Blas Infante y la lengua andaluza

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Cuando el 11 de agosto de 1936 se asesina al Padre de la Patria Andaluza, se intenta acabar con un referente de identidad y la posibilidad de organizar a un pueblo en torno a sus intereses, su bandera, su nación y sus formas particulares de expresarse, incluida su lengua.

Blas Infante, en defensa de una identidad andaluza, tuvo que partir prácticamente de cero. Lo poco que hasta la fecha se había trabajado en defensa de lo andaluz y lo disperso de lo editado, hacía imposible un conocimiento popular del tema. Parecía, más bien, que la influencia del poder para absorber de nuestra cultura todo lo absorbible, adulterando y ridiculizando el resto, había posibilitado, como recoge en su “Historia de las Hablas Andaluzas”, J.A. Frago Gracia, que desde la Edad Media algunos personajes despreciaran la forma de hablar del andaluz, desprecio que incluso alcanzaba a Antonio de Nebrija, autor de la primera Gramática ¿Castellana?, al que se acusaba de ser “demasiado andaluz”. Su coetáneo Juan Valdés nos dejó escrito: “Ya tornáies a vuestro Librixa. ¿No os tengo dicho que, como aquel hombre no era castellano, sino andaluz, hablava y escrivía como en el Andaluzía y no como en Castilla?…¿Vos no veis que aunque Librixa era muy docto en la lengua latina, que esto nadie se lo puede quitar, alfin no se puede negar que era andaluz, y no castellano y que escrivió aquel su vocabulario con tan poco cuidado que parece averlo escrito por burla?… En la declaración que haze de los vocablos castellanos en los latinos, se engaña tantas vezes que sois forçado a creer una de dos cosas, o que no entendía la verdadera significación del latín, y esta es la que yo menos creo, o que no alcançava la del castellano, y esta podría ser, porque él era de Andaluzía, donde la lengua no está muy pura”.

Pero este menosprecio hacia la forma de hablar de los andaluces no es algo nuevo. Rafael Lapesa en su Historia de la Lengua Española (Gredos, Madrid, 1980) recoge una anécdota referida al emperador andaluz Adriano y su peculiar forma de pronunciar el latín con un acento especial que llegó a provocar, durante un discurso ante el Senado Romano, la risa de los senadores. Si un hombre culto y con aspiraciones, como Adriano, conservaba en la Roma del siglo II peculiaridades fonéticas de su Bética natal, mucho más acentuadas estarían éstas entre las clases populares. Precisamente será el pueblo llano quien, en su hablar cotidiano, vaya alterando el latín dando lugar con el tiempo a una nueva lengua.

La estrategia nacionalista de reivindicar un único idioma para la “nación española” ha encontrado en Andalucía fieles aliados en una “intelectualidad” que, muy a menudo, abomina de todo lo que les huele a identidad andaluza diferenciada de la castellana. Si las personas “cultas”, piensa el pueblo, no quieren nada con el andaluz, probablemente llevarán razón y tengamos que cambiar nuestra “inculta” forma de hablar. Con lo que se consigue un doble objetivo: anular la identidad de un pueblo y que nos autodespreciemos. Se intenta crear un estereotipo de andaluz que no se autovalore y así, con nuevos contenidos “coloniales”, poder dominarle fácilmente.

La lengua andaluza, a la que todos los filólogos serios reconocen como de gran capacidad de arrastre -ahí está su influencia en Latinoamérica- y que conserva muchas claves de nuestro ser, la presentan como ejemplo de “no saber hablar”, cuando es una muestra de la resistencia que nuestro pueblo opone a la imposición que supuso la conquista castellana. Nos ocultan nuestra historia, nos impiden conocer nuestra forma de hablar.

En relación a todo esto, Blas Infante nos deja uno de sus textos más lúcidos: “No basta querer una cosa, es preciso estudiar el modo de conseguirla y saber cuál es la acción más eficaz para la liberación del pueblo andaluz. Yo sé que el camino es largo, lleno de incomprensión y dificultades; pero sabed que a cada hombre que le hagáis llegar a conocer la historia de Andalucía, la personalidad de sus gentes, la manera de ser y de entender la vida y la forma, sobre todo de expresarla y desarrollarla, será un piedra firme de ese edificio que entre todos los andaluces, sin política falsa, sino con actuación legítima del querer hacia el pueblo, tenemos que levantar límpiamente y hacerlo relucir, con los valores que son propios de nuestra cultura, para ejemplo de esta humanidad perdida, hoy, en el caos de su conformismo.

