Bush Jr concretó un viejo anhelo imperial

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Las estrechas relaciones de Bush –y también de Cheney– con la industria petrolera le dan una connotación especial a la agresión a Irak y a extender la influencia en el estratégico Golfo Pérsico. Una de las claves para entender esta determinación tiene relación con los importantes campos petrolíferos de Irak. “Tanto el presidente Bush como el vicepresidente Cheney –escribió el presidente de la Fundación de Tendencias Económicas de Washington, Jeremy Rifkin– están relacionados con el petróleo. Ambos proceden de la industria petrolífera. Sus carreras han estado definidas por los intereses del petróleo. Sus fortunas políticas han sido fomentadas por los grupos de presión petrolíferos” ( 28/10/02).

Al mismo tiempo, la política de agresión a Irak llevó adelante viejos planes imperiales. En 1945, el Departamento de Estado –como recordó Noam Chomsky– describió la “inmensa riqueza petrolera de Irak” como “una formidable fuente de poder estratégico y uno de los mayores premios materiales en la historia del mundo”.

El control de “las fuentes estratégicas –anota Chomsky– alimenta el poder económico y militar de EE.UU. y el ‘poder estratégico’ se traduce en una palanca para controlar el mundo” ( 9/11/02). Este mismo propósito estuvo presente en la llamada guerra del Golfo a comienzos de los noventa. George Bush padre en sus memorias reconoce que se bombardeó Irak porque no se podía permitir “que un poder regional hostil tuviera de rehén buena parte del suministro mundial de petróleo”.

Irak posee las segundas reservas mundiales conocidas de petróleo. El ex ministro saudí, Al Jamani, sostiene que las potencialidades de Irak son superiores a las que indican las estadísticas. “La única fuente de energía segura de la magnitud de Arabia Saudí –señala– es Irak, el país que ocupa el segundo lugar del mundo en reservas de crudo. Según nuestros estudios –agrega–, los cálculos son aún demasiado prudentes para Bagdad; las reservas podrían alcanzar a las de Arabia Saudí. El petróleo es de buena calidad, muy fácil de extraer y de transportar por rutas nuevas y políticamente no peligrosas para EE.UU.” ( 26/1/03). De allí su gran interés para EE.UU.

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Bush y Cheney mantuvieron los vínculos con el sector energético luego de asumir sus cargos. En los primeros meses de 2001, Cheney mantuvo reuniones, que durante un largo tiempo permanecieron secretas, para definir la política estadounidense en esta estratégica área económica. El vicepresidente se negó a proporcionar, a pesar de los requerimientos del Congreso, los nombres y vínculos empresariales de los participantes en las deliberaciones.

Posteriormente se conoció un informe elaborado por el National Energy Policy Development Group, redactado por el propio Cheney, fruto de esas deliberaciones, que define la estrategia de EE.UU. para hacer frente a la creciente necesidad de suministros petroleros en el primer cuarto del siglo XXI. El documento le concede una alta prioridad a la adquisición de nuevas reservas externas. El informe cifra la dependencia estadounidense de los suministros desde el exterior, señalando que aumentarán desde el 52 por ciento del consumo en el 2001 a 66 por ciento en 2020. Si se considera que el consumo, al mismo tiempo, irá aumentando, se deberá importar un 60 por ciento más que al iniciarse los años 2000, pasándose de 10,4 millones de barriles diarios a aproximadamente los 16,7 millones, en circunstancias de que la producción estadounidense no cesa de disminuir.Basándose en estas previsiones, el texto define el incremento de las importaciones petroleras como “una prioridad de nuestra política comercial y exterior”.

Una de las propuestas del documento –y en cuyo ámbito se encuentra la agresión a Irak– es aumentar las adquisiciones desde el Golfo Pérsico. El coste de extracción de crudo irakí está entre los más bajos a nivel mundial. Extraer cada barril tiene un costo promedio de poco más de un dólar. La caída de Saddam Hussein, en el análisis estadounidense, termina con el embargo petrolero y permite el desarrollo del negocio en Irak.

La guerra, al decir del vicesecretario de comercio internacional de EE.UU., Grant Aldonas, en un foro de empresarios efectuado a comienzos de 2003, “abriría la espita del petróleo irakí, lo que tendría un profundo efecto en la economía mundial y para los países consumidores de petróleo” ( 21/2/03). Sin embargo, la recuperación de la producción irakí, que oficialmente al comenzar el año 2003 se ubicaba en los dos millones de barriles diarios, no será fácil. El ex ministro irakí del petróleo durante los años 1987-1990, Issam al-Chalabi, manifestó en una reunión efectuada en Houston (EE.UU.) que “el mundo no puede esperar un ‘boom’ instantáneo de la industria petrolera irakí y que se necesitarán muchas inversiones antes de que el país vuelva a producir 3,5 millones de barriles diarios, su nivel en agosto de 1990”. Ese nivel de producción, en su opinión, se volverá a alcanzar recién al menos en dos años y requerirá de una inversión de unos US$ 3.000 millones (23/2/03).

