Cenizas de Napoleón en Egipto

El incendio que destruyó los archivos de la campaña francesa en Egipto se ha convertido en un símbolo del caos cultural del país árabe

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A unos metros de la revolucionaria Tahrir, los andamios sostienen las ruinas de un edificio devorado por el fuego. El inmueble, sede del Institut d’Égypte, hacía esquina con dos animadas arterias que sendos muros de piedra han transfigurado en callejones sin salida. Hasta el pasado diciembre, el archivo (ubicado en el antiguo cuartel de la Royal Geographical Society) guardaba entre sus muros más de 200.000 documentos y manuscritos de una institución que nació el 20 de agosto de 1798 al calor de la expedición de Napoleón Bonaparte.

Aquel verano el General había emprendido su conquista de la tierra de los faraones al mando de una armada de 400 navíos y 34.000 soldados. La campaña, hostigada por las revueltas populares y las tropas británicas y otomanas, resultó un fiasco y tres años más tarde los últimos militares galos abandonarían Egipto a bordo de los barcos de guerra del enemigo. Su huella más duradera, sin embargo, quedó reunida en los nueve volúmenes de texto y los 14 de ilustraciones que componen ‘Description de L’Égypte’. Una monumental labor enciclopédica en la que el pelotón de 167 intelectuales que acompañó a Napoleón incluyó información sobre antigüedades egipcias, historia natural o condiciones sociales de la época.

Los legajos sobrevivieron a la derrota francesa, el poder otomano, dos guerras mundiales y la independencia del país árabe. Pero no lograron salir indemnes de las llamas que, durante 12 horas, asolaron el edificio el pasado 17 de diciembre en medio de graves disturbios entre manifestantes y fuerzas de seguridad. Aquella noche, el decano de Historia de la Universidad Americana de El Cairo Jaled Fahmy fue testigo directo de la quema. «Vi a muchas personas, la mayoría jóvenes e incluso niños, entrar y salir del infierno con pilas de libros en la cabeza para entregárselos a la Policía Militar». A la mañana siguiente regresó y, con los rescoldos humeantes, se internó en un edificio que, a la espera de una discutida rehabilitación o demolición, luce aún un aspecto desolador: «El techo se había derrumbado y se podían ver las paredes del segundo piso desde la planta baja».

Según el director de la Biblioteca Nacional, Zain Abdel Hadi, el proceso de restauración de los 20.000 volúmenes recuperados se prolongará entre 10 y 15 años. Y al fondo se sumarán los 17.000 libros donados por Sultan Al Qasimi, emir de Sharjah (Emiratos Árabes Unidos). «Por las circunstancias en las que se produjo esta tragedia, es muy difícil fijar una cifra exacta de los libros perdidos«, explica a este diario el egiptólogo francés Christian Leblanc, miembro extranjero del Institut d’Égypte. El fuego y el agua dañaron una colección que incluye manuscritos raros y ejemplares de ediciones limitadas cuya labor de recuperación necesitará «de la ayuda de organismos internacionales y de grandes sumas de dinero», precisa el experto.

La pérdida, calificada de «irreversible para Egipto y el mundo» por la UNESCO, ha abierto el debate sobre la protección del vasto patrimonio local un año después del pequeño expolio que sufrió el Museo Egipcio de la capital, sito en el otro extremo de Tahrir. «Es muy lamentable que los registros históricos no estuviesen digitalizados. El incendio pone de relieve que Egipto necesita dotarse urgentemente de medios modernos para conservar y asegurar su patrimonio histórico y documental», sostiene Leblanc. A juicio de Fahmy, el error reside en «la cultura del secreto» que caracterizaba a la institución y «el fracaso de sus responsables para llegar al público». «A pesar de albergar algunos libros valiosos y documentos originales, dudo mucho de que su colección fuera tan inestimable e insustituible como dicen los medios de comunicación», apunta el historiador. «La verdadera tragedia es que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas haya usado su quema para responsabilizar del incidente a los jóvenes revolucionarios y presentarlos como unos radicales imprudentes».

El hollín todavía recubre los muros que salvaguardaron durante dos siglos el legado de Napoleón Bonaparte. Una breve e ilustrada página de la historia de Egipto que ardió hace un mes como un aviso, opina Fahmy, de «la catástrofe que se cierne sobre todas las institucionales culturales». «El museo de Arte Moderno Mahmud Jalil, que exhibe obras de Van Gogh, Manet y Gauguin, tiene una media de ocho visitas por día en una ciudad de 18 millones de habitantes», se queja el profesor universitario. La revolución no ha alcanzado aún las salas que cobijan la fecunda memoria de la cuna de los faraones. «Los museos y los centros de investigación operan con la mentalidad decimonónica con la que fueron fundados. Son lugares elitistas, esotéricos y altamente protegidos».

Por Francisco J. Carrión 

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