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Camarón de la Isla sigue brillando tras cumplirse 25 años de su muerte

El mundo del flamenco vive este mes uno de sus momentos más tristes. Hace 25 años, (el 2 de julio de 1992), fallecía su mito más grande, José Monje Cruz, Camarón de la Isla.

Más allá de la tristeza por la pérdida tan prematura de un cantaor que revolucionó el flamenco y lo hizo universal, la conmemoración del 25 aniversario de la muerte de Camarón de la Isla se convierte en una oportunidad para celebrar su legado y poner en valor a una figura que sigue siendo una referencia para todo el flamenco.

Localidades como San Fernando y La Línea de la Concepción (Cádiz), donde nació y vivió el cantaor, y Madrid son, especialmente, las que más le rememoran.

San Fernando ha declarado este 2017 como el año Camarón. Canal Sur Televisión estrenó «Camarón Revolution», una producción de cuatro capítulos y género documental. También en su ciudad natal se recoge la exposición «25 años sin Camarón. Leyenda infinita», integrada por una treintena de imágenes del archivo gráfico de la Agencia Efe y que permanecerá hasta el 25 de agosto en el centro comercial Bahía Sur.

El Ayuntamiento organizó una ofrenda floral en el mausoleo de José Monje en el cementerio, en una jornada que se cerró con un concierto gratuito de Arcángel y José Mercé. «Abordamos esta efemérides lejos de toda pena. Lo hacemos desde la ilusión y la constancia de que el arte de José permanece más vivo que nunca gracias a su legado», ha señalado Fran Romero, teniente de alcaldesa de San Fernando, una ciudad que, tras recuperar la casa natal del cantaor, tiene en proyecto construir un Museo sobre su vecino más universal.

En La Línea de la Concepción, ciudad a la que Camarón se trasladó cuando en 1976 se casó con Dolores Montoya, La Chispa, también el recuerdo del cantaor aflora estos días. El Museo Cruz Herrera de La Línea expuso «Camarón Vive. 25 años», producida por el Instituto Andaluz del Flamenco y que, a través de distintos paneles con fotografías, muchas de ellas inéditas, recorre cinco ejes temáticos de su carrera y de su vida: «Pasión por el toreo»; «Camarón y Paco de Lucía»; «La Chispa de Camarón», con imágenes con su mujer Dolores Montoya, y «Leyenda musical».

Madrid, otro de los principales escenarios vitales de la leyenda del cante, también ha conmemorado el 25 aniversario de su muerte. Sus dos hijas, Gema y Rocío, y su hijo Luis Monje han rendido homenaje, las dos primeras al cante y el segundo a la guitarra, en un concierto ofrecido en el Centro Conde Duque. La cita, (con entradas que se agotaron inmediatamente), ha servido además como presentación oficial del grupo que han formado sus herederos.

Desde distintos rincones ligados al genio quedará así patente que, 25 años después de su muerte, la leyenda y el duende de Camarón de la Isla siguen brillando en el universo y el corazón del flamenco.

Pura magia y alma

Nació en San Fernando (Cádiz) en 1950. Su nombre artístico procede del color rubio de su pelo aunque era gitano Cantaor. Desde muy pequeño cantaba en las ventas cercanas a San Fernando, especialmente la Venta Vargas y en fiestas privadas. A los 16 años se hace profesional con las compañías flamencas de Miguel de los Reyes y Dolores Vargas. Tras una temporada en el tablao de Torres Bermejas (Madrid), graba su primer disco con la guitarra de Paco de Lucía. Su impacto en la música flamenca permitió que fuera contratado para actuar en los festivales flamencos andaluces más importantes como primera figura.

El 3 de julio de 1992 la noticia de su fallecimiento copaba las portadas de las principales cabeceras del país. Se marchó de forma repentina a causa de un cáncer de pulmón dejando un hueco insustituible en nuestra cultura. Su estilo personal, su magia, su alma y su sutileza hacen que Camarón de la Isla aún siga brillando.

Con información de El Imparcial

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Carlos Cano, un español árabe de Granada

Así reflejó el escritor canario J. J. Armas Marcelo el dolor por la muerte de Carlos Cano en la Tercera de ABC, el 20 de diciembre de 2000.

