Albert Camus o la memoria colonial del imperio francés

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Camus, Sartre, los “paracas” franceses y la guerra sucia en Argelia: la otra versión del humanismo liberal.

En los tiempos conservadores que nos tocó vivir la moralina está de moda. Por eso el revival de Albert Camus, justo entre los justos. En el centenario de su nacimiento la inteligencia liberal, hegemónica y global, celebra al campeón de la humanidad. El hombre que, citando un profesor cualquiera, “alzaba su voz y recordaba a los sartreanos que el fin no justifica los medios”. Pasadas varias décadas la vieja pelea Camus-Sarte quedó resuelta. El libertario ganó al ortodoxo. Derrumbada la tiranía sartiana (camuflaje del perverso marxismo) Francia se rinde al autor de La caída y celebra por todo lo alto el legado del argelino. América Latina no se quedó rezagada.El colosal proyecto Albert Camus 2013 demuestra que los ídolos del status quo gozan de buena salud.

Como soy poco afecto a las vacas sagradas de Occidente, lo primero que se me pasa por la cabeza al mencionar a Camus es la frase que éste dijo tras recibir el Premio Nobel de Literatura en diciembre de 1957. “Si un día tengo que escoger entre la justicia y mi madre, escogeré a mi madre por encima de la justicia”. La famosa sentencia dejaba en claro sus lealtades políticas en el conflicto entre el imperio francés y el Frente de Liberación Nacional.

Pero en realidad la frase es más extensa. Y un punto más demagógica: “Siempre he condenado el terror y también debo condenar un terrorismo que opera a ciegas, en las calles de Argel, por ejemplo, y que un día puede golpear a mi madre y a mi familia. Creo en la justicia, pero voy a defender mi madre antes que a la justicia”.

¿Se refiere a la justicia de la causa argelina? Para nada. Pero siendo un malentendido merece una explicación.

Lo primero a recordar es que en la cúspide de su fama Camus no condenaba realmente la violencia en las calles. En especial cuando esta rabia callejera se dirigía al enemigo de Occidente, la archifamosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Cuando la invasión soviética de Hungría, un año antes del preciado Nobel, el moralista implacable mandó un emocionado mensaje a la resistencia armada celebrando “esa fuerza violenta y pura, que conduce a los hombres y a los pueblos a reclamar el honor de vivir verticalmente”. Rifles y granadas eran liberadoras contra los tanques rusos, pero se tornaban maléficas en Argel donde también se usaban contra edificios y soldados aunque fueran leales al gobernador general Jacques Soustelle.

El pensamiento binario, tan mal visto por la academia posmoderna, no era privilegio de la izquierda stalinista. Albert Camus tenía tan bien identificados a los enemigos de Occidente que no se preocupaba por encontrar una postura moral independiente. Eran tiempos de definición y no estaba el horno para bollos. Apoyó la rebelión húngara contra la URSS mientras aprobaba, tácitamente, la intervención franco-inglesa-israelí contra el gobierno egipcio de Nasser que meses antes había nacionalizado el canal de Suez.

El pecado argelino de Camus, o su falla moral ante la violencia de Francia en Argelia, ha sido objeto de estudio e indagación casi morbosa en el mundo intelectual. Que el hombre de las causas justas no estuviera al lado de los oprimidos en la virulenta guerra de Argelia genera algunas dudas. En el cuadro del santo laico es una mácula incómoda. Ejemplo de esta angustia se encuentran en todas partes, incluido ese texto de Fernando del Paso. ¿Pero fue la posición de Camus tan contradictoria como muchos argumentan?

Acorde a los parámetros apocalípticos de la guerra fría, Camus sentía que no había más que una elección:“Los defectos de Occidente son innumerables, sus crímenes y sus defectos reales. Pero a fin de cuentas, no nos olvidemos de que somos las únicas personas que tienen el poder de mejorar y enmanciparse, que que es donde reside el genio de la libertad” (Discurso en la Salle Wagram, 5 de marzo de 1957: Essais, p. 1783).

