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Escribir en andaluz

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«El lenguaje andaluz tiene sonidos los cuales no pueden ser expresados en letras castellanas.Tal vez hoy alguien se ocupe en la tarea de reconstruir un alfabeto andaluz».

Las palabras de Blas Infante golpeaban las conciencias de los nacionalistas andaluces que se propusieron en 1990 seguir las teorías del Padre de la Patria Andaluza. Hubiera sido más fácil de haber contado con la aquiescencia de las autoridades, la colaboración de las universidades y el trabajo de los intelectuales andaluces, pero tanto unos como otros, instalados en «la verdad», desprecian ocuparse del andaluz manteniéndonos adormecidos con un alienamiento cultural que nos impide evolucionar y provoca un complejo de inferioridad que no tiene razón de ser. Esa realidad, (con sus justas y reconocidas excepciones) que ya Blas Infante constató en su tiempo, obliga a que ahora, al igual que entonces, sean personas ajenas a la cultura oficial y a las disciplinas univer-sitarias las que asuman la tarea de investigar nuestra identidad.

En primer lugar constatamos y comprobamos que «el lenguaje andaluz tiene sonidos los cuales no pueden ser expresados en letras castellanas». Entonces, intentamos algo muy simple: poner por escrito lo que hablan las andaluzas y los andaluces. Pero la literatura oficial se nos echa encima y lo más suave que nos llaman es imbéciles. ¿Dejamos nuestro trabajo para evitar que nos insulten? ¿Acaso no estamos haciendo lo mismo que hicieron los monjes en el monasterio de San Millán de la Cogolla o el párroco que en el pueblo catalán de Alt Urgell se preocupó de poner por escrito sus sermones? ¿Por qué si alguien en el siglo X o en el siglo XII escribe tal como oye hablar a sus conciudadanos es el padre de una lengua y si lo hacemos en el siglo XX somos unos locos?

Una modalidad lingüística, lengua o dialecto, puede tener o no tener una ortografía propia, ser o no ser oficial en un territorio, poseer o no poseer una literatura, pero una u otra cosa no la hace ser menos lengua. Sin embargo, no es éste el caso de la Modalidad Lingüística Andaluza, que, aunque no esté reconocida oficialmente, posee una ortografía, gramática y literatura propias.

Detrás del empleo de términos como dialecto o hablas, muchas veces sólo encontramos prejuicios ideológicos y nacionales, que nada tienen que ver con la lingüística. Todo dialecto es una lengua en sí, con unas reglas y formas propias. Lenguas como el francés, el italiano, el inglés o el alemán fueron en sus inicios dialectos del latín o de las lenguas germánicas antiguas. El propio castellano, en sus comienzos, no fue otra cosa que un dialecto latino, sin ortografía, gramática ni literatura propia, sujeto al dominio lingüístico del leonés. ¿Qué hubieran dicho del pobre cura de San Millán de la Cogolla si por aquellas fechas hubiera existido la Real Academia de la Lengua Latina?.

 Si, como dicen los expertos, el rasgo principal de una lengua es su «sistema vocálico», el andaluz es una lengua en todos los sentidos. Sus diez vocales son un caso único dentro de las lenguas romances, herencia directa del latín clásico. El hecho de que el andaluz sea un dialecto muy próximo al portugués, castellano o aragonés, no le hace un dialecto de ellos. Pero, sin embargo, todos ellos comparten un sinfín de elementos, formando junto al gallego, asturiano, etc, lo que se ha llamado Grupo Iberoromance.

