Martí en el universo artístico de Kamyl Bullaudy

Kamyl Bullaudy: Con Martí al doblar de la esquina

Por José Aurelio Paz

Cuando los árabes llegaron a Gibara, Kamyl, todavía, era polvo cósmico. Ni imaginar que, después, nacería del irreverente espermatozoide de un inmigrante de apellido Bullaudy con el robusto óvulo de una criolla, de los tantos Rodríguez que pueblan esta ínsula.

La migración arábiga había venido a Cuba a finales del siglo XIX y principios del XX, procedentes de Siria, el Monte Líbano y Palestina. Dueños de grandes extensiones de terreno dominaron el comercio de tiendas, dulcerías, mueblerías y camiones, sobre todo en esa oriental región holguinera, pero el progenitor del hombre que más veces ha pintado a Martí «mancilló» la estirpe. Se dedicó al teatro y no creo que haya sido muy bien visto por sus paisanos: «Crecí tras bambalinas viendo y admirando al viejo, mientras hacía sus morcillas en el Bufo y yo me moría de la risa», me confiesa uno de los más prometedores artistas de la plástica cubana y, también, de los más locos y nobles de los que he entrevistado.

Historias macondianas sazonan el ambiente donde Kamyl le metió el primer berrinche a la vida, desde un pueblito de nombre Velazco, en Gibara, un 7 de enero de 1962. Pablo, por ejemplo, fue un hombre comprometido a los 20 años, por su familia, con una prima que le acababa de nacer, en ese afán del inmigrante por perpetuar pura la raza. Un tal Luis, enfermo de Tifus Negro y desahuciado por los médicos, fue curado por el padre al sobarle la pierna, colocarle una venda con mostaza fría en la espalda y, como había quedado tan débil de la enfermedad, le puso un huevo frito sobre el estómago y le dio a tomar caldo de vegetales.

Kamyl-Bullaudy Rodríguez-
Kamyl Bullaudy

«Esas historias eran muy comunes en mi familia —confiesa el artista con esa característica sonrisa en que hace malabares, sin caerse, un cabo de tabaco—. Mi abuela era ciega. A mí me encantaba que me tomara de las manos y me contara, en ese español chapurreado que hablaba, miles de anécdotas de su tierra, de osos que buscaban miel, de terribles inviernos allá en su país, de toda esa comida hecha a base de trigo que tanto me gusta…» Y en medio de todo el recuento aparece, otra vez, su Quijote, aquel Bullaudy que era un héroe natural y como tal murió.

«Yo no sabía si mi casa era el teatro o el teatro mi casa. Mi padre actuaba todo el tiempo. Era un ser encantador. Una gente muy afable y audaz a la vez, casi un kamikaze. Primero salvó a la gente de una catástrofe al sacar arrastrando del pueblito, él solo, unos tanques de combustible que se habían incendiado. Trabajó, después, en la clandestinidad y durante la llamada reconcentración del Uvero en que Batista mandó a sacar a las familias campesinas para bombardear la zona, fue perseguido por la Guardia Rural, de manera que no le quedó otra opción que meterse en el edificio de gobierno. Subió hasta el tercer piso. Allí irrumpió en una reunión que tenía el alcalde, que era libanés, con unos militares de La Habana. Le habló en su lengua natal y este lo salvó, aunque contaba luego que se hubiera lanzado con gusto contra el tendido eléctrico antes que entregarse vivo. Su mirada se congela un instante. Mira hacia un punto perdido en el aire y dice: «Qué ironía, murió cuando trataba de salvar a unas personas que viajaban en un auto de alquiler y habían chocado, precisamente, contra un poste de la electricidad.»

Estaba Kamyl en una clase de pintura, en la academia, cuando el profesor lo llamó fuera del aula. La presencia de un amigo de su padre, allí, le auguró que algo terrible había sucedido.

«Ese día me hice hombre. Me tuve que hacer cargo de su teatro, pero, finalmente, me quedé con la pintura, porque era más mía, algo que solo dependía de mí y no del resultado de los demás. Si te fijas bien, los personajes de mis dibujos son totalmente teatrales. Miran al proscenio, al público. Están en complicidad con el espectador. Ellos observan la luz, una luz que a veces resulta irreal, que tiene la misma perspectiva que un cenital puesto sobre la escena, y hay siempre un toque árabe en el color con los naranjas y los ocres mezclados con el azul de mis cuadros.»

