El Libro de Mirdad-Mikhail Naime

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Mikha’il Na’ima, 17 de octubre de 1889 -28 de febrero de 1988 en Líbano . Autor y poeta, fue miembro de la Liga de Escritores

 

De la Cuesta de pedernal

–Ahora, que has alimentado a tus cabras con el pan de un hombre hambriento, ¿no podrías alimentarlo a él con algo de su leche?

–La leche de mis cabras es veneno para los tontos, y no tendré a ninguna de mis cabras culpable de tomar siquiera la vida de un tonto.

–¿Pero en cuánto es que soy yo un tonto?

–En cuanto tomas siete pedazos de pan para el viaje de siete vidas.

–¿Debí de haber tomado siete mil, entonces?

–Ni siquiera uno.

–Ir desprovisto en un largo viaje. ¿Eso es lo que tú sugieres?

–El camino que no provea al caminante no es el camino por el cual andar.

–¿Me tendrías comiendo pedernal por pan y bebiendo mi propio sudor en vez de agua?

–Tu carne es comida suficiente y tu sangre es bebida suficiente. Ahí está el camino de todos modos.

–Tú me haces burla, cabrero, en demasía. Aunque no te regresaré tu burlonería. Quien sea que coma de mi pan, aunque me deje muerto de hambre, es de todos modos mi hermano. El día se está resbalando por la montaña y debo tomar camino. ¿No me dirías si estoy aún lejos de la cima?

–Estás muy cerca del Olvido.

***

Estaba atado de la lengua y no hice esfuerzo para hablar, aún menos para resistir. En vano llamé a mi voluntad. Parecía haberme abandonado. Tan totalmente impotente estaba en las manos de la vieja mujer, aunque pudiera golpearla a ella y a su hija afuera de la gruta si hubiera deseado. Pero ni siquiera podía desear, ni tenía la fuerza para golpear.

No contenta con el saco, la mujer prosiguió desnudándome más hasta que quedé totalmente desnudo. Conforme me desvestía le daba cada prenda a la damisela, quien se las ponía. La sombra de mi cuerpo desnudo aventado contra el muro de la gruta, junto con las andrajosas sombras de las dos mujeres, me llenó de espanto y repugnancia. Vi sin entender y me quedé sin habla cuando el habla era lo más urgente y la única arma y me dejó en mi estado desabrido. Al fin mi lengua se aflojó y dije:

–Si tú has perdido toda vergüenza, vieja mujer, yo no. Me avergüenza mi desnudez aun frente a una bruja desvergonzada como tú. Pero infinitamente más avergonzado estoy yo ante la inocencia de la damisela.

–Como ella viste tu vergüenza, tú viste su inocencia.

–¿Qué necesidad tiene una doncella de las ropas andrajosas de un hombre cansado y de uno que está perdido en las montañas en tal lugar, en tal noche?

–Tal vez para aligerar su carga. Tal vez para mantenerla caliente. Los dientes de la pobre chica están rechinando de frío.

–¿Pero cuando el frío haga a mis dientes chocar, con qué lo ahuyentaré? ¿No tienes misericordia en tu corazón? Mis ropas son mi única posesión en este mundo:

 

Menos posesión, menos poseído.

Más posesión, más poseído.

Más poseído, menos valorado.

Menos poseído, más valorado.

Déjanos ir, hijo mío.

 

Mientras tomaba la mano de la doncella y estaba a punto de irse, miles de preguntas que me hubiera gustado hacerle presionaban mi mente, pero sólo una llegó a la punta de mi lengua:

–¿Antes de que te vayas, anciana, no serías tan amable como para decirme qué tan lejos estoy de la cima?

–Estás al borde del Hoyo Negro.

***

Felices son los desbastonados,

No tropiezan.

Felices son los vagabundos,

Ellos están en casa.

Los que tropiezan, como nosotros,

Necesitan caminar con bastones.

Los atados-a-casa, como nosotros,

Deben tener un hogar.

El Guardián de El Libro

 

–Despierta, feliz extraño. Has alcanzado tu meta.

Muerto de sed y retorcido bajo los abrasadores rayos del sol, medio abrí mis ojos para encontrarme postrado en el piso y ver una figura negra de un hombre doblándose sobre mí y gentilmente humedeciendo mis labios con agua, y con igual gentileza lavando la san-gre de mis muchas heridas. Él era de un gran peso, corpulento, tosco de rasgos, peludo de barba y de cejas, de mirada profunda y aguda, y de una edad muy difícil de determinar. Su tacto además era suave y consolador. Con su ayuda logré sentarme y preguntar con una voz que apenas alcanzó mis propios oídos:

–¿En dónde estoy?

