Francia y Libia

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En el norte de Mali los soldados franceses han vuelto a encontrarse con los guerreros tuareg, esos nómadas que van desde el centro del Sahara por los cuatro vientos, y por lo mismo hasta Libia. Francia los conoció y tuvo serios problemas con ellos hasta convertirlos en policías del desierto, entre 1900 y 1962, año de la independencia de Argelia. En su rivalidad colonial con Italia, Francia le echó un ojo a Libia y logró ocupar durante unos pocos años, de 1841 a 1955, el Fezzan, o sea el suroeste desértico del país.

Quizá eso explique que París no haya recibido con disgusto el golpe de Estado de los jóvenes oficiales encabezados por el capitán, luego coronel Muammad Gaddafi (¿hijo de oficial francés?): ponía fin a la influencia británica y estadounidense y al monopolio de las compañías petroleras anglosajonas. A los pocos meses el gobierno francés creó el escándalo cuando, al mismo tiempo, suspendió la entrega de armamentos a Israel, en especial material de aviación, y firmó con Libia un contrato de venta de su famoso avión Mirage, precisamente el que daba a la aviación israelí el control del cielo.

El presidente Pompidou recibió en aquel 1970 muchas críticas; las más benignas calificaban la política francesa de “oscura, para no decir ambigua y de todos modos difícilmente explicable”. No era oscura, quizá ambigua, pero siempre explicable. París no había olvidado su interés por Libia, y su petróleo, y no quería repetir el error de los anglosajones que, al negar su apoyo a Nasser, lo habían lanzado a los brazos soviéticos. ¿Qué era mejor, ver Mirage franceses en el cielo mediterráneo, o Mig soviéticos? Los contratos franceses venían acompañados de condiciones en cuanto a la instrucción de los pilotos (en Francia) y al uso del material. La meta era sustituir a los ingleses y a los americanos, obligados a cerrar sus bases militares en Libia. La crítica de fondo era, en realidad, la amenaza que esas ventas podían representar para la seguridad de Israel.

Pompidou explicó que no siempre podía definirse, en el Medio Oriente, en función exclusiva de Israel. Eso volvería imposible cualquier iniciativa en ese “Mediterráneo mediterráneo” (es decir, sin injerencias externas). Dijo que Francia, potencia mediterránea, “debe tener una política en esa región y estar lo más presente posible. Su papel histórico, su política de amistad con los países árabes, en particular de África del Norte, la tradición secular de nuestro país, desde el siglo XVI… quiero mantener y desarrollar esos lazos”.

En el análisis geoestratégico de los franceses, Libia representaba en 1970 —y representa en 2013— el puente entre la antigua África del Norte francesa (Marruecos, Argelia, Túnez) y el Medio Oriente. Apostar a un crecimiento de la influencia francesa en Libia en los tres niveles, económico, militar y cultural, no era un absurdo. Cinco aviones Mirage entregados en 1970, para formar los pilotos, luego cien vendidos en cinco años, tal era el mirage (espejismo) que nació en 1970.

Un argumento contra los defensores de Israel a ultranza, y por lo tanto opuesto a la venta a Libia, era que los argelinos no habían lanzado sus aviones para salvar a Egipto de la derrota en la Guerra de los Seis Días, en junio de 1967. Un buen punto. En los años venideros, Gaddafi apoyaría a los palestinos, pero siempre de manera indirecta; ningún avión libio participó en la guerra de Kippur. Lo que no había previsto París es que, a los 10 años, sus soldados tendrían que pelear contra el ejército libio para impedir que Gaddafi se apoderara del Chad vecino y, de lograrlo, de toda la inmensidad del Sahara. Tampoco que el hiperactivo coronel financiara ETA, IRA y demás movimientos terroristas europeos, entre los cuales figuran los de Córcega… Para bien o para mal, Libia no ha desparecido nunca del horizonte francés. Ni del europeo.

Por Jean Meyer (Profesor e investigador del CIDE)
Fuente: AlianzaTex

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