicidad>. Es ello una <garantía> (el notario <da fe>: garantiza, con ánimo de que sea público) y de este modo hay un <acuerdo>, que puede tener la forma de un <contrato> entre el que confía y el –o lo– cual es objeto de su confianza. Por tanto el adjetivo PISTOS –digno de fe– da seguridad; lo <seguro> es <confiable> y resulta <familiar>, como si perteneciera a uno.

La fe puede ser buena o mala. Ello depende de la <intención> que la acompaña, si tiende a la verdad (bien) o al error (mal). La buena fe se mueve en el ámbito de la verdad. La mala, también… pero su intención es perjudicarla. Y a sabiendas: convierte a la verdad en instrumento del mal, en falacia (la desnaturaliza). De allí que la fe tenga también una connotación ética.

PISTEUO, de la misma raíz PITH, significa <creo>, con lo que nosotros en castellano entramos en el terreno semántico de otra raíz: <creo>, viene del latón <credo>, en que está latente <do>(dar) y que significa <credo>: <prestar> (tanto con ánimo logra devolución o no: prestar un mueble y prestar ayuda).

Quien presta una cosa, la <confía> a alguien. El <acreedor> es alguien que <cree> –confía– en que le será restituido su bien. La acción de prestar vincula así una <cosa> a una persona, crea un vínculo. Este aspecto se aclara por el parentesco filológico de la raíz griega PITH con la germana <bind> que señala hacia amarrar, unir, atar, asegurar.

PISTOO quiere decir <yo aseguro>: tanto la acción física de <fortificar> (asegurar un puente) como la intelectual de trasmitir confianza. (<le aseguro que Fulano es un caballero>). Si yo aseguro (PISTOO) algo, me comprometo, <salgo fiador), me <doy> por garante, y, en cierto modo, me entrego. Si <me fío>, de alguien, también me entrego –yo mismo o un interés mío– a esa persona. Y si <fío>a un cliente un objeto que le vendo (“al fiado”), dependo de él para que me pague la deuda y me pongo, a este efecto, en sus manos. En el <fiar> hay, pues, una entrega total o parcial de mi persona o de algo mío: el <fiar> es <transitorio> –en el prístino sentido del vocablo–, es comunicativo, trascendente.

La semántica nos muestra así que PITH no se halla solamente en la raíz de una actitud mental (intelectual, sentimental o volitiva), sino simultáneamente de una decisión personal que compromete –casi físicamente, que entrega, une, trasciende. Que une –nos une– a algo, o a Alguien.

Si observamos la raíz latina <fid> (que –como sabemos– no es otra que PITH), encontramos también un abundante florecimiento en conceptos.<Fidelidad> es la <fe> operativa –la fe como <entrega> activa– y <fiel> aquel que posee esa virtud. <Virtud> (<virtus>, en latín, que viene de <vis> –fuerza), es, pues, capacidad, energía contenida, disposición.

La comunicabilidad –y su culminación en la reciprocidad– de esta virtud– es subrayada en el latino <confido> (confiar) gracias al prefijo <con>, cuyo sentido también se ramifica. <Confianza>, de un lado, enfatiza el ya mencionado <fiar> (<yo no confío en él>), y, de otro lado, apunta a una reciprocidad, a un <fiarse> el uno del otro. De este modo la <confianza> lleva a una intimidad en la recíproca entrega. En ella es posible la <confidencia>, que hace al uno <confidente> del otro, de suerte que esta comunidad excluya a los demás y se constituya en <secreto>. <Confidencia> significa así una <unión> entre varios no compartida con otros, una atadura, una mutua pertenencia y solidaridad, que ya señalamos al referirnos al sentido de <familiar>, propio del adjetivo PISTOS, y a la vinculación de las raíces PITH, <fid>, y <bind> (atar).

Aquí se insinúa, empero, algo así como un contrabando semántico en este diáfano conjunto: <creo> también se dice en griego DOKEO: es un creer de menor categoría. <Creo que Juan tiene veinte años> significa <me parece>, pero <no estoy muy seguro> que tenga esa edad. Es éste un saber de poca intensidad, dubitativo, aproximativo, revisable, provisional (quizás hasta mejor información). Al sugerir que (me parece) se hace referencial al <aparecer> –descubrirse– la edad de Juan. El DOKEO se vincula a la <apariencia>, campo de la DOXA, que a su vez señalada en dos direcciones: de un lado, visibilidad, aspecto, fulgor, fama y gloria… Del otro, saber primario (no científico), tanto el común y posiblemente anónimo (rumor), como el personal (opinión), frente al cual puede haber otro de igual peso. ¡Rumor contra rumor, opinión frente a opinión! La <creencia> como fe –y la <creencia> –como opinión personal o pública–, son pues peligrosamente homónimas en castellano, pero de significado nítidamente diferente. Mas no por ello dejan de sembrar confusión, al punto que algunos se preguntan: ¿No será la fe una opinión?.