Carlos Cano - Conchitina
Carlos Cano – Conchitina

Cuando calla el cantor, muere la vida. Carlos Cano era el cantor de la vida, el color de la vida de un tiempo y un país que conseguimos poco a poco cambiar entre todos. Era un cantor que llevaba la ideología del mestizaje a la lírica de su poesía, como Amin Maalouf, con el que se encontró en el último trecho de esa misma vida, lo lleva a sus novelas y criterios ideológicos. Era Carlos Cano -y lo es ya para siempre- un ejemplo de ese mestizaje sin fronteras que detestaba a los nacionalistas profesionales; era un musulmán europeo, un español árabe de Granada con sangres gitanas y de las otras, sin que en él se trabara otra estrategia vital más que la generosidad y el color de la vida más libre del mundo.

La última vez que lo vi sobre un escenario fue en La Habana, en los días del noviembre del año pasado, prolegómenos de la Cumbre Iberoamericana. Desde hacía rato se le había metido en la cabeza que el «Testamento del pez», el gran poema de Gastón Baquero, merecía que se le rindiera el homenaje de la música. Se le metió en la cabeza, días antes de ese vuelo a La Habana, que la Ciudad de las Columnas tenía que ser el lugar exacto para estrenar las primeras estrofas del «Testamento…» de Baquero con su música. Cinco horas de ese viaje fue cabalgando Carlos Cano sobre un tigre, cantando en el avión, mientras con la atención del maestro Benjamín Torrijo le daba la cuerda del piano. Yo los observaba a los dos, ensimismados en la música y en las estrofas de Baquero, con destino a La Habana y a diez mil metros de altura, y recordaba los días dramáticos que Carlos Cano había sufrido cuando el primer golpe del alma casi se lo lleva de la vida. «¿Pain?, ¿Well?»: estas dos palabras fueron las primeras que Carlos Cano escuchó cuando resucitó de la muerte en Nueva York. Todavía bajo los efectos de la anestesia, Carlos Cano sentía que quien le hablaba era una milenaria y altísima princesa massai vestida de blanco que era, en realidad, su ángel de la guarda. Era encima, en la realidad evidente, una enfermera del Monte Sinaí, en una de cuyas camas el cantor comenzó a componer sus coplas de Nueva York en agradecimiento a esa generosidad de la vida que llamamos suerte.

Asistí a muchos de los recitales de mi amigo el cantor de la vida y tengo escrito en un montón de lugares que lo hacía no sólo por amistad, sino por la pasión sentimental que Carlos Cano despertaba en mis propios sentidos cuando lo escuchaba cantar de cerca. Una de esas culminaciones de su clasicidad contemporánea se la escuché -y la vi de lejos, a unos metros, entre los árboles- en una radiante madrugada, justo al amanecer, en los Jardines del Generalife, en Granada. La voz del cantor de la vida atronó el silencio mágico del lugar arábigo-andaluz con una sacralidad intemporal. Fue entonces el canto del muecín un instante único, supremo, que todavía escucho en mi interior cada vez que viajo a territorios, lugares y ciudades donde la religión musulmana campa libremente, sin los atascos terribles del fundamentalismo, por los caminos abiertos de la memoria y la espiritualidad.

Fue un hallazgo escuchar en el Generalife, bajo la mirada siempre inquietante de la Alhambra, la voz musulmana de Carlos Cano, el mestizo para quien el canto de la vida reposaba en los inmensos y abiertos ámbitos de la libertad. Por eso, siempre lo recordaré, escuché a Carlos Cano, de repente, casi sin querer, en una lejana madrugada de Agra, India, sin que la luz hubiera aparecido todavía del todo en el horizonte del día, camino Saso Blanco y yo del Taj Mahal, «una lágrima en la mejilla del tiempo», según Tagore.

