Escribir en andaluz

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«El lenguaje andaluz tiene sonidos los cuales no pueden ser expresados en letras castellanas.Tal vez hoy alguien se ocupe en la tarea de reconstruir un alfabeto andaluz».

Las palabras de Blas Infante golpeaban las conciencias de los nacionalistas andaluces que se propusieron en 1990 seguir las teorías del Padre de la Patria Andaluza. Hubiera sido más fácil de haber contado con la aquiescencia de las autoridades, la colaboración de las universidades y el trabajo de los intelectuales andaluces, pero tanto unos como otros, instalados en «la verdad», desprecian ocuparse del andaluz manteniéndonos adormecidos con un alienamiento cultural que nos impide evolucionar y provoca un complejo de inferioridad que no tiene razón de ser. Esa realidad, (con sus justas y reconocidas excepciones) que ya Blas Infante constató en su tiempo, obliga a que ahora, al igual que entonces, sean personas ajenas a la cultura oficial y a las disciplinas univer-sitarias las que asuman la tarea de investigar nuestra identidad.

En primer lugar constatamos y comprobamos que «el lenguaje andaluz tiene sonidos los cuales no pueden ser expresados en letras castellanas». Entonces, intentamos algo muy simple: poner por escrito lo que hablan las andaluzas y los andaluces. Pero la literatura oficial se nos echa encima y lo más suave que nos llaman es imbéciles. ¿Dejamos nuestro trabajo para evitar que nos insulten? ¿Acaso no estamos haciendo lo mismo que hicieron los monjes en el monasterio de San Millán de la Cogolla o el párroco que en el pueblo catalán de Alt Urgell se preocupó de poner por escrito sus sermones? ¿Por qué si alguien en el siglo X o en el siglo XII escribe tal como oye hablar a sus conciudadanos es el padre de una lengua y si lo hacemos en el siglo XX somos unos locos?

Una modalidad lingüística, lengua o dialecto, puede tener o no tener una ortografía propia, ser o no ser oficial en un territorio, poseer o no poseer una literatura, pero una u otra cosa no la hace ser menos lengua. Sin embargo, no es éste el caso de la Modalidad Lingüística Andaluza, que, aunque no esté reconocida oficialmente, posee una ortografía, gramática y literatura propias.

Detrás del empleo de términos como dialecto o hablas, muchas veces sólo encontramos prejuicios ideológicos y nacionales, que nada tienen que ver con la lingüística. Todo dialecto es una lengua en sí, con unas reglas y formas propias. Lenguas como el francés, el italiano, el inglés o el alemán fueron en sus inicios dialectos del latín o de las lenguas germánicas antiguas. El propio castellano, en sus comienzos, no fue otra cosa que un dialecto latino, sin ortografía, gramática ni literatura propia, sujeto al dominio lingüístico del leonés. ¿Qué hubieran dicho del pobre cura de San Millán de la Cogolla si por aquellas fechas hubiera existido la Real Academia de la Lengua Latina?.

 Si, como dicen los expertos, el rasgo principal de una lengua es su «sistema vocálico», el andaluz es una lengua en todos los sentidos. Sus diez vocales son un caso único dentro de las lenguas romances, herencia directa del latín clásico. El hecho de que el andaluz sea un dialecto muy próximo al portugués, castellano o aragonés, no le hace un dialecto de ellos. Pero, sin embargo, todos ellos comparten un sinfín de elementos, formando junto al gallego, asturiano, etc, lo que se ha llamado Grupo Iberoromance.

Este libro es un trabajo realizado a partir de diversas reflexiones y artículos efectuados por: Paco Albadulí, Libero Ubeya, Miguel Moya Guirao, Xosse Alkassa,Yual Alon,Huan Porrah, Antonio Jesús Torres. Y adaptados por: Tomás Gutier

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