Denunciado este <contrabando>, señalemos que en toda la problemática de PITH está presente un aspecto dialéctico: por un rama semántica, terminamos en lo <confidencial>, en lo secreto y encubierto: lo que no está a la vista, como olvidado. Esto se dice en griego LETHES. LETHES (olvidado, oculto) es lo contrario de ALETHES (verdadero, que salta a la vista, franco, recordado).

Pero, por la otra vía, también semántica, llegamos a lo opuesto: quien <da fe> de algo es para que todos lo sepan, sea conocido y no se olvide, para que, precisamente, sea ALETHES, no encubierto, público y notorio (como lo hacen los notarIos). La piedra en nuestro camino, con que tropezamos, aquí, parece ser el prefijo <con>, que coloca lo <confidencial> (encubierto) al otro extremo de lo <fehaciente> (y por lo tanto, expuesto a la luz pública). ¿O habrá en ello algo más profundo que la contraposición producida por este guijarro léxico?.

Sea como fuere, no cabe duda: la PISTIS (fe) tiene algo –quizás mucho– que ver con la ALETHEIA (verdad). Más ¿qué relación hay entre ellas? ¿Cómo se conjugan o –a ratos– supuestamente se enfrentan? ¿Hay una <geometría variable> entre ellas? ¿O quizás se mueven en diversos planos? ¿O es sólo un juego de espejismos esta <dialéctica>? Seguro es –eso sí– que, en tierras occidentales y cristianas (donde nos encontramos y en cuyo ámbito cultural emprendemos estas reflexiones), hace 2000 años teólogos y pensadores debaten y meditan sobre el tema.

II

En la fe, pues, concurren aspectos lógicos, éticos y teológicos; a los que es dable añadir: psicológicos, históricos, sociológicos… De la raíz PITH surge pues un árbol frondoso, “a cuya sombra pueden venir a cobijarse las aves del cielo”. Y no sólo ellas. Pondremos aquí de manifiesto unos cuantos perfiles de la fe, de la fe en su auténtico sentido, que es la Fe en la Revelación, virtud teologal y don de Dios, como lo entiende y profesa la ortodoxia católica.

¿En qué se tiene fe? En un <contenido> lógico, es decir en una afirmación o en la realidad de un hecho (v.gr., Cristo es el Mesías y su resurrección), que se cree. Pero ¿en qué estriba la fe? En el mismo hecho o afirmación que se cree o en su credibilidad, “garantizada” por un “fiador”, es decir un testigo creíble? En el caso concreto: ¿se tiene fe en Cristo, –que sea El el Mesías– o en la afirmación de sus discípulos que (a través de los Evangelios) atestiguan, su <mesianidad> divina, en vista de la vida y muerte del Salvador, a que ellos asistieron? Dicho de otro modo: ¿en qué se tiene fe: en lo atestiguado o en el testigo? ¿O es la fe algo que implica la interrogación de ambos elementos?

No resulta fácil la respuesta, y no menos problemático se halla el <cómo> de esta interrogación y el <peso> de cada elemento para determinar la <calidad> de la fe. La de un investigador de la Escuela Bíblica de Jerusalén (que conoce todos los aspectos, objeciones y réplicas del tema) ¿es “esencialmente” más” fe (acento sobre los motivos de la credibilidad), que la del Carbonero (perfectamente ignorante del aparato crítico, y en general de la Biblia) o, al revés, es más auténtica aquella fe que reposa sólo en la confianza de Dios (acento sobre la credibilidad misma de lo creído) que tiene este <oscuro> personaje, desentendido de toda apologética? En este segundo caso –el Carbonero– la fe engendra la credibilidad; en el otro –el erudito– la credibilidad ampliamente documentada, está (intelectualmente), en la base de la fe. Y de pronto se insinúa una pregunta insidiosa: ¿se puede afirmar todo ésto con certeza? ¿O no resulta el problema de un mal planteamiento de la pregunta? Merece ello verse más de cerca.