Este libro es un trabajo realizado a partir de diversas reflexiones y artículos efectuados por: Paco Albadulí, Libero Ubeya, Miguel Moya Guirao, Xosse Alkassa,Yual Alon,Huan Porrah, Antonio Jesús Torres. Y adaptados por: Tomás Gutier

©2013-paginasarabes®

En defensa de la lengua andaluza

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En defensa de la lengua andaluza

La situación actual de la lengua andaluza no es sino el reflejo del momento en que se encuentra la cultura andaluza en general: represión, menosprecio, marginación, manipulación. La peor de las represiones que puede sufrir una lengua es su ridiculización y eso es, precisamente, lo que ha sucedido con la peculiar forma de hablar que tienen los andaluces y las andaluzas. Los medios de comunicación ya nos han acostumbrado a identificar a quien habla en andaluz como una persona de baja instrucción académica o un “gracioso”. Es muy normal considerar al andaluz, sobre todo en círculos universitarios, como un castellano mal hablado. Sin ir más lejos, en el número 1 de “Sociolingüística Andaluza” -revista de la Universidad de Sevilla- se dan instrucciones para que “el buen gusto” de los profesores de EGB seleccione y perfeccione en los niños andaluces su forma de hablar, corrigiendo las expresiones incorrectas que no sigan los cánones de la Real Academia de la Lengua Española. Según su autor, el vasco Vidal Lamiquiz, conocido entre sus colegas como “el maestro”, “este perfeccionamiento del habla sería objeto de la estrategia pedagógica de la primera etapa de EGB”.

Si lo que se pretende es que el alumno aprenda el idioma castellano, es normal que se den esas instrucciones. Pero el joven tiene un problema: en la calle escucha como a su alrededor se habla de otra manera y nada le dicen de esa otra forma de hablar. Nadie le informa de que eso se llama andaluz, es algo diferente al castellano y, por hablarlo, no se pierde la dignidad. En la estrategia de anulación de la identidad de un pueblo, elandaluz se ignora y se ridiculiza. Como mucho, según nos dice el propio Vidal Lamiquiz, cabe aceptar una forma culta de hablar andaluz que “mantiene su propio acento entonativo, un recatado seseo fonético, una suave aspiración y la expresión salpicada de vivas imágenes y logrado colorido. Es, en suma, la lengua hablada de los hablantes cultos andaluces y es también la lengua de los escritores andaluces”. Es decir, se admite una nota “de color”, que hasta queda bien. Todo lo que se salga de ahí, son arcaismos, vulgarismos o “tartajear”, como señala Rafael Lapesa en su obra “Sobre el ceceo y el seseo de los andaluces”: “…cecear existía desde el siglo XIII y tenía, además, la acepcion de tartajear”.

Cuando un andaluz intenta imitar el habla de los castellanos, suele hacer el mayor de los ridículos. Esta actitud provoca la indignación de los andaluces sensatos, pero hay que ser comprensivos, es mucha la presión que se recibe. Veamos un ejemplo: en televisión aparece un señor que constantemente repite la misma cantinela en andaluz: “po sí”. Al oir estas dos palabras, todo el estudio, incluidos presentadores e invitados prorrumpen en grandes risas y sonoras carcajadas, como si hubieran escuchado el mejor de los chistes. Ahora, alguien nos hace una pregunta y tenemos que contestar con la misma frase que el “personaje” de la tele. ¿Qué hacer? Si hablamos en andaluz podemos provocar igual hilaridad ¿Seremos el hazmerreir de nuestro interlocutor? No sabemos qué responder… dudamos… al fin se nos ilumina el semblante, y con una sonrisa de satisfacción contestamos: “puess sis”.

Cuando los actuales medios de comunicación ridiculizan el andaluz, no hacen nada nuevo. Todo esto viene de muy atrás. Por ejemplo, el 23 de noviembre de 1925 se celebró en Andalucía “la cruzada del bien hablar”.

La imposición del castellano y la represión del andaluz que se ha llevado durante siglos a través de la escuela, ha calado tan hondo en el subconsciente de los andaluces que, sin querer, de manera automática, se tiende a “pronunciar bien” cuando se habla en público. Pero confundimos pronunciar bien – o sea vocalizar, empleando las palabras en sus justas acepciones, con coherencia y riqueza de vocabulario – con pronunciar imitando el acento de los habitantes de Valladolid. En este aspecto, los discursos de los políticos andaluces suelen causar vergüenza ajena, si en Andalucía hay una tremenda falta de identidad, en nuestros políticos, sean del matiz que sean, este déficit raya en el esperpento.

