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LITERATURA MÉDICA ISLÁMICA EN AL-ANDALUS

Preparación de un antídoto. Materia Médica de Dioscórides. (Tomado de Fundación el Legado Andalusí)

Los médicos árabes, al describir las enfermedades de los órganos y del cuerpo en su conjunto, la ordenación que adoptan es la alejandrina, es decir, inician su descripción comenzando por las enfermedades de la cabeza (cabello, cerebro, ojo, oído, nariz, boca, garganta, etc.), y terminan con las que afectan a los pies.

Sólo un médico se saltará el orden establecido, el cordobés Averroes (1126-1198), quien dotará a su tratado, Libro de las generalidades de la medicina -Colliget para el mundo latino- de una originalidad, que, como afirman los especialistas, hace pensar en un plan de estudios de una Facultad de Medicina, al distribuirlo en Anatomía y Fisiología, Patología, Sintomatología, Farmacología y Dietética, Conservación de la salud y Terapéutica.

La literatura médica islámica producirá, dos tipos de redacciones:

Unas, que son tratados de higiene o regímenes de salud, que se redactan ya por encargo de una autoridad en particular, ya para el público en general, que recogen las formas de vida adecuadas capaces de proporcionar al individuo la salud durante toda su vida.

Otras, que son extensos tratados de patología, perfectamente estructurados y en los que puede encontrarse desde los fundamentos filosóficos naturales de la medicina hasta las características de todas y cada una de las enfermedades con sus respectivos tratamientos.

Pero generarán además libros de cirugía, oftalmología y farmacología. Valga como ejemplo la obra del médico cordobés Ibn Yulyul, quién además de formar parte del equipo que tradujo en Córdoba el libro de la Materia Médica del persa Dioscórides -obra que se mantuvo como base de la medicina occidental hasta bien entrado el siglo XVIII- compondrá en el año 982, como complemento del mismo, su obra titulada Libro de la explicación de los nombres de los medicamentos simples tomados del libro de Dioscórides, en la página que identifica los nombre griegos de los medicamentos imples, Ibn Yulyul, realiza esta tarea indicando el mayor número de sinónimos posibles conocidos en distintas lenguas, desde el árabe hasta el latín, pasando también por otras como el persa, el siriaco y el hindú.

Y la obra del malagueño Ibn al-Baytar (m. 1248). al-Yami` (Colección de medicamentos y alimentos). Ingente composición ordenada alfabéticamente, en ella se estudian alrededor de 1.400 medicamentos y alimentos extraídos de los reinos vegetal, animal y mineral -de los cuales más de 300 son aportaciones árabes- exponiéndose con todo detalle las cualidades físicas y las funciones terapéuticas de cada uno de ellos; e igualmente, el proceso de ejecución de las recetas, las dosis y sus formas de administración. Considera su autor que la botánica y la farmacología son ciencias de apoyo a la medicina.


Por lo que atañe a la cirugía -como afirma Schipperges- «con la cirugía árabe no sólo se transmitió el conocimiento de amplias partes de la anatomía y de la fisiología, sino también de numerosas especialidades, desde la obstetricia hasta las otalgias, oftalmías y odontología».

La aportación más importante en el campo de la cirugía se debe a otro médico andalusí, al cordobés Abu-l-Qasim al-Zahrawi (926-1013) -Abulcasis para el mundo latino- quien en el libro 30 de su extenso tratado, Tasrif (Libro que permite actuar a quien quiere prescindir de otras complicaciones), ofrece abundantes aportaciones propias.

Consta la obra de tres partes, y en ella trata el autor de la naturaleza del hombre y su temperamento; anatomía, patología, clasificación de las enfermedades, síntomas y tratamiento,higiene, dieta y farmacología, con especial atención a las drogas que se encuentran o utilizan en al-Andalus. La anatomía es desarrollada con gran cuidado por ser disciplina indispensable para el cirujano y en patología se analizan 325 enfermedades.

Con todo, la fama de Abdulcais se debe al libro 30 y último del tratado, que es un completísimo tratado de cirugía que se divide en tres partes: 1) La cauterización con cauterios y con caústicos aplicada a 50 tipos de enfermedades. 2) Intervenciones quirúrgicas. 3) Fracturas, dislocaciones y luxaciones.

El libro está ilustrado con gran abundancia de dibujos de instrumentos quirúrgicos, que le aportan extraordinario valor. Gozaría de gran prestigio en Occidente hasta el siglo XVIII; traducido al latín por Gerardo de Cremona, se convirtió a partir del siglo XII en el fundamento de todos los textos quirúrgicos medievales.