Abordemos el tema desde un ángulo ligeramente distinto: el milagro (al que podría asimilarse el de la profecía cumplida). Un milagro autentifica un hecho, que no tiene <explicación natural> y remite por lo tanto a la fe. La fe confirmada por el milagro es –para hablar como el vulgo– fe “de más alta calidad” que aquella que se tiene sin esta confirmación? ¿O es al revés? Concretamente: un peregrino que fue a Lourdes, y que “cree” porque ha asistido a una curación milagrosa, tiene “mejor” fe que quien no ha sido testigo de nada extraordinario en ese lugar?.

La fe <esclarecida> por el ejercicio de la inteligencia, (que recurre a los sentidos y sopesa razones), de un lado; y la fe <ciega>, por otro, que surge y se impone frente a cualquier objeción ¿cuál de ellas es la fe por excelencia? Se dirá: basta abrir el Evangelio de san Juan, para tener la respuesta de Cristo mismo (Jn. 20.29): <felices los que no vieron y creerán>. El creer sin <ver>, sin <haber visto> (sin confirmación por los sentidos y posiblemente razones), sin <garantías> intelectuales: he allí la auténtica fe, y ¡felices quienes la tienen!.

Tomado así en absoluto, el texto de san Juan parece decir ésto. Más veámoslo en su contexto. Creyeron ¿a quién? Tomás no vio a Cristo resucitado, pues no había concurrido a la anterior reunión de los apóstoles en la cual El había aparecido a los suyos. Los apóstoles se lo contaron y el no aceptó su testimonio. No creyó porque no vio. Más aún, rechazó con énfasis lo que le afirmaban. Entonces el texto de san Juan nos dice: felices quienes, no habiendo visto a Jesús resucitado, creen en el testimonio de aquellos que lo vieron, creen en la palabra de los apóstoles testigos <dignos de fe>. La fe se apoya en el testimonio de <fiadores> creíbles, en este caso los demás apóstoles, compañeros de Tomás, que –ellos sí– vieron. Ellos son gente en la cual Tomás puede confiar, amigos que conoce bien, y sin embargo no cree lo que le cuentan. Sólo creerá cuando vea y toque al Señor resucitado, continúa diciéndonos el evangelista.

Y aquí cabe una nueva pregunta: ¿san Juan, que relata la escena, es digno de fe? En rigor, también se puede poner en duda su relato. El estuvo presente, y no hay razón para desconfiar de su palabra. Pero –yendo adelante por el camino de la desconfianza– es dable preguntarse también: ¿escribió, efectivamente, san Juan su evangelio? Algunos críticos modernos lo ponen en duda, sobre todo basándose en el supuesto martirio del apóstol en el año 44, siendo la redacción de su Evangelio posterior al 70. Se debe ello –responden los eruditos– a la confusión del evangelista con un homónimo suyo –Juan, el presbítero– también presente en Efeso, en la época de la redacción del texto sagrado. Y la tradición –apoya en san Irineo, quien estuvo presente en esa ciudad por esos años– sostiene y confirma que el cuarto evangelio fue, en efecto, redactado en Efeso por el anciano apóstol Juan hacia fines del siglo I.

Pero sigamos por este camino: ¿la tradición ha de ser creída a pies juntillas? Los textos han sido, a lo largo de los siglos, copiados y recopiados, a veces con modificaciones para hacerlos más inteligibles, restaurados por la crítica bíblica…. Sin embargo, la Tradición ha mantenido una unidad de lectura e interpretación frente a herejías y desviaciones. Es a este <corpus> que, en última instancia, atribuimos credibilidad, que garantiza el contenido de la fe.

Como sabemos, la Tradición es puesta en duda por la crítica modernista y postmodernista de hoy. ¿A quién creer? ¿A los argumentos y objeciones de ésta? ¿O la Tradición de la Iglesia, depositaria de la fe? Las razones de uno y otro lado, dentro de un plano humano, pueden inclinar hacia la fe o hacia la incredulidad… o hacia la duda y suspensión del juicio. Lo que, para el uno, es un argumento irrefutable, para otro, es deleznable palabrería. Lo que para éste es testimonio, para aquel es construcción mental o aún falacia. Lo que hace fe, según uno, es obra de la <mala fe>, en el sentir del otro.