Sin embargo, las personas que apenas han pasado por el filtro castellano de la escuela son las que conservan el andaluz más vivo, precisamente por haber padecido menos “las correcciones” del colegio. En este sentido, es fácil constatar cómo las personas que se han instruido en lenguas diferentes del castellano (los habitantes de Gibraltar o los hijos de emigrantes andaluces que han recibido su educación en otro idioma) y su lengua familiar es el andaluz, son las que conservan un andaluz más auténtico, y no son precisamente analfabetas.

En Andalucía se da un claro “bilingüismo de tipo diglósico”, caracterizado por hablar la mayoría de la población cotidianamente en andaluz y, a su vez, hablar en castellano los estamentos oficiales, los medios de comunicación y la enseñanza.

La diglosia andaluza es del tipo llamado “ortográfico”, es decir, la población habla en una lengua (andaluz) mientras recibe su educación y escribe en otra (castellano). Esta situación ocasiona cantidad de problemas lingüísticos, dificultando el proceso de aprendizaje escolar, lo que produce una baja calidad educativa, crea un fuerte complejo de inferioridad y hace que más de la mitad de los escolares andaluces terminen con un incorrecto dominio de la escritura.

Pero, a su vez, ayuda a mantener una situación de claro colonialismo político, económico y cultural, por lo que desde el poder político nunca ha existido voluntad alguna de cambiar la actual situación sociolingüística de Andalucía. La escuela (la enseñanza en general) y los medios de comunicación, son empleados por ese poder colonial para borrar y destruir las señas de identidad del pueblo colonizado. En la escuela andaluza se enseña la lengua y la historia de Castilla, por lo tanto se recibe una visión sesgada y empobrecida de la historia y cultura de España.

El bilingüismo andaluz se caracteriza por:

– Las clases medias urbanas (mayoritarias en Andalucía) son bilingües. Hablan en andaluz, empleando el castellano en su forma escrita como lengua culta y literaria.

– La alta burguesía andaluza se expresa en castella no, tanto en forma oral como escrita,

empleando esta lengua como un rasgo de distinción social.

– Los agricultores, ganaderos, campesinos y, en general, quienes viven en los pueblos de Andalucía, son, en gran parte, monolingües. El ciclo agrario andaluz hace que la escolarización sea muy precaria y el dominio de la escritura (y por tanto del castellano) muy rudimentario.

Los lingüistas se basan en unas premisas históricas falsas para negar a Andalucía el derecho a su propia lengua. La historiografía oficial, simplificando la historia, ha decretado que con la conquista de Castilla, desaparece en Andalucía todo el sustratocultural anterior, naciendo una nueva Andalucía como apéndice de Castilla -”novísima Castilla”, la han llegado a calificar algunos-. Sin embargo, cuando las premisas son falsas, se cae en la contradicción. Los mismos que defienden que con la conquista y repoblación de Andalucía nace una “Andalucía nueva, distinta de la hasta entonces existente y radicalmente transformada en sus estructuras básicas demográficas…” (Manuel González Jiménez, En torno a los orígenes de Andalucía: la repoblación del siglo XIII, Universidad de Sevilla), reconocen la escasa fiabilidad de las fuentes: “…en algunos casos, del repartimiento sólo han llegado hasta nosotros simples nóminas o listas de pobladores, casi todas ellas de escasa fiabilidad” (pág24), “Nunca llegaremos a conocer, ni siquiera de forma aproximada, el número de las personas que acudieron a establecerse en Andalucía a raíz de su conquista en el siglo XIII” (pág.45). Incluso se reconoce el fracaso de la repoblación oficial a la que aluden las crónicas tendenciosas de la época: “Es evidente que puede hablarse de un cierto fracaso, todo lo relativo que se quiera, pero fracaso al fin, de la repoblación “oficial” realizada en tiempos de Fernando III y de Alfonso X” (pág.156).