–En Pico Altar.

–¿Y la gruta?

–Detrás de ti.

–¿Y el Hoyo Negro?

–Enfrente de ti.

Grande fue mi sorpresa, efectivamente, cuando miré y en verdad encontré la gruta detrás de mí y el enorme abismo negro frente a mí. Estaba al borde de éste, y le pedí al hombre que me acompañara dentro de la gruta, lo cual hizo gustosamente.

–¿Quién me sacó del Hoyo?

–El que te haya guiado hacia la cima debió haberte sacado del Hoyo.

–¿Quién es él?

–El mismo él que ató mi lengua y me dejó encadenado a este Pico por ciento cincuenta años.

–¿Eres tú, entonces, el abad atado?

–Yo soy él.

–Pero tú hablas. Él es mudo.

–Tú has desenredado mi lengua.

–Él también rehuye la compañía de hombres. Tú no aparentas temerme del todo .

–Yo rehuyo a todos los hombres menos a ti.

–Tú nunca has visto mi cara antes. ¿Cómo puedes rehuir a todos los hombres menos a mí?

Mirdad se revela y habla sobre velos y sellos

Con siete sellos ha Mirdad sellado sus labios. Con siete velos ha Mirdad velado su cara, para que él pueda enseñarles, y al mundo, cuando estén maduros para la enseñanza, cómo desellar sus labios y desvelar sus ojos y así revelarse ustedes a ustedes mismos en la plenitud de la gloria que es suya.

Sus ojos están velados con demasiados velos. Cada cosa sobre la que miran no es sino un velo.

Sus labios están sellados con demasiados sellos. Cada palabra que emiten es sólo un sello.

Porque las cosas, cualquiera que sea su forma y tipo, son sólo velos y mantillas con que la Vida es enfajada y envelada. ¿Cómo pueden sus ojos, que son a su vez un velo y una mantilla, dirigise a algo más que mantillas y velos?

Y palabras, ¿no son ellas cosas selladas en letras y en sílabas? ¿Cómo puede su labio, que es a su vez un sello, dar pronunciamiento a algo más que un sello?

El ojo puede velar, pero no puede perforar los velos.

El labio puede sellar, pero no puede romper los sellos.

Demanden no más de cualquiera de los dos. Esa es su porción en la labor del cuerpo, y la ejecutan bien. Al tirar de sus velos y al fijar sellos ellos los llaman en voz alta para venir y buscar lo que está detrás de los velos, y forzar fuera lo que está debajo de los sellos.

***

Como es su Conciencia, por lo tanto, así es su Yo. Como es su Yo, así es su mundo. Si es claro y definitivo de significado, su mundo es claro y definitivo de significado, y entonces sus palabras nunca deberán ser un laberinto, ni deberán sus actos ser nidos de dolor. Si es vago e incierto, su mundo es vago e incierto, y entonces sus palabras son nada más que enredos, y entonces sus actos son tramadores de dolor.

Si es constante y duradero, su mundo es constante y duradero; entonces ustedes son más poderosos que el Tiempo y mucho más espaciosos que el Espacio. Si es pasajero e inconstante, su mundo será pasajero e inconstante, y entonces son ustedes una brizna de humo respirado ligeramente por el sol.

Si es uno, su mundo es uno, y entonces están ustedes en eterna paz con todos los huéspedes del cielo y los inquilinos de la Tierra. Si son muchos, su mundo es muchos, y entonces están ustedes en una interminable guerra con su mismo ser y toda criatura en el dominio inasequible de Dios.

Yo es el centro de su vida de donde radian las cosas que hacen el total de su mundo, y tras de lo cual ellas convergen. Si es estable, su mundo es estable; entonces ningún poder arriba, y ningún poder debajo puede hacerlos cambiar a la derecha o a la izquierda. Si es movedizo, su mundo es movedizo, y entonces son una indefensa hoja atrapada en un enojado remolino de viento.

¡Oh, miren! Su mundo es estable, para estar seguros, pero sólo en inestabilidad. Y cierto es su mundo, pero sólo en la incertidumbre. Y constante es su mundo, pero sólo en la inconsistencia. Y sencillo es su mundo, pero sólo en la insencillez.