Otra vez, en el Monumental de Madrid, al final de uno de sus recitales hace ya bastantes años, me encontré en las puertas del camerino de Carlos Cano a Baltasar Garzón, que venía -como yo- a darle un abrazo de felicitación al amigo. Lo saludé bajo los efectos emocionales de la voz del cantor, le pregunté cómo estaba y el juez, muy preocupado y con cara muy seria, me dijo: «Cerros, tengo cerros de información de todos estos». Hablaba, allí mismo, casi confidencialmente, de la guerra sucia del Ministerio del Interior de aquella época. Y otra vez, en casa de los Martín Prieto, en una fiesta que se trasladó en el tiempo hasta las mismísimas horas de la madrugada, con Jerónimo Saavedra y Vargas Llosa entre otros amigos testigos, Carlos Cano cantó a capela «María la portuguesa» y «La Habana es Cádiz con más negritos». Y, después del aplauso, pidió una guitarra, como si fuera un trago que calma la sed de quien acaba de cumplir un compromiso consigo mismo y ha quedado en paz con sus pasiones. El tipo -excepcionalera así: dado, entregado a la vida, caminante, mestizo, generoso, cantor, coplero sin complejos.

Claro que todas esas cosas, y muchas más, lo llevaban una y otra vez al destino de un lento suicidio. «Soy así y no puedo evitarlo», nos decía Carlos Cano cuando algunos amigos le reprochábamos su descuido. «Ya iré otro día», contestaba cuando se le recordaba que había que ir a Nueva York a que Valentín Fuster volviera a verle el alma al cantor. Era así. Estaba en Guadalajara, México, entre libros y trifulcas latinoamericanas, cuando me llegó la noticia de la segunda muerte del cantor y amigo.

La angustia que se apoderó de mis recuerdos en esos momentos fue un sudor frío que recorría mi memoria con la insolencia del desprecio por todo lo que pensamos de la vida. El cantor otra vez con el corazón abierto, como aquella vez que Eduardo Úrculo llamó a Valentín Fuster a Nueva York para que el brujo del corazón le devolviera la vida. Otra vez un aviso -esta ya peor: no hay dos sin tres, dicen los cardiólogos al corazón del cantor. En vano intenté hablar con Antonio Peña, con algún familiar del cantor, con algún amigo cercano del amigo cercano.

Tuve que esperar al regreso para saber de su milagrosa mejoría. Pero, mientras tanto, en las tierras de Jalisco, recordaba el color de la vida, el canto del muecín, María la portuguesa, las coplas de Carlos Cano, el diván de Tamarit y Lorca en la voz del cantor que yacía en tierra, respirando moribundo a los pies de la Alhambra y del Generalife, los tatuajes árabes de su Granada eterna. Recordé en Jalisco, mientras la noche caía sobre Guadalajara y yo caminaba solo desde el Hilton por la Avenida López Mateos arriba, cada uno de los recitales en los que estuve con Carlos Cano, desde el Monumental a Barcelona, desde Sevilla a Granada, desde Las Palmas de Gran Canaria -en el «Alfredo Kraus»– hasta La Habana, la noche en que el cantor quiso recitar con su música el «Testamento del pez» de Gastón Baquero.

«Yo te amo, ciudad, / aunque sólo escucho de ti el lejano rumor, / aunque soy en tu olvido una isla invisible, / porque resuenas y tiemblas y me olvidas, / yo te amo, ciudad. / Yo te amo, ciudad, cuando la lluvia nace súbita en tu cabeza / amenazando disolverte el rostro numeroso, / cuando hasta el silente cristal en que resido / las estrellas arrojan su esperanza, / cuándo sé que padeces, / cuando tu risa espectral se deshace en mis oídos, / cuando mi piel te arde en la memoria, / cuando recuerdas, niegas, resucitas, pereces, / yo te amo, ciudad».

Cantó el cantor de la vida estas estrofas, el principio del poema de Baquero, en un teatro de La Habana, noviembre de 1999. Todos aplaudimos. Los jóvenes cubanos no supieron para quién iba aquel homenaje de Carlos Cano. Los viejos zorros, maestros de la supervivencia en tiempos de miseria moral, también aplaudieron al cantor sin «reconocer» el fondo de la voz, sin querer ver en el fondo la síntesis de la voz de Baquero y Carlos Cano. Granada y La Habana por encima del tiempo. Pero hoy ya es otra tristeza, porque cuando calla el cantor, calla la vida, se vuelven color sepia los recuerdos y queda, entre el vacío, el gesto del cantor mestizo, libre al fin de tantas ataduras.

Por J. J. Armas Marcelo
Con información de ABC

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