La historiografía oficial pasa por alto la existencia de una lengua romance en Andalucía, la lengua que hablaban todos los andaluces. Conscientemente nos identifican el habla castellana con un mensaje cristiano, haciendo una clara diferenciación, “reconquistador”: culto y cristiano, andalusí: pagano e inculto Se olvidan los historiadores que la conquista de Andalucía la efectúa Fernando III contra los restos del imperio Almohade, que para los andaluces eran tan invasores como los castellanos, y que muchos andaluces luchan junto a Fernando III contra los Almohades. Se olvidan también del sustrato bético de la civilización de al-Ándalus, que se manifiesta en muchos aspectos de la vida y que son los mismos que perviven bajo la dominación castellana. Tampoco se puede afirmar científica y c ategóricamente, como hace la historiografía oficial, que la población del Valle del Guadalquivir fuera expulsada – ¿hacia dónde?- y luego repoblada por gentes del nor te. Estas afirmaciones están basadas en ciertas crónicas que no resisten el mínimo análisis científico. Además, está demostrado que Castilla siempre careció de un excedente de población para colonizar, primero al-Ándalus y América después.

En las escuelas, institutos y universidades se enseña a considerar las definiciones y conceptos casi como verdades absolutas e inmutables al paso del tiempo; pero las definiciones absolutas sólo se suelen dar en matemáticas, física o química, y con bastantes excepciones. No ocurre así en las ciencias llamadas “humanas”, donde las definiciones se deben considerar como funcionales, es decir, nos tienen que ayudar aproximadamente a explicar un hecho. Esto sucede con la definición de idioma, donde además, y forzosamente, entran en juego lo histórico, y sobre todo, lo político.

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Blas Infante y la lengua andaluza

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Cuando el 11 de agosto de 1936 se asesina al Padre de la Patria Andaluza, se intenta acabar con un referente de identidad y la posibilidad de organizar a un pueblo en torno a sus intereses, su bandera, su nación y sus formas particulares de expresarse, incluida su lengua.

Blas Infante, en defensa de una identidad andaluza, tuvo que partir prácticamente de cero. Lo poco que hasta la fecha se había trabajado en defensa de lo andaluz y lo disperso de lo editado, hacía imposible un conocimiento popular del tema. Parecía, más bien, que la influencia del poder para absorber de nuestra cultura todo lo absorbible, adulterando y ridiculizando el resto, había posibilitado, como recoge en su “Historia de las Hablas Andaluzas”, J.A. Frago Gracia, que desde la Edad Media algunos personajes despreciaran la forma de hablar del andaluz, desprecio que incluso alcanzaba a Antonio de Nebrija, autor de la primera Gramática ¿Castellana?, al que se acusaba de ser “demasiado andaluz”. Su coetáneo Juan Valdés nos dejó escrito: “Ya tornáies a vuestro Librixa. ¿No os tengo dicho que, como aquel hombre no era castellano, sino andaluz, hablava y escrivía como en el Andaluzía y no como en Castilla?…¿Vos no veis que aunque Librixa era muy docto en la lengua latina, que esto nadie se lo puede quitar, alfin no se puede negar que era andaluz, y no castellano y que escrivió aquel su vocabulario con tan poco cuidado que parece averlo escrito por burla?… En la declaración que haze de los vocablos castellanos en los latinos, se engaña tantas vezes que sois forçado a creer una de dos cosas, o que no entendía la verdadera significación del latín, y esta es la que yo menos creo, o que no alcançava la del castellano, y esta podría ser, porque él era de Andaluzía, donde la lengua no está muy pura”.

Pero este menosprecio hacia la forma de hablar de los andaluces no es algo nuevo. Rafael Lapesa en su Historia de la Lengua Española (Gredos, Madrid, 1980) recoge una anécdota referida al emperador andaluz Adriano y su peculiar forma de pronunciar el latín con un acento especial que llegó a provocar, durante un discurso ante el Senado Romano, la risa de los senadores. Si un hombre culto y con aspiraciones, como Adriano, conservaba en la Roma del siglo II peculiaridades fonéticas de su Bética natal, mucho más acentuadas estarían éstas entre las clases populares. Precisamente será el pueblo llano quien, en su hablar cotidiano, vaya alterando el latín dando lugar con el tiempo a una nueva lengua.

