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¿Es Alonso de Luna, (morisco granadino), el autor del Quijote?

Cide Hamete Benengeli
Cide Hamete Benengeli

El primigenio escritor de la novela al que Miguel de Cervantes imputa la autoría de su texto tuvo nombre y apellido, además de ser originario de Granada.

Cide Hamete Benengeli existió en carne y hueso. El primigenio escritor de Don Quijote de la Mancha al que Cervantes imputa la autoría de su texto tuvo nombre y apellidos. Miguel de Cervantes no inventó al personaje, no es ficticio salido sólo de su mente, sino el resultado de una trasmutación de nombres. Tal como hizo con casi todas las situaciones y personajes de su libro: todo y todos existieron en realidad, pero el autor cervantino jugó cambiándolos de lugar y de nombre para encajarlos en la gran farsa, crítica e irónica suma de historias que es la parodia alegórica del Quijote.

Cide Hamete Benegeli es Miguel de Luna. Éste y su mundo, contemporáneos de Miguel de Cervantes, tienen fiel reflejo en el Quijote. Aportar indicios para demostrar que Luna y sus maquinaciones inspiraron, y mucho, a Cervantes es el objetivo de este artículo.

Miguel de Luna (Granada, 1549-1615) fue morisco procedente de la nobleza nazarita. Licenciado en Medicina y romanceador de oficio. Junto con su suegro, Alonso del Castillo, protagonizaron las falsificaciones del Pergamino de la Torre Turpiana y los Libros Plúmbeos del Sacromonte, entre 1588 y 1599. Perseguían prestigiar la cultura y lengua árabes con el fin de evitar su pérdida ante la corte filipina que se empeñaba en erradicarlas. A partir de 1583, Luna frecuentó el Alcázar real de Madrid y la biblioteca de El Escorial, a la sombra de su suegro, recién nombrado traductor de la Corte. En la etapa final de Felipe II, el morisco granadino consiguió heredar el empleo de su suegro y en él permaneció hasta 1610. Por orden de Felipe II elaboró un informe sobre la bondad de los baños públicos para la salud y tradujo un tratado árabe sobre la gota.





Referente literario

En 1592, Miguel de Luna publicó la primera parte de su libro Verdadera historia del rey don Rodrigo. El resultado fue todo un éxito editorial: entre 1592 y 1600 se repitieron las ediciones. En vista de ello, Miguel de Luna decidió escribir una segunda parte que se publicó en 1600, también en Granada en la imprenta de Sebastián de Mena. Y siguieron más y más ediciones: en 1603 lo imprimía Ángel Tauanno en Zaragoza; en 1606 salía otra en Valencia en la imprenta de Patricio Mey… y siguieron ediciones y más ediciones -algunas piratas-, también varias traducciones a otros idiomas durante todo el siglo XVII. Los moriscos, ya repartidos por el Mediterráneo tras su expulsión de 1609, lo extendieron por muchos países.

Miguel de Cervantes debió sumar el nombre de Miguel de Luna a la lista de sus enemigos literarios, a quienes envidiaba por sus éxitos. Todos triunfaban, mientras él iba de fracaso en fracaso; escribía mucho y no publicaba, solamente La Galatea(1584). Ya no sólo odiaba a Lope de Vega y Jerónimo de Pasamonte (quien finalmente parece hallarse tras el pseudónimo de Avellaneda). El ilustrado morisco Miguel de Luna era por entonces un hombre relacionado con los ambientes librescos de Madrid por su estancia en la Corte como traductor, pero también lo era con ambientes de Toledo, especialmente cripto-musulmanes, como bien demuestran documentos de la Inquisición y de la Catedral fechados en 1601, 1603 y 1607.

Coincidencia espacial

La presencia de Luna en ambientes culturales de Toledo fue conocida por Lope de Vega y por Cervantes. Lope tomó la Verdadera historia como inspiración de El último godo (1600). Está demostrado que Miguel de Luna frecuentaba Toledo por los años en que Cervantes también lo hacía (1603-4); era primo del morisco Francisco Enríquez, ropavejero del Alcaná de Toledo, en cuya casa se alojó varias veces. ¿No coincidirían en ese entorno? ¿No será la trapería de Enríquez donde Cervantes compró el cartapacio que dice estar en el origen de su Quijote? La esposa de Cervantes tenía una casucha en la plaza de la Retama de Toledo. ¿No sería en esta casa donde tradujo el cartapacio el tal Cide Hamete Benengeli durante un mes y medio? Y, como buen morisco, cobró en pasas en vez de en vino.

