Redefinir la identidad,dilema de palestinos y saharauis

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Tanto en el conflicto palestino-israelí como en el marroco-saharaui se da una situación singular, una dispersión de la población autóctona y la existencia de minorías nacionales fuera del territorio sobre el que los movimientos de liberación nacional pretenden establecer sus estado independiente: palestinos en Israel y saharauis en el sur de Marruecos. Lo singular es que en ambos casos, la prolongación del conflicto ha generado dinámicas novedosas que involucran a los diferentes componentes de esas poblaciones, que tienen expectativas propias, que viven situaciones muy diferentes y que tienen posibilidades de socialización y de comunicación entre ellas. Estas nuevas dinámicas compartidas van desde la colaboración, hasta la elaboración de discursos políticos comunes y una redefinición identitaria. Finalmente estos procesos no han sido promovidos por los movimientos de liberación nacional, sino que responden a nuevas dinámicas de base, en las que intervienen modalidades de organización en torno a demandas de ciudadanía, el aprovechamiento de espacios trasnacionales y el uso de nuevos medios de comunicación.

Redes transnacionales y redefinición de la identidad nacional. Una comparación entre los casos de Palestina y del Sahara Occidental.

Los conflictos del Sahara Occidental y de Palestina responden a situaciones diferentes y han implicado a actores principales propios pero tienen una serie de puntos en común: se trata de conflictos de origen colonial y de larga duración, en el que la cuestión territorial y fronteriza tienen un papel importante, con situaciones de ocupación ilegal y no reconocida, con la fragmentación y dispersión de la población autóctona, han generado flujos de refugiados y desplazados internos importantes, en ambos casos ha tenido lugar un agotamiento de los esquemas de resolución política del conflicto, y ha quedado patente la escasa capacidad de intervención de la comunidad internacional… La asociación entre ambos ha sido recurrente por parte de los movimientos políticos y sociales identificados con la causa de la descolonización, pero limitándose a explotarlo en eslóganes y consignas, yuxtaponiendo ambas situaciones pero sin ahondar en detalles. Esta asociación es antigua; ya en 1972, la revista de la izquierda marroquí Anfass lo utilizó en el título (y poco más) de un famoso artículo (1). Sin embargo en el campo académico los análisis comparados han sido escasos; cabe señalar los estudios de la antropóloga palestino-canadiense Randa Farah sobre los refugiados, la memoria del exilio y su papel en los respectivos movimientos nacionales, y más recientemente Rana B. Khoury, investigadora del Middle East Institute (Reino Unido) que ha abordado la cuestión colonial, la ocupación y el nacionalismo.

Este trabajo tiene por objeto por objeto relacionar otro aspecto común a ambos casos y que generalmente se tiene poco en cuenta en cada uno de los conflictos: el hecho de que la fragmentación de la población ha dado lugar a que una parte de la población autóctona del territorio esté en el interior del Estado ocupante y fuera del territorio que el Movimiento de Liberación Nacional considera la base de su proyecto estatal. Es decir, en un eventual escenario futuro de autodeterminación e independencia esta parte del pueblo se quedaría fuera del estado de la nación. Esta situación ha asido tradicionalmente asumida por los principales actores directos implicados. Sin embargo el fracaso de las negociaciones y el deterioro de la situación de esa minoría en el estado ocupante ha difuminado las diferenciaciones y se ha operado una redefinición de la identidad nacional transfronteriza que cuestiona el proyecto estatal del MLN. Esta recuperación identitaria se ha estructurado en discursos comunes y la creación de redes y espacios de cooperación y coordinación.

Minorías nacionales fuera de Palestina y del Sahara Occidental

 

Los palestinos fuera de Cisjordania y Gaza

El inicio del conflicto israelo-palestino se remonta a la puesta en marcha de la empresa colonial sionista a finales del siglo XIX. Durante décadas el movimiento nacional judío preparó las condiciones para llevar a cabo su proyecto estatal, lo que logró con la intervención de Naciones Unidas y la resolución de partición del territorio (AGNU 181) en noviembre de 1947. La primera guerra árabe-israelí (mayo 1948 – abril 1949) conllevó la configuración del conflicto tal como lo conocemos hoy: la guerra dio lugar a la consolidación de una nueva entidad estatal, Israel, y al mismo tiempo a la fragmentación de la población autóctona en tres ámbitos: los palestinos que fueron expulsados de sus localidades y residen en los países vecinos y en Cisjordania y Gaza (los refugiados), los palestinos que se mantuvieron en las zonas del antiguo Mandato británico de Palestina que no cayeron en manos de los sionistas, Cisjordania y Gaza, dos zonas que serían ocupadas en 1967; y finalmente la población palestina autóctona que permaneció en sus localidades en el interior del Estado de Israel. Esta configuración del conflicto perdura hasta hoy.

Aunque la percepción que se suele tener del conflicto se limita a Israel-Cisjordania y Gaza, éste implica también a la población dispersa en el exilio, cercano o lejano, y a la población árabe-palestina de Israel. El conflicto no se reduce a territorio y posibilidad de crear en él un estado palestino, también es la cuestión de los refugiados (2) y la situación de discriminación que viven los palestinos con ciudadanía israelí. Lo palestino es la suma de estas tres dimensiones, en las que todos han mantenido su identidad y han contribuido a la recreación de la identidad nacional. La presencia de población palestina en Israel es la dimensión que nos interesa en particular porque se trata de una población que no se ha movido de sus localidades, pero que es excluida del proyecto estatal del movimiento de liberación nacional.