En el plano humano queda, pues, el hombre indeciso. Puede decidirse por la credibilidad del testimonio o negársela. ¡Cuántos ateos y heterodoxos hay de buena fe! ¡Cuántos agnósticos! La fe resulta, en este plano y perspectiva, nada mas que una opinión, una opinión más, seguramente respetable, pero que, en su peso probatorio, no difiere de la opinión contraria, igualmente respetable. Es el relativismo, que –dicho sea de paso– inspira los <derechos humanos> que garantizan la libertad de opinión.

Expresado de otro modo (y dejando de lado los matices propios de las formas deficientes de fe, como la incierta, la selectiva y la sincrética o <ecuménica>, hoy tan frecuentes): Por más convincente que sea la argumentación filosófica, teológica o escriturística sobre la Revelación, sobre el contenido de la fe –o los testimonios que la acreditan–, es un hecho que –actualmente– muchos no la aceptan. Puede esto atribuirse al peso del medio social y cultural de las personas (no es necesario para ello <sociologizar> la religión), a insuficiencia de preparación para comprender los argumentos, a falta de interés por el <tema> o a sabias peculiaridades psicológicas…

Todas estas explicaciones más o menos <profundas> no dan, sin embargo, razón de los casos (muchos casos) en que la fe es negada, rechazada o combatida. Ni tampoco de aquellos, también múltiples, en que la fe es profesada y defendida hasta el martirio (vocablo que significa <testimonio>). La historia y la realidad de hoy nos ilustran al respecto.

Y surge la duda ya apuntada: ¿hemos ido por el buen camino en nuestra reflexión? No hemos partido de un supuesto no cabalmente comprendido: Felices quienes creen, sin haber visto…. y por lo tanto <desgraciados> –infelices– quienes creen porque han visto. Y, precisamente, en este caso –si confiamos en el testimonio de san Marcos (16,11 y 16,13) – se encontraban todos los demás apóstoles. Ellos no creyeron ni a María de Magdala ni a los discípulos de Emaus, cuando relataron su encuentro con Jesús. Ellos sólo <creyeron> después de verlo (viviente, de carne y hueso) allí donde estaban reunidos. ¿Se puede llamar a éso <creer>? ¿No será el termino adecuado <supieron> o <se convencieron> que El había resucitado? ¿No se excluyan, por ventura, la <verdadera fe> y el <ver> previo que <hace saber>.

Pero queda aún otro derrotero posible para seguir con nuestra investigación: Si por el lado del testimonio, del <garante> de la fe –que hemos esbozado– no hemos podido llegar al fundamento de la credibilidad, a la explicación de la vigencia de la fe, cabe aún recurrir al otro <elemento> del acto de fe, al <objeto> mismo de ella, a aquello que se cree, a Aquel <en> el cual se cree.

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Hayy Ibn Yaqzan – 2º Parte

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Hayy es criado por la gacela y vive los primeros años entre estos animales

Desde aquí coinciden los partidarios de la segunda versión con los de la primera, respecto al crecimiento del niño. Dicen, de común acuerdo, que la gacela que lo había recogido, encontró pastos abundantes y fuertes y engordó; tuvo mucha leche, hasta el extremo de criarlo de la mejor manera posible. Estaba con él, sin apartarse de su lado más que cuando le obligaba la necesidad de ir a pacer. El niño se acostumbró de tal modo a la gacela, que, cuando se retardaba, con su llanto la hacía volver apresuradamente a su lado.

Creció el niño, en esta isla, libre de animales dañinos, criándose con la leche de la gacela, hasta alcanzar los dos años de edad. Aprendió a andar y echó los dientes. El niño la seguía, y ella era buena y complaciente con él. Lo llevaba a los sitios en que había árboles frutales, y le daba a comer los frutos que se caían del árbol, dulces y maduros; si tenían cáscara dura, los partía con sus muelas; cuando él volvía a las ubres, lo amamantaba; cuando quería agua, lo llevaba a abrevar; si el sol le molestaba, lo ponía a la sombra; si tenía frío, lo calentaba; y al llegar la noche, conducíale a su primera guarida y lo cubría con su mismo cuerpo y con plumas que quedaban allí, resto de las que había en la caja en que lo arrojaron al mar. Un rebaño de gacelas tenía costumbre de acompañarles al pasto por la mañana y por la tarde, y de pasar la noche en el mismo lugar que ellos.