La estrategia nacionalista de reivindicar un único idioma para la “nación española” ha encontrado en Andalucía fieles aliados en una “intelectualidad” que, muy a menudo, abomina de todo lo que les huele a identidad andaluza diferenciada de la castellana. Si las personas “cultas”, piensa el pueblo, no quieren nada con el andaluz, probablemente llevarán razón y tengamos que cambiar nuestra “inculta” forma de hablar. Con lo que se consigue un doble objetivo: anular la identidad de un pueblo y que nos autodespreciemos. Se intenta crear un estereotipo de andaluz que no se autovalore y así, con nuevos contenidos “coloniales”, poder dominarle fácilmente.

La lengua andaluza, a la que todos los filólogos serios reconocen como de gran capacidad de arrastre -ahí está su influencia en Latinoamérica- y que conserva muchas claves de nuestro ser, la presentan como ejemplo de “no saber hablar”, cuando es una muestra de la resistencia que nuestro pueblo opone a la imposición que supuso la conquista castellana. Nos ocultan nuestra historia, nos impiden conocer nuestra forma de hablar.

En relación a todo esto, Blas Infante nos deja uno de sus textos más lúcidos: “No basta querer una cosa, es preciso estudiar el modo de conseguirla y saber cuál es la acción más eficaz para la liberación del pueblo andaluz. Yo sé que el camino es largo, lleno de incomprensión y dificultades; pero sabed que a cada hombre que le hagáis llegar a conocer la historia de Andalucía, la personalidad de sus gentes, la manera de ser y de entender la vida y la forma, sobre todo de expresarla y desarrollarla, será un piedra firme de ese edificio que entre todos los andaluces, sin política falsa, sino con actuación legítima del querer hacia el pueblo, tenemos que levantar límpiamente y hacerlo relucir, con los valores que son propios de nuestra cultura, para ejemplo de esta humanidad perdida, hoy, en el caos de su conformismo.

Será entonces, cuando todos los andaluces conozcan su verdadera historia y esencia, cuando logremos llegar a obtener el poder necesario para exigir el respeto a nuestra personalidad, tan diferente de aquella que tratan de imponernos y, en cierta forma, la han hecho asimilar a nuestro desgraciado pueblo, indefenso y perdido, entre ambiciones de todo tipo: económicas, políticas y hasta culturales, tratando de matar previamente la nuestra …”

A Blas Infante le preocupa profundamente la lengua andaluza, la estudia y habla de ella con conocimiento de causa. Aunque es un conocimiento imperfecto ya que en esa época aún no se habían descubierto las Jarchas, pero intuye que falta lógica en la doctrina oficial: “Las variantes sintácticas, prosódicas y sustantivas o de nombres del lenguaje andaluz le determinan como un organismo en evolución particularizante; como un dialectal rápidamente formado del castellano; no tan castellano como pudiera parecer, pues el romance se inició en Andalucía, como lo tiene demostrado en sus estudios, don Julián Ribera. A los andaluces les prohibieron los conquistadores hablar su lengua hasta en el recinto familiar y emplear su alfabeto. Pero el pueblo conquistado siguió usando de sus particulares sonidos articulizantes de los cuales no se les pudo despojar, porque para esto hubiera sido preciso suprimirle o injertarle la garganta y empezó, en seguida, a transformar el idioma del conquistador adaptándolo a sus condiciones diferentes fisiológicas y psíquicas. Tal vez, se encontrase un a prueba complementaria del nacimiento del romance en Andalucía en el hecho estudiado por el sabio patriarca de nuestra hermandad don Mario Méndez Bejarano, de ser, precisamente, la prosodia andaluza, la que se transmite al propagar dicho idioma a las regiones principalmente de ultramar”.

¡Qué cerca estaba don Blas! Qué claro tenía que conocer nuestra historia y asumir nuestra lengua ayudaría tremendamente a nuestro proceso de autoconsciencia. Empeñado en procurar para Andalucía “la restitución de la conciencia de su personalidad cultural, creadora de las más intensas culturas de Occidente”.

Blas Infante constata la dificultad que tienen los andaluces para trasladar por escrito lo que expresan en palabras. Quinientos años después de la conquista castellana y, en algunos casos, ochocientos, los pretendidos descendientes de la repoblación castellana tienen problemas para expresar lo que sienten en el idioma de sus supuestos ancestros.