Los escritos que describen y tratan la enfermedad, como las grandes enciclopedias de al-Razi (865-932), Avicena (980-1037), al-Mayusi (m. 983) y de los andalusíes Avenzoar (m. 1162), y Averroes (1126-1198), cuyas obras, el Taysir y el Colliget, son consideradas complementarias por ser la primera un manual que incluye los conocimientos que el médico debe poseer y todos los detalles de la terapéutica práctica; y la segunda, un tratado que versa sobre los principios básicos de la medicina partiendo de las generalidades, puesto que en él se estudian los elementos, las complexiones, y la fisiología y anatomía del cuerpo hasta llegar a las particularidades con el desarrollo de la higiene, los medicamentos, y las causas, los signos y la curación de la enfermedad.

Una vez que estos tratados fueron vertidos al latín, entre finales del siglo XI y finales del siglo XII, se hicieron todos ellos muy famosos y populares. Porque, como afirma García Ballester, «aunque eran escritos extensos, estaban perfectamente estructurados». Y porque en ellos era posible encontrar desde los fundamentos filosófico-naturales de la medicina, hasta la características de todas y cada una de las enfermedades, las formas de tratamiento quirúrgico y el listado alfabético de las medicinas simples con sus características complexionales, y toda una colección de recetas (los llamados Antidotarios) extremadamenteútiles, no sólo porque ya venían preparadas para su dispensación y aplicación, sino porque su composición venía avalada por la autoridad y el prestigio del autor».

La cima indiscutible de la medicina medieval fue El libro del Canon de la medicina de Avicena (980-1037). Esta obra, desarrollada en cinco libros, y divididos a su vez cada uno de ellos en disciplinas, categorías, secciones y capítulos, recoge todo el saber médico de su tiempo, desde la conceptuación de la medicina hasta la toxicología y la dietética. Una vez fue traducido al latín por Gerardo de Cremona antes de 1187, sería la base de la medicina occidental y se convirtió en la indiscutible autoridad a lo largo de todo un milenio.

El primer libro de medicina que se redacta en lengua castellana: El sumario de la medicina del médico zamorano, Francisco López de Villalobos, tenga como base esta fuente árabe:la medicina medieval castellana, cuya andadura se inicia a partir de las traducciones de los tratados árabes. López de Villalobos redactó su libro en romance, como hacen los médicos árabes, esto es, divulgar la medicina mediante su composición en verso. Y, de una manera especial, en el léxico que estará todo él salpicado de arabismos.

Una contribución importante a la medicina andalusí fueron también los escritos que sus médicos compusieron sobre la peste negra. Entre ellos destaca el opúsculo redactado por el médico granadino, Ibn al-Jatib que le dio la fama entre los historiadores de la medicina como el último de los grandes médicos andalusíes. En él defendió el punto de vista racional al determinar que la peste era un plaga que se propagaba por contagio y no un castigo divino, lo que significaba una audaz afirmación en una época de rígida ortodoxia.


(Extractos de » LA DEUDA OLVIDADA DE OCCIDENTE. Aportaciones del Islam a la civilización occidental» de Francisco Vidal Castro (coord). María de la Concepción Vázquez de Benito – Fundación Ramón Areces.

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LA LITERATURA AGRONÓMICA EN AL-ANDALUS

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Una de las primeras medidas que adoptaron los musulmanes fue la recopilación y traducción de gran cantidad de textos antiguos sobre agricultura -la mayoría orientales-, y en el siglo X surgió «La escuela agronómica andalusí», que habría de conocer un gran auge durante los siglos XI-XII, en los que se escribieron numerosos tratados de agricultura, plasmándose también las costumbres comerciales agrícolas en los tratados de «Hisba» (de usos y costumbres)».

Ibn al-Awwän ó Abü Zaccaria es el autor de origen andalusí que con más detalle escribió sobre agronomía en su Libro de Agricultura Kitäb al-filäha.

La política unificadora y universalista del Califa Abderrahmán II, cuyo nombre honorífico era: al-Nasir Li-din (el que combate victoriosamente por la religión de Allâh) atrajo numerosas embajadas extranjeras, que acudían a al-Andalus con el fin de pactar o negociar con él. Fue a través de una de ellas, enviada por el emperador Vizancio, que nos llegó un tratado que habría de permitir una extraordinaria evolución en el terreno de la ciencia: el libro de «Dioscórides», y junto a él, envió el emperador a un monje, Nicolás, para que ayudase en la labor de traducción. El emperador de Bizancio no podía haber hecho un mejor y más útil presente al califa. En dicho libro estaban recopiladas la mayor parte de las plantas conocidas y junto a su descripción, una detallada enumeración de sus propiedades farmacológicas y alimenticias.

En el siglo XI surgió en Sharq al-Andalus un nuevo género literario que describía con júbilo los jardines y frutos de la época. El género poético sobre jardines se conoció como rawdiyyat (de rawd, ‘jardines’ en árabe). En él se aludía a los jardines en general, pero existía otro género llamado ‘poema floral’, que se conocía en árabe como nawriyyat, y se refería específicamente a las flores.

