Altair Zanzíbar, el sueño de los árabes del mar – Por Jordi Esteva

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Altair Zanzíbar, el sueño de los árabes del mar

Antes de que divisáramos Zanzíbar, mucho antes de que el vuelo de las aves marinas nos señalara la proximidad de la isla, ya sabíamos que estábamos cerca porque el viento nos traía la fragancia de sus especias.

Sus ojos quedaron vacíos. Mumtaz era un viejo capitán que en otros tiempos navegaba entre los puertos de Arabia y los del África Oriental, siguiendo la antigua ruta de los monzones. Una semanas atrás, un antiguo marino de Omán, me había entregado una carta de presentación para su viejo amigo. Ahora gozaba de la hospitalidad de Mumtaz en la vieja ciudad de Zanzíbar.

—Tan pronto como llegaba el kusi el monzón del suroeste—añadió el capitán—, nos embarcábamos rumbo a los puertos de Arabia. La travesía duraba unas pocas semanas. A veces el mar se enfurecía y las olas se hacían tan grandes como montañas. Más de una vez vimos la muerte cerca, muy, muy cerca. De regreso, cuando como en una aparición, surgía refulgente en el horizonte la ciudad de Zanzíbar con sus edificios blancos reflejados en el mar turquesa, exclamábamos: Alá u Akbar! (¡Dios es el más Grande!) y le dábamos las gracias por permitir que regresáramos a casa con nuestras familias.

Mumtaz aspiró con fuerza la pipa de agua produciendo sonoros borbotones y, tras retener el humo largos instantes, soltó una poderosa voluta. El olor dulzón del narguile se mezclaba con el aroma de las resinas aromáticas que quemaban en un incensario.

El capitán no exageraba. La primera vez que viajé a la isla, lo hice en barco desde Dar es Salam y antes de llegar a puerto ya se olía a la especia del clavo, mientras se iba dibujando un frente marítimo que apenas debía haber cambiado en los últimos cien años. Me sorprendieron las antiguas residencias de los sultanes, el palacio de Beit al Ajaib, o Casa de las maravillas, construido por el sultán Bargash, los edificios coloniales de aduanas, las casonas de los mercaderes indios y árabes, la del famoso esclavista Tippu Tip, el fortín omaní que parecía una reproducción gigante de un castillo de arena… El perfil de la ciudad coincidía con el de los antiguos grabados del XIX. Sólo faltaban los grandes veleros árabes -dhows- del Yemen, de Omán, y del golfo Pérsico, que desde la década de los sesenta del siglo XX, habían dejado de acudir arrinconados por los modernos navíos.

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A finales de los ochenta, callejeando por aquella vieja ciudad, me sorprendió el estado ruinoso de las casas y palacetes; algunos con los techos hundidos; otros con los bajantes reventados y las fachadas enmohecidas por los monzones. Sin embargo, la vieja ciudad de Zanzíbar ejercía un poderoso embrujo. El trazado tortuoso de sus calles y sus altos edificios blancos, me recordaban poderosamente al puerto yemení de Mukala.

Si algún lugar del Índico resumía la historia de aquella civilización hija de los monzones, ése era sin duda Zanzíbar. Entrado ya el siglo XXI, a pesar de los cambios evidentes que había traído consigo el boom turístico, la ciudad seguía guardando un antiguo secreto. Era cierto: muchas calles habían perdido su antiguo sabor, las tiendas tradicionales habían sido sustituidas por incontables bazares de baratijas para turistas. Pero: ¡qué espectáculo resultaba sentarse en un cafetín y contemplar el vaivén!: Los suahilis con sus kikoi o pareos y sus bonetes bordados, con sus rostros reflejo de las mil y una combinaciones entre Arabia y África; los omaníes, elegantes en sus dishdashas impolutas; los yemeníes con sus rostros aguileños; y qué decir de los numerosos indios, con sus coloridas vestimentas, ya fueran ismaelitas, musulmanes suníes o de otras sectas, sijs o hindúes.

Las mujeres suahili de Zanzíbar competían con sus vestidos de colores con los saris de las bellas hindúes, mientras sus hermanas de origen árabe, caminaban lentamente, cubiertas de negro de la cabeza a los pies, desvelando apenas sus ojos de almendra o las manos cubiertas de alheña. De noche, todo Zanzíbar parecía volcarse en el frente marítimo donde se alineaba un gran número de puestecillos de comida, en los que se asaban pulpos, gambas, apetitosos pescados sobre las brasas o se freían samosas en abundante aceite.

Todos aquellos olores se mezclaban con el del clavo y del incienso, mientras el humo de los asados se deshilachaba entre luces de colores al son del taarab, la alegre música de Zanzíbar. Aquella música vigorosa, árabe y al mismo tiempo tropical, que al cerrar los ojos, hacía que en mi cabeza se superpusieran imágenes de la proa de un velero árabe que cortaba el mar azul, con la de sus velas mecidas suavemente por el viento.