Un sermón típico que en varias presentaciones siguen repitiendo los intelectuales afines cada vez que EEUU siente que alguien amenaza sus intereses. Para Albert Camus, todo estaba claro: el mal habitaba tras la cortina de hierro y los soviéticos contaban con unos temibles aliados, igual de peligrosos; los movimientos anticolonialistas que en el tercer mundo desafiaban a las alicaídas potencias europeas. Quizás para Camus fue duro elegir. Pero una vez hechas la cuentas, todo debía sacrificarse en aras de la victoria. La elección moral del escritor fue la lealtad a su tribu, los pieds-noirs que algún día Francia debería abandonar, y a las potencias occidentales que garantizaban sus libertades.

Por tanto, y en coherencia con su compromiso, “el hombre justo sin justicia” (Beauvoir dixit) tomó partido. Usó su aureola de santidad intelectual en el teatro de la guerra fría para dar legitimidad moral al bloque anticomunista pero en el expediente argelino sus posicionamientos aún fueron más claros. Al decir del ensayista irlandés Conor Cruise O’Brien “la defensa de su madre requería el apoyo al ejército de Francia para la pacificación de Argelia”.

Clara y contundente definición que tuvo, como consecuencia, la reivindicación de la línea dura en el avispero argelino, pues el eufemismo de la pacificación pasaba por la destrucción a cualquier costo de los insurgentes argelinos; torturas, ejecuciones sumarias y redadas masivas. El manual de la guerra sucia que luego aplicarían en América del Sur las dictaduras asociadas a la Operación Cóndor. Sigamos, de nuevo, a O’Brien:

Deja claro (Camus) que rechaza esta independencia, y por tanto toda negociación. El rechazo de la negociación es fundamental y necesariamente implica el apoyo al contenido, tanto de métodos precisos como de la la política de pacificación del Gobierno francés. Las fórmulas políticas reales propuestas por Camus en 1958 tienen que situarse a la luz de estos elementos: son las fórmulas frecuentemente sondeadas y preparadas por los gobiernos franceses en este periodo, diseñadas para ayudar al proceso de pacificación a través del aislamiento del FLN, fórmulas ejecutables, en todo caso, sólo después de la supresión del FLN. Así, el régimen de “libre asociación” que previó necesitaba una victoria militar francesa sobre los insurgentes. Después de de lo cual aspiraba a la extensión de los derechos democráticos a la población árabe, pero los resultados de este proceso democrático podrían ser revocados por Francia.

Una autonomía a modo sobre el camposanto argelino. Esta era la hoja de ruta de Albert Camus para el 90 % de la población: Tragar y acatar el orden imperial. Y aunque Cruise O’brien termina su corto ensayo con un abierto elogio a la terrible coherencia del Premio Nobel, mejor dejar que resuenen las palabras del cruzado: “Yo no puedo aprobar una política de dimisión que dejaría al pueblo árabe en una mayor miseria, arrancaría de sus raíces seculares al pueblo francés de Argelia y favorecería, sin provecho para nadie, el nuevo imperialismo que amenaza la libertad de Francia y Occidente”.

Es un fragmento del prólogo a un libro que se puede bajar de internet: Actuelles, III: Chroniques algériennes, 1939-1958. La cita de Camus deja en claro que sus silencios no fueron tales. Expresó sin tapujos lo que pensaba y tomo su puesto en las trincheras de Argel. Junto a Jacques Massu y los comandos especiales de la OAS. El por qué de este compromiso queda claro. Un pied noir jamás abandonaría a los suyos.

El orden colonial y Camus

No fue Albert Camus un privilegiado entre las élites pieds-noirs que dominaban Argelia desde finales del siglo XIX. Tampoco fue un excluido.Cuando su maestro del lycée Jean Grenier le dijo, en vísperas del derrumbe, que el destino de Francia era abandonar Argelia, Camus le respondió horrorizado: “No puedo, porque Francia no podía estar de acuerdo en lanzar un millón doscientos mil franceses al mar.” Lo cuenta otra descendiente de pieds-noirs, la escritora Claire Messud, en The New Yorker Review of Books.