 

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Conocidas son las narraciones del poeta Ali ben Ahmad sobre lo que presenciaba en los jardines de la almunia de al-Mansur, en Blansiya/Valencia.

Un poeta famoso en este género fue el valenciano Abu Ishaq Ibrahim Ibn Jafaÿa de Alcira (1058-1138), al que llamaban al-Ÿannán («El Jardinero»), por su dedicación a este tipo de poesías y porque fue especialista en describir flores y jardines. Su obra ha sido citada por el historiador musulmán argelino al-Maqqarí (1591-1634) en su Nafh at-tib min ghusn al-Ándalus ar-ratib («Exhalaciones de perfume de la rama tierna de al-Ándalus»), y analizada por el profesor Hamdán Haÿÿaÿi de la Universidad de Argel en su estudio Vida y obra de Ibn Jafaÿa, poeta andalusí (Hiperión, Madrid, 1992).

Cuántas veces he ido en hora temprana a los jardines:

las ramas me recordaban la actitud de los amantes.

¡Qué hermosas se mostraban cuando el viento las entrelazaba como cuellos!

Las rosas son mejillas; las margaritas, bocas sonrientes, mientras que los junquillos reemplazan a los ojos.

Ibn Hafs al-Yaziri (s. XI)

 

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Ibn Jafaÿa nació en la población de al-ÿazirah (Alcira que significa «la isla») ejercita la predilección de los poetas musulmanes de apelar a este tipo de metáforas y alegorías:

«Ráfagas de perfume atraviesan el jardín cubierto de rocío, cuyas tapias son el circo donde corre el viento…».

«Era un caballo alazán con el cual se encendía la batalla con un tizón de coraje. Sus crines eran del color de la flor de granado; su oreja, de la forma de la hoja de mirto».

«La flor hace pensar en un ojo que, bañado por las lágrimas, se ha despertado; el agua, en una boca sonriente que seduce por el brillo (de sus dientes)».

«¡Oh habitantes de al-Ándalus, qué felicidad la vuestra al tener sombras, ríos y árboles!

«El Jardín de la Felicidad Eterna no está fuera, sino en vuestro territorio; si pudiera elegir es este lugar el que escogería. No creais que mañana entraréis en el Infierno; ¡no se entra en el Infierno después de haber estado en el Paraíso!».

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Los tratados sobre agricultura eran muy completos, con un contenido y una estructura uniformes. Describen los distintos tipos de tierra y formas para modificarla, como nivelarlas para que puedan ser regadas correctamente. Distintos tipos de agua y la conveniencia de uno u otros en función del tipo de tierra y vegetales que se regarán. Abonos según la época, la tierra o las plantas. Los vegetales los estudian por grupos: cereales, hortalizas, frutas, modo de siembra, abonado cultivo, injerto, poda, modo de eliminar plagas, recolección de cosechas y modo de guardar los productos. La importancia que cada uno tiene en la alimentación teniendo en cuenta sus cualidades, composición y sabor, así como sus propiedades curativas o efectos sobre el ser humano, dando incluso recetas culinarias y médicas.

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Jardines, y casas de campo, con indicación de las plantas más adecuadas para ambos casos y dando normas para emplazarlas en la mejor situación, tanto las plantas como las edificaciones. Es frecuente que la parte final de cada obra esté dedicada a los animales domésticos, sus características, cuidados y aprovechamiento, contandose entre tales animales las abejas, como productoras de miel.

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Una de las principales obras agrícolas andalusíes es El Tasrïf, además de un alto valor médico y quirúrgico, interesa en nuestro caso por ser fuente para autores de textos agrícolas posteriores y confirma que la agronomía andalusí tiene sus orígenes en la medicina y en la farmacología. Su autor, Abü-l-Qäsim ibn ‘Abbäs al-Zahräwi, conocido entre los latinos como Abulcais o Albucasis, fue un gran científico de renombre, sobre todo por su obra médica, de gran altura científica, en la que se ocupa de la anatomía, la patología, la higiene, la dietética, la cosmética, la farmacología y especialmente la cirugía.

También hemos de reseñar el Kitäb tafsïl al-azmän wa-masälih al-abdän, escrita alrededor del año 962, coincidiendo con la subida al trono de al-Hakam II, y obra de otro gran personaje, médico y político afamado, e hijo de un cristiano converso Abü-l-Hasan ‘Arïb ibn Sa`ïd al Ktïb¨al-Qurtubï al-Andalisï, conocido como ‘Arïb ibn Sa`ïd. Paradigma de las que vendrán luego englobadas bajo el nombre de Calendarios, fue el Kitäb al-anwä’, tradicionalmente conocido como el Calendario de Córdoba, donde se ofrecen datos de tipo astrológico,meteorológicos, médicos, agrícolas y veterinarios, todo ello ordenado por meses.