La industria petrolera de Irak ha quedado rezagada. En Houston se informó que de los 526 bloques petroleros descubiertos, delimitados y probados, solo 125 han sido desarrollados, es decir, apenas un 20 por ciento del total. La estructura económica de Irak fue duramente golpeada primero por la guerra con Irán (1980-1988) y posteriormente por el embargo impuesto por las Naciones Unidas después de la Guerra del Golfo.

En 2001, EE.UU. importó 11,6 millones de barriles diarios y más del 20 por ciento de ese crudo era saudí. De allí la importancia que tiene, al mismo tiempo, el curso de los acontecimientos en Arabia Saudita. La Casa Blanca teme que el reino caiga en la inestabilidad política en manos de los integristas islámicos. El wahabismo, la rama más integrista del mundo musulmán, se presume en estos análisis, se encuentra muy arraigada en la sociedad saudí e incluso entre muchos miembros de la familia real.

Un reportaje del diario británico The Guardian, citando a un especialista en inversiones de una empresa bursátil en Nueva York, expresa también este temor estadounidense. “De los 22 millones de habitantes de Arabia Saudita –señala–, la mitad son menores de 25 años y la mitad de éstos son desempleados. Muchos quieren ver el final de la familia real y, lleve esto cinco meses o cinco años, sus días están contados. Si Arabia Saudita cayera en manos de los fundamentalistas musulmanes y se pararan las exportaciones, no hay suficiente petróleo extra en otro lado para compensar la merma” (26/1/03).

El petróleo de Irak no libera a EE.UU. de su dependencia del crudo saudí, pero lo hace menos fuerte. Arabia Saudita es el único país capaz de producir hasta 12 millones de barriles diarios. Al finalizar 2002, su producción era de alrededor de ocho millones de barriles al día, estando en condiciones –según sus ejecutivos– de elevar su producción a diez millones de barriles en forma muy rápida y a 10,5 millones en tres meses. “Los sauditas tienen lejos la cantidad más grande de capacidad no utilizada”, ha destacado Guy Caruso, jefe de la administración de Información de Energía del Departamento de Energía. Agregando que la Reserva de Petróleo Estratégica de Estados Unidos y las existencias en otros países –entre ellos en primer lugar Arabia Saudita– representan la mejor defensa contra las interrupciones a corto plazo ( 27/11/02).

La estrategia propuesta por el informe es no solo depender de los suministros provenientes del Golfo Pérsico. “La diversificación de las fuentes de abastecimiento –señala el documento– es de primordial importancia”. En esta dirección, en América Latina adquieren una importancia particular México, Venezuela y Colombia, que estuvieron entre el conjunto de países desde donde se realizaron las mayores exportaciones a EE.UU. en 2001. Los manejos norteamericanos en Venezuela y Colombia se inscriben en esta perspectiva. En Venezuela han participado abiertamente en maniobras desestabilizadoras. Al tiempo que en Colombia la “asistencia” financiera concedida incluye la protección de los oleoductos transportadores del petróleo desde sus pozos hasta las refinerías. La influencia en México se garantiza a través del TLCAN.

En octubre de 2002, Washington envió a Colombia una avanzada de diez militares de sus fuerzas especiales para entrenar a 6.500 soldados colombianos, preparándolos para proteger el principal oleoducto del país, en Arauca, en la frontera con Venezuela, explotado por el consorcio estadounidense Occidental Petroleum. Se trata del oleoducto Caño Limón-Coveñas, de 780 kilómetros de longitud, que transporta diariamente 105.000 barriles de crudo. En enero, se enviaron otros setenta militares para reforzar el contingente de entrenamiento. Los efectivos norteamericanos fueron formados en el Comando Sur de Estados Unidos en operaciones de inteligencia, combates contraguerrillas y tácticas para proteger la infraestructura petrolera.

Un estudio publicado en noviembre de 2002 por la Agencia de Información Energética –organismo dependiente del Departamento de Energía estadounidense– afirmó que en 2025 el 51 por ciento de la producción mundial de petróleo provendría de los países miembros de la OPEP. Al momento del estudio, ese porcentaje alcanzaba al 38 por ciento, de los cuales dos tercios se originaban en el Golfo Pérsico. George Bush manifestó que esta dependencia del Golfo Pérsico es “virtualmente intolerable” (28/12/02). Debe superarse por diferentes medios.

Un documento elaborado por el Instituto James Baker III de Políticas Públicas de la Universidad Rice de Texas y el Consejo sobre Relaciones Internacionales para la administración Bush antes de los atentados de septiembre de 2001, titulado “Desafíos para una Política Estratégica de Energía del Siglo XXI”, llega a conclusiones similares. Ello vuelve a demostrar que los planes agresivos no surgen después de los atentados, sino que responden a una elaboración anterior. El estudio considera a Irak como vital para los flujos de petróleo desde el Medio Oriente y afirma que por razones de seguridad militar no se puede permitir que Saddam Hussein desarrolle la explotación petrolera. Por tanto, la conclusión es que se requiere un nuevo régimen en Irak.