El niño siguió viviendo con las gacelas en la forma dicha; imitaba los gritos de ellas con su voz, hasta el punto de no hallarse diferencia entre ambos, y del mismo modo reproducía, con gran exactitud, todos los cantos de pájaros o gritos de otras especies de animales que oía. Pero lo que mejor imitaba eran los gritos que daban las gacelas en demanda de socorro, para comunicarse, para pedir algo o para rechazarlo; porque los animales en cada uno de estos distintos estados, dan un grito diferente. Ellos y Hayy se conocían mutuamente, y no se repelían ni se trataban como extraños. Cuando se habían fijado en el espíritu del niño las representaciones de las cosas, una vez desaparecida su percepción actual, nacía en él o el deseo hacia algunas de ellas, o la aversión respecto de otras.

Observa Hayy las diferencias que tiene respecto de los demás animales, viéndose inferior a ellos

A la vez que todo esto, él miraba a los demás animales y los veía revestidos de pelo, de lana o de pluma; observaba su rapidez para la carrera, su fuerza y las armas de que estaban dotados para rechazar al que los persiguiese, como, por ejemplo, los cuernos, los colmillos, los cascos, los espolones, las garras.

Luego, contemplándose a sí mismo, veía su desnudez, su falta de armas, su lentitud para la carrera, su poca fuerza respecto de los animales que le disputaban los frutos, que se los apropiaban en contra de su voluntad y le vencían en la lucha, sin que pudiese repelerlos ni escapar de ninguno de ellos.

Veía también que a sus compañeros, los hijos de las gacelas, les salían cuernos que primeramente no tenían; que se volvían fuertes en la carrera, cuando antes eran débiles. Y en sí mismo no veía nada de esto; reflexionaba acerca de ello y no encontraba la causa. Y al no hallar en sí mismo ningún parecido con los animales, los juzgaba deformes o enfermos. Se puso a observar los esfínteres en los otros animales, y vio que estaban resguardados: el anal por las colas; el urinario por pelos o cosa parecida, además de que sus uretras estaban más ocultas que la de él. Estas observaciones le afligían y atormentaban.

A los siete años de edad, Hayy se viste con hojas de los árboles y emplea varas como armas en su lucha con los animales

Como su tristeza por tal causa se prolongase mucho tiempo y, llegando a tener cerca de siete años, desesperase de alcanzar aquellas cosas cuya falta le producía dolor, cogió hojas grandes de árboles, y unas se las puso por detrás y otras por delante, e hizo con hojas de palmera y de esparto un cinturón que rodeó a su cuerpo, con el cual sujetó las hojas. Pero éstas tardaron poco tiempo en marchitarse, secarse y caer. Siguió cogiendo otras y las colocaba en capas superpuestas; quizá duraban algo más, pero siempre poquísimo tiempo. Tomó ramas de árboles como lanzones, las igualó en sus extremos, las unió por las puntas y las empleaba contra los animales con quienes peleaba, atacando a los más débiles y resistiendo a los más fuertes. Entonces concibió cierta idea de su poder y vio que su mano tenía una gran superioridad sobre las garras de los animales, puesto que con ella le era posible cubrir sus vergüenzas y coger bastones con los que se defendía de los seres que le rodeaban, lo cual le permitía pasarse sin cola y sin armas naturales.

Se viste con las plumas y la piel de un águila muerta

Durante este intervalo creció y sobrepasó los siete años de edad. Siguió teniendo el cuidado de renovar las hojas con que se cubría. Entonces le ocurrió la idea de coger la cola de un animal muerto para colocársela él mismo; sólo que como había visto que los animales vivos se guardaban de los muertos y huían de ellos, no se atrevía a hacerlo; hasta que un día encontró por casualidad un águila muerta y pudo realizar su deseo. Aprovechó la ocasión viendo que los animales no se asustaban de ella, y se dirigió adonde estaba; cortó las alas y la cola, enteras y cabales; le arrancó el plumaje; quitóle el resto de la piel y la dividió en dos partes: una se la colocó él mismo a la espalda, y la otra sobre el ombligo y las partes pudendas; colgóse la cola sobre el trasero y las dos alas sobre sus brazos. Hayy adquirió así un vestido con que cubrirse y calentarse y con que imponer respeto a todos los animales, hasta el punto de que ninguno peleaba con él, ni le resistía, ni se le acercaba ya más, excepto la gacela que lo había amamantado y criado; ambos, jamás se separaron.

