¿Por qué hay que visitar Córdoba?

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Razón número uno: Córdoba es una de las ciudades más históricas del planeta. No es una exageración. En el año 1000 sólo ella podía presumir en todo el mundo conocido de pavimentar sus plazas, de iluminar sus calles y mantener la más moderna red de baños públicos. Todo aquello ocurrió cuando Córdoba era la capital de al-Andalus, una civilización mítica cuyo recuerdo es tan caudaloso como los meandros del río que orilla la ciudad.

Razón número dos: antes de ser árabe, Córdoba fue romana. Y es fácil descubrir la piel de aquella primera gran cultura a la que debemos, entre otras cosas, el modo de conjugar el verbo amar. Amor será lo que sintamos paseando la plaza Jerónimo Páez donde se halla el Museo Arqueológico, uno de los más fascinantes en su género de toda España. No olvidemos algo: debajo del suelo que pisamos está enterrado –y en silencio– el segundo teatro romano más grande del mundo, sólo siete metros más pequeño que el de Roma.

Razón número tres: un puente con pilares romanos une las dos orillas del Guadalquivir. Al otro lado del río hay una torre conocida como la Calahorra. Guarda un museo, pero lo realmente valioso son los ojos que parece poseer entre los pliegues de sus piedras. Conviene llegar a ella a la caída de la tarde, cuando el sol se pierde entre los cercanos cerros de Sierra Morena. Cerrar los ojos por unos segundos y abrirlos después. Y hallar frente a nosotros la Córdoba histórica, con la Mezquita en primer lugar, su campanario catedralicio por detrás y esa maraña de tejados y torreones que delatan la ubicación de la Judería y de los barrios que encierra la Ajerquía.

Razón número cuatro: la Mezquita. El símbolo más carnal y explícito del arte hispanomusulmán, el origen de las artes andalusíes, el punto de partida de su filosofía, el encuentro de las culturas y el objeto de crispación y enfrentamiento entre religiones. Olvidemos su carácter divino para hallar en ella las ansias y la genialidad humana. Penetremos por la puerta del Perdón, crucemos en silencio el patio de los Naranjos, y por la puerta de las Palmas creamos que se nos ha hecho de noche entre las dobles arcadas y las dovelas blancas y rojas que simbolizan este sagrado lugar. Hubo un viajero romántico francés que escribió en mitad del siglo XIX que los arcos de la Mezquita eran una metáfora de los palmerales del desierto. Teófilo Gautier tenía razón al creer que los alarifes que la construyeron por orden de los emires y califas omeyas trataron de evocar en estos instrumentos de la arquitectura los paraísos perdidos donde hallar el origen de sus primeras palabras. Desde el siglo XVI dentro de la Mezquita hay una catedral que sería deslumbrante en cualquier otro lugar menos aquí. Nos consuela al menos saber que gracias a ella la Mezquita se conservó.

Razón número cinco: Córdoba es mucho más que la Mezquita y la Judería, algo que suelen olvidar los turistas que a mansalva llegan cada mañana a las inmediaciones de la calle Torrijos, que mira a una de las fachadas del gran monumento de la ciudad. La esencia popular de Córdoba se halla en la Ajerquía, que es una reunión de barrios que crecieron extramuros como arrabales tras la conquista cristiana allá por 1236. En la Ajerquía se elevan los campanarios de un conjunto de iglesias fernandinas, nombre con el que se conocen los templos cristianos edificados muy posiblemente sobre antiguas mezquitas y adscritas al tardo gótico. Las más bellas: San Lorenzo, Santa Marina y la Magdalena, esta última desacralizada y convertida en un gran escenario cultural donde suelen programar conciertos de música y otros actos culturales.

Razón número seis: la plaza del Potro es un ajetreado escenario urbano descrito por Cervantes en el Quijote. A un lado de la plaza abre sus puertas el Hospital de la Caridad en cuyo interior están dos de los museos más importantes de Córdoba. Uno de ellos es el de Bellas Artes y el otro el de Julio Romero de Torres. Hubo un tiempo en que a Romero de Torres se le acusó de antiguo y barroco. Hoy aquellas estulticias han amainado y su obra es una referencia para entender la otra cara del sur, el erotismo explícito de la mujer desnuda o aquello que se esconde tras el retrato. Ante sus lienzos hazte esta pregunta: ¿Qué sientes al contemplar cuadros como El Pecado o La Gracia?

Razón número siete: a sólo ocho kilómetros del centro de Córdoba se halla la efímera ciudad de Medina Azahara. Sólo duró en pie setenta y pocos años, desde el año 940 hasta la guerra civil desatada por los bereberes a partir del año 1031. Pero durante esas décadas Córdoba incluso palideció ante la belleza y la modernidad de la ciudad palatina mandada construir por Abd al-Rahman III, el autoproclamado califa que la construyó no para su amante favorita como nos han hecho creer los relatos románticos sino para perpetuar la memoria de su poder y eclipsar a todos cuantos aquí llegaban. Hoy está desenterrado sólo un diez por ciento del conjunto arqueológico, pero es visitable el Salón Rico donde se hallaba el solio del califa.

Razón número ocho: ya está bien de historia. Descansemos ahora. Reparemos nuestro cuerpo entre las aguas saludables de un hammam. Sintamos frío y calor en las tres salas que evocan las termas romanas que tan famosas fueron en la Corduba de siglo I después de Cristo. Los baños árabes se hallan en la calle Corregidor Luis de la Cerda, próximos a la plaza del Potro y en ellos podremos recibir un masaje, paladear un te árabe o el más suculento y goloso repertorio de pastelitos de tradición andalusí.

Razón número nueve: existen muchas Córdobas. Tantas como queramos buscar. Existe una Córdoba bulliciosa y comercial que se halla entre la plaza de las Tendillas y la peatonal avenida del Gran Capitán, donde además abre sus puertas el Gran Teatro, el principal escenario de la capital. Las calles que unen estos dos espacios urbanos están atestadas de tiendas de toda naturaleza.

Y razón número diez: tanto esfuerzo nos ha dejado extenuados y hambrientos. Es hora de pedir asilo en las barras de mármol o madera de alguna de las ochenta y tantas tabernas que abren sus puertas por toda la ciudad. La liturgia consiste en pedir un vino fino de Montilla, vino en rama a ser posible, y alguna tapa con la que saciar el apetito. Los cordobeses, que son callados y sentenciosos, llevan a rajatabla un axioma por el cual se ha de comer en función de lo que se bebe y no al contrario. Es hora de que sobre nuestra mesa traigan un rabo de toro, un flamenquín o una ración de pescado adobado y frito en aceite de oliva virgen extra de Baena o Priego.

Diez argumentos son suficientes. ¿O necesitas más razones para visitar Córdoba?

Por Manuel Mateo Pérez
Con información de :CTX

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