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Maymü ‘fi-l-filäha, es el resultado de los conocimientos médicos y botánicos de su autor, Ibn Wäfïd médico de la corte de Toledo y reputado botánico conocido como Abengëfit, Aben Nufit o Abencenif. Ibn Bassäl, de nombre Abü ‘Abd Al.läh Muhammad ibn Bassäl, puede ser considerado como el maestro de la escuela andalusí del siglo XI. Autor de Kitäb al-qasad wa-l-bayän, aunque el texto que ha llegado hasta nosotros no abarca la totalidad de su obra, consta de 16 capítulos que se ocupan de los distintos tipos de aguas, de las tierras y sus propiedades, de los abonos y estiércoles, del conocimiento de las tierras por medio de la vegetación espontánea, de las plantas cultivables y sus cuidados, los árboles sus injertos su poda y tala, el cuidado de las plantas herbáceas, las especias, el regadío, los bulbos y las raíces, verduras, plantas aromáticas, noticias referentes a los pozos, los modos de cuidar la tierra para evitar las plagas, y la conservación de frutas y frutos secos.

No podemos olvidar a Abü-l-Jayr autor del Kitäb al-filäha, de un Calendario andalusí y del Kitäb al-nabät. Ni al descendiente de Witiza, Ibn Hayyäy, perteneció a una rama de la familia visigoda descendiente de Witiza que había emparentado con una familia de origen yemení, él fue el autor de al-Muqni `fil-filäha.

La magnifica obra titulada `Umdat al-tabïb fi ma `arifat al-nabät li-kulllabïb pertenece al llamado habitualmente El Botánico Anónimo, por desconocerse su nombre.

Anónimo es también el autor de Kitäb fï tarïb al-giräsa wa-l-magrusät.

El granadino al-Tignarï, geópono al igual que los anteriores, es el autor de Zuhrat al-bustän wa-nuzhat al-adhän.

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El brillante botánico Ibn al-Baytär, llamado el Dioscórides español por Menéndez Pelayo, ha sido el autor de diversas obras, pero solo citaremos su Kitäb al-yämi`li-mufradät al-adwiya wa-l-agdiya donde se refiere a unos 1.400 simples, contados entre vegetales, animales y minerales, cifra que rebasa bastante la de la Materia Médica tenida entonces y siempre como modelo.

Enlazado cronológicamente con él encontramos al más importante de los geóponos andalusíes, Abü Zakariyyä, conocido como Ibn al-`Awwäm, su Kitäb al-Filäha tratado agrícola dividido en 34 capítulos, recoge lo mejor de cuanto se había escrito antes por griegos y árabes, además de incluir muchas ideas propias. Esta obra es de tal calidad e interés que en el siglo XVII el ministro Campomames la consideró útil y necesaria para la agricultura española de aquel tiempo y mandó al franciscano Josef Banqueri que la tradujera al castellano. Posteriormente se publicó, en dos volúmenes en 1802, y en 1988 el Ministro de Agricultura Pesca y Alimentación costeó la edición en facsímil. También existe una versión francesa que se llevó a cabo entre 1864 y 1867.

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En la Escuela de Estudios Árabes de Granada, se conservan 50 folios dobles del manuscrito del Kitäb ibdä `al-maläha wa-inhä`al-rayäha fi usül sinä`at al-filäha, escrito en verso por Ibn Luyün.

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IMPORTANCIA SURA YASIN – LIBRO SAGRADO (1º Parte)

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Explicación del Sheij Móhsen ‘Ali sobre la Sura Yasin. (Annur Tv)


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AVERROES – (Ibn Rushd o Avén Rushd) (1126-1198).

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imagen de Averroes (Ibn Rushd o Avén Rushd) (1126- 1198).

Averroes nació en la ciudad de Córdoba (España) en el año 1126. Es considerado por muchos como el más importante filósofo árabe de la Edad Media. Sus conocimientos se extendían a todos los campos del saber: Filosofía, Teología, Derecho, Matemática, Astronomía, Física, Medicina, Poesía. Ejerció como juez y como médico de la corte. Las intrigas de sus adversarios le valieron el exilio. Murió en Marruecos en el año 1198.

Su producción literaria gira en torno a Aristóteles, lo que le mereció el título de «El Comentador de Aristóteles». Sus obras son, en su gran mayoría, comentarios, explicaciones y críticas de interpretaciones de filósofos anteriores, como Avicena, de las obras del estagirita. Pretende con ello devolver a la filosofía aristotélica su pureza, que había sido opacada por interpretaciones cargadas de platonismo. Averroes sabía que esta tarea no le resultaría fácil porque devolver al aristotelismo su pureza era dejar al descubierto afirmaciones muy difíciles de conciliar con la fe.