Muerte de la gacela: Hayy trata de explicarse este fenómeno

La gacela envejeció y enfermó. Hayy la llevaba adonde había buenos pastos, le cogía frutos dulces y se los daba a comer. Pero la debilidad y la extenuación no dejaron de seguir en aumento, hasta que al fin le sobrevino la muerte; pararon todos sus movimientos y cesaron todos sus actos. Cuando el niño la vio en aquel estado, se afligió vehementísimamente y poco faltó para que muriese de dolor.

Llamábala con el grito con que ordinariamente se buscaban, alzando la voz todo lo fuerte que podía; pero no veía en ella ningún movimiento ni cambio alguno.

Miraba sus orejas y sus ojos y no observaba en ellos daño manifiesto; asimismo miraba sus restantes miembros, y en ninguno de ellos encontraba lesiones.

Deseaba ardientemente descubrir el lugar donde radicase el mal, para quitárselo, y que volviese al estado anterior; pero nada de esto se le manifestaba, y él nada podía hacer.

Lo que a Hayy había inspirado esta idea fue algo que observara en sí mismo anteriormente: notó que si cerraba los ojos o los tapaba con un objeto cualquiera, no veía nada hasta que se removía aquel obstáculo; que si metía los dedos en los oídos y los apretaba, nada oía mientras que no desaparecía tal impedimento; que si se tapaba las narices con los dedos, no percibía ningún olor hasta que las abría de nuevo. De esto dedujo que todas las facultades de percepción y de acción tenían en la gacela obstáculos que les impedían [ejercitarse], y que si él pudiera libertarla de ellos, volverían a obrar.

Piensa que la muerte de la gacela había sido originada por un daño en algún miembro oculto del cuerpo

Como hubiese examinado todos los miembros externos del animal sin encontrar en ellos daño aparente, y a la vez hubiese visto que la inacción era total y no limitada a un miembro determinado, pensó que el daño que la había conducido a aquel estado radicaba en un órgano oculto a sus ojos, situado en el interior del cuerpo; supuso que aquel sería indispensable a los otros exteriores para sus acciones respectivas; y que, cuando sufre una lesión, se generaliza el daño y viene la paralización total. Suponía que si encontraba este órgano y quitaba de él [el obstáculo] que le había sobrevenido, volvería la gacela a su primer estado, habría de extenderse por todo el cuerpo el alivio y recuperaría sus funciones como anteriormente las tenía.

Este órgano debe radicar en el centro del cuerpo

Ya antes había observado, en los cadáveres de los animales salvajes y otros, que todos sus miembros eran macizos, y que sólo tenían concavidad el cráneo, el pecho y el vientre. Entonces pensó que el órgano en cuestión debía radicar en uno de estos tres lugares. Iba venciendo en él poderosamente la idea de que acaso se hallaría en el medio de esos tres lugares, puesto que él creía firmemente que todos los otros órganos del cuerpo necesitaban de él, y, según esto, era necesario que se hallase situado en el centro; a más de que si ponía atención en sí mismo, sentía en su pecho algo semejante a lo que sospechaba. Y como quiera que, suspendiendo la acción de sus miembros, como la mano, el pie, el oído, la nariz y el ojo, podía privarse de ellos, juzgó que no le eran indispensables; pero cuando reflexionaba sobre este algo que tenía en su pecho, veía que no podía prescindir de él, ni durante un abrir y cerrar de ojos.

Asimismo, en sus luchas con los animales, lo que más procuraba librar de sus cuernos era el pecho, por la presunción de lo que dentro de él hubiera.

Una vez que tuvo el convencimiento de que el miembro en el que había acaecido el daño a la gacela no podía estar más que en su pecho, se resolvió a observarlo y a examinarlo, pues quizá encontrase allí el obstáculo, y, en este caso, lo quitaría del animal. Pero temió que lo que iba a hacer fuese peor que el mal existente y ocasionase a la gacela un perjuicio [irreparable]. Luego, reflexionó si acaso había visto algún animal salvaje o semejante que, habiendo venido a parar a este estado [a la muerte], volviera de nuevo a su primera condición, y no encontró ninguno. Desesperó, por tanto, de que la gacela volviese a ser como era, si él la abandonaba, y, en cambio, le quedaba alguna esperanza de que pudiese revivir, si encontraba el órgano indicado y quitaba de allí el mal. Se decidió, pues, a abrirle el pecho y a buscar lo que en él hubiese.