Hay algo que no concuerda, las teorías oficiales se caen solas e Infante deja constancia de su perplejidad: “El lenguaje andaluz tiene sonidos los cuales no pueden ser expresados en letras castellanas. Al “alifato”, mejor que al español, hay necesidad de acudir para poder encontrar una más exacta representación gráfica de aquellos sonidos. Sus signos representativos hubieron los árabes de llevárselos con su alfabeto, dejándonos sin otros equivalentes en el alfabeto español. Tal vez hoy alguien se ocupe en la tarea de reconstruir un alfabeto andaluz. Pero mientras tanto, es preciso que nos vengamos a valer de los signos alfabéticos de Casti lla. En el diálogo del texto, siempre que usemos la h, se entenderá que ésta debe ser aspirada. La j indicará un sonido más fuerte que el de la h simplemente aspirada y mucho más suave que la j castellana. La r tiene en el lenguaje andaluz un sonido más suave que en el castellano, y la z un sonido intermedio entre z y s”.

En sus manuscritos nos deja una afirmación contundente: “Yo no he ganado todavía el premio que más me estimularía: el poder vivir en andaluz, percibir en andaluz, ser en andaluz, escribir en andaluz”.

Así se expresaba Blas Infante hace ochenta años. Ahora, reconocido oficialmente como el Padre de la Patria Andaluza y con nuestras autoridades aceptando, no les queda otro remedio, sus símbolos, himno y bandera, se encuentran con el problema de tener que ocultar una parte de la doctrina Infantiana. Si Blas Infante llevaba razón en sus teorías sobre “regionalismo”, “esencia de España”, “autonomía” y demás manipulaciones oficiales de sus escritos ¿Qué hacemos con sus trabajos sobre la lengua andaluza?. Con subvenciones callan a una y a unos. ¿Qué van a hacer cuando el pueblo andaluz, poco a poco, conozca “su verdadera historia y esencia”?

Estos, al igual que los de la carretera de Carmona el 11 de agosto de 1936, se equivocan. Blas Infante continúa vivo.

Este libro es un trabajo realizado a partir de diversas reflexiones y artículos efectuados por: Paco Albadulí, Libero Ubeya, Miguel Moya Guirao, Xosse Alkassa,Yual Alon,Huan Porrah, Antonio Jesús Torres. Y adaptados por: Tomás Gutier

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La lengua andaluza aljamiada

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A comienzos del año 2000 se celebraba en Granada un simposio titulado: “Habla andaluza, medios de comunicación social y aula”, cuando, en el tiempo destinado a preguntas de una ponencia titulada “El mapa lingüístico del Estado español versus legislación educativa”, impartida por el profesor de la Universidad de Huelva, Jerónimo de las Heras, se levantó una persona del público que, después de identificarse como profesor de lengua o algo parecido, arremetió contra todo lo que allí se había expuesto: “El andaluz no existe, es la forma, un tanto peculiar y folclórica, que tienen los habitantes del sur de España para expresarse en el idioma común: el castellano o español. Todo lo demás, nos aseguró, son inventos cuya única pretensión es entretener al personal sin basarse en ningún método serio de estudio, por lo que es preciso denunciar a los que intentan difundir en el aula algo que hace daño a los alumnos, es necesario marginarlos”.

Perdone señor, interrumpimos su soflama, ¿podría contestarnos a dos preguntas? Primera: Si el castellano empezó a propagarse aproximadamente en el siglo X y los romanos dejaron de ejercer su influencia sobre Andalucía en el siglo V ¿qué hablaron los andaluces durante esos quinientos años? Segunda: Si el castellano comenzó en un monasterio de San Millán de la Cogolla, población de La Rioja, lindando con las Vascongadas , una de las zonas menos romanizadas de la Península Ibérica ¿cómo es posible que los andaluces fueran tan torpes y no supieran desarrollar un idioma propio partiendo del latín, al igual que hicieron en otros territorios? -“Son ustedes unos incultos”, nos respondió, “deberían saber que en Andalucía se hablaba una lengua llamada mozárabe, que desapareció cuando la reconquista. Pero, si de la segunda pregunta intuyo que intentan colegir o pretenden insinuar, que el andaluz proviene de una lengua propia derivada del latín, que se trata de una lengua romance, ¡¡apaga y vámonos!! ¡¡apaga y vámonos!!” Nos gritaba encolerizado.