—¿Pero cómo es esa historia loca de que te vas a la Isla de la Juventud a hacer cerámica sin conocer a nadie allí, de manera que dormías en el mismo lobby del taller?

—Recuerdo que pasé unos fríos horribles en todos los sentidos. Yo no sabía nada de esa técnica y allí se vivía el prurito de que no se te podía echar a perder una quema. Pues a mí todas se me rompían. Pero sabía lo que quería conseguir, de manera que fusionaba metales con cristales y hierro dentro del horno, a ver qué pasaba, y siempre me salía al revés. Al punto que nadie quería quemar conmigo.

«Un día meto un plato con las piezas de otros artistas y nos vamos a una actividad. El horno se pasó de temperatura y todo se quebró menos el mío, de manera que, por accidente, encontré lo que buscaba. Y era muy cómico, porque, a partir de ese momento, la gente me consultaba y me decía: ‘Kamyl, ¿qué tú crees si hago esto o si hago esto otro?’. Saber lo que uno quiere y luchar hasta conseguirlo son dos normas que sirven para cualquier cosa en la vida.»

—¿Es cierto que de niño decías que eras José Martí?

—No tan así. Lo que sucedía es que yo veía a un Martí diferente del que enseñaban en la escuela, más allá del bigote y la frente me di cuenta que existía otro más profundo, más mío, con claroscuros, humano, cercano en esencias. Te voy a confesar algo que nunca he dicho. A mí me sucede algo raro. Mágico diría yo. En los momentos difíciles de mi vida, en esos límites en que uno se encuentra a veces, más que convertirme en un ser duro, me transformo en un ser noble y eso se lo debo a él.

«No puedo dejar de pintarlo constantemente. Es como el aire que me hace falta para respirar o el humo del tabaco que me ayuda a ver las atmósferas de mi pintura y sin el cual no sé vivir. Martí siempre va conmigo a todas partes. Siempre me protege. Por eso, lejos de pedirle a Dios le pido a él.»

—Bueno, creo que tu padre era masón y de Martí también se ha dicho…

—Mi padre no llegó a entrar a la masonería, quizás por el teatro y por lo irreverente que parecía, pero casi todos mis tíos y primos sí. Es una familia que se ha cultivado dentro de esa tradición. Y, aunque se dice que Martí no cultivó la masonería, yo creo que sí lo hizo desde su práctica de vida.

—Según he leído, lo has pintado unas 2 000 veces. Ya sé que no te lo explicas, ¿mas no temes a agotarte en ti mismo, a hacerte repetitivo?

—Él sale solo. Incluso, en cualquier lugar que estoy, una sombra, las nubes, manchas en la pared, un pedazo de madera, las losas del piso, me hacen verlo constantemente, al extremo de que ya le he pasado esa hipersensibilidad a mi esposa Isimarlin, que no es artista en el sentido puro del término, pero hace arte desde la medicina, de manera que cuando no lo percibo, es ella quien me dice: «¡Mira, ahí está Martí!» Y en cuanto al miedo a repetirme no tengo temor, porque siempre me llega renovado, con una mirada profunda y un mensaje distinto que me susurra al oído.

—Vayamos a otros temas. Dentro de tu generación eres un autor reconocido y prolífero. Has participado en unas 90 exposiciones colectivas, tienes 50 muestras personales, cuadros en colecciones privadas fuera de Cuba y de personalidades como Alicia Alonso, Alfredo Guevara, Silvio y Pablo, Carilda, monseñor Carlos Manuel de Céspedes e, incluso, Fidel y Raúl…, sin embargo, el Centro de Estudios Martianos no ha hecho un reconocimiento público de tu obra hasta donde sé…

—Aunque no lo haya hecho, públicamente, el Centro de Estudios Martianos tiene en alta estima mi creación y trayectoria artística, lo contradictorio es que en tres ocasiones la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) haya rechazado mi expediente bajo el falaz argumento de que me falta obra. ¿Cómo te lo explicas?… Cosas del Orinoco…

—Te voy a mencionar una palabra mágica y quiero que abras tus compuertas espirituales a las sensaciones que te produzca: TABACO.