El Hombre es un Dios en mantillas

 

El Hombre es un Dios en mantillas. El tiempo es una mantilla. El espacio es una mantilla. La piel es una mantilla, al igual que todos los sentidos y cosas perceptibles con ellos. La madre sabe demasiado bien que las mantillas no son el bebé. El bebé, sin embargo, no lo sabe.

El Hombre está muy consciente aun de sus fajas que cambian de día a día y de edad a edad. De ahí que está su conciencia siempre en cambio, y de ahí que su palabra que es su conciencia expresada nunca es clara y definitiva de significado, y de ahí su entendimiento que está en las nieblas, y de ahí que está su vida fuera de balance. Es la confusión tres veces frustrada.

Y así el Hombre pide ayuda. Sus gritos agonizantes reverberan a través de los eones. El aire está pesado por sus quejidos. El mar está salado con sus lágrimas. La tierra está surcada con sus tumbas. Los cielos están ensordecidos con sus plegarias. Y todo porque no sabe aún el significado de su Yo que es para él las mantillas al igual que el bebé enmantillado en ellas.

***

Ni son sus pensamientos los pensamientos de ustedes solos. El mar de pensamiento común los reclama como propios, y también todos los seres pensantes que comparten ese mar con ustedes.

Ni son sus sueños los sueños de ustedes solos. El universo entero está soñando en sus sueños.

Ni es su casa la casa de ustedes solos. Es también la morada de sus invitados, y de la mosca, del ratón, del gato y todas las criaturas que comparten casa con ustedes.

Cuídense, por lo tanto, de cercas. Ustedes sólo cercan dentro al Engaño y cercan fuera a la Verdad. Y cuando ustedes volteen alrededor para verse dentro de la cerca, se encontrarán cara a cara con la Muerte, que es el Engaño por otro nombre.

Inseparable, oh monjes, es el Hombre de Dios; por lo tanto, inseparable de sus prójimos y de todas las criaturas que emanan de la Palabra.

La Palabra es el océano; ustedes, las nubes. ¿Y no es una nube una nube sino por el océano que contiene? Pero imprudente, ciertamente, es la nube que gastaría su vida esforzándose en clavarse en un espacio para mantener su forma y su identidad para siempre. ¿Qué cosecharía de su absurdo esfuerzo si no esperanzas decepcionadas y amarga vanidad? Excepto que se pierda a sí misma, no podrá encontrarse a sí misma. Excepto que muera y se desvanezca como una nube, no podrá encontrar el océano dentro de sí, que es su único ser.

La vejez

Mirdad: una espantosa carga es la vejez para hombre como para bestia. Y los hombres la han hecho doble por su descorazonada negligencia. Sobre un recién nacido bebé ellos desparraman cariño y afección al máximo. Pero reservan hacia un hombre viejo más su indiferencia que su cuidado, y su disgusto más que su simpatía. Igual de impacientes que son por ver a una cría crecer a la madurez, así de impacientes son ellos para ver a un hombre viejo tragado por su tumba.

Los más viejos y los más jóvenes son igualmente impotentes. Pero la impotencia de los jóvenes recluta a la amorosa, sacrificial ayuda de todos. Mientras que la impotencia de los viejos es capaz de ordenar sólo la reacia ayuda de pocos. Verdaderamente, los viejos merecen más la simpatía que los jóvenes.

Cuando la palabra debe tocar largo y fuerte para ganar acceso a un oído una vez sensible y alerta al más mínimo susurro,

Cuando el alguna vez ojo claro se vuelve una pista de baile para las más raras sombras y manchas,

Cuando el alguna vez pie alado se vuelve un trozo de plomo, y cuando la mano que moldeó la vida se vuelve un molde roto,

Cuando la rodilla se disloca y la cabeza es un títere sobre el cuello,

Cuando las piedras del molino se han pulido y el molino mismo es una cueva deprimente,

Cuando levantarse es sudar con el miedo de caerse y sentarse es sentarse con la dolorosa duda de jamás levantarse de nuevo,

Cuando comer y beber es tener pavor de las consecuencias de comer y beber, y no comer y no beber es ser acechado por la detestable Muerte.