Perdone que volvamos a insistir, pero… ¿cómo va a convencer a estos incultos si apaga y se va?. Dialogue, señor, dialogue. Pero el filosofastro, supuesto experto en lingüística diacrónica no nos escuchaba, seguía gritando muy ofendido sin demostrarnos en qué basaba sus afirmaciones.

Esta anécdota es una muestra de la actitud que constantemente nos encontramos cuando intentamos dialogar sobre el andaluz: menosprecio. Creen que tienen la verdad (y a lo mejor resulta que la tienen) y los demás no merecemos ni siquiera el beneficio de la enseñanza. Ni intentan dialogar, ni conocer otro punto de vista, ni intercambiar experiencias, simplemente “apaga y vámonos”.


El simposio lo clausuró una conferencia del periodista, dicen que andaluz, Carlos Herrera, quien, en su más puro estilo de nadar entre dos aguas sin mojarse, aseguró que consideraba legítimo que los andaluces “pulieran” su acento, criticando a los “talibanes”que imponen modos de hablar, a la vez que defendía “el uso culto y sensato de la forma de hablar andaluza” apostando por la conservación de las expresiones “que no vienen en el diccionario pero que forman parte del costumbrismo (sic) en Andalucía”. Lo dicho, todo el mundo contento. Y ésta, no dudamos en agradecerlo, es una de las posiciones más suaves que se conoce entre los “entendidos consolidados”. Las demás son demoledoras, porque cuando un intelectual oficial opina sobre el andaluz, no opina, juzga.

Ya en 1963, Gregorio Salvador Caja, en su libro “La fonética andaluza y su propagación social y geográfica” (Ofines, Madrid, págs. 183-188) denunciaba los cambios fonéticos “vivos y virulentos”… “amenazantes, avanzando día a día, geográfica y socialmente”… de un dialecto “vivo y agresivo”. Podríamos pensar que nos alerta ante un cambio social que puede destruir nuestra civilización, pero no es así, se trata simplemente de la forma de expresarse que tiene un pueblo, habla del andaluz. Posteriormente, en el año 1997, precisamente en un Congreso del Habla Andaluza celebrado en Sevilla, el Sr. Salvador Caja, ya vicedirector de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), nos advertía: “Hablar de un dialecto andaluz es de imbéciles”. ¿Y quiénes somos nosotros, pobres andaluces imbéciles, para llevarle la contraria? Esta es la verdad oficial y si te atreves a contradecirla eres un andaluz, o sea, un inculto. De ahí, con perdón, el título de este libro: Sin ánimo de ofender. Sinceramente, queremos exponer otro punto de vista, pero que nadie se ofenda. Seguramente estaremos  equivocados en lo que vamos a escribir, el papel es muy sufrido y lo aguanta todo. Ya iremos aprendiendo y conociendo la verdad, pero mientras tanto, la ignorancia es muy osada, permítannos este libro donde expondremos nuestras erróneas conclusiones. Somos unos herejes, y lo reconocemos.

Al pueblo andaluz, le ofrecemos este trabajo para que tenga de su modalidad lingüística una visión diferente a la oficial. A usted, intelectual, filólogo, lingüista, lexicólogo, persona que lleva tantos años estudiando y conoce profundamente el tema, le pedimos nuestras más humildes disculpas. Cálmese en su justa ira y no se preocupe, seguramente este libro no lo leerá nadie

Nos hemos informado bien y sabemos que ya no existe la inquisición, por lo que, al menos, tenemos la tranquilidad de no acabar en la hoguera. No obstante, para calmar los ánimos de los más exaltados, con la idea de que nadie se moleste y para que se vea nuestro ánimo de no ofender a los intelectuales oficiales, comenzamos nuestro trabajo declarando con la mayor solemnidad que el andaluz ni es un idioma, ni una lengua, ni un dialecto, ni un habla, ni ná de ná … eppur si muove.

