Los persas y su lengua de aves y de rosas

Mausoleo de Attar Foto/ Ebrahim Khadem Bayat
Mausoleo de Attar
Foto/ Ebrahim Khadem Bayat

Attar

No hay muchos datos sobre la vida de al-Din Muḥammad ibn Ibrahim Aṭṭar. Se sabe que nació hacia el año 1142 y que fue farmacéutico. Durante su juventud viajó a Egipto, Siria, Arabia, India y Asia Central para establecerse luego en Nishapur, al noroeste de Irán, en donde comenzó a recopilar versos y dichos de sufíes, místicos musulmanes.

Desde su infancia, Attar, alentado por su padre, estaba interesado en los sufíes y reconocía a sus santos como guías espirituales. Sus poesías exponen temas místicos, éticos y preceptos morales prácticos. Sus versos conllevan una experiencia espiritual en el lenguaje simbólico familiar del misticismo islámico clásico.




Su obra maestra es La conversación de los pájaros, un poema alegórico que describe la búsqueda que emprenden los pájaros (los sufíes) de la mítica ave Simorg, a quien desean hacer su rey (Dios): “Si tu espíritu no es apto para ver al Simorg,/ no será tu corazón un espejo brillante, apto para reflejarlo.”

Cuando los mongoles invadieron Irán, muchos intelectuales emigraron hacia Anatolia. Se cuenta que en ese camino, el gran poeta Molaví, conocido en Occidente como Rumi, se encontró con Attar, quien le regaló un texto sobre la iluminación del alma en el mundo material. Este libro tendría una gran influencia en el joven Rumi y en su obra posterior. Attar permaneció en Nishapur, murió de forma violenta en la masacre que los mongoles infligieron sobre la ciudad en 1221: “Deja que se vea la cicatriz del corazón, porque por sus heridas se conoce a los hombres que están en el camino del amor.”

La única obra de Attar escrita en prosa es El memorial de los santos (Tadhkerat al-auliya). En el prefacio enlista las razones que lo llevaron a escribir esta obra: su preocupación ante el olvido de los dichos de los místicos y de sus comentarios del Corán y la Tradición (sunna), así como de la forma de vida que llevaban. Cada capítulo está dedicado a algún maestro y cuenta con un análisis de biografías y comentarios que hacen de este material una fuente fundamental para el estudio de la tradición mística islámica: “Si un simple suspiro de amor llega a ese lugar llevará consigo el perfume del corazón. Ese sitio está consagrado a la esencia del alma.”

De aquel grupo de maestros que visitaba la tumba de Attar, una mujer nos dijo: “A mí me encanta la poesía, tanto que en lugar de cantarle a mi niño canciones de cuna le leo poesías.”

Otro profesor recitó un poema de Saadí en el que hace referencia a Attar: “Mostraré a todo el mundo el arco de tu ceja/ quien vea la luna nueva la mostrará a todo el mundo./ El cielo tendrá que seguir tolerando/ hasta que en el mundo una madre dé a luz a un hijo como tú, Attar.”

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Molaví-Rumi

Es un poeta persa que, si bien no está enterrado en Irán, es imposible omitir, ya que la mayoría de nuestros entrevistados hicieron referencia a sus versos y lo mencionaron como uno de sus favoritos.

Molaví nació en Balj, en 1207. Hijo de un eminente teólogo, siendo niño tuvo que escapar con su familia de la invasión mongol; tras estancias en Bagdad, Damasco y La Meca, se estableció en Konya, en la región de Anatolia, que en aquel entonces se designaba con el nombre de Rum, de ahí que a Molaví se le conozca como Yalal al-Din Rumi. También se le atribuyó el título de mawlana, “nuestro maestro”, ya que fundó en Konya la cofradía sufí de los mevlevíes (derviches giróvagos).




Se le considera el poeta místico más importante en lengua persa y uno de los principales del islam. Compuso los 45 mil versos del Mathnawi, La búsqueda mística, una verdadera enciclopedia en verso. El Mathnawi fue escrito en un género poético que lleva el mismo nombre. Tuvo su origen en el árabe, pero los persas lo desarrollaron con maestría a partir del siglo X, para luego influenciar fuertemente a la poesía turca. Los versos del Mathnawi riman de dos en dos y se considera que, con esta obra cumbre, Molaví llevó al género a su máxima expresión:

De nuevo me enloquecí de ilusión

De tal manera que rompería cualquier atadura

Soy como el cielo, como la luna, como una vela

encendida por tu fuego

Soy toda razón, todo corazón, toda alma, toda vida

Si estoy sin ti en los cielos, triste estoy como

una nube oscura

Si estoy contigo encarcelado, es como si

en un jardín estuviera.

Estaba muerto, reviví, era una lágrima,

sonrisa me volví

La fortuna del amor llegó y en fortuna eterna

me convertí

Soy luna por tu luz que sol eres, mírame a mí,

mírate a ti

Por tu risa, un jardín de flores risueñas me volví

No dejaré ir fácilmente la pena de tu amor

No dejaré al amigo hasta que me muera

Del amigo me ha quedado el dolor del recuerdo

No cambiaré ese dolor ni por mil remedios.

En su obra, Molaví describió el sufismo desde su propia experiencia y expresó un amor universal. Musulmán convencido, afirmó la validez de todas las religiones. Murió en Konya, hoy Turquía, en 1273.




Cuando visitamos la tumba de Attar, el jardinero de aquel lugar, Seyed Mahdi Ghazi, se encontraba regando y cuidando las flores mientras cantaba una melodía preciosa. Cuando le preguntamos qué era aquello, nos respondió que era un verso de Molaví: “Si creces trigo de mis cenizas/ a partir de ese momento, el pan de trigo que cocines te embriagará./ La masa y el panadero se volverán locos/ su horno recitará versos amorosos embriagantes./ No vengas a verme a mi sepulcro sin el daf (pandero)/ que no se debe estar triste en la fiesta de Dios./ Para olvidar tu dolor ponte la mortaja.”

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