Camus fue Camus gracias a aquella Francia imperial. Siendo pobre y huérfano de padre, tuvo acceso a la educación preparatoriana así como a las becas y ayudas que lo salvaron de la pobreza para darle un carrera profesional en la metrópolis.Por ello Albert Camus tenía su propia deuda con la III República. Hasta su accidental muerte en 1960, buscó un imperialismo humanitario que sostuviera el status quo de los colonizadores para lo cual pensó, a la fuerza y en el último round, habría que otorgar la ciudadanía francesa a los nativos de Argelia.

Su crítica a la violencia de los insurgentes cercenó, en todo momento, la realidad de las cifras: 150.000 argelinos fueron asesinados por las fuerzas francesas, mientras que solo 2.700 ciudadanos franceses fueron ultimados por el Frente de Liberación Nacional y su ala militar, el Ejército de Liberación Nacional. Pero como era sabido incluso por él en toda guerra la primera y más necesaria víctima es la verdad.

La indignación de Camus terminaba allá donde empezaba la defensa del orden colonial de los los pieds-noirs de Algeria. Todo hijo de extranjero nacido en suelo argelino tenía derecho automático a la nacionalidad francesa, privilegio del que estaban excluidos los naturales de la región. Esta comunidad de diferentes protegidos por el poder de las armas se sintió, llegada la guerra, con absoluto derecho a exterminar a los colonizados que luchaban por liberarse de una casta que ocupaba el poder en nombre de Francia.

Sólidas razones para que la conciencia de Albert Camus, este fanático del hecho moral desprovisto de excusas ideológicas, se despojara de prejuicios. Cuando otros tres premios Nobel de literatura -André Malraux, Roger Martin du Gard y François Mauriac- firmaron un llamamiento al presidente de la República exigiendo el fin de la tortura en Argelia él se negó a firmar. Sabemos el por qué y Camus nunca escondió su pensamiento. De eso se encargaron los camusianos.

Para desconsuelo del moralistas -santificadores de Camus contra el soviétizante Sartre- el terror era una necesidad histórica para aquel miserable elevado a clerc gracias al imperio francés.

Claro que aquí no acaba la paradójica historia del pleito Camus-Sartre.

Hermanados por Israel

Camus no vivió para ver la pérdida de su paraíso colonial pero ni sus mejores promotores han podido limpiar su expediente argelino. Su examigo Jean Paul Sartre, en cambio, tomó el partido de los colonizados en Argelia y en lo más cruento de la guerra eso no fue nada fácil. Fue una tarea honorable que pocos recuerdan hoy. Pero hay algo curioso en aquella lucha de ideas. Nunca observó Sartre la relación entre aquellos colonos-tiranos y el aliado natural de los pieds-noirs: el estado de Israel. Ante el sionismo, el fundador de Temps Moderns se portó como un fiel compañero de viaje.

Una actitud compartida en la Rive Gauche, tal cual resumía Andrew Ryder:

Entre 1947 y1967 los intelectuales franceses tendían a ver a Israel como un baluarte esencial contra el mundo anti-semitíco. Horrorizados por la Shoah, figuras tan dispares como Jean-Paul Sartre, Marguerite Duras y Michel Foucault defendieron los postulados israelíes. A pesar de su fidelidad a la izquierda, e incluso de la dura experiencia de la guerra de Argelia, la comunidad intelectual francesa era decididamente pro-sionista durante de la década de 1960.

Solo “la nueva supremacía militar de Israel, marcado por la Guerra de los Seis Días, y la consiguiente aceleración de la desposesión del pueblo palestino” resquebrajaron este frente cultural. Pese a las fisuras de este bloque, poco ha cambiado desde entonces en el panorama cultural francés. Sión es tema intocable.

Las comparaciones nunca son ociosas aunque sean bien odiosas. No resulta nada complicado entender que el sionismo necesitaba, para su existencia en tierra palestina, una colonia sin colonizados. Solo la limpieza étnica de la población local podía asegurar el futuro del naciente estado de Israel. El caso argelino les daría la razón en la década de 1950. Los pieds-noirs que se quedaron con las tierras, los cargos y el control del territorio argelino tuvieron siempre su talón de aquiles en la demografía. Eran demasiado pocos antes una mayoría árabe o bereber.