La lengua andaluza aljamiada

Según nos dice Anwar G.Chejne en “Historia de España musulmana” (Cátedra, pag.344) el término Aljamía o aljamiado es “una corrupción del árabe achamiyyah (extranjero) y, en general, la expresión árabe acham y su derivado achamiyyah se aplican a las gentes cuya ascendencia no es árabe”.

En términos lingüísticos la Aljamía es la lengua no árabe o romance que convivía como lengua familiar, con el árabe como lengua culta. Y, aunque los árabes llamaron Aljamía a las lenguas de todos los pueblos con los que históricamente tuvieron contacto (por lo que podría aplicarse el nombre también a otras lenguas de la península ibérica), la Aljamía, por antonomasia, es la lengua de Andalucía, pues solamente en ella tomó entidad y personalidad propia. Debido a que el proceso de arabización fue bastante lento “durante más de los dos siglos primeros de islamismo predomina la aljamía en la España musulmana” como señala Menéndez Pidal en “El idioma español en sus primeros tiempos” (Espasa-Calpe, VII edición, pág. 34), al término Aljamía también se le ha calificado de romance o latinado por ser una lengua derivada del latín y, en las referencias oficiales se le llama con el término mozárabe, identificando la Aljamía con el romance que hablaban los cristianos.

Paralelismo interesado y erróneo que esconde claros prejuicios ideológicos, étnicos y nacionales, pues se pretende reducir el empleo de la lengua de Aljamía a los cristianos andalusíes o mozárabes, término que designa a un grupo religioso, pero no lingüístico, pues la Aljamía era la lengua familiar tanto de cristianos, como de musulmanes o judíos. Debido a la anacronía del término mozárabe, la lingüista Rubiera Mata nos expondrá en diferentes trabajos que el nombre más apropiado para la Aljamía sería el de lengua romance de al-Ándalus, vocablo con el que la denominaremos más asiduamente en este trabajo.

Designar con la palabra mozárabe a la lengua hablada en al-Ándalus, no parece un error originado por el desconocimiento o la ignorancia, ya que está totalmente constatado que no existió una suplantación de la población de la Bética por los nuevos “invasores”. Menéndez Pidal, en la obra citada anteriormente, lo reconoce sin ambages “… los principales centros de población, como Sevilla, estaban llenos casi totalmente por los romanos-godos …”. Los árabes (0,5%) y bereberes (8,8%), ni aún en sus momentos de  mayor pujanza llegaron a representar el 10% de la población de al-Ándalus. Desde un punto de vista lingüístico, al-Ándalus fue un país totalmente latino (90% de su población), por lo que el empleo del término mozárabe pretende negar la latinidad de los andalusíes y la universalidad de la lengua aljamiada en Andalucía, para atribuir la exclusividad a la de Castilla. Pero la realidad es muy tozuda, hoy sabemos que esta lengua “vulgar” era empleada por todo el mundo, desde el campesino hasta el califa, en sus conversaciones familiares e informales (según las investigaciones de grandes especialistas en la historia de la lingüística hispánica como Menéndez Pidal, Lapesa, Sanchís Guarner, García Gómez o Samuel Stern) quedando el árabe como lengua culta y de rezos junto al latín o el hebreo. Por lo tanto, existía un perfecto bilingüismo (incluso trilingüismo) en la sociedad de al-Ándalus. Esta normalidad la podemos ver en uno de los libros más interesantes que nos muestra la sociedad de la época de los Omeyas “Historia de los Jueces de Córdoba” de Aljoxami, traducido por el arabista Julián Ribera (Aguilar, pag 502). En una de las anécdotas que nos cuenta Aljoxami se ve el perfecto bilingüismo de un musulmán tan ilustre como podía ser el juez principal de Córdoba “un día se presentó una mujer ante el juez y le dijo en romance… le contestó el juez en romance”. Por el contrario, en ese mismo libro vemos casos, aunque no muy comunes, entre la alta sociedad andalusí de religión musulmana, que no sabían hablar el árabe y sólo se expresaban en la lengua romance de al-Ándalus.


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