Averroes intenta definir con claridad las relaciones entre la Religión y la Filosofía. Él entiende que las mayores dificultades se producen cuando se hace participar de las discusiones filosóficas a personas incapaces de comprenderlas. Para solucionar esto distingue tres tipos de hombres: los filósofos, hombres de demostración, que buscan pruebas rigurosas; los dialécticos, que se conforman con argumentos probables; y los retóricos u hombres de exhortación, que sólo entienden la predicación que apela a la imaginación y las pasiones. El Corán (libro revelado por Dios a Muhammad (BPD), equivalente a la Biblia judeo-cristiana) puede ser leído en su sentido simbólico y literal por los ignorantes y, al mismo tiempo, puede ser interpretado en su sentido profundo y oculto por los sabios. Cada quien debe interpretar el Corán según el tipo de hombre que es. Es un error y un peligro difundir las interpretaciones de los sabios entre los espíritus inferiores; ello sólo genera una mezcla lamentable de Oratoria, Dialéctica y Filosofía que lleva a la confusión y la herejía. Hay que mantener, por tanto, la delimitación entre la Filosofía (ciencia de las verdades absolutas), la Teología (explicación dialéctica y verosímil) y la Religión (persuasión de los espíritus inferiores).

En base a lo recién apuntado, se atribuyó a Averroes la así llamada «Teoría de la Doble Verdad», según la cual dos afirmaciones contradictorias podrían ser ambas verdaderas, una para la razón y otra para la religión. De todos modos, no hay testimonios de que él sostuviera algo semejante. En los casos de conflicto entre la fe y la razón, se atiene a lo que enseña la fe. “¿Qué pensaba realmente? (se pregunta Gilson) La respuesta queda oculta en el secreto de su conciencia[…] su misma doctrina le prohibía hacer nada que pudiese debilitar una fe necesaria para el orden social.”

Retoma la definición aristotélica de Metafísica como ciencia del ser en cuanto ser. Y entiende por «ser» la sustancia que es, la cosa individual, y más aún lo que determina a la cosa real a ser lo que es. Todo ser es sustancia o accidente de una sustancia. No se plantea por separado el problema de la existencia y mucho menos la considera como un accidente, al modo de Avicena.

Todo lo que se mueve es movido por un motor. Y en la serie de motores que a su vez son movidos por otro no podemos remontarnos al infinito. Por tanto, podemos afirmar que hay un primer motor, un fin último deseado por todos los demás seres, que es Dios.

En cuanto al conocimiento, sostiene que tanto el intelecto agente como el pasivo son una sustancia separada, común a todos los hombres. No se puede basar la inmortalidad del hombre en su condición de sustancia inteligible, porque no lo es. Ese argumento valdría para el intelecto, pero éste es común a todos los hombres y no pertenece al individuo; no es ni tan siquiera su forma sustancial.

Averroes no aceptaba que la Creación hubiera tenido lugar en el tiempo y afirmaba la eternidad del mundo, sin principio temporal.



La busca de Averroes

Jorge Luis Borges (1949)
 
En este cuento Borges nos presenta la figura del legendario Averroes tratando de comprender la poética de Aristóteles. Es la historia de un gran proceso dialógico al buscar el concepto de comedia y tragedia, pues en la cultura árabe en la que vive Averroes, el teatro es totalmente ajeno a ellos y un tema del que no se  concibe, lo que dificulta la búsqueda de Averroes pues nadie en el ámbito del islam conocía ni el teatro ni mucho menos los conceptos de comedia y tragedia.
En este tratar de encontrar y comprender la poética de Aristóteles, Averroes pasa por alto un hecho importante que se desarrolla frente a él. Mientras meditaba, es distraído por unos niños que juegan en la calle, cada uno representando al almira, el almuédano y el último a la congregación de fieles. Pero este hecho pasa de largo para Averroes quien no imagino que era justo la respuesta a todas las interrogantes que tenia, pues en este juego inocente de niños, se estaba representando el concepto de teatro; y la comedia y tragedia toman sentido.
Averroes, trabajando con traducciones de traducciones, o bien, con materiales ajenos a sus realidades se imposibilita alcanzar su objetivo. No consigue comprender a Aristóteles. Lo que se esconde detrás de esa relación de estudio y traducción parece ser el mito de los paradigmas ajenos.
Del Islam al teatro oriental no solo media la distancia física y temporal sino una gran diferencia en los principios cognitivos y de representación del mundo. La ficcionalización borgiana nos muestra la problemática en la compresión de conceptos carentes de referentes culturales. Así,aunque la respuesta este frente a nosotros, aprehenderlo depende de nuestros conocimientos previos.