Sí, cuando la vejez está sobre un hombre, entonces es tiempo, mis compañeros, de prestarle ojos y oídos, y darle manos y pies, y abrazar su deficiente fuerza con amor para hacerlo sentir que no es una pizca menos para la Vida en sus decadentes años de lo que fue en sus años crecientes de niñez y juventud.

Ochenta años no pueden ser más que un parpadeo en la eternidad. Pero un hombre que se ha sembrado por ochenta años es mucho más que un parpadeo. Él es un alimento para todos los que han cosechado su vida. ¿Y qué vida no es cosechada por todos?

¿No están ustedes cosechando en este mismo momento la vida de todo hombre y mujer que hayan caminado esta tierra? ¿Qué es su habla si no la cosecha del habla de ellos? ¿Qué son los pensamientos de ustedes si no las espigas de sus pensamientos? ¿Su misma ropa y sus habitaciones, su comida, sus implementos, sus leyes, sus tradiciones y convenciones, no son ellas las ropas, las habitaciones, la comida, los implementos, las leyes, las tradiciones y convenciones de aquellos quienes fueron y estuvieron antes?

Ninguna cosa cosechan ustedes en un tiempo, sino todas las cosas en todos los tiempos. Ustedes son los sembradores, la cosecha, los segadores, el campo y el suelo trillado. Si su cosecha es pobre, miren hacia la semilla que han sembrado en otros y la semilla que les permitió a ellos sembrar dentro de ustedes. Miren también al segador y su hoz, y al campo y al suelo trillado.

Un hombre viejo cuya vida ustedes han cosechado y guardado en los graneros es ciertamente digno de su máximo cuidado. Si amargaran con indiferencia sus años que están aún abundantes de cosas para ser cosechadas, eso que ustedes ya recogieron de él y guardado, y eso que ustedes están aún por recoger, estaría seguramente amargado en sus bocas. Así es también con una bestia deficiente.

No está bien lucrar con la cosecha, y así se maldicen el sembrador y el campo.

Del amor

El Amor es la Ley de Dios.

Viven para que puedan aprender a amar. Aman para que puedan aprender a vivir. Ninguna otra lección es requerida para el Hombre.

¿Y qué hay para amar si no que el amante absorba para siempre al amado para que así los dos sean uno?

¿Y a quién, o qué, debe uno amar? ¿Está uno para escoger una cierta hoja sobre el Árbol de la Vida y verter sobre ella todo el corazón de uno? ¿Qué de la rama que porta la hoja? ¿Qué del tallo que sostiene a la rama? ¿Qué de la corteza que resguarda el tallo? ¿Qué de las raíces que alimentan la corteza, tallo, ramas y hojas? ¿Qué del suelo que abriga las raíces? ¿Qué del sol, y el mar, y el aire que fertilizan el suelo?

¿Si una pequeña hoja sobre el árbol es digna de su amor, cuánto más es el árbol en su totalidad? El amor que distingue una fracción del todo se condena de antemano a la aflicción.

Ustedes dicen: “Pero ahí hay hojas y hojas sobre un solo árbol. Algunas están sanas, otras enfermas; algunas están hermosas, otras feas; algunas gigantes, otras son enanas. ¿Cómo podemos ayudar si sólo podemos elegir y escoger?”

Yo les digo a ustedes, fuera de la palidez del enfermo procede la frescura del sano. Yo les digo aún más que la fealdad es la espátula, pintura y brocha de la Belleza, y que el enano no sería un enano si no diera de su estatura al gigante.

Ustedes son el Árbol de la Vida. Cuiden de no fragmentarse ustedes mismos. No pongan una fruta contra una fruta, una hoja contra una hoja, una rama contra una rama, ni pongan los tallos contra las raíces, ni pongan al árbol contra la madre-suelo. Eso es precisamente lo que ustedes hacen cuando aman una parte más que el resto, o por la exclusión del resto.

Ustedes son el Árbol de la Vida. Sus raíces están por doquier. Sus ramas y hojas están por doquier. Sus frutos están en toda boca. Sean cuales sean las frutas sobre aquel árbol; sean cuales sean sus ramas y hojas; sean cuales sean sus raíces, son frutos de ustedes; ellos son sus hojas y ramas; ellos son sus raíces. Si ustedes tuvieran al árbol que trae dulce y fragante fruta, si ustedes lo tuvieran siempre fuerte y verde, vean por la savia con la cual alimentan a las raíces.

Traducción de Alexander Naime S. Henkel
Con información de:La Jornada

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