Algunos años antes es más que probable que Cervantes y Miguel de Luna se conocieran físicamente en Granada. Cervantes permaneció en esta ciudad durante algo más de un mes (mediados de septiembre-primeros de noviembre de 1594) en calidad de recaudador de tributos; también parece que regreso a rematar su trabajo durante 1595. La publicación de la Verdadera historia estaba recientísima (1592), era el libro más sobresaliente de la ciudad por entonces. Seguro que sus librerías estarían llenas de ejemplares.

El modelo narrativo calcado. El Quijote es una continua mofa de autores y libros caballerescos precedentes. Por eso va a seguir exactamente la misma técnica narrativa que Miguel de Luna en su Verdadera Historia. Se inventa el hallazgo casual de un libro escrito en árabe y un narrador. Luna y Cervantes se declaran los no autores de sus obras, sino simples editores de lo hallado. Luna encuentra su manuscrito en un lugar noble (biblioteca de El Escorial), narrado por Abulcácim Tarif, nada menos que el conquistador de Hispania en 711. Cervantes va a hacer lo mismo con Cide Hamete Benengeli, pero en este caso ridiculiza tanto el lugar del hallazgo (un ropavejero) y un cartapacio de papel usado que sólo sirve para envolver. Con su falsa historia, Luna pretende cambiar la Historia de España, haciendo pasar su libro como historia verdadera; Cervantes lo tuvo fácil: sólo pretendió ridiculizar a aquellos autores de falsos cronicones que se empeñaban en hacerlos pasar por historia auténtica. Y el mayor exponente del momento era Miguel de Luna.

De ahí que Cervantes haga hincapié en su Quijote, ¡nada menos que diez veces!, en repetir la expresión de verdadera historia a lo largo de su obra. Precisamente lo hace siempre que desea referirse a la falsedad de un libro de caballería ¿Casualidad? No lo creo, por cuanto la expresión «historia verdadera» sólo la utiliza dos veces en todo el Quijote y precisamente cuando quiere expresar admiración por un libro (el del Gran Capitán, por ejemplo).

Para cuando Cervantes escribió el Quijote, las obras falsarias de Miguel de Luna ya estaban cuestionadas por la intelectualidad hispánica. Arias Montano y Luis del Mármol fueron los primeros en denunciarlo. Después le seguirían el Padre Mariana, Ignacio de las Casas, Pedro de Valencia… ¿Por qué no también Cervantes pretendía denunciar en su Quijote la falsedad de los escritos de Luna?

Los falsos de Granada

Miguel de Luna (con su suegro) ideó el Pergamino y los Libros Plúmbeos, un conjunto de nuevos evangelios que venían a revolucionar el cristianismo de dieciséis siglos. Los intelectuales sospechaban, pero callaban. ¡Cualquiera se atrevía a contradecir a la Iglesia española, respaldada por el crédulo Felipe II! Nos preguntamos cómo es posible que este asunto falsario, que era lo más comentado soto voce y polémico de aquellos años, no aparezca recogido en un libro como el Quijote, que es una crónica de las décadas anteriores.

La respuesta es bien sencilla: no se podía escribir, ni incluso hablar en público, de los polémicos Pergamino y Libros Plúmbeos de Granada. El papa Clemente VIII lo había prohibido en 1596, en tanto sus teólogos no calificasen los hallazgos (Paulo V mantuvo la prohibición a partir de 1605). A Cervantes le resultaría imposible pasar la censura si osaba escribir de este tema.

Pero Cervantes no se conformó y, con su fina ironía, logró burlar la censura eclesiástica y sí incluyó este asunto en el Quijote. Lo hizo de modo sibilino en los últimos párrafos de la primera parte, cuando aprovecha el epitafio de Alonso Quijano. Esta idea la extrajo de los Libros Plúmbeos: el pergamino quijotesco, hallado en una caja de plomo (lo dice por dos veces), en el derribo de una ermita, insinúa la participación de un anciano médico (¿Alonso del Castillo?) Los términos y la historia están calcados concepto a concepto de las falsificaciones granadinas ideadas por Luna y su suegro.

Además, de cara a pasar la censura existía entonces un truco muy usado por los autores. No era otro que simular que se trataba de una traducción o re-adaptación de un viejo libro escrito en griego, latín o árabe. El autor en este caso simulaba que no era tal, sino un mero editor de lo hallado «casualmente». Luna y Cervantes utilizaron exactamente el mismo método.