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Edward Sa’id la condición árabe

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Tengo la impresión de que muchos árabes sienten hoy que lo que ha ocurrido en Irak en los dos meses pasados es poco menos que una catástrofe. Cierto, el régimen de Sadam Husein era despreciable y merecía ser derrocado. También es verdadera la sensación de rabia que muchos experimentan ante la estrafalaria crueldad y despotismo de ese régimen, y el terrible sufrimiento del pueblo iraquí. Parece haber poca duda de que muchos gobiernos e individuos se coludieron para mantener a Husein en el poder, mirando hacia otro lado mientras hacían negocios con él. Con todo, lo que dio a Washington licencia para bombardear el país y destruir su gobierno no fue un derecho moral ni un argumento racional, sino el poderío militar. Después de apoyar durante años al régimen baazista de Irak y a Husein, Estados Unidos y Gran Bretaña se arrogaron el derecho de negar su propia complicidad con ese régimen despótico y luego decretar que estaban librando a Irak de su odiada tiranía. Y lo que parece haber surgido en el país, tanto durante como después de la ilegítima guerra contra el pueblo y la civilización que constituyen la esencia de Irak, representa una grave amenaza al pueblo árabe como un todo.

Es, por tanto, de la mayor importancia recordar en primer término que, pese a sus muchas divisiones y disputas, los árabes son en realidad un pueblo y no una colección de países al azar, pasivamente accesibles a la intervención y dominio del exterior. Existe una clara línea de continuidad imperial, que viene desde el dominio otomano sobre los árabes en el siglo XVI hasta nuestros tiempos. Después de los otomanos, tras la Primera Guerra Mundial llegaron los británicos y los franceses, y luego de éstos, en el periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses e israelíes. Una de las corrientes de pensamiento más persistentemente influyentes en el reciente orientalismo estadounidense e israelí, evidente en la política de ambos países desde fines del decenio de 1940, es una hostilidad virulenta, sumamente arraigada, hacia el nacionalismo árabe, y una voluntad política de oponerse a él y combatirlo en todas las formas posibles. La premisa básica del nacionalismo árabe en sentido amplio es que, con toda su diversidad y pluralismo de sustancia y estilo, el pueblo cuyos lenguaje y cultura son árabes y musulmanes (llámesele pueblo arabeparlante, como hizo Albert Hourani en su libro más reciente) constituye una nación y no sólo una colección de estados dispersos entre África del norte y las fronteras occidentales de Irán. Toda formulación independiente de esta premisa ha sido objeto de ataques abiertos, como en la guerra del canal de Suez de 1956, la escalada colonial francesa contra Argelia, las agresiones israelíes de ocupación y despojo y la campaña contra Irak, cuyo propósito manifiesto era derrocar a un régimen pero cuyo objetivo verdadero era devastar el país árabe más poderoso. Y así como la campaña de franceses, británicos, israelíes y estadounidenses contra Abdel Nasser fue diseñada para derrocar a una potencia que abiertamente declaraba su aspiración de unificar a los árabes en una fuerza política independiente de gran poderío, el actual objetivo de Washington es redibujar el mapa del mundo árabe conforme a sus intereses, no los de los árabes. La política estadounidense se finca en la fragmentación de los árabes, su inacción colectiva y su debilidad militar y económica.

Haría falta ser tonto para argumentar que el nacionalismo y la separación doctrinaria de los estados árabes individuales, trátese de Egipto, Siria, Kuwait o Jordania, son mejores y tienen una realidad política más útil que algún esquema de cooperación ínter-arábiga en las esferas económicas, políticas y culturales. Cierto, no veo necesidad de una integración total, pero cualquier forma de cooperación y planificación provechosa sería mejor que las malhadadas cumbres que han desfigurado nuestra vida nacional, por ejemplo durante la crisis de Irak. Todo árabe se hace la misma pregunta que cualquier extranjero: ¿por qué los árabes nunca unen sus recursos para luchar por causas que al menos oficialmente afirman apoyar, en las cuales, en el caso de los palestinos, su pueblo cree de manera activa, de hecho apasionada?

No perderé tiempo en justificar los abusos, miopías, desperdicios, represiones y crueldades que se han cometido en aras de promover el nacionalismo árabe. El saldo no es favorable. Sin embargo, quiero afirmar categóricamente que desde principios del siglo XX jamás han podido lograr su independencia colectiva, en todo o en parte, precisamente a causa de los designios de potencias extranjeras respecto de la importancia estratégica y cultural de sus territorios. Hoy ningún Estado árabe es libre de disponer de sus recursos como desee, ni de adoptar posiciones que representen sus intereses individuales, en especial si esos intereses parecen amenazar las políticas de Washington. En los más de 50 años transcurridos desde que Estados Unidos asumió el dominio mundial, y más después del fin de la guerra fría, ha ejercido una política hacia Medio Oriente basada exclusivamente en dos principios: la defensa de Israel y el libre flujo del petróleo, y ambos se oponen directamente al nacionalismo árabe. En todas las formas significativas, con pocas excepciones, la política estadounidense ha sido de abierta y despreciativa hostilidad hacia las aspiraciones del pueblo árabe, pese a lo cual, desde la declinación de Nasser, ha tenido pocos opositores entre los gobernantes árabes, quienes se han plegado a todo lo que se les exige.