El análisis destaca que tanto Dick Cheney como el secretario de Defensa Donald Rumsfeld adquirieron funciones dirigentes en el país en 1974 bajo la presidencia de Gerald Ford, durante el embargo petrolero árabe, y tienden a identificar la situación creada en esos años con la que se puede producir al comenzar la década actual. Con la intervención militar se pretende obtener una mayor seguridad para EE.UU. “Por desgracia –anota el economista norteamericano Jeffrey Sachs, analizando el estudio de la Universidad Rice–, una guerra cuyo motivo sea el petróleo solo desestabiliza aún más la política y la sociedad internacionales y debilitará aún más la seguridad de EE.UU. y el mundo” (31/1/03).

De otra parte, participar en la explotación del petróleo iraquí constituyó una pieza central en la estrategia norteamericana para unir fuerzas tras su política agresiva. Ello ya fue planteado por el ex director de la CIA entre 1993 y 1995, James Woolsey, consejero además de grandes corporaciones como British Airways, y abogado especializado en litigios internacionales. “Francia y Rusia –manifestó Woolsey– tienen empresas petroleras e importantes intereses económicos en Irak. Debemos decirles que si nos ayudan a conseguir que Irak disponga de un Gobierno decente, haremos lo posible para que las nuevas autoridades de Bagdad y las compañías estadounidenses cooperen con sus empresas” (16/9/02).

La afirmación se lee, al mismo tiempo, como que la falta de “cooperación” deja al margen del reparto de la riqueza petrolífera irakí. Precisamente, la posición contraria a la guerra del gobierno francés llevó a funcionarios estadounidenses a advertir que, por su posición, Francia podría quedar excluida del reparto de los recursos petroleros después de producida la intervención. Compañías rusas como Lukoil o Slavneft, la francesa TotalFinaElf, la china National Oil Company y empresas de India, Italia, Argelia y Vietnam, firmaron acuerdos con el Gobierno de Hussein desde que acabó la guerra del Golfo. Esos acuerdos quedaron en suspenso, a la espera de que concluyese el embargo decretado por las Naciones Unidas. Saddam Hussein firmó incluso convenios de producción compartida con compañías extranjeras, entre ellas Total Fina Elf.

Una intervención militar acompañada de la caída del régimen (de Hussein) y la colocación de un poder directamente a sueldo de Estados Unidos –escribió el eurodiputado y profesor invitado de la Universidad Carlos III, de Madrid, Sami Nair, antes de la agresión– replantearía este reparto, que por el momento excluye a estadounidenses y británicos. Se sabe –agrega Nair– que las discusiones estadounidenses con las diversas fuerzas de la oposición iraquí en el extranjero versan principalmente sobre este punto” (27/12/02).

Lo que está en juego, escribió el novelista John Le Carré, “no es el bien y el mal, sino el petróleo, el dinero y la vida de la gente. La tragedia de Saddam es estar sentado sobre el segundo yacimiento de petróleo más grande del mundo. La de su vecino Irán es poseer las reservas de gas natural más grandes del mundo. Bush quiere ambas, y quien le ayude a conseguirlas recibirá una parte del pastel. Y quien no le ayude, no la recibirá. Si Saddam no tuviera petróleo, podría torturar y asesinar a placer a sus ciudadanos” (20/1/03).

La agresión a Afganistán forma también parte de la misma estrategia. “Sus objetivos  afirma Nair, al analizar esta relación– eran claros: poner el pie en una región cuyos recursos petrolíferos son todavía parcialmente desconocidos y cuyos recursos de gas son probablemente muy importantes; contrarrestar la voluntad de expansión de China en esta región; garantizar la seguridad de las redes de tránsito del petróleo consiguiendo que el proyecto estadounidense de oleoducto (cruzando Georgia hasta Turquía) fuera aceptado antes que el proyecto chino, algo que hasta el 30 de agosto de 2001 los talibanes se habían negado a conceder a los estadounidenses, que negociaban secretamente con ellos. Con la guerra de Afganistán, la amenaza que pesa sobre Irak y la guerra de Palestina, Estados Unidos se asegura así el control para los años venideros de lo que los expertos estadounidenses llaman “la elipse estratégica de la energía”, zona que abarca desde la península arábiga hasta Asia central. Ésa es la nueva ley de la historia que los poderosos, ávidos de oro negro —concluye el eurodiputado—, quieren imponer al mundo”.

Por Hugo Fazio
Con información de la Rev. Estudios Árabes.Año 1,número 1

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Basada en una obra en https://paginasarabes.com/2014/11/10/bush-jr-concreto-un-viejo-anhelo-imperial.

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