Sobre el nombre Benengeli. Nada menos que 39 veces mienta Cervantes a Cide Hamete Benengeli, el nombre del supuesto verdadero autor morisco de su Quijote. Más otra que abiertamente lo castellaniza como Berenjena. En los últimos cuatro siglos se han elaborado decenas de teorías acerca de este nombre, unas con más lógica que otras. Hay tesis de anagramas, cálculos matemáticos, derivaciones del árabe que significarían «hijo del ciervo» (cervant), que si se refería a El Greco, hasta las conjeturas relacionadas con las berenjenas.

Ésta última es la que me parece más acertada, tanto más por lo abundante y natural que era en ambientes moriscos de Granada y Toledo. Los expatriados a La Mancha en 1570, tras la guerra de las Alpujarras, fueron llamados Berenjenos en la ciudad del Tajo. Francisco Enríquez, el tendero del Alcaná, era un Berenjeno más. Entre los moriscos de Granada abundaron los apodos de Berenjeno, Habichuela, Tomate, Pimiento, Garbanzo, Lentejas… Así lo demuestran protocolos notariales del siglo XVI; existen muchas referencias a estos apodos en la Granada de siglos posteriores. Es más, en la actualidad hay sagas familiares de los barrios Albayzín, Barrichuelo y Albaida donde persisten reminiscencias de estos motes. No pasemos por alto que estas callejuelas populares albergaron a descendientes moriscos que consiguieron esquivar la expulsión de 1610 (aproximadamente la mitad se quedaron o regresaron).

La sorpresa la encontramos precisamente en escrituras notariales y archivos históricos del XVI donde aparece el apodo Berengelí y Benengelí (con acento) residiendo en el Reino de Granada. ¿Por qué el morisco Miguel de Luna no pudo pertenecer a esa familia Benengelí y Cervantes conocer su apodo?

Es muy probable que si Cervantes hubiese escrito el Quijote en tiempos de la movida madrileña, en lenguaje cheli, hubiese llamado a su metanarrador como Don Mojamé el Berenjeno.





El lunar plagiado

Hay muchos rastros de la Verdadera historia en el Quijote, sobre todo referidos a moriscos. Pero sin duda existe uno que Cervantes no podría negar si viviera hoy; una señal irrevocable de que la utilizó. La idea del lunar peludo como señal de hombre fuerte fue un plagio en toda regla de Cervantes sobre la obra del médico/traductor/falsario Miguel de luna. Segurísimo que Cervantes siguió a Luna en el asunto del lunar ya que no hay ninguna otra referencia en la literatura anterior.

La historia del lunar es como sigue: El supuesto autor moro de la Verdadera Historia, un tal Abulcácim Tarif, hallándose en Tarifa con el Conde Don Julián, narra cómo prendieron a una mujer española y la llevaron a su presencia, la cual dijo llamarse La Cabezuda. De chica oyó a su padre leer un pronóstico o jofor por el cual se anunciaba la pérdida de España por los godos y su conquista por los musulmanes. El capitán que la ganara debería ser valeroso y fuerte. Y por señal llevaría el tal capitán un lunar peloso tan grande como un garbanzo, ubicado sobre el hombro derecho. Desnudaron el hombro de Tarif y vieron que él tenía un lunar como el del pronóstico. Así que Tarif estaba llamado a conquistar España para los musulmanes.

Por Gabriel Pozo Felguera Granada
Con información de Granada Hoy

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Experto en psiquiatría analiza mente de Don Quijote

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Las Visiones del Quijote, Octavio Ocampo

No tiene duda de que, actualmente, Alonso Quijano sería internado en una Unidad de Psiquiatría de Agudos de un hospital general.




El análisis psiquiátrico de Alonso Quijano, más conocido como Don Quijote de la Mancha, es complicado de realizar y también de conocer que enfermedad mental sufría, pero todo apunta a que padecía psicosis reactiva y que, a día de hoy, sería tratado con neurolépticos e internado, según apunta, en un informe realizado por el 400 aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, el psiquiatra del Hospital Vithas Nuestra Señora de Fátima, Tiburcio Angosto Saura.

Para Tiburcio Angosto Saura lo más importante de la «destemplanza» de Don Quijote «no es establecer un diagnóstico, ya que es muy difícil saber qué tipo de locura tiene y no parece encajar en ningún diagnóstico, pero hay estudios existentes que se inclinan a que sufría esta psicosis puesto que al final de su vida acaba curándose espontáneamente».