Durante periodos de la más extrema presión sobre uno u otro de ellos (por ejemplo la invasión israelí de Líbano, en 1982, o las sanciones contra Irak que fueron diseñadas para debilitar al pueblo y al Estado como un todo, los bombardeos de Libia y Sudán, las amenazas contra Siria, la presión sobre Arabia Saudita), la debilidad colectiva ha sido poco menos que abrumadora. Ni su enorme poder económico colectivo ni la voluntad de su pueblo han motivado a los estados árabes a intentar el menor gesto de desafío. La política de dividir e imperar ha prosperado porque cada gobierno tiene miedo de que si le hace frente pueda causar daño a su relación bilateral con Estados Unidos. Esta consideración ha tenido prioridad sobre cualquier contingencia, por urgente que sea. Algunos gobiernos dependen de la ayuda económica de Washington, otros de su protección militar. Todos, sin embargo, han llegado a la conclusión de que no confían unos en otros mucho más de lo que se preocupan por el bienestar de su pueblo (lo cual equivale a decir que se preocupan muy poco), y prefieren el odio y desprecio de los estadounidenses, que han empeorado su trato a los estados árabes conforme ha crecido la arrogancia que les da ser la única superpotencia mundial. De hecho, es notable que los países árabes han estado mucho más dispuestos a combatir entre sí que a enfrentar a los verdaderos agresores del exterior.

El resultado, después de la invasión a Irak, es una nación árabe gravemente desmoralizada, aplastada y derrotada, menos capaz de hacer nada excepto doblegarse a los anunciados planes estadounidenses de llevar a cabo todo tipo de esfuerzos para redibujar el mapa de Levante como mejor convenga a sus propios intereses y obviamente a los de Israel. Ni siquiera ese designio grandioso ha recibido hasta ahora la más vaga respuesta colectiva de los países árabes, que parecen esperar estáticos que algo nuevo ocurra en tanto Bush, Rumsfeld y Powell pasan de una amenaza a un proyecto, una visita, un desaire, un bombardeo o un anuncio unilateral. Lo que vuelve particularmente irritante todo este asunto es que en tanto los árabes han aceptado por completo el mapa de ruta estadounidense (o del cuarteto), que parece salido de algún delirio de Bush, los israelíes se han reservado con frialdad cualquier aquiescencia al respecto. ¿Qué sentirá un palestino al observar a un líder de segunda clase como Abu Mazen, que siempre ha sido un subordinado fiel de Arafat, abrazar a Powell y a los estadounidenses, cuando hasta para el niño más pequeño es evidente que el mapa de ruta está diseñado para a) estimular una guerra civil palestina y b) orillar a Palestina a transigir con las exigencias estadounidenses e israelíes de «reforma» a cambio de prácticamente nada? ¿Cuánto más vamos a hundirnos todavía?.

En cuanto a los planes de Washington hacia Irak, ahora ha quedado del todo claro que va a ocurrir nada menos que una ocupación colonial de viejo cuño, como la de Israel a partir de 1967. La idea de imponer en Irak una democracia estilo estadounidense significa alinear al país con la política de Washington, es decir, un tratado de paz con Israel, mercados petroleros que dejen ganancias a los estadounidenses y un mínimo de orden civil que no permita ni una oposición verdadera ni una auténtica construcción de instituciones. Tal vez incluso la idea sea convertir a Irak en lo que fue Líbano durante la guerra civil. No estoy seguro, pero veamos un ejemplo de la planificación que se lleva a cabo: en fecha reciente la prensa estadounidense anunció que Noah Feldman, de 32 años, profesor adjunto de derecho en la Universidad de Nueva York, sería el encargado de redactar la nueva constitución iraquí. En todas las notas de los medios referentes a este importante nombramiento se mencionó que Feldman es brillante experto en derecho islámico, que estudia árabe desde los 15 años y fue educado como judío ortodoxo. Pero jamás ha ejercido la abogacía en el mundo árabe, nunca ha estado en el país cuya constitución redactará ni parece tener conocimiento práctico de la situación de posguerra. Vaya escupitajo al rostro no sólo de Irak, sino de las legiones de mentes jurídicas árabes y musulmanas que pudieron haber llevado a cabo una tarea perfectamente aceptable al servicio del futuro iraquí. Pero no, Estados Unidos quiere que la realice un joven inexperto, de modo que después pueda decir: «le dimos a Irak su nueva democracia». El resentimiento es tan denso que se puede cortar con navaja.

Lo más desmoralizador es la patente impotencia de los árabes a la vista de todo esto, y no sólo porque no se haya invertido esfuerzo alguno en preparar una respuesta colectiva. Para quien como yo reflexione sobre la situación desde el exterior, resulta asombroso que en este momento de crisis no se haya tenido noticia de algún llamado de apoyo de los gobernantes a su pueblo ante lo que necesariamente debe verse como una amenaza a la nación colectiva. Los militares estadounidenses no han ocultado que planean un cambio radical en el mundo árabe, el cual pueden imponer por la fuerza de las armas porque es muy poco lo que se les resiste. Más aún, la idea parece ser nada menos que destruir de una vez por todas la unidad subyacente del pueblo árabe, transformar sin remedio los fundamentos de su vida y sus aspiraciones.