Nunca fueron más del 10 % de la población total. Y apenas un millón de europeos no pueden dominar ad eternum un país hostil. Como recordaba el historiador israelí Benny Morris en una entrevista de 2004, “Ben-Gurión (…) comprendió que no podía haber estado judío con una minoría árabe grande y hostil en su seno” Algo que propio historiador acepta como verdad revelada: “Sin el desarraigo de los palestinos, no habría surgido aquí un estado judío”.

El crimen fundacional es la ultima ratio. Al Nackba, o la limpieza étnica, fue el inapelable argumento que dio nacimiento al estado sionista. Se fueron los palestinos a los ghettos de Gaza y Cisjordania o partieron al exilio. De esa forma, los colonizadores salvaron la trampa argeliana. La mayoría demográfica se torció en favor de los victimarios. Los naturales se fueron, los europeos se quedaron.

Jean Paul Sartre, faro intelectual de la izquierda mundial entre 1945 y 1980, levantó su voz ante las guerras de Algeria y Vietnam pero como recordaba el ejecutor intelectual de la cruzada contra Libia, Bernard-Henry Lévy, “el expediente de Sartre sobre Israel fue perfecto: nunca se desvió y siguió siendo un partidario total del estado judío”.

Nunca hizo Sarte el menor esfuerzo para conectar un prcoeso colonial con el otro. En cambio, algo me dice que el pied-noir Albert Camus si comprendió el vínculo fundamental entre la cuestión de Argelia y la supervivencia de Israel. En un famoso discurso, recitado el 22 de enero de 1958, arremetió contra aquello que “quieren destruir el estado de Israel en nombre del anticolonialismo”. ¿No sería este mismo anticolonialismo el que acabaría por mandar a los pieds-noirs de vuelta a Europa?.

Más elementos combinan. Camus conocía bien la judería argelina, perfectamente integrada al mundo de los colonizadores. Habían roto sus lazos con la comunidad oprimida por una razón simple y funcional que recuerda Wikipedia: “Los judíos habían acogido calurosamente a los franceses en 1830 y se les fue otorgado en bloque el estatuto de ciudadanos franceses en 1870 (decreto Crémieux). Los judíos adoptaron desde entonces masivamente la cultura y la lengua francesas”. El vínculo entre Francia e Israel quedó expuesto, justamente, en tiempos de guerra colonial.La susodicha intervención conjunta contra el Egipto de Nasser que terminó en completo fracaso. Pero Sartre no quiso analizar los vínculos sagrados. Los tabués heredados de la II Guerra Mundial le impidieron correlacionar las cosas. Algo de eso contó Edward Said en un memorable retrato de la decadencia sartiana, rodeado de una guardia pretoriana fiel, ante todo, al estado de Israel.

En este siglo conservador, decía yo al principio, Camus vuelve porque el colonialismo occidental nunca se fue del todo y el moralismo de la guerra fría ha vuelto en forma de intervención humanitaria y responsabilidad-de-proteger. Las ruinas de Libia atestiguan la victoria de los moralistas y el colapso de la izquierda europea.

Lo hecho hecho está. Y solo queda constatar que la victoria cultural de Estados Unidos en la guerra fría se prolonga incluso con la beatificación mundial de sus santos. De Georges Orwell a Hannah Arendt, pasando por el indispensable Camus, la obra de propaganda del Congreso por la Libertad de la Cultura resuena, tan implacable y exitoso, como aquel Concilio de Trento que auspiciara la Contrareforma en el siglo XVI. 70 años después los cruzados del anticomunismo gozan de cabal salud.

Lástima de sus efectos colaterales. Persistentes y asfixiantes. Para empeorar la ecuación, la devoción sionista de la Rive Gauche sigue pesando como una extenuante losa en los códigos culturales de la izquierda latinoamericana, mimética seguidora de una Francia eterna que nunca dejó de asesinar bárbaros y defender a los colonos de Occidentes,allá donde se encuentren.

Perdieron Argelia pero no dejarán que se pierda Israel. Y en esa cerrada defensa de la última colonia de Occidente estaban de acuerdo Camus y Sartre. Sorpresas te da la vida, que decía Pedro Navajas ….

 Por Oriol Malló

Con información de : La Jornada de Oriente

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