El experto no tiene duda de que, actualmente, sería internado en una Unidad de Psiquiatría de Agudos de un hospital general y recibiría un tratamiento a la espera, como hace el propio Cervantes, de dejar evolucionar la enfermedad hasta su curación.

Otro dato interesante es que el padre del autor del Quijote era médico y, sin duda, algún caso psiquiátrico le contó a su hijo Alonso Quijano porque en diferentes episodios de la novela mantiene comportamientos que desvelan una patología concreta.

LOS DELIRIOS DE DON QUIJOTE

Uno de los más conocidos es la batalla que entabla con los molinos de viento. No se trata de una alucinación, ver lo que no hay, sino de una interpretación delirante de la realidad porque Don Quijote confundía lo que realmente veía.

Lo mismo sucede con el episodio en el que ataca a los odres de vino confundiéndolos con un gigante que le atacaba. O bien, con la promesa de una ínsula para Sancho y que finalmente le cede en las inmediaciones de Zaragoza, es un delirio de grandeza.

El comportamiento con su amada Dulcinea es un delirio erotomaníaco que le llevó a sentir una emoción muy intensa y un amor pasional y, por eso, tuvo que superar todas las pruebas para ser digno de ese amor.

Todos estos episodios son «una colección de casos que Cervantes relata como buen observador de la vida que era, no solo en este libro, sino también en sus ‘Novelas ejemplares’ cuenta la historia del ‘licenciado Vidriera’, donde describe un catatónico que se creía de cristal».




LAS LECTURAS NO LE ENLOQUECIERON

Alonso Quijano se convirtió en este personaje tratando de buscar sentido a los libros de caballería que leía, no como consecuencia de un exceso de lectura.

Así lo afirma el doctor Angosto que desmiente el mito de que la locura fuese producida por un exceso de lectura y recuerda que el propio autor explica que «la perdida de juicio» se desencadena debido a su interés por encontrar un sentido. En este sentido, en el capítulo I dice que Alonso Quijano «desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles«.

Hasta Cervantes especifica que Don Quijote leía muchos libros, especialmente los de Feliciano de Silva, que eran sus favoritos porque «la claridad de su prosa y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían perlas frente a otros textos».

En este punto del relato, el autor también desvela su comportamiento obsesivo ya que dice que leía tanto que abandonaba otras aficiones como «la administración de su hacienda», e incluso que llegó a vender «muchas hanegas de tierra de sembrura para comprar libros de caballería en que leer».

¿POR QUÉ NO ENTRÓ EN UN MANICOMIO?

El libro explica el origen de su locura, pero no aclara porque no fue internado en un manicomio ante los altercados que provocaba. En España ya existían al menos ocho psiquiátricos en aquella época y, además, había uno en Toledo cerca de donde residía, tal y cómo cuenta el doctor Angosto.

«En el siglo XVI existía una importante tradición de cuidados para personas perturbadas, probablemente influenciada por la cultura árabe, que hizo que nuestro país fuera un avanzado en la creación de ‘Casas de Orates’ como las de Zaragoza o Toledo».

No obstante, el experto recuerda que en la copia del Quijote de Alonso Fernández de Avellaneda, el personaje sí fue internado en un psiquiátrico.

«Cervantes no tenía intención de escribir una segunda parte, pero la realiza en respuesta al apócrifo de Avellanada y la inicia contando historias de locos; para diferenciarse decide que su personaje muera en su casa y lúcido, no como el apócrifo», ha indicado Angosto Saura.

Con la muerte de Don Quijote, Cervantes «no solo evita una segunda parte de Avellaneda, sino que da coherencia al proceso de curación con la aparición de melancolías y desabrimientos que hoy llamaríamos depresión postpsicótica», asegura.

Esa depresión quedó reflejada en su personaje y para Alonso Quijano, «al no existir delirio, el mundo real ya no importa, y al no poder estar en el mundo de Don Quijote, otro mundo poco importa y por lo tanto es mejor desaparecer».




La locura de Don Quijote era coherente por la lógica planteada por Cervantes. Por tanto, el doctor Angosto concluye argumentando que el Quijote de Cervantes es «más coherente como caso clínico que el de Avellaneda, que solamente tendría la coherencia en un cuento de locos».

Con información de La Gaceta de Salamanca

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