Kamyl Bullaudy Traza un boceto, con el mocho del habano que fuma, sobre un pedazo de cartulina y luego lo mancha con lo que queda en el fondo de la taza de café, para despertar a otro Martí de los tantos que le brotan. Rasca con el pulgar su fosforera, una y otra vez, hasta que exhala una espiral de humo subiendo en medio de la lluviosa tarde.

—Hay algo mágico, religioso diría. Es el primer tabaco de la mañana quien me organiza todo. El vicio se lo debo a mi maestro espiritual y de la pintura Nelson Domínguez. En asuntos de cabos competimos, a veces, y quedamos tabla. Cada vez que doy un brochazo sobre el lienzo necesito una bocanada de humo. Tabaco y música son herramientas imprescindibles como los pinceles para trabajar. Si vas a mi casa te encuentras miles de ceniceros llenos de «víctimas». Forman parte de mi ritual. Es como el incienso de mi hogar. Cuando los vecinos sienten el inconfundible olor, dicen: «Ya Kamyl está pintando.» Tengo una pastora, una salchicha y hasta una perra china que recogí de la calle y se disputan, entre sí, el cabo que dejo sin darme cuenta, afiebrado como pinto.

—Imaginemos que mueres y eres considerado un santo, de manera que te permiten llevar tres cosas queridas al cielo…

—Un tabaco, una caja de fósforos, y otro tabaco, por si el primero se me moja con las nubes o se pierde en el viaje.

—Crucemos, ahora a la acera contraria, te condenan al infierno Dios o Martí, como quieras, por pecador, fumador, jodedor e irreverente, ¿qué sería para ti ese azufre hirviente del que se habla?

—Que se me pierdan los dos tabacos y la caja de fósforos.

—Sé que ese gran artista del lente devenido promotor de la plástica en los últimos tiempos, el afamado documentalista Roberto Chile, te llevó, en una de sus muestras, a pintar un fresco que titulaste Yo soy Guayasamín. ¿Tus venas artísticas se entroncan, de alguna manera, con las de él? ¿Te atreverías, como él hizo, a pintar a Fidel?

—De hecho ya me lo han encargado para una exposición que tendrá lugar en Ecuador. Aquel cuadro formaba parte de un proyecto mágico, de esos que solo se le ocurren a Chile, que se llamó Cuba pinta a Guayasamín. Yo le pinté con una mirada tan profunda que hasta a mí me sorprendió. De ahí el título. Desde entonces no puedo olvidar aquella magistral frase que dijera: «¡Dejen una luz encendida que yo voy a regresar.»

Miro mi paleta de palabras, casi seca ya, con que pretendo pintar a ese ser que es Kamyl Bullaudy, tan simple que casi anda descalzo, tan loco que se amarra el pantalón con una soga y se pone un pañuelo alrededor del pelo como si fuera un demente callejero a la hora de pintar, tan frágil que le teme a los aviones, tan patriota que la voz se le hace un fino Bacarat a la hora de responder mi última pregunta.

«¿Qué le diría y qué le pediría a Martí si me lo encuentro, cara a cara, al doblar una esquina cualquiera de La Habana?… Lo primero, que me hablara. Vivo obsesionado por descubrir algo que solo el tiempo sabe: cómo era el timbre de su voz, que me imagino una mezcla de vibrante verbo y terciopelo. Le preguntaría, además, qué le dijo Ángel de la Guardia, la última persona que cruzó palabras con él, como para convencerlo de que se fuera a la manigua.

«Si tuviera en mis manos los hilos de mover el tiempo, acabaría por eliminar, de todos los almanaques del mundo, aquel 19 de mayo de 1895. Porque siempre sufro y pinto con más frenesí que nunca en cada fecha de su muerte, como queriendo rescatarlo, una vez más, de las balas. Por eso, cuando lo dibujo no hago boceto previo, sino parto de la técnica de los acuarelistas chinos y japoneses que dibujan, directamente,sobre el lienzo, como mismo me sale Martí del alma, sin muchos retoques ni preciosismos.

«Si se me apareciera de pronto, como un santo, como un dios que es para mí, en cualquier esquina de La Habana, me le acercaría al oído y le susurraría que no se fuera otra vez a Dos Ríos, que su lucha es desde las ideas, porque lo necesitamos eternamente entre nosotros.»

Fuentes : Radio Guáimaro ,Invasor y Queen Gallery

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