Sí, a pesar de un cierto turismo de masas, la isla continuaba siendo un paraíso. Al sur de Paje, en la costa oriental, se extendían interminables playas de cocoteros de arena blanca y aguas transparentes, protegidas de los embates del océano por arrecifes alejados de la costa. Valía la pena navegar a bordo de uno de los toscos y bellos catamaranes de los pescadores de Jambiani, ya casi en el extremo sur de la isla, para sumergirse en el mar y contemplar peces y corales. Pocos lugares podían compararse a la magia de la pequeña isla de Chumbe, donde cangrejos gigantes, de ocho kilos, trepaban a lo más alto de los cocoteros. En sus aguas el coral estaba maravillosamente protegido y alcanzaba formas y coloridos espectaculares. En algunos pueblos del norte de la isla, como Nungwi, todavía se seguían construyendo los veleros tradicionales calafateados con grasa de tiburón.

El capitán sirvió otra ronda de café árabe. La misma cafetera, las mismas tacitas que en la península arábiga. Observé la habitación: los arabescos y filigranas de yeso que decoraban estanterías y alacenas, los rosetones de colores de las ventanas, los arcones claveteados en cobre, la humareda olorosa del incensario, la vestimenta de mi interlocutor, el puñal curvo o yambía que lucía en una fotografía… Podría hallarme en Moca, Mascate o Lamu. Nada de extrañar porque, Zanzíbar, al igual que los otros puertos e islas del África Oriental como Mombasa, Pemba o el antiguo sultanato de Pate, era una de la escalas más importantes de la ruta marítima de los monzones.

Caía la tarde. Sonaba ya la llamada de la oración y el capitán Mumtaz se disculpó. Llené de nuevo mi tacita de café y me acomodé sobre los cojines. Mientras mi anfitrión se postraba en dirección a La Meca, me enfrasqué en mis pensamientos. Durante siglos, incluso antes del Islam, los árabes del mar viajaban al África Oriental, en sus veleros siguiendo unas rutas que apenas habían variado desde los tiempos de Simbad. Partían con el monzón del noreste en busca de maderas, pieles de animales salvajes, concha de tortuga, ámbar gris, marfil, ébano y esclavos. En sus veleros transportaban dátiles de Basora, salazones de tiburón de Yemen y Socotra, miel del Hadramaut, incienso y otras resinas aromáticas.

De la China y la India traían sedas, porcelana y especias. Los marinos y mercaderes árabes permanecían unos meses esperando a que soplara el monzón del suroeste que les habría de conducir de nuevo a los puertos de Arabia. La mayoría acabaron por esposarse con africanas y del estrecho contacto entre los nativos y los árabes, se fue forjando la cultura suahili. Una cultura islámica, de fuerte influencia árabe en la vestimenta, arquitectura y costumbres, que sólo se expresaba en la lengua del Profeta en los saludos y en las mezquitas, y que en la vida diaria y en el trabajo lo hacía en suahili, un idioma africano del grupo bantú, con fuerte influencia árabe y en menor medida persa.

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El capitán enrolló su alfombra de oración y se acercó.

—Beba, beba—Mumtaz me llenó de nuevo la tacita de café—, ¿Le gusta? Está perfumado al cardamomo. ¿Ha visitado ya alguna plantación de especias?

Recordaba el bello interior de la isla, cerca del pueblo de Kidichi, las casas de adobe y paja bajo grandes mangos, las antiguas explotaciones de los latifundistas árabes con sus avenidas de palmas reales, los árboles del clavo, los arbustos de cardamomo, las lianas de la vainilla y la pimienta; la canela, la cúrcuma y la nuez moscada…

El capitán me invitó a salir a la terraza que dominaba los tejados de la vieja ciudad que se recortaban sobre un Índico que en el atardecer aún retenía su color cobalto.

Sus ojos se perdían en el horizonte. De pronto se giró hacia mí y suspiró:

—Cuando partíamos de la isla en nuestros veleros, nos cubríamos la vista para no ver como Zanzíbar desaparecía en el horizonte.

Restalló un trueno que anunció la tormenta. Se alzó un fuerte viento que parecía querer arrancar a las palmeras de cuajo. Era ya de noche y se fue la luz. Cada rayo desvelaba un viejo palacete o una antigua casona. Algunos estaban en ruinas, apenas unos muros por cuyas ventanas se asomaba la maleza. Entonces el viejo capitán Mumtaz me sorprendió antes de que cayeran las primeras gotas:

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—Son las viejas casas de los mercaderes y esclavistas. Durante la revolución, muchos árabes fueron asesinados, otros tuvieron que huir y sus viviendas fueron ocupadas por gentes sin recursos. Dijeron que se trataba de una venganza histórica—puso los ojos en blanco—. Los “negros”—dijo—se levantaron contra quienes durante siglos los habían esclavizado. A los pocos meses de aquella carnicería comenzaron a suceder cosas incomprensibles. En aquellas casonas ocupadas, la gente caía por las escaleras sin motivo aparente y se oían voces. La mala suerte se apoderó de sus vidas y retomaron la antigua costumbre de sacrificar gallinas y cabras para contentar a los espíritus. Dicen que algunas noches se oyen lamentos y se ven luces en esas viviendas, por ello muchos evitan pasar cerca de ellas. Son las almas, aseguran, de los mercaderes árabes que nunca encontraron descanso y las noches sin luna regresan a las que un día fueron sus moradas.

Jordi Esteva: escritor y fotógrafo. Es autor de Los árabes del mar (Altaïr Viajes/Península), Viaje al país de las almas (Pre-Textos), Mil y una voces (El País /Aguilar), Los oasis de Egipto (Lunwerg) y coautor de Fortalezas de barro al sur de Marruecos (Compañía Literaria).

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