Hayy hace la disección de la gacela y halla el corazón

Cogió trozos de piedras duras y astillas de caña seca, semejantes a cuchillos, y con ellas hizo una incisión por las costillas, hasta cortar la carne que hay entre ellas, llegando a la envoltura interior de las costillas[la pleura].

Al verla resistente, se fortificó su creencia de que semejante envoltura no podía servir sino para un órgano como [el que él deseaba hallar]. Esperaba que, de pasar adelante, encontraría lo que iba buscando, y quiso cortarla; pero esto le era difícil por la falta de instrumentos, puesto que no tenía más que piedras y cañas. Las repasó, las aguzó y se esforzó por hendir la envoltura, hasta que logró cortarla y se encontró con el pulmón. Al principio creyó haber hallado lo que iba buscando, y no cesaba de examinarlo y de investigar el sitio en el que pudiese estar el mal, pero de primera intención sólo encontró la mitad del pulmón, que está en un lado del pecho, y cuando la vio inclinada hacia un costado (como él entendía que el órgano [que buscaba] no podía estar más que en el centro, así a lo ancho como a lo largo del cuerpo), no dejó de sondear en el centro del pecho, hasta que dio con el corazón. Violo revestido de una envoltura extremadamente fuerte, sujeto por ligamentos muy sólidos, rodeado por el pulmón en el sitio en que empezó a cortar. «Si este órgano – decía Hayy entre sí- tiene por el otro lado una parte igual a la de éste, sin duda ninguna está en el centro y no hay dificultad en que sea el que yo busco, sobre todo considerando la excelencia de su posición, la elegancia de su forma, su gran cohesión, la dureza de su carne y la envoltura que lo protege, distinta de la que tienen los restantes órganos que conozco». Examinó por el otro lado del pecho y encontró la envoltura interior de las costillas y un pulmón igual que el primero. Juzgó, pues, que este órgano, el corazón, era el que buscaba. Quiso rasgar la envoltura del corazón y abrir sus membranas. Lo consiguió, no sin trabajo y esfuerzo, después de haber puesto en el intento su mayor diligencia.

Después de un minucioso análisis del corazón, Hayy se convence de que el ser que había en sus compartimentos se ha marchado

Puso al descubierto el corazón y lo halló macizo por todos sus lados. Miró para ver si encontraba en él algún daño aparente, y nada vio. Lo apretó con la mano y notó que estaba hueco. «Tal vez lo que busco -pensó- sólo se halla dentro de este órgano, y hasta ahora no he dado con ello». Abrió, pues, el corazón y encontró en él dos cavidades: una al lado derecho, otra al izquierdo. La del derecho estaba llena de sangre coagulada; la otra, vacía completamente. «Es preciso -reflexionó- que lo que yo busco se encuentre en uno de estos dos compartimentos. En el de la derecha no veo más que sangre cuajada; no hay duda de que la coagulación no se ha verificado hasta que todo el cuerpo ha venido a parar al estado [actual]» (porque Hayy había observado que la sangre, cuando fluye y sale del cuerpo, se coagula y espesa). «Esta sangre debe de ser como todas las demás; noto que se halla en todos los órganos, y no exclusivamente en uno. Ahora bien, lo que busco no es una cosa de esta naturaleza; la que anhelo encontrar es algo que tenga a este miembro como lugar propio suyo y sin la cual no puedo subsistir ni siquiera un instante, y tras la que voy desde el principio. Por lo que toca a la sangre, ¡cuántas veces me han herido los animales en la lucha y he derramado gran cantidad, sin sentir daño alguno, ni perder nada de mis facultades! En este comportamiento, pues, no está lo que yo busco. En cuanto al de la izquierda lo veo absolutamente vacío; pero no puedo creer que sea inútil. Yo he visto que cada órgano tiene su función propia. ¿Cómo ha de ser inútil ese compartimiento, cuya perfección he comprobado? No puedo menos de creer que lo que busco estaba en él, pero que se ha marchado y lo ha dejado vacío; y a consecuencia de esto ha sobrevenido al cuerpo la paralización actual, ha perdido las percepciones y se ha visto privado de los movimientos». Y cuando vio que el ser, habitante de aquel compartimiento, se había marchado antes de su disgregación, abandonándolo, intacto aún, juzgó más natural pensar que no había de volver después del daño y destrucción que se le había ocasionado.

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