Será entonces, cuando todos los andaluces conozcan su verdadera historia y esencia, cuando logremos llegar a obtener el poder necesario para exigir el respeto a nuestra personalidad, tan diferente de aquella que tratan de imponernos y, en cierta forma, la han hecho asimilar a nuestro desgraciado pueblo, indefenso y perdido, entre ambiciones de todo tipo: económicas, políticas y hasta culturales, tratando de matar previamente la nuestra …”

A Blas Infante le preocupa profundamente la lengua andaluza, la estudia y habla de ella con conocimiento de causa. Aunque es un conocimiento imperfecto ya que en esa época aún no se habían descubierto las Jarchas, pero intuye que falta lógica en la doctrina oficial: “Las variantes sintácticas, prosódicas y sustantivas o de nombres del lenguaje andaluz le determinan como un organismo en evolución particularizante; como un dialectal rápidamente formado del castellano; no tan castellano como pudiera parecer, pues el romance se inició en Andalucía, como lo tiene demostrado en sus estudios, don Julián Ribera. A los andaluces les prohibieron los conquistadores hablar su lengua hasta en el recinto familiar y emplear su alfabeto. Pero el pueblo conquistado siguió usando de sus particulares sonidos articulizantes de los cuales no se les pudo despojar, porque para esto hubiera sido preciso suprimirle o injertarle la garganta y empezó, en seguida, a transformar el idioma del conquistador adaptándolo a sus condiciones diferentes fisiológicas y psíquicas. Tal vez, se encontrase un a prueba complementaria del nacimiento del romance en Andalucía en el hecho estudiado por el sabio patriarca de nuestra hermandad don Mario Méndez Bejarano, de ser, precisamente, la prosodia andaluza, la que se transmite al propagar dicho idioma a las regiones principalmente de ultramar”.

¡Qué cerca estaba don Blas! Qué claro tenía que conocer nuestra historia y asumir nuestra lengua ayudaría tremendamente a nuestro proceso de autoconsciencia. Empeñado en procurar para Andalucía “la restitución de la conciencia de su personalidad cultural, creadora de las más intensas culturas de Occidente”.

Blas Infante constata la dificultad que tienen los andaluces para trasladar por escrito lo que expresan en palabras. Quinientos años después de la conquista castellana y, en algunos casos, ochocientos, los pretendidos descendientes de la repoblación castellana tienen problemas para expresar lo que sienten en el idioma de sus supuestos ancestros.

Hay algo que no concuerda, las teorías oficiales se caen solas e Infante deja constancia de su perplejidad: “El lenguaje andaluz tiene sonidos los cuales no pueden ser expresados en letras castellanas. Al “alifato”, mejor que al español, hay necesidad de acudir para poder encontrar una más exacta representación gráfica de aquellos sonidos. Sus signos representativos hubieron los árabes de llevárselos con su alfabeto, dejándonos sin otros equivalentes en el alfabeto español. Tal vez hoy alguien se ocupe en la tarea de reconstruir un alfabeto andaluz. Pero mientras tanto, es preciso que nos vengamos a valer de los signos alfabéticos de Casti lla. En el diálogo del texto, siempre que usemos la h, se entenderá que ésta debe ser aspirada. La j indicará un sonido más fuerte que el de la h simplemente aspirada y mucho más suave que la j castellana. La r tiene en el lenguaje andaluz un sonido más suave que en el castellano, y la z un sonido intermedio entre z y s”.

En sus manuscritos nos deja una afirmación contundente: “Yo no he ganado todavía el premio que más me estimularía: el poder vivir en andaluz, percibir en andaluz, ser en andaluz, escribir en andaluz”.

Así se expresaba Blas Infante hace ochenta años. Ahora, reconocido oficialmente como el Padre de la Patria Andaluza y con nuestras autoridades aceptando, no les queda otro remedio, sus símbolos, himno y bandera, se encuentran con el problema de tener que ocultar una parte de la doctrina Infantiana. Si Blas Infante llevaba razón en sus teorías sobre “regionalismo”, “esencia de España”, “autonomía” y demás manipulaciones oficiales de sus escritos ¿Qué hacemos con sus trabajos sobre la lengua andaluza?. Con subvenciones callan a una y a unos. ¿Qué van a hacer cuando el pueblo andaluz, poco a poco, conozca “su verdadera historia y esencia”?

Estos, al igual que los de la carretera de Carmona el 11 de agosto de 1936, se equivocan. Blas Infante continúa vivo.

Este libro es un trabajo realizado a partir de diversas reflexiones y artículos efectuados por: Paco Albadulí, Libero Ubeya, Miguel Moya Guirao, Xosse Alkassa,Yual Alon,Huan Porrah, Antonio Jesús Torres. Y adaptados por: Tomás Gutier

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