Yo hubiera creído que una alianza sin precedentes entre los gobernantes y el pueblo árabe representaba la única posible forma de contener semejante despliegue de poderío. Pero es evidente que eso requeriría el compromiso de cada gobierno árabe de abrirse a la sociedad y a su pueblo, dejarlo entrar, derribar todas las medidas represivas de seguridad para crear una oposición organizada al nuevo imperialismo. Una nación empujada por la fuerza a la guerra, o un pueblo silenciado y reprimido, jamás se levantarán en semejante ocasión. Lo que necesitamos son sociedades árabes liberadas del estado de sitio entre gobernantes y gobernados que ellas mismas se han impuesto. ¿Por qué no instaurar en cambio la democracia en defensa de la libertad y la autodeterminación? ¿Por qué no decir «queremos que todo ciudadano esté dispuesto a movilizarse en un frente común contra un enemigo común»? Necesitamos que todas las fuerzas intelectuales y políticas se unan a nosotros contra el propósito imperial de rediseñar nuestras vidas sin nuestro consentimiento. ¿Por qué dejar la resistencia a los extremistas y desesperados atacantes suicidas?.

Como digresión, podría mencionar aquí que cuando leí el informe de la ONU sobre desarrollo humano en el mundo árabe me consternó ver el poco aprecio que se hizo en él de la intervención imperialista y el profundo y prolongado efecto que ha tenido. Cierto, no creo que todos nuestros problemas vengan del exterior, pero tampoco querría decir que todos fueron creados por nosotros. El contexto histórico y la fragmentación política han desempeñado un papel muy importante, al cual dicho informe presta muy poca atención. La ausencia de democracia es en parte resultado de alianzas entre los poderes occidentales y regímenes o partidos minoritarios, no porque los árabes no tengan interés en la democracia, sino porque ésta ha sido vista como amenaza por varios actores del drama. Además, ¿por qué adoptar la fórmula estadounidense de la democracia (por lo común un eufemismo del libre mercado y del escaso interés por el mejoramiento humano y los servicios sociales) como si fuera la única? Este es un tema que requiere un debate mucho mayor, para el cual no tengo tiempo aquí. Así que volvamos al punto principal.

Consideremos cuánto más efectiva habría sido la posición palestina frente al embate de Washington y Tel Aviv si se hubiera dado una muestra de unidad en vez de una vergonzosa rebatiña por los puestos en la delegación que se entrevistaría con Powell. En el curso de los años no he podido entender por qué los líderes palestinos han sido incapaces de desarrollar una estrategia unificada para oponerse a la ocupación y no ver desviado su curso hacia uno u otro plan Marshall, Tenet o del cuarteto. ¿Por qué no decir a todos los palestinos: nos enfrentamos a un enemigo cuyos designios hacia nuestras tierras y vidas son bien conocidos y deben ser combatidos por todos nosotros juntos? El problema de raíz, y no sólo en Palestina, es esa separación entre gobernantes y gobernados que es uno de los efectos distorsionantes del imperialismo, ese miedo esencial a la participación democrática, como si el exceso de libertad pudiera hacer perder a la elite colonial gobernante algo del favor de la autoridad imperial. El resultado es no sólo la ausencia de una verdadera movilización de todos en la lucha común, sino la perpetuación de la fragmentación y la mezquina pugna de facciones. Tal como están las cosas, hay en el mundo demasiados ciudadanos árabes que no se involucran ni participan.

Querámoslo o no, el pueblo árabe enfrenta hoy un ataque mayúsculo a su porvenir por un poder imperial, Estados Unidos, que actúa en concierto con Israel, para pacificarnos, someternos y por último reducirnos a un puñado de señoríos cuya primera lealtad es no a su pueblo, sino a la gran superpotencia (y a su subrogado local). No entender que éste es el conflicto que dará forma a nuestra zona durante las décadas por venir es caer en ceguera voluntaria. Lo que necesitamos ahora es romper las cadenas de hierro que sujetan a las sociedades árabes y las mantienen convertidas en hoscos conglomerados de gente desconfiada, líderes inseguros e intelectuales alienados. Esta es una crisis sin precedente; se requieren, por tanto, medios sin precedente para enfrentarla. El primer paso es darnos cuenta de la magnitud del problema, y después salir a enfrentar lo que nos reduce a la rabia impotente y la reacción marginal, condición que de ninguna forma debemos aceptar. La alternativa a tan poco atractiva condición encierra una esperanza considerablemente mayor.

© 2003, Edward W. Said
Traducción: Jorge Anaya –La Jornada

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