Los palestinos israelíes (también denominados “árabes israelíes” o “minoría árabe” por el establishment israelí, “palestinos del 48 o del interior” por los demás palestinos, o simplemente “palestinos con ciudadanía israelí”, “palestinos en Israel”) son la población autóctona del territorio sobre el que se estableció el Estado de Israel y desde su fundación constituyen su principal minoría étnica [en torno al 17,5% en 2010 (3)]. Por diversas razones escaparon de la limpieza étnica y permanecieron en su tierra cuando una parte de ésta pasó a constituir el Estado de Israel tras la guerra de 1948-1949 (Masalha, 2008). En unos pocos meses vieron como su país era transformado y ellos eran convertidos en minoría, recibiendo la nueva ciudadanía israelí (Barreñada, 2004; Pappe, 2011).

Esta minoría ha sido siempre un cuerpo extraño en Israel, un grupo residual de una realidad anterior que no comparte el ethos fundacional del Estado. Como ciudadanos en un sistema político democrático liberal han disfrutado de derechos, pero al ser percibidos como un riesgo (quinta columna) y ser ajenos al grupo nacional fundador del estado, han sido siempre considerados como sospechosos, sujetos a control permanente y por ello han sido siempre ciudadanos de segundo nivel, con los peores indicadores de desarrollo y empleo, educación y salud, etc.

Dada la situación de enfrentamiento entre Israel y sus vecinos, los palestinos con ciudadanía israelí vivieron aislados del resto de los árabes entre 1949 y 1967. El gobierno sospechaba de connivencia y prohibía cualquier contacto con otros árabes; y a su vez no podían viajar a esos países al portar pasaporte israelí y eran rechazados por “aceptar vivir bajo un gobierno sionista”. En suma, durante casi dos décadas la generación que vivió la partición y la guerra se vio aislada de su entorno árabe y rechazada por él.

El movimiento nacional palestino siempre dio un tratamiento ambiguo a esta población. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) fue creada en 1964 y tuvo esencialmente una primera implantación entre los refugiados en el exterior, nació fuera de Palestina y se nutrió esencialmente de refugiados; en su discurso decía representar a todos los palestinos pero nunca tuvo una política específica para los palestinos en Israel. Cuando a mediados de los 70’ abandonó el proyecto maximalista de recuperar toda Palestina y aceptó la partición del territorio: se puso como objetivo crear un Estado palestino en Cisjordania y Gaza con capital en Jerusalén Este, siempre que pudieran retornar los refugiados tal como establecía la resolución 194 de la AGNU (1948), asumió que una parte de la población palestina quedaría fuera del proyecto estatal: los palestinos que vivían en el interior de Israel (y en su caso los refugiados que pudieran retornar a sus lugares de origen). Esta “exclusión” de los palestinos en Israel del proyecto estatal nacional reforzó su no inclusión (o su inclusión marginal) en la OLP: no estuvieron orgánicamente representados en las instancias de la organización, pero siempre existieron lazos con ellos: se integraron algunas personalidades y activistas del interior de Israel, se hizo suya la cultura de la resistencia generada por intelectuales palestinos (Mahmud Darwish, Tawfiq Zayyad, Samih al-Qasem, Emile Habibi, etc), se les utilizó en ciertas ocasiones, etc. Al aceptar la partición del territorio (rechazada en 1947), con lo que conllevaba en materia de minorías en cada estado (la resolución 181 contemplaba la existencia de minoría en los dos Estados, a las que debían respetarse sus derechos), la OLP aceptó que una parte del pueblo quedase en Israel.

Esta población interiorizó esa doble exclusión: del proyecto estatal nacional palestino y del proyecto estatal israelí. En cuanto a esta última asumieron que su condición de ciudadanos parciales en Israel estaba ligada al conflicto, y por ello desde mediados de los 70’ articularon un discurso político que asociaba la paz y la igualdad (salam ua mosawa), pues consiguiendo la paz, alcanzarían la igualdad en el seno del Estado.

En la escena israelo-palestina, la década de los setenta y ochenta se caracterizó por el enfrentamiento violento y diplomático. Las demandas palestinas, a pesar de su esfuerzo de realismo pragmático y de moderación, chocaron con la intransigencia israelí (entre 1977 y 1992 se sucedieron gobiernos conservadores y de unidad nacional). Varios planes de resolución política del conflicto, auspiciados por actores externos, no progresaron. La propia OLP fue expulsada de Líbano en 1982 y tuvo que instalarse en Túnez. Esto provocó la emergencia de una contestación popular en los territorios autónomos, inicialmente autónoma de la OLP, y basada en los movimientos sociales, la llama primera Intifada. Esta iniciativa protagonizada por la población bajo ocupación, fue rápidamente asumida como propia por el MLN y logró un fuerte impacto mediático y político que tuvo un indudable efecto en el conflicto. Paralelamente, en el interior de Israel, la politización de la minoría palestino también dio una serie de pasos significativos: articuló un discurso propio, se organizaron los primeros partidos árabes en los 80’, etc, y se implicaron cada vez más en el conflicto. La singularidad del caso es que por falta de base territorial homogénea y contigua, por realizarse en un marco político liberal y por carecer de un Estado-nación de referencia (el Estado palestino que todavía no existe), las demandas políticas de la minoría se dirigen, no a la independencia o a la secesión, sino esencialmente a la plena ciudadanía, a la autonomía cultural y a su reconocimiento como minoría nacional; y junto a éstas, a exigir la realización de los derechos nacionales del resto de los palestinos, eso es el retorno de los refugiados y la desocupación y el autogobierno de los palestinos en Cisjordania y Gaza.

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